En Casa Tomada 2013…

Alternativas a lo imposible

Rachel D. Rojas • La Habana, Cuba

Damián Cervantes, Jorge Alfonso, Verónica López, Rodrigo Landaeta y Claudio Gaete tienen varios rasgos en común: son jóvenes, latinoamericanos, participan en el III Encuentro de Artistas y Escritores de América Latina y el Caribe Casa Tomada que organiza la Casa de las Américas y son creadores independientes. En cada uno de sus proyectos esta palabra ha sido fundamental. Pero, ¿independientes de qué o quién? Esa es la cuestión.

Imagen: La Jiribilla

Sobre esa interrogante el comité organizador coordinó el panel “A toda costa, a todo costo. Alternativas ante los circuitos dominantes de producción cultural”, realizado el miércoles 18 durante la sesión de la mañana en la Sala Che Guevara de la institución anfitriona del evento. Bajo la premisa de que numerosos creadores latinoamericanos no tienen posibilidades de insertarse en las élites productivas y los segmentos de mercado privilegiados en sus respectivos campos artísticos, y que por ello mucho talento pasa desapercibido, se pensó este conversatorio, el cual ha contribuido a la socialización de las vías emergentes y underground que estos jóvenes han encontrado para no dejar a un lado sus credos como artistas.

En el caso de Claudio Gaete, poeta chileno que aprendió idiomas “ya de viejo”, y que además es sicólogo de profesión, su labor como traductor implica una misión quijotesca de rescate literario en Chile. Sobre todo porque durante los años de dictadura (1973-1990) fue muy poca la traducción que se hizo en ese país. Jorge Alfonso, poeta uruguayo, esperó 14 años para sentir el olor de un libro suyo “oficial” (aceptado e impreso por una editorial “oficial”) y para comprender que lo más importante no es hacer dinero con su obra, sino que su trabajo pueda leerse.

De ahí que el filósofo Rodrigo Landaeta, también poeta y chileno, considere pertinente el establecimiento de la gestión cultural como oficio, en tanto en muchos países del continente el Estado no desarrolla una política cultural, solo se dedica a financiarla, y no del todo. Los criterios de lo que se incluye o no en ese “presupuesto” son también discutibles.

La muestra de que el apoyo económico puede gestionarse de maneras tan creativas como su arte mismo fue, al menos en este contexto, el éxito de la actriz, dramaturga y directora teatral argentina Verónica López Olivera en la organización del primer Encuentro Latinoamericano de Teatro Independiente (ELTI), realizado en 2012.

Imagen: La Jiribilla

Por otro lado, no tener financiamiento funciona en muchas ocasiones como resorte capaz de mover los límites de la creatividad, tal como argumentara el mexicano Damián Cervantes, director de Vaca 35 Teatro.

Otro de los puntos en común entre estos jóvenes es que ninguno de ellos viven de sus creaciones. Y lo que resulta más abrumador es que no pretenden ya que eso suceda.

A cuenta y riesgo

A Claudio Gaete le interesaba “abrir la cancha”, es decir, “seguir otras huellas que no fueran las de la autopista estadounidense”. Luego de aprender francés e inglés, ha trabajado en la traducción de literatura que, puede decirse así, no entra en los estándares de las editoriales trasnacionales. Relaciones, una antología de poetas del Caribe y África, es su última entrega.

Para él, la traducción no es solo un camino a la integración regional sino también a la autonomía: “Si no se traducen autores que en sus contextos sean muy conocidos, hay problemas para editarlos. Cuando presenté esta antología a la mayor editorial chilena no hubo interés en ella; los nombres no le decían nada, porque muchos de estos autores son desconocidos.

“Hacer esto tiene que ver con abrirse al mundo. Por eso el libro fue afrontado por un proyecto editorial alternativo. Se constituye de autoediciones [con el dinero de los implicados] que se venden en las calles, en ferias. Salir de las autopistas trasnacionales fue también ir en búsqueda de otros lectores y lectoras, no necesariamente en los espacios más literarios o académicos”, afirmó.

Una experiencia parecida vivió Jorge Alfonso, cuando él y su esposa decidieron “hacerse los hippies”, realizar una edición grande (artesanal) de sus propios libros e intentar venderlos ellos mismos.

“Lo que todos dicen en Uruguay es que la poesía no vende”, y es algo que se ha escuchado decir a muchos otros escritores, refiriéndose a las negociaciones con el mercado editorial. Lo cierto es que Jorge logró vivir 15 días de la poesía, recorriendo plazas y balnearios, y gritando: “¡Aquí está mi corazón! ¿Quién quiere comprarlo?”.

Junto a su grupo sin nombre ha llegado a la conclusión (luego de que, por fin, tuviera un libro publicado “oficialmente”) de que la vertiente artesanal puede incluso dar más ganancias económicas que las publicaciones a través de editoriales. Con las editoriales, cuenta Alfonso, siempre existe la presión de hacer concesiones.

De alguna manera, ya han realizado tres ferias del libro independiente y autónomo en Uruguay, sin financiamiento ni infraestructura para alojar a los autores que participan. Esto, aclara, también tiene consecuencias negativas, y están relacionadas fundamentalmente con la desprolijidad de las selecciones, las escasas ediciones (muchas veces cinco o seis ejemplares), la calidad de la confección del libro en sí misma y la poca difusión, pues los medios oficiales, y particularmente la crítica literaria, no dan cabida a estas opciones.

“Desde que estoy con ellos lo único que puedo decir es que me siento feliz. Entendí el propósito de la literatura, que no es estar en una vidriera”, explicó.

La idea fue suscrita también por Landaeta, que de tres oficios (poeta, profesor y gestor cultural) ha dedicado buena parte de los últimos siete u ocho años al tercero. Su motivación implica “un profundo amor y orgullo hacia la literatura y las artes en general”.

“Lo que se pudiera pensar en términos de herencia dictatorial en Chile está en cifras duras: según estadísticas, el 4,7 porciento de personas no leen nunca, y un 7,1 porciento no lo hace casi nunca. Eso es, en total, un 52,8 porciento de no lectores. Por lo cual pudiera pensarse que en el contexto sociocultural actual del país producir libros es un acto de insensatez.

“Como si esos datos no bastaran para consolidar el diagnóstico de que en Chile a casi nadie le interesa consumir libros, es el país que posee el mayor impuesto por valor agregado sobre el libro en todo el mundo”.

Aunque esta circunstancia puede parecer muy desesperanzadora, Landaeta cuenta que existe toda una movilización de editoriales independientes, que tiene que ver con un movimiento (en positivo) más general de la cultura chilena: “Hay una reacción, la cual no se esperaría en este panorama, como mismo no se esperaba una movilización de los estudiantes con la magnitud que tuvo”. Por ejemplo, el Colectivo Paratopia, del que forma parte, nació en Valdivia, una ciudad con una historia muy rica culturalmente. Ellos han realizado, por sus propios medios, encuentros con escritores del continente, sencillamente porque aprendieron “la importancia de la palabra latinoamericana”.

Con igual influjo —esto es, el reconocimiento del talento de la región, más allá de los circuitos tradicionales de divulgación y promoción— Verónica López quiso agrupar y dar a conocer los numerosos grupos teatrales que ella misma descubrió durante un viaje personal por países de la región.

“Los grupos que conocimos son independientes: de las agendas temáticas impuestas, de las vías habituales de financiamiento, etc. Me resultó interesante también por la recolocación de Latinoamérica. Temo que en Argentina, pensar en el ELTI hace diez años hubiera sido un fracaso absoluto.” Este año se realizó una segunda edición del Encuentro, con una mayor cantidad de grupos participantes.

Para Verónica fue una sorpresa darse cuenta de que sí había apoyo, solo hay que buscarlo en sitios diferentes y de otras maneras. Ella forma parte del grupo teatral UmaMinga: “Uma” significa cabeza en quechua y “Minga” trabajo colectivo.

No basta, como se ha visto, desearlo. Según Verónica hay que moverse, accionar. Aunque el contexto en cada país latinoamericano es diferente, muchas de estas iniciativas autofinanciadas han demostrado ser exitosas, en tanto cumplen con sus objetivos socioculturales; estos jóvenes saben que en términos económicos dichas alternativas no siempre representan ganancias, aunque el trabajo en colectivo reparte de alguna manera las “pérdidas”.

Vaca 35 Teatro también se autofinancia. Cada mes sus integrantes donan 35 pesos mexicanos a una “vaquita”, lo que en Cuba comúnmente se conoce como “ponina”. Damián Cervantes, su director, sabe que del teatro, por ejemplo, no van a vivir. “Esa es una discusión barroca, —dice—. Una vez que asumes eso, puedes concentrarte en crear. Porque no tener dinero no puede ser impedimento para no hacer; es más bien un imperativo para trabajar con otros recursos”.

Imagen: La Jiribilla

“Hacer teatro, de por sí, es ya una independencia de pensamiento”, afirma. “A mayor carencia, mayor creatividad”, es la apuesta de este director y asesor teatral.

Por si fuera poco, hay otro elemento en común entre estos jóvenes artistas: los proyectos que lideran apuestan por una corriente de “reunificación” de los saberes latinoamericanos, por el autoconocimiento de la identidad continental, que carga hoy el gran peso de la fragmentación cultural.

Sus experiencias son reveladoras vistas como demostración, por las alternativas de (auto)gestión que pueden fungir como caminos diferentes. Queda mucho por andar en ese sentido; y muchas veces parecerá imposible. Pero las dimensiones simbólicas de la soberanía y las tradiciones son hoy herramientas para reescribir la historia; ahí hay una clave para el control irreverente sobre los pueblos. La resistencia, sobre todo la cultural, se torna entonces urgente para Latinoamérica.

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