Filosofar sobre Pensamiento Crítico

Natasha Gómez Velázquez • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Hace más de tres lustros que se inició el interés por investigar la trayectoria que siguió la teoría política, económica, filosófica, y cultural a partir de 1959. La curiosidad por esta problemática —que a pesar de su esclarecimiento casi arqueológico continúa conservando estatuto de mito— ha encontrado legitimidad como objeto de estudio. Esto obedeció a varios factores. Uno de ellos fue la desaparición de la URSS y el socialismo europeo, que promovió una revalorización del marxismo, dominante en el pensamiento académico cubano y como expresión ideológica en el ciudadano común. Ciertos reconocimientos nacionales a figuras que contribuyeron en su momento a aquel propósito, allanaron el camino que permite hoy reflexionar —todavía con inquietud— acerca de la peculiar historia relativa al intento de construir un pensamiento teórico propio.

Proyectos investigativos —en relación con el marxismo— han proporcionado una información que se une a la palabra viva de una parte de sus protagonistas. Se han efectuado reuniones de debates, y hasta de pasiones y nostalgias. Sin embargo, las sublimaciones constituyen imponderables epistemológicos.

Quizá, lo más significativo de las investigaciones de estos tres lustros, ha sido la constatación de la sospecha siguiente. Después que un segmento intelectual había avanzado en la comprensión de que el marxismo:

  • debíamos pensarlo con cabeza propia (¿sería marxismo si no fuera así?);
  • poseía una naturaleza plural e histórica;
  • tiene su esencia en la Teoría de la Revolución;
  • su enseñanza debe ser histórica (no sistémica y positiva);
  • su desarrollo original no fue positivo —como acumulación de saber— sino polémico, crítico, a veces coyuntural;
  • la convicción de que no podían ser excluidas las figuras —marxistas o no— que polemizaron con Marx o Lenin; etc.
  • y en fin… que el Tercer Mundo en revolución debía apropiarse del pensamiento del Che, Fanon, y tantos otros.

Después de ese progreso y hasta la actualidad ha predominado en nuestro país —sobreviviendo a los manuales que la inspiraron— la asimilación y circulación de una tendencia del marxismo que se consideró en aquel momento ajena a su esencia. Además, los argumentos críticos que emergieron en la Cuba de los 60 contra el marxismo positivista, hace más de un siglo (rayando los años 20) eran conocidos dentro de la propia tradición marxista.

La comprensión de ese problema, si bien minoritaria, resultó pública y amplificada, por el escenario docente en que se generó y porque las enormes tiradas de Pensamiento Crítico y su calidad contribuyeron a ello. Por otra parte, no puede afirmarse que dichas apreciaciones fueran el resultado de las reflexiones de intelectuales maduros. Quizá precisamente por el carácter emergente de esos profesores y su particular voluntad de saber, no poseían prejuicios teóricos. Esto posibilitó que se repusieran con bastante celeridad a una iniciación manualística y emprendieran una búsqueda que podía ser considerada —atendiendo solo a su excepción en el contexto— heterodoxa.

¿Cómo podía o puede conocerse la posición teórica de los gestores de Pensamiento Crítico si apenas escribieron en su propia revista o en otra? Solo si se cruza información con otros documentos relativos a la enseñanza, planes de trabajo docente, informes, polémica de los manuales y algún texto individual que permanece inédito, es posible formarse una idea de sus inquietudes y certezas teóricas. En medio de la realidad de la casi ausencia en la revista de un material programático o declarativo, y por otra parte, del hecho de que se tratara de un grupo joven en términos de vida y de formación intelectual: ¿cómo pudo Pensamiento Crítico, o quizá sus editores, convertirse en mito? Las razones no fueron propiamente del orden del discurso.

¿Qué se entendió en 1967 por pensamiento crítico? La solicitud de exigir a la memoria de sus editores, no arroja precisiones. Lo que se creía saber consistía más bien en lo que no era un pensamiento crítico: el objetivismo, positivismo, determinismo; la tendencia especulativa y sistematizadora (que se rige por la lógica de causa, principio y unidad). Esto dibuja al pensamiento crítico como la actitud de transformación de lo aparentemente factual. En ese sentido, la crítica se define como lo opuesto al conformismo que emana de la interpretación teleológica de la realidad social. Y solo tal comprensión permite hacer efectiva la voluntad de revolución.

Definir Pensamiento Crítico supone la contextualización de su origen, vida y fin; de la vida política de sus editores; de su formación como profesores; de la política cubana (las relaciones con la URSS); etc. Su definición no obedece a algún en sícrítico— de sus textos. Es la relación entre el sentido, el propósito (divulgar textos teóricos heterogéneos para estimular el ejercicio del pensamiento independiente que, forzosamente, ha de ser crítico), el contexto, la expectativa acerca de su recepción, sus posibilidades de asimilación y la realidad de su comprensión por los lectores, que el conjunto de números de la revista adquirió su significado crítico.

Imagen: La Jiribilla

Pensar críticamente no se entendía como un requisito exclusivamente intelectual, sino también político: permitía al ciudadano estar a la altura de las exigencias inéditas que todo acto de revolución impone. Esta no fue, de ninguna manera, una revista para la elite intelectual, iniciados o ilustrados. La calidad de sus contenidos, viñetas, diseño y concepción de cada número, no detuvo la compulsión de leer que generó la Revolución a partir de la edición de El Quijote.

No puede decirse que fuera una publicación propiamente teórica. Más bien, los textos teóricos parecen abrumados en medio de los escritos relativos a los movimientos de liberación y a la historia de Cuba. Y los sujetos que se expresan en sus páginas son, en mayoría absoluta, guerrilleros, personalidades de la historia de Cuba, líderes de movimientos civiles (de Europa y EE.UU.), etc. Los textos que publicaron en buena medida consisten en documentos históricos (del pasado y del entonces presente).

La crítica es una categoría de linaje dentro de la filosofía. Adquiere plena legitimidad con la llegada del movimiento ilustrado. Desde entonces se volvió —filosóficamente hablando— símbolo de lo revolucionario frente al dogma. Profesores de filosofía convertidos en editores, no podían ignorar el sentido de aquella palabra que —como demiurgo de su pensamiento— aparecía prácticamente en todas las tapas de la obra de Marx. Bajo este prisma, Pensamiento Crítico parece ser un cuerpo de contenidos que, en su heterogeneidad de presupuestos y temáticas, se dispone hacia la palabra que representa la posibilidad de revolución de su tiempo: la crítica.

Por otra parte, se ha podido establecer que la perspectiva crítica —en su sentido estrictamente teórico y como tendencia al interior de la tradición marxista—, no provenía precisamente de la lectura de la obra de los teóricos de Francfort. Sin embargo, los editores de la revista se encargaron de precisar en el mensuario el significado de la crítica. El término fue definido en relación con cierta tesis de Marx. En la página inicial del primer número se recuerda que “no es la crítica la gran transformadora, sino la revolución”. De manera que no sobrestimaban las efectivas potencialidades de la obra cultural; probablemente hasta experimentaban respecto a sí mismos algún prejuicio antintelectual, a pesar de su activa —y documentada— vida política. Definitivamente, eran conscientes de que su proyecto formaba parte del gran proyecto social. En síntesis, la crítica era comprendida en su sentido más radical: es la Revolución misma.

Además de la evidente convicción política de los editores, quizá concurran argumentos teóricos adicionales que fundamentaron el vínculo entre crítica y revolución. Del análisis de conjunto de los números y de una variedad de documentos —en parte inéditos—, puede afirmarse que para la fecha en que sale Pensamiento Crítico —incluso desde 1966— había sedimentado la idea en ese colectivo de que la esencia del marxismo consiste en la tesis de la revolución anticapitalista. Esa perspectiva teórica se realizó plenamente en lo que quizá pueda denominarse objeto editorial de Pensamiento Crítico: el acontecimiento revolucionario (“el problema crucial de nuestro tiempo” o la “lucha tricontinental antimperialista”).

Ah sí…, la crítica —a propósito del pensamiento revolucionario, incluso— conoce de sus condiciones de posibilidad, aunque por definición, nunca llega a estimarlas justamente. De manera que, las consideraciones editoriales de la revista estaban delimitadas por factores varios. Entre ellos, un conjunto de acontecimientos de la propia vida universitaria, del proceso de formación teórica de los involucrados, de los materiales de estudio disponibles, del momento en que se encontraba el desarrollo y divulgación del pensamiento marxista en Europa occidental. Probablemente, uno de los eventos decisivos que condujo a la configuración de la personalidad —marcada por sus límites— de Pensamiento Crítico fueron ciertas particularidades de su contexto. En especial, la enseñanza casi universal del marxismo en Cuba. Esta decisión política, en la misma medida en que se realizaba, iba adquiriendo matices que llegaron a convertirse en diferencias públicas que se asociaron con importantes instituciones: Universidad de La Habana y Escuelas de Instrucción Revolucionarias. Es muy posible que para cuando sale la revista en 1967 —recordar la polémica de los manuales como antecedente en 1966— la búsqueda de una identidad editorial y las consideraciones externas acerca de la misma hayan estado delineadas a partir de ese ambiente de autodefiniciones y tendencias marxistas. Por otra parte, el vértigo revolucionario de los 60 hacía de las polémicas públicas e impresas sucesos frecuentes, por ejemplo en el mundo de la cultura. Sin embargo, las pasiones que acompañaban esos eventos, no siempre terminaron en el plano del análisis racional.

Otro factor que aportó a la concepción de lo que sería Pensamiento Crítico provino de los matices del contexto político cubano. Especialmente del balance específico de las relaciones con la URSS. Para la segunda mitad de los 60, el discurso y la práctica política cubanas habían reiterado su voluntad de autonomía respecto al PCUS. Este escenario hizo posible imaginar como necesario un pensamiento teórico también soberano. Crítico, en el sentido de saber hacer uso de la razón para pensar sin la autoridad de otro. En todo caso, se aspiraba a la constitución de una opinión propia sobre la esencia de marxismo. Los “ladrillos soviéticos” —según los denominó el Che en carta a Hart en 1965— no debían dispensar del “ejercicio indeclinable de pensar”. Puede buscarse cuanto se desee, pero no existe en Pensamiento Crítico marxismo soviético. Esta consideración editorial contrastaba con el mar de manuales que apoyaban la enseñanza masiva del marxismo en el país. La decisión de los editores a favor de la heterogeneidad aportada por reconocidos teóricos, excluía la pretensión de proponer una verdad, y a la vez, hacía imposible al lector la disposición subjetiva hacia la identificación con el texto: había que pensar críticamente.

Imagen: La Jiribilla

¿Será posible encontrar alguna página —entre todos sus ejemplares— que no se pronuncie explícitamente desde el sitio de la Revolución, por ella, con ella, o en ella? Al respecto, Pensamiento Crítico no es una revista ambigua, es diáfana. ¿Existe algún intersticio en sus números para que germinara la duda a partir de la cual —con seguridad— surgió el mito? Duda y mito no encuentran fundamento bajo las bien iluminadas palabras que componen el mensuario. Aunque la tarea más que arqueológica, positivista —estadística— de análisis de todos sus textos está en lo esencial concluida, seguimos sometidos a la idolatría del mito.

Ponencia incluida en el panel “50 Aniversario del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana”. La Habana, 17 y 18 de septiembre de 2013.

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