Poemas de amor en el país de los viernes

Jorge Ángel Hernández • La Habana, Cuba

Los viernes, muchos estudiantes universitarios tomaban los trenes de la línea norte del centro de la Isla para pasar el fin de semana en su ambiente familiar. Era un viaje difícil, forzado por el hacinamiento y poblado además por indolencias varias de los disímiles viajeros. Y con azares lamentables de diversa índole. De esa atmósfera crasa y fustigante ha extraído verdadera poesía Alpidio Alonso en su poema “País de los viernes”. Una historia que recuerda tanto a la literatura como al cine italiano de la primera etapa de la segunda mitad del siglo XX. Con el deseo y la expectativa como centros; como si justo ese contexto fuese el cauce subterráneo que el minero-poeta deberá horadar.

        País de los viernes
 

        De punta a punta

       caminar el tren

       y no encontrarla.

 

       Saberse esperado había sido.

 

       Del beso de saludo

      a la conversación;

      del compartido puesto

      a aquel paisaje.

 

      Verdecida y anónima la rama de mi voz.

 

      Podía aparecer en cualquier estación:

      voz, guedejas al viento, azul bufanda.

      Un algo limpio de mirarnos era.

 

      Arrozales de miedo vi en sus ojos;

      largo país de ríos que pasaban.

 

      Un instante,

      y ya era el final;

     el principio, es decir,

     de los adioses.

 

     Pétalos, libros, escaleras;

    dos sombras que no saben los andenes.

 

    Saberse esperado había sido.
 

La alternancia entre la descripción del ambiente y el sentido que el tortuoso viaje adquiere se transmuta en deseo que el deseo mismo cumple en su mundo sensorial y presentido, antes que en la factual aventura de viajar. Y así mismo, las veleidades del deseo se sobreponen a la realidad en el poema “Cisne salvaje”, donde la eternidad es un instante de contemplación reinterpretado por el poder del que contempla e imagina. Extraída la esencia mineral, lo demás sigue su curso con el río. La cita que precede al texto da fe del homenaje que el poeta le rinde a Luis Rogelio Nogueras, aunque es posible ir más atrás, en nuestro propio contexto literario, y recordar esos mismos arrojos obsesivos en Eliseo Diego, tanto en el tópico de la posesión simbólica por el acto intencionado de la contemplación como en el de la eternización del instante mediante el tropo poético.

El cuaderno País de los viernes, de Alpidio Alonso,[1] ha sido divido en dos secciones por pura fidelidad al desarrollo argumental, pues la tristeza que la ausencia deja recorre cada una de las páginas y va y viene a su antojo entre los versos. Despedir y saludar a la tristeza (“Adiós tristeza/Buenos días tristeza”, reza el exergo de Paul Eluard usado para la portadilla) no es en sí dilema poético, sino circunstancia atemporal, materia prima de la poesía.

La sección del adiós, compuesta por ocho poemas, revela una insistencia en el significado de lo ausente, en el sentido de aquello que parece no tenerlo. Es el punto en que las mentes de extrema racionalidad rechistan y se alejan, en una ausencia diferente a la que estos poemas consiguen atrapar. Y en esa paradoja se aferra el aliento poético que los textos de País de los viernes va sumando. La sección segunda, de once poemas, se centra un poco más en la sensorialidad que la vivencia efectiva recompone.

Como el cuaderno reúne poemas de amor antes publicados por Alonso, hay, además, contactos de sentido erotismo, sobre todo en la sección que da sus merecidos “Buenos días” a la tristeza. El poema “Curva, umbral” recurre al más clásico modo sin que por ello se adentre en pataleos provocatorios, o apueste por un barato rechistar de los vocablos. El empeño lírico se niega a ceder ante la descripción, o sugerencia, de acciones. La poesía es, por tanto, plena.

 

       Curva, umbral
 

      Tu vientre es una playa serena y blanca

      donde respiran soles

      y mi oculto animal deja su huella.

 

      Demasiado en ese arenal no tengo frío.

 

      Lento recorro esa curva profunda

      y allí me quedo,

      dueño de una tibieza huérfana

      -niño frente al dolor-,

      en el umbral que anuncia

      todas tus potestades.
 

Puede advertirse además esa difícil plenitud en el estilo y los recursos técnicos, con muy felices incursiones en el soneto, combinaciones de estrofa asonantada y versos largos y cortos, tanto dentro de un mismo poema como entre los diversos textos, hasta llegar al poema en prosa. Hallamos, en este país de los viernes que Alpido Alonso ensancha más allá del tren original, contemplativo y ahíto de añoranzas simbólicas, un mapa intemporal, perenne, cuya carta de navegación está en la poesía misma, en su razón. No hay precisamente elogio, sino uso de la razón poética. La unidad, y la conciencia estilística, hacen superfluo el hecho de la procedencia, temporal y editorial, de los poemas que forman el cuaderno. En sí mismo, es un libro distinto y renovado.

Economía y precisión adjetiva. Variedad en la métrica y la estrofa y, sobre todo, un ritmo cuidado hasta el extremo, como si lo melódico del verso fuese también significado esencial para esa pertinaz tristeza que acompaña al resumen de los lances amorosos. Una vez que el poeta se empeña en extraer de las contaminadas minas el material precioso que redime lo humano y lo transforma en condición eterna, en existencia que solo a través de la propia poesía se proyecta.

[1] Alpidio Alonso: País de los viernes, colección Sur Editores, La Habana 2013. ISBN. 978-959-302-101-2

 

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