Las metáforas del viaje que acompañan
la toma de la Casa

Ana Niria Albo Díaz • La Habana, Cuba

La Casa se sorprendió. Una vez más gritó a los cuatro vientos que no se pone vieja y para ratificarlo a ella llegaron los jóvenes con sus problemáticas más actuales. Aunque uno de sus invitados, el colombiano Carlos Aguasaco, aseguró que la migración no es una novedad, la conversación diáfana y cargada de motivaciones de estos días, dirigió su mirada hacia las contradicciones, vivencias y preocupaciones que implican los procesos de migración y desplazamiento con su componente menos trabajado, la dimensión cultural. Esa que se debate entre la producción de sentido cotidiano y que pasa por significaciones y construcciones sociales como la representación y la percepción.

Imagen: La Jiribilla

La mesa de discusión inició a partir de la provocación “Las metáforas del viaje: migraciones, desplazamientos y transculturación” e indicó que, como proceso social, la identidad tiene un sentido histórico definido por las interacciones que le dan origen en su individualidad y/o colectividad. Desde una poética en el discurso que le hace no desligarse de una de sus pasiones, la poesía, con la intervención de Aguasaco (1975) se puso sobre la mesa la pertinencia de hablar hoy de estos procesos desde un contexto en el que la migración de jóvenes de origen latinoamericano hacia los EE.UU. aumenta de manera vertiginosa. Sobresale entre las ideas del también profesor universitario, la defensa a ultransa de una visión de este territorio del Norte como un territorio hispanoamericano. Las razones: su historia originaria, y la bofeteada actual que al intento constante de demostración de esa falsa superioridad WASPs (blanca, anglosajana y protestante) le está dando la presencia viva de población de este lado del Río Bravo y del Caribe que ya hoy es considerada la “mayor minoría” de ese territorio.

De esa migración que produce sentidos, a veces encontrados y contradictorios, Arí Maniel Cruz, a quien La Habana conoce por su presencia en el festival de cine, también habló. Su punto de inicio: lo motivador de hacer un cine que refleje esas contradicciones, esas maneras de extrañamiento que compartimos y que lo han sorprendido diciéndole que muchas veces son discriminadoras y casi xenófobas. Para el boricua, ser puertorriqueño, ser latinoamericano, fueron categorías que la convivencia en un contexto como el de los EE.UU., anunció y que entraron en su piel, como los problemas identitarios de Solimar, la protagonista de Under my nails (2011), o los de Carmín, la niña protagonista de su próximo filme, asomada a través de la voz de Kisha Tikina Burgos (1976), nuestra otra invitada.

Imagen: La Jiribilla

La presencia de Kisha aportó un sabor diferente a la concepción clásica de un panel. Ella prefirió demostrar a través de un fragmento de Infinito Carmín, cómo su viaje implicó un reconocimiento individual para posteriormente transmutarse en ideas concretas de otras dimensiones de la identidad como la política. Al escucharla, muchos pensamos que la identidad cultural es un proceso en el cual el migrante se autodefine e identifica con símbolos y significados propios de expresiones como el lenguaje, la religión y las tradiciones populares como la música, las danzas, el folclor más autóctono y la gastronomía. Su conformación pasa por prácticas e interacciones de pertenencia y desarraigo, inclusión y exclusión. Está marcada por la apropiación de múltiples normas, reglas de comportamiento, códigos y roles sociales que distinguen las interacciones al interior y exterior del grupo en el que se inserta el migrante. La experiencia concreta de escritura de guiones para el cine sigue siendo un misterio en el que se encuetra a sí misma y de alguna manera encuentra también otras identidades.

La observación de los modos de vida en Nueva York, cartografía similar de conviviencia en los tres, les sintetiza la idea de que más que hablar de ese gigante dormido, y único que se anuncia como la comunidad de latinos en los EE.UU., la realidad explica que estamos ante la conviencia de diferentes comunidades. Mexicanos, cubanos, chilenos, centromericanos, puertorriqueños y dominicanos son más que un bloque homogéneo.

Imagen: La Jiribilla

La suerte de tener ideas tan similares desde formas del discurso bien diferentes: unos entre la academia y la poesía, otros desde la memoria y la biografía, deleitó a quienes decidieron tomar la Casa de las Américas el jueves 19 de septiembre. Allí nos vimos, una vez más, como Las Américas, ese espacio múltiple, bello y contradictorio en el que las fronteras parecen cruzarnos, la hibridez tocarnos y la lucha por saber quiénes somos golpearnos los sentidos. Las miradas cómplices de nuestros invitados boricuas, las inflexiones de voz de Aguasaco, y la instigadora muestra del trailer de Under my nails, nos dicen que es este un tema nada agotado.

Ya sea desde conceptos como “no lugares” de Canclini, que trajera a la cuestión Carlos, desde el deseo de visibilizar lo que nos hace diferentes de Arí Maniel, o la convocatoria a la memoria a través de la sensibilidad despertada por Kisha, la perspectiva culturalista de enfoque en lo simbólico y cotidiano es y seguirá siendo una asignatura pendiente. Por suerte, los jóvenes que tomaron la Casa de las Américas, decidieron no desconocerla.

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