Arí Maniel sobre la guagua aérea

Susel Gutiérrez • La Habana, Cuba

Al fondo de la sala encuentro a Ari Maniel Cruz, actor, productor, guionista, presentador de televisión y director de cine. Sí, larga la lista. A su derecha, Kisha Tikina Burgos, escritora y actriz, compañera inseparable de obra y de vida. No sabía aún que alguna vez allá en su natal Puerto Rico, la mujer a su lado le anunció que se iba a estudiar a Nueva York y le dio una única opción: acompañarla. Esa anécdota la descubrí más tarde.

Habíamos sido presentados poco antes. Grabadora en mano me acerco y Kisha, discreta, nos deja solos para que hablemos. Retomo su intervención en el panel “Sin mapa. La vuelta de la política y la recolocación de Latinoamérica en el mundo”, que había escuchado el día anterior en Casa Tomada 2013; lo interrogo sobre ese “vivir allá afuera” que tan familiar nos resulta a los cubanos y lo conecto inmediatamente con La guagua aérea de Luis Rafael Sánchez, la experiencia del viaje y el tránsito constante entre Puerto Rico y los EE.UU., la isla y el continente.

Imagen: La Jiribilla

¿P´allá afuera?

“¡Qué chévere que traigas a Luis Rafael Sánchez!”, me dice y ya no se detiene. Recuerda que La guagua aérea, después llevada al cine, retrató una realidad de la emigración puertorriqueña que comenzó a finales del siglo XIX y principios del XX, específicamente hacia el área de New York, aunque ya, a principios del XXI, el destino migratorio por excelencia se desplazara de la Gran Manzana a La Florida. Lo interesante del fenómeno puede entenderse desde la terminología misma asociada a este, y es que el puertorriqueño que migra, simplemente “se va p’ afuera”, donde “afuera” equivale a EE.UU. como si el resto del mundo no existiera.

“¿Aún hablamos de Puerto Rico?”, quiero interrumpirlo, pero lo dejo continuar: el parentesco entre las islas permite la ambigüedad. Así, son frecuentes las odas a ese “allá” que se prefiere al aquí: “Allá afuera las calles no tienen boquetes; allá afuera la gente no se come los semáforos; allá afuera la gente no tira basura”. La cuestión es que la misma gente que tira la basura en Puerto Rico, “allá” no lo hace, apunta mientras esboza una sonrisa a medias que se me antoja síntoma de su inconformidad ante el tema.

Con 3,5 millones de puertorriqueños en la isla y cuatro en los EE.UU., la diáspora se ha convertido en parte intrínseca de la identidad nacional de un país dividido que ha experimentado en carne propia una “guerra sicológica constante”: la colonización. Su trabajo lo refleja claramente. Under my nails (estrenada en Cuba como Piel), desde el título mismo, deliberadamente en inglés, enuncia ya la postura política que atraviesa la película, registra la existencia de puertorriqueños enajenados, muchos de los cuales optan incluso por el rechazo al español y lo que este representa, y muestra al idioma como un argumento político.

Hurga en la siquis del ser puertorriqueño y halla, enterrado por más de 500 años, el sema de la colonización, que obliga a desligarse de esquemas o analogías mentales, pues supone el análisis de un país raigalmente distinto en tanto desconocedor absoluto de la soberanía nacional. Su producción busca captar, acaso descifrar esa siquis; mirarse tratando de encontrar las respuestas en uno mismo; entender “quién soy yo para saber entonces cómo relacionarme con los demás”.

“Por ahí va mi trabajo, y creo que no soy el único”. Rafael Sánchez y otros antes que él tuvieron preocupaciones y discusiones semejantes hace más de un siglo. “Pero como no se ha resuelto el asunto político de Puerto Rico, es como si no hubiera pasado nada de allá para acá porque estamos en el mismo sitio, con excepción del Estado Libre Asociado que se inventaron en los 50, que no es más que frosty para el biscocho, aunque el biscocho sigue siendo del mismo sabor”.

Fascinada ante su precisión de la historia, el manejo de fechas y su habilidad para trazar conexiones y establecer causalidades, indago sobre referentes actuales y luchas en curso que me conducen a un nombre: Oscar López, proindependentista encarcelado durante 32 años. En los últimos meses, favorecido probablemente por el cambio de gobierno, el caso se ha avivado, permitiendo a la escindida sociedad puertorriqueña, expresarse claramente sobre él. Y en medio de la escisión, solo la minoría cree en un Puerto Rico autosuficiente, con determinación.

¿“Chupar” de La Teta?

Ari Maniel proclama orgulloso la herencia indígena del nombre seleccionado por su madre y habla con cariño de esta. En homenaje a ella, “educadora prenatal y posnatal a favor de la lactancia”, la compañía que fundó en Nueva York junto con su esposa se llama La Teta Productions. Para decirlo metafóricamente, sonríe, “la idea es que mis colegas y yo, de esa teta, vamos a chupar”. Y lo hacen; Under my nails, primer largometraje de la compañía, ha cosechado múltiples éxitos, entre ellos el premio a la Mejor Película en el Festival de Cine de Nueva York y un reconocimiento especial en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana en 2011.

La Teta, en colaboración con la casa productora boricua De Luz, está en producción de Infinito Carmín, la que esperan comenzar a rodar a principios del año próximo y que constituye un paso más en su exploración de la identidad puertorriqueña, en este caso desde el centro de la isla. “Under my nails exploró la emigración del puertorriqueño hacia Nueva York, que era la realidad que yo estaba viviendo. Ahora acabo de regresar a mi país y retomo el tema, pero esta vez desde un emigrante que regresa, no a la capital, sino al centro de la isla, donde hay retos distintos pero se comparte la misma disyuntiva de toda la sociedad puertorriqueña”.

Me adelanta que su tercer filme con la compañía, hoy con sede en Nueva York y en San Juan, se llama La tierra prometida y es un homenaje al recinto universitario Río Piedras, testigo de huelgas y manifestaciones estudiantiles y, sin duda, uno de los lugares más importantes de la historia política, cultural y educativa de su país. Presenta desde el punto de vista de dos adictos a la heroína, un análisis de la ciudad universitaria, la intelectualidad y lo que pasa en ese “epicentro de drogadicción”.  “Las dos están listas para rodar hace dos años, pero las dificultades de la colonia no lo han hecho posible. La primera que caiga, la filmamos”.  

El teatro y el cine son los destinos de La Teta, asegura mientras habla de La memoria de los elefantes, obra “sumamente política” que marcó su debut como director teatral hace algunos meses en San Juan y que regresará a escena a fines de este año.  

El principio, al final

Enfocado en el cine y el teatro, siente que su trabajo como productor de video clips no es algo que lo represente en tanto se opone al arte cinematográfico expresado a través de la publicidad. “El video clip desgraciadamente no es otra cosa que  un producto publicitario de un artista, y si lo hice fue mayormente para pagar la renta y comer”.  Pero hay ocasiones en las que se mezclan el trabajo y el placer: así sucede con Tego Calderón o Calle 13, artistas que sí le interesan como individuos, por sus mensajes y aportes a la sociedad, asegura.  

“El caso de Calle 13 es aparte porque somos familia, somos hermanos, crecimos juntos. Calle 13 fue algo que pasó en nuestras vidas pero nuestra amistad y nuestra colaboración surgieron desde antes. Él (René) hizo todos los efectos especiales de mi primer largometraje cuando todavía era René Pérez.  De hecho, estaba grabando su primer disco cuando hizo los efectos de Zompi —eso es una exclusiva, puntualiza—, un filme para niños”.

“Solo con Calle 13 uno tiene la oportunidad, de verdad, de profundizar y tratar de hacer piezas de arte.  René dice lo que quiere y cómo lo quiere, se para al lado tuyo y si no te aguzas, te dice dónde poner la cámara, porque es un cineasta, es un artista. Mi último video clip fue precisamente  ‘La bala’ de Calle 13, el año pasado. Éramos cinco o seis directores que filmamos en diferentes ciudades del mundo. Yo rodé la parte de Nueva York. Fue un video que se hizo para la UNESCO y que habla sobre la violencia”.

La sala ha quedado desierta. Hace rato se han marchado todos, así que me apresuro a indagar más sobre mi exclusiva y para mi sorpresa me dice: “Zompi es una película que no se consigue.  Yo la eliminé de la faz de la tierra porque la odio”, y detecto un matiz pícaro en la voz.

La hizo para la televisión pública en Puerto Rico cuando estaba comenzando su carrera y René, que acababa de hacer su maestría en animación, hizo los efectos especiales. “Era una historia sobre un niño que juega pelota y había una escena en que el pítcher tiraba la bola y él la miraba acercarse en cámara lenta”, me dice mientras mueve las manos y completa la narración. “Esa bola en cámara lenta la hizo René”.

“Cuando estábamos en la escuela, él se pasaba los almuerzos cantando, le decíamos ‘El déspota’ y lo mandábamos a callar porque era insoportable. Mucho después me ponía las primeras canciones. Las que menos me gustaban fueron los éxitos más grandes”. Ahora miro para atrás y digo: “Dios mío, quién hubiera imaginado”, concluye la idea.

Casa Tomada

Por último, lo interrogo sobre el III Encuentro de Jóvenes Escritores y Artistas de América Latina y el Caribe. “A mí me encanta deslumbrarme por las cosas y esto me deslumbra. Estoy loco por regresar a casa para decirle a la gente que esto existe, que es posible y está ocurriendo. Me encantaría que llevaran este proyecto a Puerto Rico, a República Dominicana, Bolivia, Paraguay, y que pudiéramos tener “Casas Tomadas” en muchos lugares porque necesitamos reconectarnos. Especialmente en el Caribe hispánico, por ahí tiene que empezar la cuestión. Hay demasiada distancia entre Puerto Rico y Cuba. Casa Tomada nos acerca, nos une. Y me siento honrado de estar representando a Puerto Rico en una actividad de esta envergadura. Estar colaborando con ustedes y con todos estos compañeros latinoamericanos me devuelve la esperanza y me justifica en mi proyecto de vida, y eso es algo que se agradece infinitamente. Estar aquí es uno de esos momentos que marca tu vida para siempre y que nos recuerda que no estamos solos.

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