Roberto Blanco: Culto sin trampas, creador sin tregua

Amado del Pino • La Habana, Cuba

Hay una anécdota —de las muchas que mi memoria acumula sobre el maestro Roberto Blanco— que anima el largo título de estas líneas. Transcurría un ensayo en el Teatro Nacional y Roberto asumía el personaje de un ciego. Era una jornada sencilla, de esos pocos momentos en los que el delicado tejido de un proceso de montaje no exige una búsqueda profunda. Alguien le sugirió: “Abre los ojos, que es un pase técnico”. Roberto contestó con su poderosa voz: “¡No, porque haría trampas!”

Fue la suya una amplia cultura, un magisterio teatral y humano, sin lugar a dobleces ni a manipulaciones. Tenía el bagaje de los libros y también el de la vida cubana —y sobre todo habanera— de su tiempo, la perspicacia para conocer al ser humano. Por la vertiente de uno de sus logros principales  (la formación y dirección de actores) me llegó la breve pero intensa relación personal con el maestro. Blanco supo ver en el ex salvavidas de las playas de Guanabo, en el hermoso y tímido muchacho de Lawton Roberto Bertrand un actor esencial para fijar las pautas de su estilo. Y Bertrand fue uno de mis mejores amigos. Tanto él como otros intérpretes tuvieron una buena formación en el Instituto Superior de Arte. Estoy seguro, sin embargo, de que no hubieran alcanzado las cotas de expresividad y maestría que Blanco y Teatro Irrumpe le proporcionaron.

Nunca olvidaré el estreno en Matanzas —en el ya casi remoto 1985— de La dolorosa historia del amor secreto de José Jacinto Milanés. La extensa e intensa obra de Estorino permitió el despliegue del sentido entre solemne, pícaro y coreográfico de una zona de la producción de Blanco. Después, el propio Estorino resumiría su texto y la crítica ha dicho —con lógica— que con la síntesis creció la efectividad. Más allá de una comparación entre los dos resultados escénicos (tema que desborda la finalidad de este trabajo) me gusta evocar —en tiempos en que impera la frivolidad, la reducción de los elencos, la subestimación del público expresada en el culto a lo simple— me agrada, repito, aplaudir, tantos años después el empeño de un director que lleva a las tablas un texto casi íntegro, aunque sea largo, que lo dota de ritmo y encanto a pesar de los muchos personajes.

Y las palabras, los gestos, el dolor de ese precioso retrato teatral del gran poeta  Milanés se convirtió en tema constante, en contraseña melancólica entre Bertrand y yo. A la altura del trago de ron en que otros miran a la mujer del prójimo o hablan mal hasta de su sombra, nosotros solíamos recordar el monólogo del protagonista.

Estuve cerca también del proceso de ensayos de Los enamorados de Goldoni. Ahí Blanco fraguó con la belleza física y otros recursos por desarrollar de Lily Rentería toda una poderosa  actriz.

La puesta en escena de Mariana (visión brillante de Roberto Blanco de la Mariana Pineda de Lorca) me dejó ver varios ensayos y muchas funciones.  Ratificaba su pasión lorquina que tuvo en Yerma uno de los momentos culminantes de nuestra historia teatral.

Imagen: La Jiribilla
Mariana, 1988

En una extensa entrevista para Revolución y Cultura, Roberto me contaba que antes de esas puestas lorquianas marcadas con su sello llevó a las tablas —en sus comienzos como creador— una bastante convencional y tímida Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores, en 1965 y en Teatro Estudio.

Mi generación se perdió el estreno de María Antonia. Gran sabiduría la de Blanco aplicada a ese texto consagratorio de Eugenio Hernández Espinosa. Roberto venía de Alemania, de beber la experiencia de Brecht en su fuente original. También había estado en África en esos intensos años 60. Al asumir María Antonia, acrisola los diversos afluentes culturales y hace un voto definitivo por lo cubano.

Imagen: La Jiribilla
Maria Antonia, 1967. Boceto de María Elena Molinet

La huella técnica y la lección humana de Roberto Blanco se localiza en directores actuales como Carlos Díaz, que formó parte del elenco de Irrumpe; en el concepto de la integralidad escénica de Carlos Celdrán o en el trabajo con los elementos escénicos de Raúl Martín, quien fue directamente su alumno. Por lo demás, nuestra escena echa de menos a figuras de tanta amplitud creativa y sentido de liderazgo.

Si no estuvimos en la ebullición creadora de Ocuje —nombre de su primer colectivo— vimos regresar al maestro de la exclusión incalificable de la década de los 70 y hacerlo con una energía ejemplar. Teatro Irrumpe se nutrió de varios de los teatristas que habían sido formados por Blanco y esperaron a que pasara el vendaval de la mediocridad y el triste tiempo de la torpeza. El maestro no perdió el tiempo en rumiar rencores; acumuló sabiduría y nos facilitó —por igual a los fundadores de la primera etapa y a los recién llegados a la mágica atmósfera de su creación— esa incambiable posibilidad que brinda el arte de las tablas de —como me dijo más de una vez en y fuera de la citada entrevista— “pensar en público”.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato