El vecino de Miguel y Claribel

Norberto Codina • La Habana, Cuba

En el prólogo a Escenas entrevistas. Diecisiete personajes en “La Gaceta de Cuba, en proceso editorial por Ediciones Alarcos, recordé entre los entrevistados la presencia del hombre de teatro que fue Roberto Blanco.

En este volumen se reúnen un grupo de figuras imprescindibles de las tablas cubanas y que se han dado a conocer como dramaturgos, directores, actores, bailarines, diseñadores, pero sobre todo como maestros y fundadores, y que con el testimonio de su palabra ejemplifican su legado.

Cuando entregué el título a los editores, por esa fecha tres de ellos lamentablemente habían fallecido en plena actividad creadora, Alberto Pedro, Sergio Corrieri y Roberto Blanco. Eran protagonistas de la cultura nacional a los que de una forma u otra conocí y aprecié, más allá de su profesión, y a ellos dediqué este libro de homenaje a la escena nacional.

A Roberto fue a quien menos traté, aunque las primeras veces fue a mediados de los 70, una fecha que hoy me parece lejana. Él y su familia, esposa e hijos, vivían en una casita de cierta gracia, y eran vecinos colindantes de Miguel Fleitas y Claribel Suárez, cuyo hogar —que acogía a su yerno y mi amigo de la infancia, con nombre de resonancias clásicas, Greco Cid— visitaba con frecuencia en aquella época, en la calle 3ra. en El Vedado, justo detrás de la manzana donde radicaba el antiguo colegio municipal Valdés Rodríguez.

Miguel había sido fundador de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo y del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficas (ICAIC), director de cine de larga trayectoria y, sin duda, uno de nuestros más sobresalientes corresponsales de guerra, con experiencias entre otros conflictos bélicos, en Vietnam, Angola y Etiopía, a quien se le sigue debiendo un justo reconocimiento. La amistad que él y el director de teatro compartían era de años.

Recuerdo a Roberto Blanco, cuya presencia proyectaba encanto e inteligencia, como alguien conversador, muy natural, que disfrutaba de las pequeñas cosas de la vida, tales como las fiestas del barrio por las festividades nacionales —donde el Greco se encargaba del ron barato y la caldosa—, o las reuniones familiares y navideñas que compartía con los vecinos, o la sazonada conversación con dos buenos interlocutores como Claribel y Miguel, charlas de las que las más de las veces yo era simple espectador. Roberto nos trasmitía alegría, más allá de los sinsabores, marginaciones e incomprensiones —para usar un dulce eufemismo—, que le tocó sufrir en aquellos tiempos.

Blanco diría al hablar de lo propio y lo extraño en el terreno teatral: “A mí nada humano me es ajeno. Creo que es en esa medida en la cual yo concibo la dinámica entre lo propio y lo ajeno”.

Esa máxima la veo en él, como en otros directores que han sido formadores de actores como Vicente Revuelta, Berta Martínez, Abelardo Estorino o Eugenio Hernández Espinosa, de una manera ejemplar.

Para su trayectoria profesional y personal es válido lo que como conocedora legítima y lúcida de nuestra cultura y del devenir de sus protagonistas, escribió la doctora Graziella Pogolotti: “La sociedad, en efecto, es la casa compartida por todos, artistas y espectadores, atravesada por el tiempo y por la historia, hecha por nuestras manos y gastada por ellas, portadora de la pesada carga del pasado y animada por el persistente reclamo de aires renovadores”. (1)

La imagen de Roberto Blanco, “atravesada por el tiempo y por la historia”, de aquellos encuentros fugaces de hace 40 años, es la que siempre evoco cuando rememoro sus puestas clásicas, como la inolvidable de María Antonia, o cualquier otra referencia a su persona, y no la de los últimos años de su vida, cuando ya enfermo, coincidimos en mi barrio actual, viviendo él en el edificio América.

Ese retrato lejano del vecino afable de mis amigos es el que siempre he querido conservar.



(1) Graziella Pogolotti: “Una educación sentimental”, prólogo a Abelardo Estorino. Teatro completo, Ediciones Alarcos, La Habana, 2006.

 

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