La ardiente claridad del recuerdo

Omar Valiño • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Me he preguntado en estos días por qué la última imagen que quiero guardar de Alfredo Velázquez corresponde al 8 de febrero de este año. Sí, después de aquel día nos volvimos a ver. O también tengo nítido, poco antes o luego, su rostro asustado ante un diagnóstico médico que no atinaba a explicar bien. O su imagen en la televisión recibiendo un premio de la UNEAC.

Por qué la persistencia de aquella tarde noche en el patio de la Casa del Joven Creador de Guantánamo, sede allí de la Asociación Hermanos Saíz. Él no sabía entonces que el padecimiento de la columna vertebral, tan común a los bailarines, devendría nada, y menos aún que la muerte, de la manera más absurda y atroz, lo sorprendería hace unos días en su casa, en su región natal, al pie de la ciudad que hizo el centro del mundo.

La muerte de Alfredo es de las que más duelen. Porque le quedaba la mitad de la vida por delante. Porque con su quehacer intenso, tenía ante sí cien proyectos y otras tantas maneras de aportar.

Ese ritmo impuesto a su labor me explica mi propio asombro al leer en el fatídico obituario que solo contaba con 43 años. Y aunque yo lo sabía compañero de generación, desde los tiempos en que compartimos avatares en la AHS, allá por los 90, veía a Alfredo, aun contra su habitual delgadez, su porte grácil y su carácter afable, como alguien de mayor edad. Esa impresión, pienso ahora, nació del respeto natural que impone alguien por muchos años al frente de una compañía de danza y de acendrada dedicación al magisterio (su denodada pelea por una escuela de danza en Guantánamo es sueño cumplido).

Esta última conjunción fue el vórtice de su vida y, sin duda, de aquella sesión al principio mencionada, de ahí la ardiente claridad del recuerdo. Alfredo quiso, a toda costa, mostrarnos a mi compañera y a mí, el nuevo programa de coreografías que preparaba Danza Libre. Nosotros bajábamos de los paisajes verdes de la  Cruzada Teatral y disponíamos de apenas unas horas. El local de su compañía estaba en remodelación (deberíamos reabrirlo nombrando Alfredo Velázquez a alguna de sus salas), pero los obstáculos no impidieron que nos brindara por más de dos horas una clase de anatomía y fisiología sobre el presente y las búsquedas del colectivo.

Solo una pieza fue suya. Las demás llevaban las firmas de jóvenes bailarinas y bailarines a los que él, como director general, había abierto las puertas de la creación coreográfica, poniendo las fuerzas y los recursos del grupo, y hasta los suyos propios, a disposición de este audaz proceso de renovación. Parece fácil estimular y conducir un sendero de esta naturaleza, pero quienes conocemos por dentro las artes escénicas, sabemos que, por el contrario, los directores aherrojan muchas veces los legítimos deseos creativos latentes en una colectividad.

Sin embargo, la plena vocación de Alfredo entre la danza y el magisterio, en realidad un solo camino, lo condujeron siempre a incitar a sus bailarines, formados por él, para que no se detuvieran ante los escalones si tenían ánimo y talento para subirlos. Así disfrutamos entonces de las piezas de Grettel Córdova, Elio Reina, Iliuska Rodríguez, Manuel Ernesto y Joao Aguilera, quienes expusieron, en cada caso, los universos particulares de sus universos en construcción. En el conjunto destacaba la exploración desprejuiciada de los más actuales lenguajes del movimiento corporal y danzario, además, y sobre todo, de los abordajes, mediante ellos, de problemas comunes de la existencia del individuo y las sociedades contemporáneas sin estrechos tintes localistas. Me impactaron las ambiciones contenidas en las piezas y el disciplinado espíritu de laborioso taller que exultaban todos. En la distancia de los meses transcurridos, y ante el triste hecho de estos días, se me revela mejor la huella de Alfredo Velázquez, este muchacho negro nacido en los hondos y cargados montes de El Güirito, en las cercanías de Baracoa.

Si como Alfredo resultó siempre fiel a su maestra Elfriede Mahler, ellos lo son con su guía —de la manera en que una fidelidad visceral se manifiesta: sin calcos ni adornos—, la desaparición de Alfredo Velázquez será menos cierta. Así sufriré menos el viaje de Alfredo, aunque no pueda evitar el dolor por él, y por su Guantánamo.

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