Paulo FG y la infraestructura del recuerdo

Martes, 1 de Octubre y 2013 (2:06 pm)

Cada vez con más frecuencia escucho opiniones negativas sobre el carnaval, relacionadas sobre todo con el ambiente que le acompaña. Apenas se aproxima la fecha de su celebración en la capital, reaparecen entre mis familiares, vecinos y amigos prejuicios que lo vinculan exclusivamente con la marginalidad y el peligro, como si los actos de violencia de hoy no tuviesen antecedentes en las diferentes variantes de la fiesta popular, en Cuba y en otros países.

No faltan, por supuesto, los prejuicios de orden racial que engrosan la gama de argumentos contra nuestra más importante celebración popular, a los cuales se suman —con igual o mayor intensidad— el gran paquete de prejuicios asociados a la nostalgia del festejo entre nosotros, como si no estuviésemos ya en otro país, en un contexto muy diferente a la bonanza económica que hizo posible aquellas fiestas de antaño.

Vengo de un pueblo del interior y no puedo beber el primer sorbo de cerveza sin evocar aquel espacio de libertad que colmaba mis demandas de adolescente. Por eso extraño tanto aquella  sensación de seguridad propia del estar cerca de casa y rodeado de seres conocidos y hasta queridos, con los cuales has convivido todo el año. Así, a la hora de decidir si asisto o no a un carnaval cualquiera, la certeza de no poder encontrar allí aquel estado de euforia colectiva que solo existe en mi memoria gana la batalla a cualquier otro argumento, incluidos aquellos de orden material como el transporte y mis limitaciones económicas.

Pero a veces uno puede contribuir a recuperar esa magia, así sea para los demás y algo así me sucedió el pasado fin de semana, de visita en Yaguajay, mi pueblo natal, donde por cierto me sentí tan extraño como en cualquier otro lugar de Cuba. Han pasado 25 años y cambiado demasiado las personas y sus expectativas como para soñar con volver a sentirme en casa. Sin embargo, la escenografía de mi adolescencia y el deseo irrefrenable de pasarla bien estaban casi intactos.

Desde los primeros encuentros casuales con amigos de entonces, apareció la opinión negativa sobre las orquestas nacionales: vienen, tocan dos temas, cobran un dineral y se van —escuché decir más de una vez a viejos conocidos—. Es una opinión recurrente y en ocasiones bien fundada, pero motivada sobre todo por la escasa confrontación de nuestros músicos populares con los vecinos de tantos y tantos asentamientos que cada día los reciben en sus casas mediante las señales radiales y televisivas, hegemónicas hoy en el trazado de los patrones de consumo cultural.

Esta vez llegaba a Yaguajay, tras varios días de coordinaciones, con el propósito de concretar la presentación en vivo, en la noche del sábado, de Paulo FG y su Élite, grupo nunca visto en vivo por allí que debía satisfacer, en apenas un concierto, la curiosidad acumulada durante más de 20 años de ininterrumpida difusión y éxito mediáticos. Y allí estaba Pablo Fernández Gallo dispuesto a ofrecerlo todo una vez más, ajeno a la ansiedad acumulada por los lugareños reunidos en torno al improvisado escenario de la Calle Real.

Imagen: La Jiribilla

Pero esta vez no hubo timo y sí un alto nivel de satisfacción popular. Cuando todo estaba listo llegó la lluvia y otra vez portales y carpas se quedaban cortos para cobijar a las más de 5000 personas que esperaban por la orquesta.

Aun antes de cesar la lluvia, la calle se volvió a llenar y el gran coro reclamó la presencia de los artistas. Era como si la gente no percibiese la lluvia o no la considerase respetable en comparación con el inminente suceso. A tanta insistencia, la lluvia se detuvo, el audio se recompuso y