El Departamento de Filosofía de K 507

Aurelio Alonso • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla
 

Su constitución formal tuvo lugar en febrero de 1963 y la casa de la calle K fue el local que se le asignó, en las proximidades del perímetro universitario. Dependía directamente del Rectorado pues la Reforma Universitaria de 1962 establecía la enseñanza de la Filosofía y la Economía política marxistas en todas las carreras universitarias. Por tanto, la solución a la vista fue la de preparar promociones de estudiantes de los años finales de carreras, principalmente de Humanidades. Fueron buscados entre los mejores expedientes para un curso internado de cuatro o cinco meses con profesores de Filosofía, Economía e Historia Contemporánea provistos con colaboración de la academia soviética, y algunos colegas cubanos en asignaturas como Colonialismo y Subdesarrollo, Historia de Cuba, e Historia de la Filosofía.

Aquella escuela, cuyos primeros alumnos bautizamos con el nombre de Raúl Cepero Bonilla, llegó solamente a un segundo curso que añadió, a fines de 1963, cinco miembros a los 21 que egresamos del primero. Con posterioridad, el Departamento crecería con ingresos por exposiciones de clases evaluadas colectivamente, hasta que en 1966 comenzamos a organizar nuestros propios cursos de instructores.

Precedía a la primera promoción de aquella escuela un pequeño grupo integrado antes y que se enfrentaba ya a la enseñanza bajo la orientación de Luis Arana, nuestro profesor hispano-soviético. No se había normado aún la estricta condición de asesor para los colaboradores extranjeros, y al constituirse el Departamento, Luis Arana, que nos había impartido la Filosofía en la escuela, asumió la dirección del mismo. Tuvimos con él una  relación inolvidable; lo recuerdo ajeno en la práctica a cualquier vocación sectaria, muy distante y no solo crítico del estalinismo, a pesar de ser un hombre formado en la academia soviética, que defendía.

Desde el principio entendimos con claridad que no llegábamos formados al aula universitaria, como hubiera sido deseable, sino dentro de una situación remedial —“rojos y expertos”, era la consigna de la academia roja después de la Revolución Bolchevique, nos contaba Arana— en la que tendríamos que formarnos paralelamente a nuestra labor docente, y con un esfuerzo excepcional. Y el rigor y la disciplina con que asumimos las tareas de superación se vinculaba con esta conciencia.

Se incorporó temprano al grupo el último filósofo de la vieja academia cubana, Justo Nicola Romero, que fue el primer rector de la Universidad de Oriente después del triunfo revolucionario. Hombre de sólida formación kantiana y neokantiana, nos ayudó mucho en los estudios de Historia de la Filosofía y en la introducción de la Lógica Formal Moderna. Organizamos también un curso para el estudio sistemático de El Capital y propiciamos la terminación de carreras ya avanzadas entre los miembros del grupo, y la incorporación a otras carreras o a asignaturas seleccionadas según la línea de especialización en que nos inclinábamos los estrenados profesores. Además de realizar seminarios sistemáticos sobre los temas que impartíamos y de visitarnos recíprocamente las clases y discutirlas en grupo.

Desde temprano abrigamos la idea de organizar la carrera de Filosofía en la medida en que nuestros avances nos lo permitieran, y llegamos a hacerlo —en términos de diseño, quiero decir— unos años después, pero no logramos que se nos aprobara. La carrera fue finalmente creada por otros, de manera distinta, cundo nosotros ya no estábamos ni contábamos.

Como se puede constatar, la duración de esta experiencia filosófica, a un mismo tiempo docente, formativa, y pudiéramos decir que también de creación, fue breve, de unos ocho años. Los años que corren de 1963 a 1971 no son años cualquiera, y mi relato no podría ser evaluado fuera del contexto de esa agitada década de trasformación y de debate en todos los órdenes. No nos toca aquí analizar la década sino las hechuras del Departamento, pero para ello es indispensable no pasar por alto el escenario mayor dentro del cual nos desarrollamos.

El socialismo proclamado en Cuba desde 1961, dentro de la proyección marxista-leninista, no podía sino asentarse en una profunda tradición independentista nacional frustrada en la historia. Se trataba, sin embargo, de una realidad polémica y con más de una interpretación. El marxismo llegó a Cuba, como al resto de América Latina, a través del partido comunista formado bajo la tutela de la Tercera Internacional. Con diferencias de coyunturas, de tradiciones nacionales, de configuración clasista de nuestros países, predominaba una constante doctrinal implantada por la proyección soviética, y la perspectiva de exclusión hacia cualquier otra mirada que se diferenciara de aquella. Y aunque la Revolución cubana en sí misma fue una gran herejía, el dogma mantuvo sus espacios en el quehacer teórico, en las universidades y fuera de ellas.

La escuela en que nos iniciamos, como los manuales que nos escalonaban el paso al estudio de los clásicos, fijaban las reglas de la ortodoxia, en tanto la complejidad de las vivencias del cambio social, el espíritu polémico con el cual tenía que imponerse el proyecto revolucionario, la legitimación de una diversidad que percibíamos como natural, y la posibilidad de la herejía que parecía inevitable, fueron haciendo lo suyo entre nosotros. Ningún cambio se produce sin antecedentes, y cada experiencia personal podría dar testimonios propios. No quisiera que la estricta narración de hechos se tragara esta exposición de nuestras experiencias, por lo que quiero pasar rápidamente a concentrar la atención en lo que he decidido hacer el centro de mi exposición en este encuentro.

Hacia 1965, si no antes, y en consonancia con las orientaciones disciplinarias que se habían comenzado a producir en nuestro colectivo, nos abrimos a experimentar modificaciones en los programas docentes, que comenzaron a distanciarse de los esquemas convencionales del Materialismo Dialéctico e Histórico (DIAMAT). Tratamos de aproximarnos a una racionalidad a la vez más cercana a una apreciación histórica del marxismo y al camino controvertido de nuestras propias realidades políticas y culturales. De manera que en los cursos de instructores que impartimos a partir de 1966 también se reflejaba esta transformación.

Comenzamos al propio tiempo a escribir y publicar, y fue la que se recuerda como la primera época de El Caimán Barbudo, donde los poemas y la narrativa de aquella joven intelectualidad era complementada con los primeros artículos filosóficos e historiográficos salidos de la pluma de algún que otro miembro del Departamento. Algunos nos decían “los filósofos de El Caimán”. Así se gestó entre nosotros la iniciativa de publicar una revista, y las autoridades, que ni entonces ni después creo que hayan dudado de la coherencia y la seriedad del grupo, la autorizaron, y facilitaron los medios requeridos para su impresión. El primer número de Pensamiento Crítico vio la luz en marzo de 1967.

Imagen: La Jiribilla

Ahora quisiera centrar la atención en dos de los hechos que considero más significativos de la historia de aquellos ocho años de existencia del Departamento de Filosofía. No porque sean los únicos, aunque no me queda duda de que se encuentran entre los principales. Mucho quehacer se acumuló que será abordado en otros paneles. Solo que me propuse concentrar el limitado tiempo de mi exposición en estos dos hechos, que creo merecen especial atención.

Uno de ellos es el del papel jugado por el Departamento en la polémica contra los manuales de Filosofía y de Economía Política, y contra el manualismo como deformación enraizada en la docencia del marxismo.

Las Escuelas de Instrucción Revolucionaria (EIR), que de manera precipitada se autodenominaban “del Partido” ya existían desde 1960 y desplegaban un ejercicio de difusión marxista calcado de los esquemas soviéticos. No me detendré a repetir las críticas que publiqué en su momento, pero tampoco puedo omitir una referencia acerca del implante dogmático masivo que aquel experimento puso en marcha. Fidel se percató antes de que reaccionáramos desde el medio académico, y formuló algunas alusiones críticas a desatinos reflexivos con los cuales se tropezaba en sus constantes recorridos por el país.          

Hay que comenzar por señalar que la polémica textual sobre los manuales la iniciaron los profesores de las EIR desde su revista Teoría y práctica (“¿Contra los manuales, contra el manualismo, o contra la enseñanza del marxismo-leninismo?” se titulaba el trabajo que la desencadenó) y en su misma revista respondí con otro artículo (que titulé “¿Manual o no manual?... diálogo necesario”), donde intentaba resumir cómo se producía nuestro desprendimiento herético y las objeciones a las cuales habíamos llegado sobre el uso de los manuales en la enseñanza del pensamiento marxista. No recuerdo que nos hayamos centrado en criterios de autoridad, sino en reflexiones muy argumentadas.

La polémica tuvo una resonancia apreciable, también en medios académicos fuera de Cuba. Yo diría que contribuyó a demarcar el punto de separación de dos posiciones en torno a la comprensión del marxismo dentro de la academia socialista cubana. En realidad, aquella polémica era algo que trascendía a la manifestación puntual que cobró en los artículos en que los profesores de la EIR —con el apoyo del director de la institución que les introdujo, subrayando que respaldaba sus posiciones “con puntos y comas”— criticaban como contrarias al marxismo las proyecciones que se habían formado en la casa de la calle K.  Ellos habían aceptado, en una discusión previa, publicar mi respuesta en su propia revista si se las enviaba, y así lo hicieron.

Más allá del lance mismo, la polémica estaba dada por la configuración de una lectura del marxismo que se alejaba de la soviética y no se limitaba al uso puntual de los manuales. Trascendía a los autores mismos de los trabajos de quienes polemizamos con nuestros argumentos puntuales, y se inscribía en una polémica mayor sobre el socialismo, con otras manifestaciones en Cuba y en otras latitudes. Más importante que aquel debate que sosteníamos en el escenario académico era el que había iniciado ya el Che sobre la construcción del socialismo y que tuvo su mayor alcance en El socialismo y el hombre en Cuba. Discusión que distaba, como es obvio, de quedar restringida al escenario académico en que ocurrió nuestro debate.

Me inclino a pensar que aquella demarcación de posiciones nos propició más claridad sobre lo que estábamos haciendo y, muy en particular, sobre el carácter polémico que iba a tener dentro del país. No se trataba de una posición llamada a imponerse como superación de otra, sino a existir en un contexto controvertido, de diversidad, que tendría que sostenerse a partir del acierto de su argumentación. Sabemos que este escenario polémico no se propició después de 1971, y lo que sobrevino fue la proscripción integral de la herejía que el Departamento había generado (de la herejía, en sentido general) y la aceptación sincrética del marxismo soviético.

Lo otro que quiero destacar como una de las contribuciones significativas del periodo fue la de la substitución del programa de Materialismo Dialéctico e Histórico por el de Historia del Pensamiento Marxista. Fue el resultado de un proceso prolongado de experimentación de diversos programas, que durante cerca de dos años aplicamos, buscando una configuración más abierta que la que imponía el DIAMAT.

La inclinación hacia un programa que siguiera la historia de formación del pensamiento marxista fue iniciativa de Fernando Martínez, que vio con más claridad que el resto de nosotros dónde se hallaba la solución de aquel teorema en que nos habíamos involucrado. En mi caso, recuerdo que me inclinaba hacia la búsqueda de una variante de connotación ontológica que conectaba la historia natural con la social, con una connotación cosmológica, desde la cual abordé mis clases desde finales de 1965 hasta 1966, para aceptar, finalmente, el ordenamiento propuesto y defendido con acierto por Fernando.

Estuve después algunos años fuera del Departamento, en otras tareas, hasta la terminación de la Zafra de los diez millones en que regresé. No obstante, me mantuve siempre ligado a su trabajo y participando en la redacción de la revista, y desde entonces totalmente convencido de la pertinencia de aquel paso como un acto de superación. Llegué a defenderlo incluso después de la desintegración del Departamento, en 1971, con un documento para la discusión por las autoridades universitarias, en el cual fundamentaba las razones de aquella opción. Nunca llegó respuesta a aquel documento que elevamos con el consenso de los últimos miembros del Departamento en ser dispersados, y solo vio la luz en 2006 como anexo a la compilación coordinada por Rafael Plá León y Mely González Aróstegui, bajo el título de Marxismo y revolución: escena del debate cubano en los 60. Me voy a permitir glosar algunos de los argumentos expuestos allí, los cuales creo que expresan con claridad lo que sostengo igualmente ahora.

Dominar la historia del pensamiento marxista se convierte —gracias a la prolijidad de este siglo y cuarto [hoy serían unos 180 años de historia, mucho más accidentada que hasta entonces]— en condición indispensable para la comprensión y la valoración de la problemática contemporánea del marxismo. De aquí el primer corolario: la necesidad del estudio del marxismo por contacto directo con la obra de los creadores más significativos de cada época.

Enumeraba, a continuación, el plano de los temas relacionados con la etapa misma de creación del marxismo:

1) Las circunstancias de la génesis del marxismo […]: a) las relaciones del desarrollo y la estructura social general (europea) y particular (alemana) con la producción de su obra; b) el problema del bagaje y el instrumental que le es dado como herencia: qué recibe, cómo lo recibe, en qué punto de la evolución de su propio pensamiento. // 2) La formación del pensamiento marxista: Cómo se produce la solución de superación de la problemática y el lenguaje teórico en el que se origina y cuál es el sentido de su evolución a través de las obras de creación de Marx y Engels. Qué relación guardan entre sí unos y otros trabajos. // 3) La relación Marx-Engels: El vínculo que hace a ambos pensadores cofundadores de la teoría del socialismo, y que se desenvuelve a lo largo de sus vidas en una organicidad de criterios sin paralelo en la historia, debe ser precisado en sus contornos intelectuales. // Su dialéctica no es solamente la inversa, sino radicalmente distinta de la de Hegel porque el eje declarado del método de Marx es la revolución. […] // Por otra parte, la relación cronológica entre la obra mayor de Marx y el grueso de la obra personal de Engels es una relación de sucesión. Será necesario, por lo tanto, estudiar a Engels no solo como fundador del marxismo, sino también como el primer marxista, el más próximo y más lúcido de los sucesores inmediatos de Marx. // 4) El enfrentamiento de posiciones: La historia de la producción marxista es una historia polémica. La vida de Marx y de Engels aparece colmada de aproximaciones y rupturas, de enfrentamientos cuya solución misma señala la conformación de su pensamiento como ideología. // 5). La organización política: Finalmente, la obra de Marx y Engels —como toda creación marxista en oposición— no es estrictamente obra teórica, es trabajo de inducción política a la vez. Quehacer ni ocasional ni marginal, sino rigurosamente coherente con sus estatutos teóricos, y que contiene, en consecuencia, su propia trayectoria de acumulación, sus correcciones, sus niveles de organización y profundización, y, por supuesto, sus efectos políticos determinados. De modo que los fundadores del marxismo no dejan en herencia únicamente su teoría; dejan paralelamente una tradición de organización del movimiento proletario, una experiencia de instrumentación ideológica de su pensamiento.

Y, a renglón seguido, a partir de lo expuesto, pasaba a un segundo corolario: “La única sistematización que asegura un grado óptimo de coherencia de la estructura de la disciplina con los objetivos que persigue un conocimiento directo del marxismo es la sistematización que reproduce la historia misma de este pensamiento”.

No voy a extenderme y si mi cita resulta excesiva, lo he hecho porque estimo que, lamentablemente, el aporte de abordar el conocimiento del pensamiento marxista a partir de su propia historia y no de un cuerpo de verdades trilladas en las cuales la interpretación ha moldeado lecturas no necesariamente consecuentes, ha sido ignorado desde la desaparición misma del Departamento. No pretendo con ello someter a discusión ahora el contenido de aquel documento y lo cito porque me parece expresivo de convencimiento que teníamos en nuestra propuesta, que en el fondo nunca tuvo el privilegio de ser objeto de un debate riguroso.

Esta propuesta merecería que hoy las instancias institucionales encargadas de la enseñanza del pensamiento marxista se sentaran a analizar y discutir desprejuiciadamente esta alternativa en la docencia. Este programa fue aplicado y desarrollado sistemáticamente desde 1967 hasta 1971, por lo cual al cierre del Departamento no era ya una aventura teórico-docente.

Imagen: La Jiribilla

No propongo que se eliminen otras alternativas, no estoy por exclusiones ni prohibiciones, sino que se abra un espacio a esta concepción, tomando en cuenta los programas que fueron elaborados entonces y la experiencia acumulada, sus resultados, actualizándolos temática y bibliográficamente. Ha corrido mucha agua bajo los puentes desde entonces y el derrumbe socialista también tendrá que ser ahora sometido a debate. Debatir, debatir mucho, e iniciar de nuevo una línea de experimentación y asimilación de lo que no me cabe duda que fue una de nuestras principales contribuciones de los años 60 y que, al margen de cualquier otra consideración, debe rescatarse con vistas a la formación de las generaciones que tendrán sobre sus hombros la responsabilidad del futuro de nuestro socialismo.

 

Ponencia incluida en el panel “50 Aniversario del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana”. La Habana, 17 y 18 de septiembre de 2013.

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