Diga, Padre

Nunca he oído decir que exista el dios de las casualidades, pero estoy seguro de que sí, porque si no ¿cómo habría sido posible?                                   

Tony fue siempre un niño sabio —lector empedernido, quiero decir— y también muy tímido. Para la gente menuda y bellaca su nombre era “La pajarita”. Ya fuera por convicción o por complacer a su padre, lo cierto es que no he conocido estudiante más aplicado y responsable. Los que no se burlaban de sus maneras sospechosas, le auguraban un futuro brillante.       

Yo era más bien desaplicado y explosivo. A veces pienso que la rudeza con que mi padre me obligaba a obedecer fue la causa de mi irresponsabilidad en un asunto tan serio como es la escuela. Claro que mi rebeldía no se manifestaba en su presencia; las víctimas propicias fueron mi madre —que al final todo me lo perdonaba y hasta entraba en ciertas componendas a mi favor que nunca pude comprender bien— y algunos de mis condiscípulos, preferentemente los de grados inferiores. A duras penas de tarde en tarde acompañé en su soledad a Robinson Crusoe, sin llegar siquiera a conocer a Viernes.

Siempre me pareció que existía entre mi papá y el de “La pajarita” una especie de guerra no declarada y que en el centro estábamos Tony y yo. Particularmente insistía el mío en que no me juntara “con aquel muchacho flojito, ni para jugar ni para nada, que los varones nacimos para hombres, qué caramba”.

Tony y yo nacimos el mismo año; en el aula estuvimos siempre muy cerca el uno del otro, debido al exhaustivo sentido de la organización de Doña Perfecta ─tal fue el rebautizo que mereció la “seño” entre los alumnos mayores, del cual pronto nos hicimos eco los más avispados del primer grado. Tony no, Tony le decía “Señorita”.

González era el primer apellido de “La pajarita”; el mío sigue siendo García, así que Doña Perfecta, atendiendo al más riguroso orden alfabético, nos sentó en la misma banca, su codo izquierdo rozando mi codo derecho, hasta que al fin el diploma de sexto grado me sirvió de carta de libertad.        

En verdad nadie puede decir que Tony fuera alguna vez sorprendido en “aquello”, sin embargo, yo pensaba como mi padre: la hija del césar que sea honrada, pero que parezca honrada.

Sobre todo a partir del cuarto grado, cuando los perdularios del sexto empezaron a llamarme “el pajarito de La pajarita” ─ en broma, claro está─ sentí en toda su crudeza el peso de la terquedad de Doña Perfecta.

Después de la primaria no hubo regalo ni represalia capaz de hacer que continuara los estudios. Las peleas de gallos y el portilleo a las muchachas del barrio se convirtieron en mis deportes favoritos.   

Pero a uno no le queda otro remedio que crecer, y yo soy eso: uno. Cuando andaba por los quince años, ocurrió.

Los quince años serán muy bonitos y todo lo que se quiera, pero son también peligrosos, porque es el momento en que los potros que tenemos dentro  se rebelan y no dejan opciones.

Aquella tarde habría peleas de gallos ─ clandestinas, por supuesto ─ y yo me disponía a vadear el arroyo para entrar en tierra de nadie.

Al mirar a un lado, detuve en alto la pierna que se disponía a saltar. Allí, a unos metros, la muchacha, semejante a una maja desconocedora de la leyenda de las hojas de parra, bañaba su inocencia en la poceta de las cañabravas. Era Melbita, la  misma que desde mis primeros atisbos de hombría me tuvo desvelado. Su creciente parecido con Marylin Monroe me provocó un complejo espiritual difícil de comprender: al mismo tiempo que la deseaba y resultó el motivo de más de un sueño que dejó su rastro de esperma inequívoca sobre la limpidez de la sábana, me resultaba inalcanzable, dada mi condición de mataperros.

Sin embargo, estaba allí, en traje de Eva, casi al alcance de un suspiro. El agua que se despeñaba desde sus cabellos, cortados a la altura de los hombros, formaba tornasoles con la luz que se proyectaba fragmentada sobre el costado. Sus carnes blancas, vírgenes, resplandecían en medio de la soledad aparente. Fue demasiado para mi reciente pubertad.

Me retiré sin hacer ruido hacia unos matojos un tanto alejados; allí, con aquella bañista en cueras de frente a mi escondrijo, debió tomar su camino mi primer potro.

¿Quién llevó a Tony hasta aquel lugar, con su manía de solitario y su poema a medio escribir? ¿Por qué la maja y el estudiante no se percataron de sus mutuas presencias? Acaso Dios lo sepa.

Vernos Tony y yo, saludarnos en un susurro, empezar yo a percibir el olor conocido del perfume de señorita de gente rica que siempre llevaba él a la escuela, enriquecido ahora por el aroma de las campanillas precoces; rozar, menos que estrechar, su mano delicada, pero tibia; volver a mirar hacia la maja, que se enjabonaba los senos rosados y erectos… y ocurrir la insurrección de todos los atributos de alguien que por primera vez siente que lo es, fue todo al unísono.

Lo que allí ocurrió no sé si Dios podrá perdonarlo, pero eran apenas quince años. Ya desde entonces tuve bastantes remordimientos para venir a Usted, pero el orgullo existe, y los temores también, y ya le digo, eran apenas quince años.

Usted se estará preguntando qué hago aquí, después de tanto tiempo. Pues verá. Hace unos días el padre de Tony se suicidó, agobiado por una carga de secretos y ausencias de esas que  un hombre no puede sobrellevar por mucho tiempo. Esta mañana fui citado ante el juez local, quien me leyó el contenido de este testamento, que dice:

Declaro formalmente que:

    El joven Julio García Linares, de 28 años de edad, residente en este propio barrio, hijo de la difunta Rosa Linares no es, como  se ha supuesto hijo del finado Segundo García, sino que su paternidad real me corresponde, por lo que el mismo será reinscrito con mi apellido, González.

     Siempre lo he amado en silencio, a pesar de la aspereza de su padre falso.

    Su madre al casarse con el otro, estaba encinta de mí, y él lo sabía.

     Yo estaba al mismo tiempo comprometido en matrimonio con la que inmediatamente tomé por esposa, muchacha con una buena herencia material que muy pronto me dio el único hijo que se me conoció.

      Ante las amenazas del supuesto padre de Julio, tuve que aceptar el chantaje de pagarle en silencio una mensualidad por veintiocho años consecutivos para que nunca se supiera públicamente un secreto que, de conocerse, habría obrado en contra del prestigio del muchacho y de su madre.

      Como prueba material de lo dicho, he hecho entrega a mi abogado de los trescientos treinta y seis recibos correspondientes a igual cantidad de pagos realizados al chantajista, fallecido la pasada semana de muerte natural.

        Que al no tener otros hijos vivos, todos mis bienes han de ser transferidos a la exclusiva propiedad de Julio González Linares,  después de mi fallecimiento y en cuanto haya adquirido legalmente su nuevo apellido.

     Firma: Julio Antonio González Casabona.

Por eso he venido, padre, a su confesionario. Tal vez Dios, en su infinita bondad, pueda aún absolverme, pero si ello no fuera posible, quiero que por lo menos el alma de Tony me perdone. Yo no me hice abogado ni morí en la guerra, como un héroe, pero… él era un sabio, podrá comprender.

Ahora le toca a Ud., diga.

 

 

Ramón Martín Díaz Medina: Poeta, narrador, investigador y profesor cubano. Nació en Yaguajay, Sancti Spíritus, Cuba. Autor de los libros Umbral (decimario); Escrito sobre un lirio (sonetario); Espejo de Impaciencias (poesía); Absorto bajo el dintel (poesía) y Gallegos en Yaguajay (testimonio). Entre otras, fue incluido en las antologías colectivas Toda Luz y Toda Mía. Ha obtenido el Primer Premio Internacional de poesía Ciudad de Jerez de los Caballeros, España; Primer premio en el Concurso-festival Cubano- Canario de la Décima; Primer y tercer premios en el concurso nacional de glosas Canto alrededor del punto; y dos primeros premios en el concurso nacional de poesía Modesto San Gil.

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