La formación del grupo de la calle K:

Una filosofía para la Revolución cubana

Fernando Martínez Heredia • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

El Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana existió entre el 1ro. de febrero de 1963 y los primeros días de noviembre de 1971. Aquí hablaré de la etapa que va desde su fundación hasta mediados de 1966. Narraré hechos —que en su mayor parte han sido sometidos al olvido— y daré datos acerca de las posiciones intelectuales e ideológicas que tuvimos, cómo fuimos llegando a ellas o conquistándolas en aquel medio, y no como pudieran verse hoy, fuera del tiempo y abstractamente. Hablaré en primera persona a veces, porque ayuda a situarse y entender mejor.

La división del trabajo del coloquio me lleva a contraer mi intervención a la historia interna del Departamento en el periodo citado. Pero ruego no olvidar que esa historia sería inexplicable sin inscribirla en la de la gran Revolución de la cual es hija, porque sus hechos y su alcance no hubieran sido factibles sin ella.    

El Departamento se creó para cumplir la disposición de la Reforma Universitaria de 1962 que establecía el estudio de la Filosofía y la Economía Política marxistas como asignaturas en los planes de estudio de todas las carreras universitarias.(1) En la iniciativa participaron dirigentes del nivel máximo de la Revolución, (2) pero el primer núcleo de docentes recibió un curso de formación emergente en una escuela creada con ese fin dentro de la Dirección Nacional de Escuelas del PURSC —las EIR, fundadas por las ORI en diciembre de 1960—, que entonces eran conocidas como “escuelas del partido”. Los contenidos teóricos que se estudiaban en ellas correspondían al marxismo soviético, lo que en nuestro caso se reforzaba con que tres de los profesores (Luis Arana Larrea, Anastasio Mansilla y María Cristina Miranda) eran “hispano-soviéticos”, como se les llamaba a los españoles que de niños habían sido enviados a vivir en la Unión Soviética durante la Guerra de España (1936-1939). Eran ciudadanos soviéticos cuya lengua materna era el español. La mayoría de los alumnos fuimos seleccionados entre los de años superiores de diferentes carreras de la Universidad, a los que se sumaron otros 11 procedentes de las “escuelas”. En total éramos al inicio 104 alumnos, con régimen interno y un pase semanal de 30 horas.

La escuela comenzó su curso el 3 de septiembre de 1962. La Crisis de Octubre me asomó a una idea de la disciplina y las prioridades diferente a la que yo tenía. En cuanto estalló, el 22 de octubre, la Dirección Nacional de Escuelas orientó que los alumnos se mantuvieran estudiando, y me tuve que fugar de inmediato; sigo pensando que aquella fue una orientación totalmente desacertada. Regresé un mes después, cuando fuimos desmovilizados. El texto que estudiábamos para nuestra futura actuación docente era Fundamentos de la Filosofía Marxista, de F. V. Konstantinov, pero durante el curso también analizamos un buen número de textos de Lenin, Engels, Marx y algunos autores de la vertiente soviética, seleccionados por la escuela. Durante el curso choqué con manifestaciones de la ideología que guiaba al plantel, pero considero que todos avanzamos por aquel camino, aplicándonos con enorme dedicación a las materias y los temas, al estudio individual y los seminarios. Durante el curso murió Raúl Cepero Bonilla, gran historiador marxista y ministro de Comercio del Gobierno Revolucionario, en un desastre aéreo en Perú, y a propuesta del alumno Hugo Azcuy el colectivo decidió honrar a nuestra escuela con su nombre. Por muchas razones recuerdo a “la Cepero” con un gran cariño.

Al final, seleccionaron a 21 alumnos para el nuevo Departamento de Filosofía, al cual ya estaban asignados como profesores Juan Guevara, Isabel Monal, Jesús Díaz y Bolney Ortega. Arana, el profesor principal de la “Cepero Bonilla”, fue nombrado Director del Departamento. Era un hombre admirable, con muchas cualidades y respetuoso de los criterios políticos nuestros. Desde el comienzo dábamos clases dispersos en todas las Escuelas universitarias, pero estábamos determinados a mantener una férrea unidad de propósitos y de estructura, y lo cumplimos.

Sintetizo esta aproximación mediante cinco campos de necesidades y tareas que tuvimos en esa primera etapa: 1) dominar el programa de la asignatura, que se llamaba Materialismo Dialéctico e Histórico, y aumentar nuestras capacidades para impartirla; 2) adquirir y desarrollar cualidades pedagógicas; 3) perfilar un plan de superación ambicioso y actuar sobre él; 4) constituir una institución muy fuerte, muy exigente, de vida interna fraternal y rasgos colectivistas; y 5) el fin último de todo lo anterior era servir a la Revolución como profesores y buscar qué era lo que debía hacer un profesor de marxismo. Esa, pensábamos, era nuestra tarea revolucionaria.

1) y 2): una exigencia fundamental a todos los miembros del Departamento era la de ser docentes muy dedicados, responsables y disciplinados, en lucha perenne por aumentar la calidad. Nos aplicamos a un intenso estudio individual de la materia, al mismo tiempo que establecimos seminarios docentes sistemáticos, que realizaban discusiones semanales de experiencias, aciertos, errores, bibliografía, programa, comportamiento y recursos utilizados por el profesor. Formamos tres Grupos docentes, cada uno con su Responsable. Esta espina dorsal docente se mantuvo con eficacia durante los nueve años que duró el Departamento.

3): la base de la superación era un incansable estudio individual. Los primeros temas de estudio fueron algunas obras de Lenin, Marx, Engels y mucho de Historia de la Filosofía, materia en la que contamos con el aporte inapreciable del Dr. Justo Nicola, que al venir a La Habana desde Santiago de Cuba fue asignado a nuestro Departamento. Estudiamos divulgaciones de las ideas de Einstein, con vista a respaldar al Materialismo Dialéctico. Leíamos a cubanos como Carlos Loveira, Enrique José Varona y José Martí.

La superación era obligatoria para todos en cuanto a los cursos internos que se decidía implementar, y seleccionada por cada miembro del Departamento en grupos que se iban especializando, de acuerdo en primer lugar a nuestras necesidades como institución, y también a las inclinaciones y afinidades personales. Ambas formas de superación eran rigurosas y controladas. En 1964, obtuvimos autorización del Rector para cursar asignaturas en cualquier Escuela universitaria sin pretender graduarnos en las carreras que se cursaban en ellas; muchos utilizamos ese medio. Sosteníamos discusiones internas acerca de temas, problemas, corrientes de pensamiento, autores, polémicas: éramos una verdadera colmena. Ensayos, novelas, cine, teatro, también se consumían y se discutían mucho. Los grupos que no se debían a la docencia nos fueron llevando a la idea de una organización permanente de ese aspecto de nuestra actividad. Un paso importante fue la constitución de tres Grupos de Investigaciones: Dialéctica de la Naturaleza, Dialéctica de la Sociedad y Dialéctica del Pensamiento. Los volveré a mencionar.

4) Arana nos enseñó organización, disciplina y dirección sin autoritarismo, y la magnitud de lo que debíamos hacer nos exigió forjar una estructura capaz de enfrentarlo. Constituimos un Consejo de Dirección real y con tareas claras; los Grupos Docentes trabajaban duro y sistemáticamente. Se consideraba cuestión de honor cumplir todas las normas y tareas que acordábamos y aprender lo más pronto posible, ser críticos francos cada uno con los otros, pero sin mezquindades ni por competir. Compartíamos, además, una multitud de actividades sociales. Todo esto se facilitaba porque éramos muy jóvenes y, a la vez, teníamos un gran sentido de misión a cumplir. Fuimos forjando un formidable espíritu de grupo, que se mantuvo incólume a lo largo de toda nuestra historia, y nos hizo característicos para los demás: éramos “los de la calle K”, o los “de Filosofía”, una identidad muy superior a las clasificaciones o las entidades académicas.

5) Las ansias de actuar y servir, que impulsaban tantas conductas entonces, las pusimos en función de lo que hacíamos. Pero, por eso precisamente, apareció pronto lo que le dio sentido a la especificidad del Departamento de Filosofía: en vez de sentirnos revolucionarios y trabajar como profesores de Filosofía Marxista-Leninista, nos planteamos qué debían hacer los revolucionarios cubanos que trabajaran como profesores de Filosofía. Esa actitud se convirtió pronto en análisis, inconformidades, conflictos y enfrentamiento con la posición que impulsaba o prefería el marxismo soviético, y en la necesidad de crear y desarrollar una posición nuestra.

Imagen: La Jiribilla

Después que suceden, las cosas pueden parecer muy naturales. Pero así se ocultan aspectos fundamentales de las experiencias creadoras, porque tan relevante como lo que se haya logrado es el hecho, insólito en las sociedades constituidas, de oponerse a lo establecido y reivindicar algo diferente y nuevo sin pretender la destrucción de lo que la sociedad es e intenta llegar a ser: al contrario, se busca y desarrolla esa novedad tan diferente por entender que ella es precisamente lo que necesita la sociedad en el campo en cuestión. En nuestro caso, aquel fue un logro fundamental.

A mediados de 1963, la dirección del Departamento seleccionó a siete compañeros que fueron enviados a la Universidad Lomonosov, de Moscú, a cursar largos estudios en cada una de las siete especialidades que los soviéticos tenían establecidas dentro de sus facultades universitarias de Filosofía. En septiembre, una delegación formada por Arana, Juan Guevara y yo —seleccionados por Arana— partió a la URSS, a conocer de primera mano esas facultades en Moscú, Kiev, Leningrado y Tbilisi, las cuatro universidades del país en que existían. Durante casi dos meses entrevistamos a decanos, jefes de áreas y profesores, recibimos una amplia documentación e intercambiamos con docentes e investigadores en esas cuatro ciudades; completamos la tarea con breves visitas a las universidades de Berlín y Praga, con el mismo objetivo. Para Guevara y para mí fue una experiencia extraordinaria. Obtuvimos una masa formidable de información y conocimos mucho de la concepción, la estructura, las personalidades, los axiomas, los prejuicios, los matices y las divergencias internas del marxismo universitario soviético. Arana fue nuestro guía y nuestro intérprete fidelísimo, y trató de que conociéramos las realidades y las verdades de aquel medio con una conducta ejemplar, que si me permiten llamaré comunista. Afectado por la tuberculosis desde que era un niño, lamentablemente Arana fue golpeado por aquel frío otoño y debió ser hospitalizado, por lo que regresó a Cuba después de nosotros.

Durante la Crisis de Octubre había visto pasar, más de una vez, a los jóvenes soldados internacionalistas soviéticos en la zona de la costa norte pinareña en que estaba desplegada nuestra División; separados por el idioma, levantaban el brazo izquierdo y nos gritaban “¡tovarichi!”, prestos a morir junto con nosotros y ajenos a las maniobras de su gobierno. Ahora, Guevara y yo conocimos al pueblo que se sacrificó en masa para detener y vencer al fascismo alemán, en ciudades en las que era evidente la falta de varones de edades medianas, y compartimos con gente común orgullosa de la gran gesta que habían realizado, que nos prodigaba cariño y expresaba una enorme admiración por la Cuba de Fidel. Desde entonces aprendí a separar a ese pueblo del grupo que aplastó a la Revolución bolchevique y asesinó a sus compañeros, y a distinguirlo bien de los dirigentes que tuvo después el Estado soviético y sus intereses. Al final del viaje, Guevara y yo expresamos la lucidez que habíamos ganado respecto al marxismo y a algunos otros rasgos del mundo al que nos habíamos asomado, mediante una clave nuestra, “el juramento del caballo de Praga”, por el lugar en que lo convinimos. (3)

A finales de 1963, Juan Marinello debió salir de la Rectoría universitaria, y sacaron a Arana —que era ajeno a lo que sucedía— de la dirección de Filosofía. Pero nombraron a una persona que nosotros nos negamos a aceptar, y así estuvimos hasta el 23 de enero, en que vino a traerlo el propio Presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós Torrado, acompañado por Armando Hart. Pero no fue una imposición. El presidente escuchó un buen número de preguntas y algunas opiniones de los jóvenes profesores, y desarrolló en sus intervenciones una revisión profunda y detallada prácticamente de todas las cuestiones importantes que enfrentábamos en aquel momento o aparecerían en un futuro cercano. Siempre en tono persuasivo y coloquial, la combinó con un conjunto de afirmaciones claras que nos orientaron en unos casos y nos reafirmaron en otros acerca de los objetivos y la posición que debíamos sostener. Cito algunos fragmentos de esas afirmaciones:

Ha habido sin lugar a dudas un estancamiento del desarrollo del marxismo durante muchos años en el mundo (…) Nosotros debemos conformar la enseñanza del marxismo-leninismo fundamentalmente —sin perder de vista, desde luego, la realidad universal—, por nuestra realidad histórico-social concreta, a la cubana. Y para eso no existe ningún manual (…) Es un deber fundamental de ustedes procurar dar una enseñanza muy viva, muy vinculada a la realidad cubana, a la historia cubana (…) Lo más importante es que ustedes enseñen a pensar a los alumnos, a crear en los alumnos la capacidad de pensar y de razonar por sí mismos, con un sentido crítico (…) Yo les digo que hay que incendiar el Atlántico, ¡y ustedes miren a ver cómo lo incendian! (4)

La exposición de Dorticós fue una muestra formidable del desarrollo del pensamiento socialista cubano en la Revolución. Nos ganó y nos entusiasmó con sus palabras, y con la meta tremenda que nos fijó. Aunque no nos fuera posible sacarle de inmediato todo el provecho a las implicaciones que tenían para el desarrollo de la teoría marxista, sus planteamientos constituyeron una guía y un acicate para la actuación de aquel joven colectivo.

El Departamento de Filosofía chocó frontalmente con el rostro de la “Iglesia”, es decir, con el Manual de Konstantinov y la bibliografía soviética, pero pronto nos percatamos de lo que ellos realmente significaban: que el marxismo-leninismo soviético trataba de ser el contenido de la educación marxista y la ideología oficial de la Revolución, como parte del intento de convertir a Cuba en un apéndice más del llamado sistema socialista. Y eso no solo era diferente, sino que negaba la realidad y el proyecto revolucionario socialista cubano. Al mismo tiempo, el pueblo necesitaba una filosofía en aquellos años, porque sus realidades, preguntas, conflictos y proyectos se habían vuelto muy trascendentes, y con el entusiasmo de convertirse en socialista se había abalanzado sobre el marxismo que tenía a mano.

No repetiré lo que he escrito ya sobre lo que sucedió entonces; solo quiero, por el tema de hoy, decir que fue muy difícil para nosotros enfrentar la dimensión intelectual de la cuestión. Lo político, en casos como el mío al menos, era fácil: tenía vivencias dentro del proceso que desde hacía años me habían ido formando como un socialista cubano. El repertorio de estrategias y consignas manejado por la URSS y las organizaciones y países que la secundaban entraba en contradicciones políticas e ideológicas obvias con la Revolución cubana, por lo que nuestro grupo lo rechazaba. Pero la teoría marxista era el instrumento ideal y lleno de prestigio que estábamos adquiriendo para lograr ser revolucionarios en lo intelectual, y se suponía que sus leyes y conceptos eran axiomas para todos los marxistas.

Tuvimos que avanzar desde la crítica a los efectos de la posición de origen soviético hasta la comprensión de que había más de una perspectiva marxista, y llegamos a ese descubrimiento a través de un proceso. Lo fundamental fue la determinación de que teníamos el deber de pensar y tener criterios propios; en algún momento nos apropiamos de la consigna de “pensar con cabeza propia”. Pero en la teoría marxista el esquema naturaleza-sociedad-pensamiento era muy fuerte, por lo que primero intentamos introducir modificaciones teóricas sin salir de él. Por eso, los tres Grupos de Investigación que creamos se llamaban Dialéctica de… Es decir, se alejaban de la mezcla de filosofía especulativa de ontología materialista y positivismo que caracterizaba al marxismo soviético y privilegiaban la dialéctica; pero se ocupaban de los tres campos que todavía creíamos que cubría el marxismo, como ciencia de las leyes más generales de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento.

Desde el inicio quisimos compartir con los docentes que comenzaban a explicar Filosofía en las otras dos universidades que existían en Cuba entonces. En el marco de las plenarias anuales de discusión de experiencias que habíamos establecido, invitamos a los profesores de Oriente y de la Central de Las Villas, a través del Ministerio de Educación. Del 1ro. al 3 de octubre de 1964 celebramos en el Departamento la Primera Plenaria Nacional de Profesores de Filosofía. (5) Cuatro comisiones discutieron y llegaron a acuerdos sobre una gran cantidad de temas atinentes a nuestra actividad, sus proyecciones y las relaciones entre los tres colectivos. También se discutió el informe evaluativo del trabajo de nuestro Departamento.

El estudioso podría rastrear cómo fuimos abandonando la concepción en la que se pretendió formarnos, porque las ideas que íbamos asumiendo no cabían en ella, y cómo fuimos elaborando otra concepción muy diferente. En aquel tiempo estudiábamos los clásicos marxistas con enorme entusiasmo, pero sin prejuicios y con el intelecto despierto, a numerosos autores de diferentes corrientes en la historia del socialismo marxista, y también a grandes pensadores no marxistas. Valga como ilustración que en aquellos años de 1964 y 1965, además de las tareas docentes y de superación generales, y otras tareas diversas, estudié los tres tomos de El Capital en un seminario interno, con exámenes; El Ingenio, de Manuel Moreno Fraginals —a mi juicio, la obra cubana de ciencias sociales más trascendente de la segunda mitad del siglo XX— y los cuatro tomos publicados en Argentina de los Cuadernos de la Cárcel, de Antonio Gramsci. También cursé una docena de semestres de la Licenciatura en Historia, un seminario sobre la teoría del conocimiento de René Descartes, con una profesora francesa, y un prolongado seminario interno del Departamento sobre el pensamiento del joven Marx. José Carlos Mariátegui, Julio Antonio Mella, Ernesto Guevara y Frantz Fanon compartían con Lenin, Louis Althusser, Mao Tse Tung, Auguste Cornú o Nicola Abbagnano. Libretas escolares llenas de notas con fragmentos de los más disímiles autores o con ideas propias, fuertes discusiones y libros subrayados formaban parte de nuestra vida cotidiana.

Tampoco fue fácil dejar claro que nuestras diferencias no eran secundarias dentro de una misma concepción, que se trataba de dos concepciones. Reitero aquí que desde su primer despliegue en los años 20-30 del siglo XX ha habido dos socialismos en Cuba: el de matriz soviética y el cubano. Pero a pesar de sus diferencias, conflictos y paralelismos en lo político y algunos otros terrenos, nunca se habían enfrentado ambos en el terreno más teórico. Ahora bien, el hecho fundamental en esta historia es que el socialismo cubano, dirigido por Fidel, fue el que generó la insurrección, convocó y sumó al pueblo, obtuvo el triunfo de 1959 y guió todo el proceso de su conversión en una poderosa revolución socialista de liberación nacional que cambió a las personas, sus relaciones sociales principales y mucho de sus vidas, creencias e ideas, y liberó al país del yugo neocolonial. En el curso del proceso se obtuvo también la unidad de los revolucionarios y del pueblo, una conquista difícil que quedó en el centro de la política y que ha sido la vía de logros fundamentales. En aras de esa unidad se ha preferido obviar hechos históricos y contradicciones conceptuales. Nosotros tuvimos que enfrentar la realidad de que la unidad política no elimina las diferencias y las contradicciones ideológicas, y aprender que para el pensamiento y las ciencias sociales la contraposición de ideas y criterios es imprescindible.

Teníamos que resultar muy polémicos, y lo fuimos. Esta historia se irá nutriendo con las siguientes intervenciones y debates del día de hoy. Solo ilustro aquel ambiente de polémica con el recuerdo de que imprimimos en el mimeógrafo que había conseguido el Departamento el discurso que acababa de pronunciar el Che en Argel, el 24 de febrero de 1965, para que los universitarios lo conocieran. Algunos nos acusaron por eso de ser “revisionistas de izquierda”. Y merecimos la denominación de “clasicistas” un tiempo después, en un artículo de la revista Teoría y Práctica, órgano oficial de las EIR, por ser profesores que no comprendían que el nivel cultural del pueblo era bajo todavía y utilizaban a Marx, Engels y Lenin en la docencia, en vez de los manuales soviéticos. Éramos, a la vez, herejes y ortodoxos.

Desde 1964, abolimos la utilización del reglamentario Manual de Konstantinov en nuestra docencia. Pero fuimos mucho más lejos, al experimentar con el cambio de los programas mismos de la asignatura. Para el curso 1965-1966 implantamos un programa básico que comenzaba por el problema del hombre y no por la ontología, con variaciones si un grupo lo estimaba; pero siempre se discutía y controlaba rigurosamente en las sesiones semanales de los Grupos Docentes. La bibliografía se diversificó en un grado altísimo. En el famoso mimeógrafo que fue capaz de imprimir El primer combate de Fidel Castro, de Robert Merle, imprimíamos los programas, textos de Antonio Gramsci y algunos otros autores para uso docente.

En noviembre de 1965, se iniciaron nuestras relaciones directas con Fidel, cuando nos invitó a acompañarlo en la inauguración del hospital Lenin, de Holguín, y en la ulterior subida al Pico Turquino, dentro de un colectivo de universitarios.  La relación se concretó más con su primera visita al Departamento, el 7 de diciembre, en la que trató cuestiones de extraordinaria importancia y nos brindó la oportunidad de emprender una hermosa tarea revolucionaria de gran alcance para la cultura nacional, la que plasmamos en Edición Revolucionaria, la matriz del Instituto del Libro, fundado por decisión de Fidel en septiembre de 1966. Las relaciones que tuvimos a partir de aquella noche y la influencia que Fidel ejerció sobre nosotros fueron decisivas en el desarrollo del grupo de la calle K. No me corresponde hablar de este tema, que se tratará mañana, pero quiero dejar expreso mi comentario.

El pensamiento y la posición del Che, que también tendrán su tratamiento en este encuentro, constituyeron una fuente de importancia primordial en nuestra formación de aquellos primeros años. Uno de los héroes más destacados, que era uno de los principales líderes del proceso, resultaba ser un pensador profundo y original, partidario del desarrollo de la teoría, y brillante y sugerente expositor del socialismo cubano. El socialismo y el hombre en Cuba fue un rayo de luz para nosotros en aquel año 1965. La influencia del Che en el Departamento se mantuvo y creció en los años siguientes, hasta el final de 1971. A mí me ganaron sus ideas y su ejemplo de intelectual militante desde que yo era muy joven, y en los años del Departamento lo estudié cada vez con más posibilidades —por la formación teórica que íbamos adquiriendo—, utilicé su pensamiento y traté en todo momento de socializarlo, con la inclusión en los programas de nuestra materia y a través de mi participación en la formación intelectual de los miembros más jóvenes del Departamento.

Fidel y el Che nos inspiraron a tratar de desarrollar para la Revolución una dimensión filosófica que no fuera un simple adorno de la política.

Me es imposible aquí referir sintéticamente lo que contuvo el año que va de septiembre de 1965 al de 1966. Constituyó una verdadera revolución en nuestra pequeña historia. En el aspecto de los fundamentos teóricos elaboramos una concepción específica, nuestra, del marxismo —que no es el caso exponer aquí—, y en la práctica de nuestra docencia logramos expresar esa perspectiva teórica en el programa básico de una asignatura que debió, como era natural, tener un nuevo nombre: Historia del Pensamiento Marxista. Habíamos tenido hasta entonces entre 4 500 y 5 000 alumnos en total en cada curso; en los cinco años siguientes —en los que al fin el alumnado universitario logró crecer hasta el número de los que había en 1956 y superarlo— miles de estudiantes en las tres universidades cubanas estudiaron aquella asignatura, y también lo hicieron los alumnos de escuelas de algunos organismos del país. En ese mismo periodo logramos la extrema cohesión ideológica e intelectual interna al Departamento que era indispensable para llevar a cabo nuestras tareas.

Después del ingreso de “los viejos”, el Departamento había ganado una docena de nuevos miembros; pero el conjunto de la docencia y su ampliación —participábamos en la superación de otros docentes de la Universidad y en actividades docentes con otras instituciones— y el ingente número de otras tareas diversas que llevábamos a cabo en 1966 exigía una política enérgica de crecimiento. Organizamos entonces un curso de formación de docentes totalmente nuestro, seleccionamos su alumnado y expusimos y discutimos en él la nueva concepción. De esa cantera salieron 20 nuevos miembros, un refuerzo decisivo para el Departamento por la gran calidad y por la entrega que demostraron “los nuevos”. Entre todos formamos un colectivo sumamente unido, con un maravilloso espíritu y una actitud laboral, intelectual y política muy destacada, el Departamento de Filosofía de la segunda mitad de los años 60.

Aurelio nos explicará, entre otras cosas, la polémica famosa de aquel verano de 1966, que con justicia ha resistido al silenciamiento y al tiempo. Pero junto a los deslindes necesarios estábamos anudando nexos con compañeros de un buen número de instituciones que tenían ideas y motivaciones análogas a las nuestras, y juntos avanzamos en la formación de núcleos de marxistas cubanos revolucionarios, que intercambiábamos, discutíamos ideas y materiales de estudio, y participábamos unidos en la profundización de la revolución socialista de liberación nacional y en el fortalecimiento del internacionalismo.

Imagen: La Jiribilla

En el ámbito universitario se produjo un hecho que tuvo consecuencias trascendentales para nuestro Departamento. La dirección de la Revolución nombró Rector a José M. Miyar Barruecos —Chomi, médico rebelde, fundador del Servicio Médico Social, viceministro de Salud Pública—, que revolucionó la institución universitaria y dejó con su obra en ella una huella imborrable. Sus orientaciones, su atención sistemática, su capacidad ideológica y su trato fraternal fueron un factor decisivo para el Departamento desde 1966 en adelante.

En septiembre, celebramos una Segunda Plenaria Nacional de Profesores de Filosofía, un evento trascendente, en el cual triunfó y se divulgó la nueva concepción. Con una activa colaboración, se fue extendiendo la Historia del Pensamiento Marxista a las universidades de Oriente y Las Villas.

En enero de aquel año 1966 habíamos publicado nuestro primer libro, Lecturas de Filosofía, en la imprenta universitaria. Destinado a los alumnos, aquel libro de 740 páginas que incluía a 20 autores contenía una propuesta radicalmente nueva. Termino leyendo la Presentación, que me tocó escribir a mí, y así pueden escuchar algo de lo que pensábamos entonces.

La investigación ordenada de lo adquirido —que siempre será para una ciencia un fragmento del conocimiento posible— es sin duda válida y necesaria. Pero hay algo más: el conjunto de problemas que la realidad le presenta a una ciencia constituye su fe de vida, el tratamiento de ellos es condición de su desarrollo. Una divulgación sin problemas es mera declamación. Si, además, pretende ser un tratado contentivo o explicador de todo lo existente, se convierte en una limitación real de la posibilidad de pensar del alumnado y, naturalmente, niega la existencia de la ciencia que pretende divulgar.

Esto no perjudicaría solo a la información —que es un aspecto de la enseñanza—, sino a algo más importante: la formación científica que la Universidad está obligada a dar al trabajador intelectual.

En el caso del marxismo la situación es más compleja, ya que se trata a la vez de formación científica e ideológica (en el grado en que esta última se gane estudiando); la teoría y los ideales del marxismo-leninismo están en la base de nuestra lucha por el socialismo y el comunismo, y llamamos marxistas-leninistas a los que guían consecuentemente a sus pueblos a la toma del poder para liquidar la opresión imperialista y la explotación.

No tenemos actualmente textos de divulgación que llenen estas necesidades. Los manuales existentes para nuestra disciplina son resultado de una apreciación deformada y teologizante del marxismo. Y sabemos que la mejor selección posible de obras y fragmentos —diversidad de autores, épocas, estilos, propósitos— es defectuosa. Por otra parte, la concepción marxista no es una suma de elementos “materialista-dialécticos”, y, desde un punto de vista pedagógico, sería mejor resaltar expresamente la integración de un conjunto de puntos de vista sobre cuestiones diferentes, lo que, forzosamente, falta en este volumen.

Sin embargo, esperamos superar estas dificultades a través de la actividad docente y el trabajo conjunto de profesores y alumnos, y del desarrollo de trabajos organizados de divulgación para el aspecto bibliográfico de nuestra tarea. Solo en esta ruta cumpliremos la parte que nos toca en la formación de una conciencia socialista, largo proceso que, como señalara el Comandante Fidel Castro, es indispensable para alcanzar una sociedad comunista. (6)

 

Ponencia incluida en el panel “Coloquio Científico 50 Aniversario del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana”. La Habana, 17 y 18 de septiembre de 2013.


(1) Ver Carlos Rafael Rodríguez: “La reforma universitaria”, Cuba Socialista no. 8, La Habana, febrero de 1962, pp. 34-35.
(2) “…desde el mismo inicio de este empeño intervine personalmente, a través de los compañeros que entonces tenían la responsabilidad de formar el Departamento en la Universidad y de impulsar los estudios de filosofía marxista, para ofrecer algún apoyo estatal a esa iniciativa.” Osvaldo Dorticós Torrado, discurso en el Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, 23 de enero de 1964. En proceso editorial, aparecerá en José Bell Lara, Delia Luisa López García y Tania Caram León, Documentos de la Revolución, 1965 Copia facilitada al autor por gentileza de José Bell.
“Bien recuerdo la creación del Departamento de Filosofía. Se fundamentó en aquellos momentos en la necesidad ya imperiosa de constituirlo dentro del más importante centro de altos estudios del país y allí estructurar un sistema que de manera organizada brindara a los alumnos universitarios la enseñanza de la filosofía marxista y del pensamiento revolucionario cubano”. Armando Hart Dávalos, carta al Coloquio 50 Aniversario del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana, Oficina del Programa Martiano, La Habana, 9 de septiembre de 2013.
(3) Recogí mis anotaciones de las entrevistas y otras informaciones obtenidas, en cinco libretas de colegio que llené, y las entregué al Departamento junto a la gran cantidad de planes, programas y otros documentos que trajimos. Desgraciadamente, deben haber sido destruidas cuando se sometió a ese destino a nuestra documentación, en algún momento después del cierre del Departamento.
(4) Osvaldo Dorticós Torrado, ob. cit.
(5) Los Rectores Juan Mier Febles, José Antonio Portuondo y Silvio de la Torre, de las Universidades de La Habana, Oriente y Central de Las Villas, presidieron la inauguración. Portuondo ofreció una conferencia.
(6) “Presentación”, en Lecturas de Filosofía, Departamento de Filosofía, Universidad de La Habana, 1966, p. 5.

 

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