R10, al centro de la polémica entre arte y diseño

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

Factoría Habana, espacio dedicado en La Habana a la exhibición de las más novedosas directrices de la experimentación artística contemporánea, acoge hasta finales de octubre una muestra que provoca un cuestionamiento sobre los límites entre arte y diseño, y sobre cómo ambos pueden estar integrados a la vida diaria desde múltiples aristas.

En la muestra, titulada D'Disegno: Respuesta cubana!, participan 24 creadores de ambos ámbitos: Adriana Arronte, Marlen Castellanos, Dekuba, Idania del Río, Daniel D’Milán, Liliam Dooley, Mayelín Guevara, Gabriel Lara (Gabo), Celia Ledón, Octavio César Marín, Fabián Muñoz, Gean Moreno, Ernesto Oroza, Nelson Ponce, Roberto Ramos, Luis Ramírez, Yimit Ramírez, Edel Rodríguez (Mola), Eduardo Sarmiento, Eric Silva, José Ángel Toirac, Raúl Valdés (Raupa), Arantza Vilas y Jorge Rodríguez Diez (R10).

Imagen: La Jiribilla

Con este último, quien tuvo además a su cargo la realización del cartel de la muestra, conversamos en exclusiva para La Jiribilla sobre diversos temas relacionados con la creación en su sentido más abarcador.

R10 (La Habana, 18 de enero, 1969), graduado en 1995 del Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI) en la especialidad de Diseño Informacional, ha transitado por múltiples caminos creativos.

“La idea y la curaduría de la exposición son de Concha Fontenla, directora de Factoría Habana; yo aporté la imagen de la muestra y la convocatoria Respuesta cubana. Eso posiblemente haya generado una perspectiva oblicua que, a la postre, definiría un sabor ligeramente distinto al original. Pero no participé decisivamente de la conceptualización posterior, ni en la selección de obras o la museografía.”

Con D'Disegno: Respuesta cubana! se evoca al importante arquitecto italiano León Batista Alberti, quien está considerado el padre del diseño y primer teórico del arte ¿Por qué esta reivindicación, y por qué esta “respuesta cubana”?

En lo personal, creo que en Cuba, en relación con una buena parte del panorama artístico internacional, nos hemos quedado algo rezagados en lo referente a las imbricaciones intergenéricas, en particular a la siempre confusa y polémica relación entre arte y diseño.

Una escisión radical se ha mantenido entre ambos universos, quizá por la falta de adecuada información, por las definiciones asumidas desde la academia, o porque en términos de curaduría y crítica de arte se le ha prestado atención a cada uno por separado. La palabra disegno remite a los orígenes de una actividad que tiene que ver con la creación en su sentido básico, con la materialización de una idea. La curaduría de la expo va por este camino: explora entre otros tópicos, las difusas fronteras entre los terrenos del arte y el diseño.

Cada vez que un diseño trasciende su función original, o tiene una segunda o tercera intención, va adquiriendo nuevas cualidades que lo alejan del diseño puro para empezar a coquetear con el terreno del arte. Buscando un ejemplo muy convincente, lo que hoy conforma parte del arte clásico griego fueron en su momento simples vasijas o ánforas para guardar el vino o el aceite. Sin embargo, estaban tan bien concebidas y afrontadas con tanta delicadeza que el tiempo las convirtió en algo transcendental. Espero que no tengamos que esperar dos mil años para que algunos “objetos” diseñados en la contemporaneidad —y me refiero al ámbito nacional— alcancen otra categoría, porque creo que lo merecen como expresiones de la cultura.

¿Qué sorpresas encontraste en D'Disegno: Respuesta cubana!?

He visto lo que esperaba ver: cómo la personalidad de cada diseñador se manifiesta en todos los ámbitos de su creatividad, o lo que es igual, cómo se parecen el creador y la obra, que es para mí lo más disfrutable. En la medida en que el discurso se acerque a las esencias del creador es para mí mucho más auténtico, interesante y trascendente.

Concha [Fontenla] tuvo la excelente idea de agrupar varias modalidades de diseño, no se centró solo en el gráfico que es el que más visibilidad ha tenido en los últimos años también. Cuba tiene una enorme tradición y reconocimiento internacional por sus carteles. Y esto continúa expresándose como generalidad en el panorama actual.

Es importante en el ámbito de la cultura, y en general para la sociedad, reconsiderar el diseño como una actividad creativa de primer orden, más allá de una solución puntual de problemas o desafíos comunicacionales. Esta exposición ha ayudado a percibir al profesional de la gráfica como un ente creativo con un discurso propio, con intereses muy puntuales, con una poética personal.  A la hora de apreciar el arte, el público siente interés en conocer al artista, en saber cómo piensa para objetivar la relación que existe entre lo que quiere y lo que hace. Por lo general, al cliente no le interesa quién es el diseñador, ni dónde vive, ni qué libros lee, mucho menos cuál es su visión del mundo, su ideología. Le interesa la solución de su problema, lo antes posible, y lo más barato que se pueda. Esta exposición dirige su mirada, justamente, a lo que la mayoría de los clientes pasan por alto. Y no creo que eso suceda muy a menudo.

Imagen: La Jiribilla

El diseño está condicionado, habitualmente, por el hecho de responder a las exigencias de un cliente; esta es una de las características que marcan la frontera con el arte…

Estudié en el ISDI donde fui, también por algún tiempo, profesor de Tipografía, de Semiótica y de Diseño editorial. Durante nuestra vida estudiantil, y luego, se nos insistió en que un diseñador no era un artista. Así de simple y fundamentalista. Y, en realidad, hay muchos argumentos que lo demuestran si es que se quiere probar la idea: un diseñador que recibe un encargo, ya viene condicionado por la expectativa que trae el cliente; está permeado por la necesidad de ser pertinente, de ser entendido; todo ello, a su vez, está determinado por cómo será reproducida su idea o distribuida. El diseñador tiene que ajustarse a una serie de estrictos presupuestos que condicionarán el resultado final.

Otro aspecto fundamental es que el diseñador —y pienso más en el gráfico— no necesariamente expone su punto de vista sobre el fenómeno o sobre la actividad que está promocionando, sino el del cliente. Por lo tanto, hay —o puede haber— un distanciamiento entre el punto de vista del creativo, su visión del mundo, y el mensaje que está conformando.

¿Y eso no incita en el diseñador, a nivel interno, una contradicción muy fuerte?

Normalmente no, porque uno se preocupa por hacer correctamente lo que le enseñaron a hacer. Con los años, quizá, algunos diseñadores pueden empezar a sentirse demasiado apretados dentro de esos márgenes. Es angustioso, a menudo, tener puntos de vista diferentes, maneras de enfrentar una manifestación cultural o fenómeno. Si quieres hacer las cosas “como te las pide el cuerpo” comienzas a buscar la manera de desarrollar una expresión personal o un trabajo de autor.

Pasa en la vida cotidiana; en la moda, por ejemplo: todo el mundo quiere sintonizar, pero sintiéndose a la vez un poco diferente. Hay diseñadores que están a gusto con su rol, yo mismo le dedico gran parte de mi tiempo, y otros que quieren lo contrario —algo que también me he permitido— porque necesitan comunicar, dejar constancia material de su comprensión y actitud hacia las circunstancias que han tenido que disfrutar o padecer. Como dijera en algún momento Rufo Caballero: “Si uno no las dice, termina en el sicoanalista”.

Hay un viejo eslogan que dice: “El cliente siempre tiene la razón”; ¿te ha sucedido que un trabajo del cual quedaste complacido sea objetado por el cliente? Si el cliente te pide algo que tú sabes que no está bien, ¿cómo proceder?

Al inicio de la carrera uno hace muchas concesiones porque, básicamente, tiene que vivir de lo que hace, lograr visibilidad, hacer que su trabajo circule. Si uno tiene entonces la suerte de ser contratado, pues tratará de hacer —en un principio— todo lo que quiera el cliente; tiene que ser algo que vaya demasiado en contra de lo que uno ha aprendido, de lo que sabe que está bien; tendría que ser un disparate para que uno se aventure en una protesta. Sin embargo, a medida que pasan los años se va adquiriendo confianza, madurez y, también, argumentos para demostrar que la propuesta que estás haciendo es mucho mejor y más adecuada de la que sugiere el cliente, si se diera el caso naturalmente.

Con el paso del tiempo, si un diseñador ha sabido ganarse algún respeto, o disfruta de cierto prestigio o reconocimiento y su trabajo posee una calidad estable, el cliente tiende a desconfiar menos y a dar por sentado que la propuesta es pertinente. Pero los hay que no son convencibles, o tienen demasiado claro lo que quieren.

¿Qué peso otorgas a la tipografía en la concepción de una obra gráfica?

La tipografía como elemento vital dentro del trabajo de diseño siempre me llamó la atención. Quizá porque tuve un profesor chileno, Hugo Rivera, que era muy estricto y nos enseñó a apreciar la tipografía casi de manera apocalíptica.  Él insistía en detalles que, normalmente, son invisibles para cualquiera, y aquello me dejó medio “traumatizado” para siempre. Me hizo valorar la profesión de tipógrafo, su complejidad. Lo enormemente difícil que es diseñar una tipografía, y lo invisible que es este trabajo para el lector común. Ud. puede leer un libro montado en Garamond, Times New Roman o Helvética, y va a experimentar un estado de ánimo más allá del contenido del libro en dependencia de la tipografía en la que lo está leyendo.

Sin embargo, muy pocos fuera del gremio son conscientes de que hay un diseño tipográfico, que cada letra está hecha de manera que armonice con otra cuidando los espacios entre ellas. Una tipografía contemporánea va a dar una atmósfera a un libro, mientras que una diseñada en el siglo xvi necesariamente dará otra. Curiosamente, todavía hoy se siguen haciendo la mayor cantidad de libros con tipografías que tienen entre cien y cuatrocientos años.

Has tenido una relación bien estrecha con el mundo editorial  (Caimán Barbudo, La Letra del Escriba, Contracorriente, ArteSur, Arte por Excelencias, entre otras publicaciones seriadas). ¿Cómo se inició tu relación con este sector?

Antes de entrar en el universo de lo editorial, era un diseñador orientado hacia la empresa, el comercio, el producto. Y visto en la distancia no me hacía tan feliz, aunque en aquel momento me lo pareciera porque tenía mucho trabajo. Podía hacer el logotipo para una inmobiliaria o para una marca de refresco instantáneo, pero entré por azar en contacto con el grupo que editaba la revista La isla infinita, y el trabajo con ella me permitió acercarme a lo que defino como “el mundo del espíritu”. Ese fue un primer gran salto en mi carrera. Elegí un nivel de vida mucho más modesto con tal de experimentar otras vivencias más espirituales, y en vez de diseñar etiquetas para salsa de tomate invertía mi tiempo hablando con escritores o poetas para hacer, tal vez, una hipotética portada de un libro. Eso me llenaba entonces. Tuve el privilegio de conocer y dialogar con personalidades de la literatura como Cintio Vitier, Fina García Murruz, Antón Arrufat, entre otros intelectuales de primer nivel. Esos intercambios me convirtieron con el tiempo en otra persona. A partir de La isla infinita es que empieza mi relación con el mundo de la cultura y el arte.

Trabajar con artistas es muy difícil, ¿cómo comenzó ese acercamiento?

Cuando empecé a trabajar en la esfera editorial conocí no solo a escritores, sino también a artistas de la plástica porque, más o menos, unos y otros rondan los mismos espacios. Y un día me propusieron hacer un plegable para el pintor y grabador Ángel Ramírez. Me gustó su obra, pero más me complació conocerlo, ver lo que hacía y cómo su carácter se reflejaba en la obra.

Para un diseñador, este modo de representación de la realidad entrañaba un alto grado de libertad muy seductor y subyugante. Inmediatamente, hice otro plegable para otro artista, Eduardo Rubén —ambos se han convertido en amigos de toda la vida—, y a partir de entonces no me he detenido, he hecho cientos de plegables y catálogos y los continúo haciendo, cuando me los piden.

Se entiende que este trabajo me dio la posibilidad de conocer la personalidad y el universo de muchísimos pintores, dibujantes, grabadores, ceramistas y escultores. La obra la puedes ver en una galería, pero al artista no, y uno puede hacerse una idea que, al final, no tiene nada que ver con la realidad. Conocer al artista permite tener una percepción más completa del hecho artístico. Con el tiempo, uno se va contaminando de esa libertad, y un día pasa lo que pasa.

En el año 2011, en la galería de la Biblioteca Rubén Martínez Villena de La Habana colonial, inauguraste una muestra personal titulada Ay, qué delicia doña. Las piezas parecían carteles, pero no lo eran; ¿ese también fue un salto en tu trabajo?

No, el salto fue antes. En el año 2008, me invitaron a participar en un Salón de la Ciudad en el Centro Provincial de Artes Plásticas y Diseño. Curiosamente, a pesar de tener ese nombre la institución casi siempre expone arte y muy poco diseño; quizá en esa oportunidad para salvar el concepto dijeron: “Vamos a llamar a un diseñador para que presente un trabajo”.

Lo primero que hice fue revisar los carteles que tenía realizados para ver si alguno se ajustaba a la temática propuesta: los medios de comunicación masiva y la contemporaneidad, si no recuerdo mal. Pero no tenía nada. Me dije: “No me voy a quedar sin participar: me voy a inventar un cartel”. Y de esta idea partió la pieza que deja constancia gráfica de mi opinión sobre el tema. El proceso creativo, inesperado, fue de una tremenda fluidez. Era del todo responsable de lo que había sucedido con aquel cartel. Me dije: “A partir de ahora quiero hacer esto”.

De las exhibiciones personales llegaron primero Rorschach, en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, y Sin Bolos, con Adriana Arronte, una artista a quien quiero y respeto mucho. En esa bipersonal exploré la herencia soviética en la cultura cubana, lo que nos legó el campo socialista a nivel icónico. Aún producía pensando en que mi formación se hiciera notar. Estaba demasiado preocupado por no hacer algo parecido a un paisaje. Hoy lo veo un poco ingenuo e innecesario, pero así fue.

Me invitaron a exponer en la Villena y me centré en la estética de los años 50. Fueron diez carteles, todos protagonizados por mujeres, que expresan desde sus posturas engañosamente complacientes diversos puntos de vista sobre la historia, la sociedad, y, en general, sobre la contemporaneidad.

En Krteles, la exposición siguiente en Galería La Acacia, compartí espacio con Kadir López y Andrés García. Mi propuesta, “The Dazzling Light of Freedom”, exploraba la gráfica de la década posterior, en que los rostros se endurecieron y comenzaron a reflejar la rigidez y complejidad de esos años, en que no era positivo permitirse muchas sonrisas o complacencia en tanto grandes eran los peligros y el enemigo. Se miraba con confianza al futuro, pero vigilantes. El mundo se reproducía en contrapicado, con muy poca plasticidad. Las personas lucían como baluartes. Fue un reto manipular esas imágenes en función de mis ideas, que partían como en anteriores series de una revisión de lo contemporáneo.

Mi trabajo ha tratado siempre sobre cómo las circunstancias, hasta el azar si se quiere, te van empujando hacia un determinado espacio, sea físico o mental. Mi incursión en el arte parte, primero, de la necesidad de expresar esta áspera relación con el Destino, algo que anteriormente canalizaba conversando con mis amigos. Pero en la medida en que uno va entrando en años se sale menos, queda con menos gente; los amigos se van aunque se queden en la esquina, y a la vez se sigue teniendo esa gran necesidad de diálogo e intercambio, y pasamos de un interlocutor específico a un interlocutor general y surge una pieza, luego otra y así hasta que se termine la sustancia o no haya nada más que decir.

Imagen: La Jiribilla

En una pieza que estuvo en una exposición en la Casa del ALBA, dedicada al Che, intenté separar la sustancia física de la ideológica: la primera no permanece, pero la segunda sí. El Che como materia es naturaleza, porque está integrado a la tierra, al verde, a otro tipo de energía. La idea queda integrada al ideario colectivo. La pieza está compuesta con un uniforme mezclado con hojas muertas, semillas y madera. Encima, en otro plano, una estrella.

Ha sido un proceso largo de aciertos y desaciertos, donde el método ha ido madurando a la par de las ideas. Afortunadamente, me queda un mundo por aprender.

Toda tu obra está marcada entonces por la memoria…

Quizá sea una obsesión personal con la historia en tanto Destino, o sea, esos pequeños o grandes acontecimientos que van a marcar la vida de distintas generaciones. Y a la larga la mía y la de los míos.

¿Si no hubieras sido diseñador?

No sé. Quizá me hubiera gustado ser sicólogo, periodista o escritor; me hubiera gustado usar la palabra, la idea, para interpretar la realidad —ya sea real o imaginaria— y poder transformarla a mi manera.

¿Cuál es la obra soñada?

Desde hace un tiempo vengo pensando en eso: sé cuál es la próxima serie y sé, incluso, la que vendrá después. Vengo madurando nuevas maneras de continuar dialogando con nuestro papel en el entramado social, en los procesos históricos. Por el momento, he comenzado a experimentar con el lienzo y el color. Y me parece fascinante. De una manera muy primitiva he optado por el movimiento en lugar de quedarme quieto.

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