Convergencia

¿Azulito o rosado…?

Ivette Vian Altarriba • La Habana, Cuba

“La línea recta que convergió porque la tuya al final vivió.”

Bienvenido Julián Gutiérrez

Finalmente me pusieron Yvette. Porque supuestamente mi nombre iba a ser Luis Enrique (Luis por el abuelo Altarriba, muerto con 33 años de edad;siempre dijeron que debido a un golpe en el pecho que se había dado con un peldaño de hierro, cuando resbaló de frente al subir a la carreta en la que vendía leche, queso blanco y mantequilla batida por la ciudad), y Enrique por mi padre. Luis Enrique VianAltarriba.

A mi mamá, Anita, no le pasaba por la cabeza que podía necesitar otro nombre (siempre fue muy optimista). Además, imagino (ella nunca daba paso al tema) que era su voluntad generosa para con mi padre;quería “complacerlo” porque ya él tenía tres hembras y dos varones casi adultos. Yo era fruto del amor “fuera de matrimonio” y posiblemente ella, jovencita,  sentía culpas y quería “compensar” lo que había hecho; anhelaba tener una “razón de peso” (como un hijo varón, por ejemplo) para quecomprendieran, para que la aceptaran a pesar de lo que había sido capaz.  No olvidar: Santiago de Cuba, principios de los 40, siglo XX, Segunda Guerra Mundial, bomba atómica… no era fácil.

Antes de que se volviera inocultable, era inminente ocultarla a ella. Entonces, Enrique alquiló un cuarto donde poder visitar a Anita disimuladamente;en una casa de huéspedes, la que regenteaba Joaquina —enérgica señora llegada de Galicia—. Aprovechando que Micaela había salido (porque mi abuela materna sí que era lo que se dice “una gallega enérgica”) Anita abandonó para siempre el balconcito de la calle Calvario.

En la casa de huéspedes se deslumbró con el brillo de los pisos con arabescos, pisos deartísticas losetas que convergían en un patio central con muchos canteros, mucha luz; desde sucuarto, la ventana —del techo al piso, con herrería llena de volutas— se abría a rosales cundidos de botones por abrir. Allí, Anitase instaló a esperar (a su hijo, a Enrique) mientras hacía con sus propias manos toda mi ropita (chupines, cargadores, baticas, cobertores, sabanitas, porta-biberones, sombreritos, pañales de tela antiséptica), todo lleno de encajes de frivolitté, puntas bordadas, entredoses, deshilados, pasacintas, puntillas… Todo azulito, en los matices del cielo.

Anita ordenabasus maravillosas piezas de arte (que, necesariamente, alcanzaron a ser parte de las “canastillas” de mi hijo y nieta) sobre la cama y se sentaba a contemplarlas, fascinada.

En otra de las habitaciones estaba hospedada una niña guantanamera, de nueve años;un día entró resueltamente, acercándose para tocar las ropitascon la punta de sus dedos.

— ¿Por qué todo es azulito? —preguntó la niña.

— Porque voy a tener un varón.

— ¿Y cómo tú lo sabes?

— Porque ya tiene nombre, Luisito.

—¿Y si es hembra, cómo le vas a poner?

— No sé, no tengo nombre para hembra.

— Entonces, si Luisito nace hembra, ponle mi nombre.

— ¿Cómo tú te llamas? —dijo riendo Anita, condescendiente.

—Yvette.

— ¡¿Y cómo se escribe eso…?!

Entonces, aquella niña de ojos grandes, medio dormidos, le pidió un lápiz y un pedacito de papel y escribió su nombre. Luego, volvió a pasar por el cuarto y le dejó una invitación para esa misma tarde (Septiembre 29 de 1944), paraun recital de piano en el Salón de Actos del Gobierno Provincial.

— ¿Y quién va a tocar?

— Yo —dijo la niñita, que era muy seria.

Anita estaba en el séptimo mes y en verdad no tenía un vestido apropiado como para ir a una cosa así, pero sintió tanta curiosidad que se puso el más aparente —de seda oscura, con ramalazos grises—. Llegó cuando ya había empezado la presentación que hacía el doctor Severino Salazar;ella buscaba su luneta torpemente y a la vez escuchaba, con asombro, que se trataba de un recital de despedida, porque la precoz guantanamera Yvette Hernández había sido becada por la Sociedad Pro-Arte Musical y el Gobierno de Cuba para cursar estudios superiores de piano en EE.UU.; mientras, la niña, con dos enormes lazos en la cabeza y parada junto al presentador, al verla entrarsonrió ampliamente y empezó a hacerle  señas, levantando una mano y moviendo sin parar los dedos (cosa que puso más nerviosa a Anita, porque tuvo que contestar el insistente saludo, y todo el mundo se volvió a mirarla).

Pero, al punto de terminar la presentación, cuando se sentó al piano y sacó las primeras notas la pequeña se transformó, a medida que tocaba se volvía como loca (eso le pareció a Anita), saltaba en la banqueta, movía la cabeza, posesa, hasta que los lazos volaron bien lejos. Bach, Carl Czerny, Beethoven, Chopin, EdouardSchutt, Cyrill Scott, Debussy, Rachmaninoff… (Anita conservó el programa, con foto autografiada).  

Al final, cuando alguien la hizo levantarse y saludar (largos aplausos a sala llena), respiraba entrecortado y estaba toda despeinada, con los pelos en la cara y el vestido de organdí blanco estrujado, desencajado. Claro, todo esto lo sé por Anita, que me lo contó miles de veces.

También contabaque supo que iba a tener hembra porque, ya ingresada en la clínica de la Colonia Española (habitación 6, Pabellón Cuba) soñó que la llamaban y que cuando buscó la voz, los brazos extendidos de alguien (que no pudo ver)se metíanpor una ventana abierta sosteniendo un bebé todo vestido de rosado. Pero, yo creo que fue el genio guantanamero, fue esa niña la que en realidad avisó. Y, bueno, ya conmigo en brazos, cuando Sor Mercedes pasó a llenar el certificado de nacimiento que hacía la clínica, le preguntó:

— ¿Qué nombre le vas a poner?

—Yvette—dijo tranquilamente mi madre, que era tan bella.

— ¡¿Y cómo se escribe eso?!

—Un momentico, Sor Mercedes, que la pianista me dio un papelito…— yrebuscó en una cartera de cabritilla roja, hasta que lo encontró; la monjaconsideró que nombre tan raro no debía ser cristiano y decidió buscar el santoral que me había tocado. De manera que apuntóYvette Victoria VianAltarriba, 6:20 am.

Dicen que mi abuela Micaela lloró cuando se enteró (luego me explicó que había llorado porque las mujeres nacíamos para sufrir).

Sin embargo, a los padrinos de Yvette Hernández (el matrimonio San Román, dueños de una imprenta del mismo nombre, en Santiago) les pareció que yo iba a ser tan genial como su ahijada, y pidieron ser mis padrinos de Confirmación. Cuando la pianista venía de vacaciones nos reunían en la mansión de los padrinos, donde a ella le habían preparado un salón acristalado con un piano de cola.  La música se oía como un eco, pero la gestualidad de Yvette (ya una joven en jeans) era igual de arrebatada. Yo no podía quitar los ojos de aquella pecera increíble.

Siempre esperé que me pusieran con una maestra de piano, viví asombrada de que a mí no me hubiesen comprado uno; durante toda mi adolescencia la única música que me interesaba era la clásica, llegué a tener una gran colección de longplaings (todavía los tengo, ¿quién los quiere?) y me los aprendía de memoria, los ponía una y otra vez  mientras “tocaba el piano” en una mesa. Pero no, creo que nunca dudé de que ella era la pianista y yo era otra Yvette (también loca,también en una peceradonde no podían escucharme) pero yo era yo.

De chiquita, mi mamá me decía “Monona” y “Muni”; luego se quedó diciéndome “Ivetcitamivida”, de corrido. Y mi papá,en los últimos 15 años de su vida me llamaba “Tortolita”. Mi hijo, “Dinero”, “Dinerito”, “Gallina”; aprendiendo a hablar mi nieta me puso “Belavet”. En distintos trabajos me han puesto “Betty Boop”, “Trencita”. Un amigo me dice “Ivo” y una amiga, “Moreau”. Mi esposo me decía “mora” y un amante, “mulata”… Cuando la campaña de alfabetización y durante la primera beca de medicina, las compañeras de cuarto me decían “manín” (como yo les decía a ellas, apelativo muy santiaguero, el único que se me ha quedado).

¿A Ud. lo conocen por su nombre propio o por un apodo?

¿Será real que el nombre representa el reflejo del alma, como creían los antiguos egipcios?

¿Ud. cree, como los esotéricos, que el nombre es la síntesis delpropio horóscopo?

Yo no me imagino en otro nombre, ¿Ud.está conforme con el suyo? ¿Alguna vez se ha sentido incómodo con su nombre?

¿No se ha preguntado nunca si el nombre que le pusieron le viene bien a su personalidad?, ¿le gustaría cambiárselo?

¿Siente algún tipo de afinidad cuando conoce a personas que se nombran como Ud.?

¿Alguna vez ha sentido que dicen su nombre y por un instante ha pensado que están llamando a otra persona?, o al revés, ¿siente que gritan su nombre a lo lejos y realmente nadie lo llama…?

Si se viera precisado a cambiarse el nombre para siempre, ¿cómo se llamaría Ud. entonces…?

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