Andrés Segovia: su guitarra y Cuba

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

Considerado por muchos como el más grande guitarrista de todos los tiempos, el español Andrés Segovia (Segovia, 1894—Madrid, 1987) se presentó varias veces en la Habana, por lo que no es de extrañar que se le reconozca entre los más célebres artistas que actuaron en nuestro país.

Sin embargo, no es muy conocido un singular hecho de su biografía relacionado, precisamente, con un cubano, el destacado compositor y pianista Joaquín Nin Castellanos, (La Habana, 1879-1949) quien tuteló, en buena medida, la entrada del ilustre guitarrista en el mundo musical de París.

Segovia estaba decidido a triunfar en la deslumbrante ciudad europea, pero “cuántos y cuántos anhelos —como dice el propio Nin Castellanos— mueren en París, cada día. Cuántas decepciones, cuántas derrotas sordas, ignoradas, sin cortejo, sin un solo adiós”.

Apenas unos meses antes, había comenzado esta historia en Madrid, cuando el escritor Alfonso Hernández Cata, “siempre a la zaga de música y músicos” —según cuenta el destacado intérprete cubano— le presentó a Segovia, quien muy pronto le hizo sus primeras confidencias guitarrísticas, las que aquel escuchó con agrado, pero en su fuero interno, según confesó años después, “el pianista que yo era entonces, sufrió en aquel caso, un conato de rebeldía”.

“Ciertas obras pianísticas ‘traducidas’ a la guitarra, me desconsolaron. (…) Yo esperaba la guitarra… la guitarra, con sus asperezas, sus rasgueos, sus ‘golpes’ y sus ‘ayes’ (…) Es decir, la guitarra a secas, en su ámbito y su ética: la guitarra tipo ‘cante jondo’. Yo quería una guitarra y Andrés Segovia hacía de la guitarra un mundo de cosas que sorprendían al más valiente”.

Pronto se hicieron amigos, y un maravillado Nin le brinda su amistad y su casa parisina, para cualquiera de sus aventuras en el pentagrama. Así, una noche de 1918, el joven andaluz llega a la capital francesa sin otra compañía que su fiel instrumento de cuerdas.

“Un día me dijiste en Madrid”… y sin dejarle decir más, —recuerda Nin— empezamos inmediatamente a planear la mejor manera de presentar a aquel hombre excepcional a los parisinos”.

Y así, en breves semanas, se anunciaba en todo París una audición de guitarra española en el impresionante recinto del antiguo conservatorio.Se cuenta que Nin y su mujer revolvieron cielo y tierra para cumplir, lo ofrecido. Detalle alguno se descuidó. Una selecta recepción, y a los pocos días, abundaban los comentarios sobre la presencia de Segovia en la capital de Francia.

“Pero pocos sabían lo que aquel hombre singular podía hacer con su mágica guitarra”. Hasta el propio Joaquín Nin, quien se cuenta entre los músicos cubanos más notorios de la primera mitad del siglo XX, tenía sus dudas sobre la actuación del amigo. Era una realidad incuestionableque la guitarra de aquel excelente músico español representaba “un mundo de cosas extraordinarias e insospechadas”, pero así y todo, la tarea era, indudablemente, delicada.

Un andaluz, una guitarra, y la buena voluntad de apenas unos pocosaliados, no eran, en modo alguno, una carta segura de triunfo. París era París.

Llegó el día y sonó la hora de la verdad. La sala del conservatorio, llena hasta los bordes. Un silencio, y el intérprete, un perfecto desconocido para el exigente público de la Ciudad Luz, afina y reafirma el acorde, sereno, olímpico, y al fin…

“Un ‘bravo’ limpio y sincero, cálido, abrió aquella noche las puertas del mundo a la soberana guitarra de Andrés Segovia, quienno había salido nunca de España”.

Ya toda una celebridad en Europa, Segovia se presenta en 1923 por primera vez en La Habana. A partir de entonces, este virtuoso de la guitarra se detendrá varias veces en Cuba. Sus funciones serán siempre un éxito, no solo para la crítica sino también para el público. Sus últimas actuaciones tuvieron lugar en 1956, ocasión en la que interpretó el “Concierto del Sur”, del notable compositor mexicano Manuel M. Ponce, acompañado de la Orquesta Filarmónica de La Habana, bajo la dirección de Richard Austin.

“Con estas presentaciones, —al decir del musicólogo Radamés Giro— la Sociedad Guitarrística de Cuba, hizo una importante contribución al interés por la guitarra”.

Por cierto, —lo cuenta María Emma Botet— a una pregunta que le fue hecha en esta institución al gran artista sobre si la guitarra —cuya sonoridad es limitada— podía oírse claramente siendo respaldada por toda una orquesta, Segovia —de trato agradable y generoso a la hora de prodigar consejos—respondió que esa misma duda la tuvo su esposa, la pianista Paquita Madariaga, cuando se estaba ensayando precisamente el “Concierto del Sur”, en Montevideo, por lo que ella se situó en las últimas filas de las lunetas, quedando maravillada del efecto logrado por la sonoridad de este instrumento. Entonces citó el Maestro una frase dirigida a él por Stravinsky: “Su guitarra no se oye poco, se oye lejos”.

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