Roberto Blanco: El rumor irrumpe,
el ruido irrumpe, el trueno irrumpe

Raúl Martín • La Habana, Cuba

Un buen, buenísimo día de 1989, me hice alumno de Roberto Blanco. Lo digo así porque fue como el ingreso a una carrera. Más allá de la Academia, de la especialidad, de un plan de estudios, estaba ingresando a una experiencia definitivamente inolvidable; entraba —privilegio sin límites— en el mundo de Roberto Blanco.

Todos los que vimos sus puestas, recordamos la poderosa instauración de un estilo único e irrepetible de hacer teatro en toda la extensión de la palabra. Pero quien trabajó a su lado está irremediablemente permeado por una energía difícil de explicar; algo que vivimos sin percatarnos de que nos marcaba de forma inevitable.

Tiene que ver con ese criterio muy arraigado en Roberto de que todo estreno teatral fuese un evento cultural. El hecho de que cada uno de sus espectáculos resultara la confluencia orgánica de un importante texto, un reconocido músico, un virtuoso pintor, de excelentes actores; la idea de que cada puesta cuidara al detalle todos esos aspectos, para regalarnos a los que fuimos sus afortunados espectadores una verdadera obra total; nos hace eternos deudores de este hombre que todos llamábamos “el maestro” y sin decir el nombre ya sabíamos que era Roberto Blanco.

Estamos hablando de uno de los hombres más cultos de nuestro teatro y de la cultura cubana en general. Para defender un teatro como el suyo, Blanco tenía que estar armado de una vasta cultura; pero es que además era para él un placer —palpable y contagioso— adentrarse en los interminables pasadizos de la literatura, la música, la plástica universales.

Sentarse a hablar con el maestro era como tomar un baño de cultura; trabajar con él, una oportunidad única para aprender del mundo y del oficio del teatro; oír las anécdotas y reflexiones sobre un montaje pasado, una verdadera clase que nos enseñaba, sin darnos cuenta, grandes verdades del oficio del teatrista. Tenía claro Roberto que la dirección escénica es una profesión que se aprende ejerciéndola, después que se descubre el talento. Hay —decía— un misterio en la relación actor-director y del director con todo lo demás que compone el teatro, que solo se aprende en el salón de ensayos y se pule con el estudio y la reflexión derivada de este fenómeno práctico. Una vez me dijo: “Solo con la asidua asistencia a los ensayos podría yo enseñarte el mundo de la dirección”. Pero con el roce diario, además del aprendizaje, me estaba contaminando con la energía tremenda, telúrica, mística, del teatro y la vida misma de Roberto Blanco.

Teatro Irrumpe, es la etapa de su creación que me tocó vivir. Tan solo decir ese nombre y ya regresa una lluvia de entrañables recuerdos. Soy todo eso: alguna discusión con Hilda Oates, Omar Valdés, Roberto Bertrand, Liliam Rentería, Dolores Pedro, Alicia Mondevil; un diálogo con Juan Marcos Blanco; un libreto de Dos viejos pánicos lleno de garabatos; yo mismo bajo el paño de Mariana; una embocadura diferente e impecable para cada obra; Roberto dando notas al micrófono o parando un ensayo para decir un secreto a un actor, un secreto que cambiaba totalmente el rumbo de un personaje. Soy una cita, “a las cinco en punto de la tarde”, como Mariana en el patíbulo; una luna de Lorca; un caballo imponente atravesando la escena; un Ángel de la Muerte; un trazo de Mendive.

Soy también un chiste sorprendente, inesperado de Roberto. Él, poseedor de un humor inagotable, elevado, culto, sarcástico, capaz de arrancar sonrisas al menos alegre. Sí, era Roberto Blanco ante todo un hombre divertido, positivo, optimista. Hurgo en mis recuerdos y no encuentro una etapa de tristeza ni de pesimismo. He preguntado a sus más cercanos, a su fiel Gloriossa (madre de sus tres hijos) y nos quedamos sin un recuerdo triste, porque supo cómo borrarlos. Porque hasta sus posibles defectos —¿qué sería un humano sin ellos?— eran motivo de una risa incontenible. Un encuentro con Roberto era también divertirse.

Todo esto me hace sentir un olor Irrumpe. Es algo real y emotivo, un olor imaginado de papeles amarillos; de un telón histórico, emblemático; de una pintura gastada; de un vestuario que usó una gran actriz; de las enciclopedias muy antiguas que Roberto guardaba y mostraba con el disfrute de regalar sabiduría; de una máscara carcomida por el tiempo; de un afiche de Divinas Palabras ya borroso. Y un sonido: el de su voz, su timbre de gran actor; y el de sus actores en cada puesta; de una voz rajada clamando: “Amargo…. La cruz. No llorad ninguna. El amargo está en la luna”; el de una voz grave llamando a María Antonia o el dueto impecable de voces y respiraciones de Espirta y Abdala.

Imagen: La Jiribilla
Divinas Palabras, 1969

El sonido de un tímpani dramático, épico; de un piano áspero; de una guitarra lírica. El sonido de un canto, de un coro, una peculiar y diferente forma de cantar en escena. Podría recordarse también a Irrumpe por esos cantos, por esos tonos de emisión de las voces. “Yo soy el poeta, Federico García Lorca”… “Amor y eternas soledades” parecen cantos, parecen melodías, porque había una forma afinada, musical, de lanzarlas al auditorio.

El sonido Irrumpe. Era como un clamor, un modo infalible de comunicarse. Ese acto de comunicación que es el teatro, como decía Blanco. Ese sonido se queda y forma parte de las vidas de quienes alguna vez estuvimos a su lado. Afortunado es el teatro que puede decir que tiene un sonido, un rumor, un ruido, un trueno; como esa fuerza metafísica en la que se convierte la inmortal Electra Garrigó de Virgilio Piñera, y que fue el Teatro Irrumpe de Roberto Blanco. Ese sonido nos envuelve a nosotros, sus deudores. Ese sonido lo acompañó y lo acompaña a él, al maestro.

Ese sonido estaba allí, aquel triste 24 de diciembre último. Estuvo hasta el final cuando se nubló el cielo de pronto y tronó. Y lloviznó. Y bajo esa llovizna tan dramática y teatral como toda su obra, se oyó la voz de Hilda Oates, después de una ovación, diciendo a Martí: “Llorando el corazón, llorando tanto que no veo el papel en que te escribo…” como una despedida que nos deshizo a todos y que era —en fin— eso: el rumor Irrumpe, el ruido Irrumpe, el trueno Irrumpe, el trueno Irrumpe….


Texto escrito poco después del fallecimiento de Roberto Blanco.

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