La Guillotina

Michel Encinosa Fú • La Habana, Cuba

El despertador gritó y yo salté.

Quizás «saltar» no sea el verbo adecuado, pues estaba de rodillas y con mi cabeza bajo la cama.

Un poco de sangre.

Limpié la que me corría por la frente con la sábana y seguí buscando. Llevaba cinco horas buscando, tal vez seis.

Zapatos de Lilí, llenos de polvo. Cabellos de Lilí, llenos de polvo. Pellejitos de los pies de Lilí, llenos de polvo.

Aún de rodillas, pensé otra vez en las gavetas, el armario, los estantes.

Libros de Lilí, llenos de polvo. Ropas de Lilí, llenas de polvo. Cosméticos de Lilí, llenos de polvo. Peluches de Lilí, llenos de polvo. Aretes baratos, pulsos baratos, anillos baratos, crucifijos baratos de Lilí, llenos de polvo barato.

Pensé en todos mis bolsillos.

Pantalones, camisas, shorts, hasta un calzoncillo con un bolsillo, y en el bolsillo un bordadito de Winnie the Pooh. Regalo de Lilí. Y en todos esos bolsillos, fotos de Lilí, llenas de polvo. Agendas de Lilí, llenas de polvo. Peines, plumas, cortaúñas de Lilí, llenos de polvo.

Necesitaba una escoba.

Para barrer este piso con las marcas de las manos y las rodillas de Lilí, y lleno de polvo. Para desgarrar esos pósters del Chris Cornell de Lilí, de los Andes de Lilí, del pingüino de Linux de Lilí, arrugados por los omóplatos de Lilí, y llenos de polvo. Para limpiar de un golpe ese escritorio acuñado por las nalgas de Lilí, invadido por las revistas de Lilí, los portalápices de Lilí, los CDs de Lilí; y con dos golpes más limpiar también este cuarto, esta casa, repleta con las voces y las sombras de Lilí, los gritos y las risas y los pasos y los silencios de Lilí, y lleno, todo eso también, lleno de polvo.

Y tras la escoba, un paño para arrancar del espejo empolvado todos esos nombres míos en tipografías adulteradas por el creyón labial de Lilí. Y tras el paño, un aromatizador para ahogar el perfume polvoriento de Lilí. Y tras el aromatizador, un jabón y mucha agua para diluir de mi piel tanto polvo de Lilí, tanto polvo.

Reflexioné larga y profundamente, como solo saben reflexionar los hombres hechos de polvo, y al fin me llevé la mano a la oreja y recogí de allí el cigarrillo que hacía cinco horas, tal vez seis, estaba buscando.

Después de convertirlo en humo ―más polvo―, cogí las cuartillas polvorientas de mis últimos poemas: «Lilí 23», «Lilí 24», «Lilí 25.57»…, y me fui por ahí, a buscar una escoba. O un placebo aceptable.

 

A esa hora las tiendas seguían cerradas. Ignoraba si lo que necesitaba era parte del surtido usual de una tienda. Sospechaba que no. Ni la esperanza, ni la resurrección ni el suicidio son éxitos de mercado. Todo lo más, herramientas de segunda para que las vidas de tercera tengan la dignidad de una muerte de primera.

Una entrada grande, con una valla corrediza de madera, me obligó a cruzar la calle. Dentro, en una especie de lobby, y cual trinchera ante otra puerta interior velada por una cortina de color indefinible, se hastiaba muy viejo y solemne un buró metálico, ligero, más propio de una enfermería. Sobre él, hacinados en torres, dormitaban formularios, esquemas muy mal dibujados, expedientes laborales.

Abrí algunos de estos últimos, los hojeé. Tantos nombres ajenos, actas, evaluaciones, diplomas, fotocopias de títulos, certificados médicos, me hicieron estornudar. Los iba dejando caer al piso. Con frívolo deleite, los veía planear o precipitarse en picado, para bosquejar una alfombra de azaroso patrón. Harto al fin del pasatiempo, marché al asalto de un archivero próximo y con sobrehumanos esfuerzos logré abrir todas sus gavetas. Vacías, excepto la última de abajo, que se deslizó leve y sin protestar. En su fondo yacían revistas porno, seguramente precolombinas, a juzgar por las cubiertas desvaídas. Eran noruegas o finlandesas, en fin, en un idioma de esos infestados por diéresis en todas las vocales. Ni las toqué. Estaban muy manchadas, por quién sabe qué pluralidad de dudosas humedades ya resecas.

Acudí a un tarjetero en la pared. Las últimas fechas marcadas en los cartoncitos casi ilegibles databan de años atrás. Muchos años. Probé a insertar uno en el reloj que, misteriosamente, aún funcionaba y anunciaba la hora exacta. El CLACK no me tomó por sorpresa, pero luego el mecanismo se negó a soltar la tarjeta. Allí la dejé.   

Al lado del tarjetero un mural lleno de gráficos, orlas florales de cartulinas en colores, efemérides enunciadas con plumones y crayolas, recortes de periódicos, y fotos de muertos y vivos, y muertos en vida y vivos casi muertos, pugnaba por caerse al piso con un empeño prodigioso.

Desde el otro lado de la cortina me llegaba a los oídos el rumor de la industria.

Crucé, apartando la cortina con los dedos. Entré a la nave.

Allí las máquinas zumbaban, rugían, gemían, chasqueaban, traqueteaban, producían.

Tras unos segundos descubrí que tan solo imaginaba el eco de su histórico afán, atrapado entre las paredes y los cerrados ventanales pegados al alto techo. La nave callaba, las máquinas sostenían toneladas de polvo sobre sus carcasas de metal oxidado.

Por allá atrás, invisible, aleteó un pájaro.

Encendí un cigarrillo, me aparté de unos rollos apilados de papel que parecían cilindros de aplanadora. Los más pegados a la pared ya se habían fundido con esta, en una mezcla húmeda y apestosa y llena de bichos.

Y oí una voz.

Parecía una risa, pero muy rota.

Seguí adelante, hasta que la voz dijo algo muy cerca de mí, y me atreví a dar un paso fuerte que resonó cual martillazo en una iglesia.

Un hombre asomó por sobre una máquina. Sus facciones rigurosas, cual a corte de machete, sin apenas superficies amables que las humanizaran, hacían recordar al Hombre de Hojalata del Mago de Oz. Más porque los retazos prominentes de su piel, en lo oscuro, incluso se antojaban relucir metálicos. Solo faltaba el embudo a guisa de sombrero. Cual una máquina más nacida del paisaje, un robot, un golem animado por los fantasmas de una industria extinta. Me midió con el ceño fruncido y salió cerrándose el overol hasta la altura del ombligo:

―Oiga, usted, ¿qué se le ofrece?

―Quiero imprimir algo.―Le extendí las cuartillas.

―¿Qué son? ―protestó sin tomarlas―. ¿Volantes del sindicato? ¿Un boletín para el Congreso que viene? ¿Copias de presupuesto?

―Son poemas ―le expliqué―. Mis poemas.

―Poemas ―dijo sin separar las mandíbulas, y los cogió―. Entonces, ¿es particular…? Eso sale caro, ya lo sabe. ¿Cuántas copias?

―Pago lo que haga falta. Y quiero cien copias.

―Todos tienen el mismo nombre ―comentó él, hojeando el cuaderno.

―Ella tenía un solo nombre ―le dije.

Él encogió los hombros:

―Está bien. Déme una semana. Pero tenemos que decidir el tamaño y otros asuntillos técnicos…

Dio media vuelta sin dejar de farfullar, caminé tras él.

Y entonces la vi allí sentada tras la máquina. Una cabeza pelirroja y revuelta inclinada sobre un cuerpo pequeño, cubierto con una camisa abierta y demasiado grande, y una faldita plisada que me hizo evocar aquel aleteo. Las piernas eran dos palos blancos que salían de la falda, se doblaban, y los pies desnudos y sucios quedaban casi ocultos. Las manos reposaban sobre el regazo estrujado, una dentro de la otra, como dos arañas delicadas y muertas patas arriba. La cabeza se alzó y me golpearon unos ojos estrechos, cual heridos por la luz, rodeados de pecas.

―Usted me dirá ―dijo el hombre, con impaciencia.

Estábamos frente a la guillotina.

Él sostenía una hoja de papel. Había colocado mis cuartillas sobre una caja. Ya de tan cerca, la ilusión robótica se desmoronaba. Resultó un hombre de piel blanda y mojada. Su pecho era un césped dorado y anegado en rocío.

―Siete y media por cuatro, si le parece bien ―sugerí.

―¿Pulgadas?

―Pulgadas, claro.―Puse los brazos en jarras.

Él pareció avergonzado. Sopló sobre la hoja, y luego dijo en voz alta:

―Ciérrate eso.

Con el rabillo del ojo la vi obedecer. Los botones de la camisa eran pequeños y los ojales muy grandes. Yo no sabía cuál de los dos, si un botón o un ojal, podía desgastarse más rápido.

El hombre midió, ajustó, situó la hoja y, dejando una de sus manos junto a la línea de corte, oprimió el botón rojo con un pulgar grueso y plano.

El motor de la máquina zumbó rabioso y la cuchilla bajó de súbito, rozando los dedos tranquilos. Sin embargo, en el momento mismo de cercenar la hoja, pareció ralentizarse con timidez, celosa de su propia exactitud.

Justo así descendía Lilí sobre mí, recordé. Justo así jamás pude yo aprender a descender sobre ella. Nunca le importó. Quieto y torpe, así me quería.

La cuchilla bajó dos veces más y el hombre me enseñó la hoja. La di por buena:

―Una semana, entonces.

―Una semana ―aseguró―. Mañana llega una tinta. Una tinta buena. Es azul, para banderitas. Y si la mezclo con la roja, va salir casi negra. Usted verá.

La cabeza pelirroja había vuelto a caer y ahora los brazos rodeaban las piernas alzadas en triángulo, apretadas al torso. La faldita cubría el piso bajo los glúteos y nada más. Aparté los ojos y miré al hombre. Parecía a punto de saltar sobre mi garganta para  deshacérmela en una sola, furibunda mordida.

 

Ya en la calle, una mano me agarró de la camisa. Volteé, y la cabeza pelirroja se agitó ante mi pecho:

―Olvidaste decirle el título.

―Dile que eso es muy obvio. Y si no, es que es bastante estúpido.

Soltó una risita y después su cara endureció, como esperando un golpe. Yo seguía sonriendo, y entonces ella volvió a sonreír con temor:

―¿Y tu nombre? Tú eres el autor, ¿no? Tienes que poner tu nombre.

―Eso no hace falta.

―Pero así es como se hace siempre.

―De verdad, no hace falta.

―Qué tipo más raro tú eres.

Yo miré sus pecas, sus botones correctamente insertados en los ojales, sus rodillas cubiertas de arañazos y sus pies aún desnudos, inquietos sobre el asfalto hirviente, y pensé que tenía razón.

―Es verdad ―le confesé, y bajé mi cara hasta su oído―. Pero guárdame el secreto.

Ella soltó otra risita, más suelta que la primera, y se fue corriendo.

Su falda aleteaba silenciosamente.

 

Una semana era demasiado larga. A los tres días regresé, pero el hombre no mostró contrariedad. Me condujo del brazo, con su mano blanda y mojada, como a un buen cliente, hasta una máquina prodigiosa, con muchas partes móviles, que no paraba de trabajar.

―Están saliendo ya las páginas centrales. Como es un librito fino, va a ser un solo cuadernillo. ¿Lo prefiere cosido o presillado?

―Cosido. ¿El hilo es bueno?

―Es del que guardamos para los folletos de instrucción militar y del partido. Como es poco, se puede dar el lujo… ¿De qué color quiere la cubierta? Tenemos cartulina amarilla, verde…

―¿Y color pergamino? ―Decidí que bien podía rascar algo de capricho.

―Coño, apretó ahí… ―Se rascó la cabeza―. Hay un poco, de hace tiempo… No sé cómo estará. Déjeme buscarlo.

Se fue para un rincón y empezó a abrir y tirar cajas.

Yo recorrí la nave sin notar ninguna cabeza pelirroja, ningún aleteo. En el piso, junto a una máquina, vi un pequeño botón. Lo recogí y escondí en mi bolsillo.

El hombre regresó con cara de acusado en un tribunal civil:

―Está un poco maltratada… La humedad, ya sabe.

Palpé la muestra que me ofrecía. Un poco manchada, pero eso le daba un toque interesante. Suave, con pelusilla. Imaginé la tinta, las letras, y me gustó lo que vi. También estaba algo cuarteada ya por la descomposición pero, ¿qué merece ser eterno?

―Volveré pasado mañana ―le dije―. A ver cómo anda… Digo, si no molesta…

―Venga cuando quiera. ¿Le gustó como ajusté la caja tipográfica? ¿Los márgenes, el folio, las capitulares…?

―Está soberbio ―respondí, con solemnidad, y él resplandeció como una sábana tendida al sol.

 

Dos días después, nos dimos la mano:

―Puntual, como los gallos ―sonrió―. Ya está tirado completo y hoy te lo vamos a empalmar.

Me llevó hasta una mesa amplia, redonda y muy alta. Se encaramó a una banqueta e indicó las hojas impresas, ordenadas por folio. Al otro lado se sentaba la pelirroja. Hojeaba una de aquellas revistas, noruegas o finlandesas. Murmuraba, arrugaba su cara de oreja a oreja, cual en porfía por descifrar el misterioso idioma de las diéresis. Quizás deletreaba un pie de foto, acaso un anuncio o algún artículo sobre política o ecología. Desde la cubierta, me miraban dos colosales tetas siliconadas, envolvían un butt plug verde fosforescente que parecía clamar en asfixia. 

Lilí odiaba la silicona. Odiaba los juguetes para adultos. Odiaba cualquier minúsculo atisbo de fosforescencia artificial. Una vez en la guagua no se pudo contener y le arrancó la chillona gorra a un niño de la cabeza. Hay que oír, con cuántos neologismos cáusticos puede apearse una madre celosa, y hacerlo apearse a uno de un vehículo público, y a cuantas calles de distancia, aún por sobre el volumen del tráfico urbano de media tarde, puede uno seguir corriendo en fuga y recibiendo semejantes invectivas cual balazos de M40 por la espalda. Hay que oír, cómo reía Lilí. Adoraba reír. Incluso en esas ocasiones en que llorar hubiera sido lo más sensato, o cuando menos, decoroso. En la ocasión de su propia dilatadísima agonía, por ejemplo.  

―Entonces, es así ―me decía el hombre―. Coges de este montón… después de este… y de este… hasta que llegas al último, y entonces lo doblas, con cuidado, que quede bien parejo… Y lo pones para este lado… Y vuelves a coger de este montón…

Posé las manos sobre las hojas impresas. Aquello era mi libro. O mejor, sería mi libro. Por el momento, solo unas vísceras bien organizadas.

El hombre separaba ya el quinto cuaderno y dijo en voz alta:

―Si me ayudaras, terminaríamos más rápido.

―Está bien ―dijimos a la vez, ella y yo.

De repente los tres parecimos a punto de reír, pero ninguno lo hizo.

Cogíamos a la vez de los montones y resultaba confuso. En el temor de omitir una hoja o de insertarla repetida, contábamos y recontábamos, mirábamos y remirábamos los folios. Si de terminar más rápido se trataba, deduje que la idea no era buena.

Pero cien libros no son tantos libros, al fin.

Ella dobló el último ejemplar bajo nuestras miradas severas. Lo colocó sobre los otros y escondió las manos bajo el borde de la mesa, muy quieta y estirada.

Así permanecía Lilí una vez al año, del otro lado de la mesa de la cocina, tras darme mi regalo de aniversario. Nerviosa, expectante. Odiaba el concepto del matrimonio, los suegros y las cuñadas. Odiaba los anillos, las alianzas firmadas, la negociación convivencial. Odiaba los cumpleaños familiares y de amigos, las fechas patrióticas, los calendarios menstruales, los embauques del Zodiaco… Pero adoraba los aniversarios. Y los regalos. «Un año más», parecían decir sus ojos en esas tardes, «un año más, y no hemos reventado como un carro bomba, como una economía tercermundista». Y luego:«¿Habrá un año más?», preguntaban sus ojos, y los míos trataban de jurarle:«habrá mil años más, dos mil, cien mil».

―Mañana tiro las cubiertas ―me dijo él―. Hoy no, porque viene una inspección y tengo que esconder todo esto.

―Le estoy ocasionando muchas molestias.

―Deje eso. Si no fuera por nosotros ―me guiñó un ojo―, ¿adónde iría a parar la cultura de este país?

Después se volvió hacia ella:

―Oye, y tú, dale para allá atrás.

Ella bajó de su banqueta, agarró la revista y corrió con sus pies desnudos por entre las manchas de grasa, los vidrios rotos, los charcos cenagosos engendrados por las goteras de tantos lustros. Aquel día usaba un short de lycra y un collar con bolitas de colores. Nada más que eso.

Fruncí los labios y el hombre me explicó:

―El calor es peor cada año, ¿no es verdad? Felices ellos, que pueden andar por ahí como quieren, y uno a preocuparse por si se educan, si se enferman, si no llegan o se pasan… Después crecen, y quién los aguanta.―Señaló con el mentón hacia el rincón del fondo por donde ella había desaparecido.

―Sí, es peor cada año ―repliqué―. Felices ellos.

 

Buscaba un lugar sin polvo donde sentarme. Era inútil. Soplé sobre una silla, le tiré un mantel por encima y me dejé caer. La explosión de finas partículas me envolvió, pero ya estaba acostumbrado.

Alcé la cabeza y me arrepentí al instante, mis ojos atraparon un vaso en lo alto del armario. El polvo delineaba celosamente las marcas de unos dedos en su superficie. Los dedos de Lilí. En su fondo se debatía una mosca moribunda.

De un salto cogí el vaso y fui con él hasta la puerta para tirarlo a la calle. Abrí, y ella estaba allí.

―Voy a quedarme contigo esta noche.―Se estiró sobre puntas de pies hacia mi cara―. Es un secreto.

―No me digas… ¿Y qué vamos a hacer? ―le pregunté, estúpidamente.

―Quiero ver cómo escribes un poema. No sé como se hace eso. Y quiero saber.

Vestía la misma lycra, y el collar había sido reemplazado por un pulóver sin mangas. Seguía descalza.

Le cedí el paso, cerré la puerta y devolví el vaso al armario:

―Vamos a ver… Siéntate ahí.―Le indiqué la cama.

Ella obedeció. Lo hizo de golpe y la explosión de partículas, bajo el rayo de luz de la ventana abierta, la rodeó como una aureola dorada.

―Dime algo que te guste mucho ―propuse―. Y haremos un poema sobre eso.

―¿Que me guste mucho…? El chocolate.

Sentí el latigazo de algo muy similar a la desesperación, pero también lo acepté resignado. Claro, debí haber esperado algo así. Por lo menos, era mejor que las flores o el arco iris.

―A ver… El chocolate… ¡Ajem! Podemos empezar…, no sé, con un verso que refleje la impresión emocional de su cercanía, y a la vez la imposibilidad de alcanzarlo.

―¿Y eso por qué?

―Digamos que está en una vitrina. Y no tienes dinero para comprarlo.

―Pero yo quiero tener dinero. Yo quiero comprarlo.

―Eso no es así. Los mejores poemas son sobre cosas que no podemos tener. O sobre las que perdimos.

―Entonces, no me gusta la poesía.

―Sió. Vamos a probar… «Me habla con aromas que no palpo…».

―Eso es trampa. Los olores ni se tocan ni suenan a nada.

―Eso se llama sinestesia. Es un tropo.

―¿Un qué cosa?

―¡Un tropo, coño!

―Pues es trampa… Mejor enséñame cómo conseguir chocolate sin tener dinero para comprarlo.

―No sabría enseñarte eso ―admití.

―¿Y qué puedes enseñarme?

Me sumergí bajo la cama por entre sus piernas, y salí sacudiendo los zapatos de Lilí.

―Ponte esto. Te voy a enseñar a disfrazarte de poema.

Por supuesto, le quedaban grandes.

No sé en qué estaría yo pensando. Tal vez miento, tal vez lo sé muy bien, pero no quiero pensar en eso.

A los zapatos le siguieron los jeans de Lilí, las blusas de Lilí, las sayas de Lilí, las medias de Lilí, las camisas de Lilí, las joyas baratas de Lilí. Solo me detuve cuando hurgando en una gaveta metí la mano en las prendas íntimas de Lilí, y la mano pareció desprenderse de mi brazo por sí sola y quedar allí dormida, temblorosa.

Mientras, ella iba de aquí para allá, una pequeña Lilí pisando en las huellas de la otra Lilí, tocando los pósters, los libros, los CDs de la otra Lilí. Al fin descubrió los cosméticos llenos de polvo, sacó un creyón de labios, lo abrió, lo olió, y supe que era suficiente.

La devolví a su forma original, casi a la fuerza. Preparé una tortilla, la serví con pan y mantequilla, y se la atoré casi a la fuerza en la boca. Luego la metí casi a la fuerza en mi cama. Se durmió enseguida.

Abrí una cajita de falso sándalo, saqué unos aretes de la otra Lilí y los coloqué sobre sus orejas. Lucían bien. A la perfección. También sus labios, entreabiertos en un breve túnel tibio, sorbiendo imperceptibles, como los de Lilí. Y sus manos en plegaria encogida, como un corazón muerto, frente a la nariz. Y las tenues, súbitas pataditas de sus pies bajo la sábana. Toda ella lucía bien, demasiado. Todo en ella me tentaba a yacer a su lado, abrazarla y dormir con el arrullo de su respiración. Todo en mí clamaba por un reemplazo, una prótesis, un placebo.

Estuve a punto de colocar mi mano sobre su cabeza mansa. En vez de eso, aparté unos cabellos que le caían sobre la cara. 

Yo era la pieza rota a sustituir en la maquinaria. Yo era el engranaje desdentado, el eje partido, el émbolo atorado. Yo era la rueda condenada a seguir girando sola, sin impulsar o ser impulsada, hasta que las irrevocables leyes de la física me detuvieran al fin, en algún rincón simple pero absoluto del camino. 

Tuve el antojo de obsequiarle algo pequeño, una suerte de secreto que pudiese guardar para sí sola.

Y pensé en aquel anillo. Una alianza sencilla, sin piedra, sin un solo día de uso. Tras varias sofocadas rondas de estornudos, lo encontré, y lo medí en sus dedos, uno por uno. No le quedaba tan grande, y de hecho podría usarlo, al menos en los pulgares. Después conté sus dedos, uno por uno, y volví a contar. Le faltaba el anular de la mano izquierda. Solo quedaba una falange, a manera de toconcito delicado. Un corte limpio, plano, que la cicatriz no llegó a disimular.

―Y bien, ya sabes cómo disfrazarte de poema ―le dije muy bajito, y muy estúpido, al oído, y salí al portal casi a la fuerza.

El hombre estaba allí afuera, en la calle. Se me acercó a paso violento.

―Deje que se quede aquí esta noche ―le rogué―. Está dormida.

―Soy capaz de quemarle su puñetero libro, ¿sabe?

―No, no lo hará. Todo tiene su precio. Le pago el doble.

―Pero ella viene conmigo. Ahora mismo.

―Mire… ¿La cubierta no la ha tirado todavía, verdad? Entonces, déjela a ella aquí esta noche, y póngase en los créditos de mi libro. Como editor, al dorso de la cubierta.

Me miró como a un loco, un imbécil, o un bicho diseccionado en una peluquería.

―Estará como editor y eso es una cosa importante ―insistí―. Nadie se lo discutirá. Aproveche la oportunidad, compadre.

―Pero ese libro no será para vender ―protestó, aunque con voz más baja, pestañeando interesado―. Es particular. No lleva ISBN. Ni siquiera copyright. Ni colofón.

―Póngale el colofón que quiera. Y una nota de contracubierta, también. El crédito es suyo. Pero déjemela aquí. Solo esta noche.

Él encendió un cigarrillo. Me sorprendió. No lo había visto fumar. Sopló el humo en mi cara y al fin dijo:

―Eres un tipo raro.

Al menos, por esos días, en algo estábamos todos de acuerdo.

 

Cuando llegué con ella a la mañana siguiente, las cubiertas salían de una máquina con golpes secos, una tras la otra. El hombre no nos saludó. Tampoco reaccionó ante el anillo que ella usaba en un pulgar y no se esforzaba en ocultar. Quizás no lo notó. Ella eligió un buró pegado a una pared, se sentó debajo, entre las dos columnas de gavetas, y nos dio la espalda.

Al rato, cuando entre él y yo acotejamos las cubiertas con las tripas, ella salió, buscó el hilo, lo montó en la máquina y se puso a coser.

Coser y cantar. Los tres canturreábamos, cada cual su melodía. Una familia feliz.

Los libros ya cosidos entraron a la guillotina, en grupos de a diez. El hombre hundió su dedo en el botón, treinta veces. La cuchilla bajó treinta veces, un desplomar violento, sin vida, y en el último instante un rendir sereno, ante la mano del hombre.

Ella esperaba a mi lado y temblaba. Imposible comprender si de temor o excitación.

―Vete para allá atrás ―le dijo él sin mirarla, casi con cariño―. Bien sabes que a ti no te gusta esto. Ya te pusiste a jugar una vez, y ves lo que pasó.

Y ella obedeció y se fue para allá atrás, dondequiera que eso fuese.

Él tiraba al suelo con un golpe de mano desdeñoso los recortes sobrantes. No bastaban para cubrir nuestros pies.

 

Mediodía. Losas sin nombres. Calles, laberintos. Pero yo fui derechito a donde quería. Mi memoria era monstruosa. También mis ganas de dormir, y de fumar. O de fumar, y luego dormir. O de fumar, simplemente. Dormir sería como respirar bajo el agua, volar entre las nubes, olvidar.

En realidad, el hombre había resultado ser bastante estúpido. Abrí la caja llena de libritos, saqué una pluma y me dediqué pacientemente a tachar el «Poemas» que lo titulaba, y a escribir «Lilí» con grandes letras. Poco a poco, «Lilí» se fue convirtiendo en un simple garabato, pero eso no me importó mucho. A ella tampoco le importaría.

El colofón decía: «Impreso en los Talleres Poligráficos Quinto Centenario de Leonardo Da Vinci, 2000 y tal, Año de Gracia de la Idea Suprema y el Trapiche».

La nota de contracubierta era honesta y escueta: «Este es un libro de poemas. Los poemas son bonitos. Me gustaron mucho. A usted también le gustarán. Imprima sus libros en nuestro taller. Cobramos barato».

Supongo que no habría olvidado colocar su crédito de editor en el reverso de la portada. No lo comprobé.

Cubrí la losa con los libros. Podría haber encendido un buen fuego, pero lo juzgué excesivo. Acostarme sobre todo aquello era otra opción, pero sospeché que terminaría por aburrirme de hambre, de soledad y de estupidez. Me limité a encender un cigarrillo, y lo tiré y me fui antes de acabarlo. Era suficiente.

 

Entré a la imprenta como un ladrón y me escabullí hacia el «atrás». Un pequeño almacén vacío. Solo una colchoneta podrida, rellena con recortes sobrantes. La probé con la mano. Crujía. Pinchaba. Bostecé.

En la nave, la guillotina echó a andar.

Él no se sorprendió al verme aparecer. Me saludó con la cabeza, y luego:

―¿Qué, ya se lo ha dado a leer a alguien? ¿Y qué tal?

―Lo de siempre.―Me encogí de hombros―. A todos les gustan los poemas.

Él rió, y hundió el dedo en el botón. La cuchilla bajó.

Ella apareció a su lado. Vestía la falda del primer día y el pulóver sin mangas. Estaba cruzada de brazos, y la ausencia del dedo quedaba oculta entre sus costillas y la curva del codo. Pero la alianza relucía discreta en un pulgar que ella hacía sobresalir y movía con restringido énfasis. «Míralo, míralo», parecía querer decirme, «¿ves que lo tengo puesto?». Asentí, solapadamente, sin entusiasmo. “«Mírame, mírame», pedía ella.  

Miré la máquina. Un manojo de volantes cuadrados con el texto «Prohibido Fumar» tomaba forma rectangular.

La cuchilla bajó.

―Me gustó eso de editar un libro ―comentó él―. No sabía que fuera tan fácil.

―No hay nada difícil ―repliqué.

―Que se cree usted eso ―protestó―. ¿Cree que esto es fácil? ―Metió más volantes, amorosamente apilados―. Hay que saber hacerlo bien. Con las máquinas no se juega.―La cuchilla bajó―. Claro, hay maquinitas que sí son para jugar.

―Claro, siempre las hay ―acepté―. Y cada cual juega a su manera.

―¿Sabe? ―Me dedicó unos ojos radiantes―. Creo que usted y yo vamos a ser grandes amigos… ¿Trabaja en algo? Quiero decir, ¿por qué no viene a trabajar aquí, conmigo? Hacemos más libros suyos. Y libros de sus amigos. Y algo inventamos para sacarles plata, los poemas gustan a todo el mundo: a las amas de casa, a los estudiantes enamorados, a los enfermos…

―No sé, mire… No es que este lugar no me guste, pero…

―No me joda. A usted sí le gusta este lugar. Le gustan las máquinas, yo no soy comemierda. Y algunas máquinas más que otras.―Guiñó un ojo hacia la pelirroja, un gesto que ella no podía ver―. Por ejemplo, esta máquina.―Propinó un puntapié amoroso a la base de la guillotina, atornillada al piso―. Le fascina. Se le ve a la legua.

La cuchilla bajó.

Y tenía razón. Las máquinas me gustaban. Eran más perfectas que las personas. Eran exactas y obedientes. Eran estáticas y provechosas. No lloraban. No soñaban. No apestaban al morir.

Solo se llenaban de polvo. Pero yo había superado ese detalle.

―Embúllese, poeta ―insistía él―. Compartimos el trabajo, las ganancias, y todo lo demás… ―Se pasó la lengua por los labios y estrechó los ojillos―. Lo compartiremos todo.

Empujó un manojo de volantes dentro de la guillotina, sin dejar de sonreírme.

Ella, a sus espaldas, hundió su pulgar anillado en el botón.

Yo miré hacia un lado.

 

Horas después, cuando la ambulancia y la policía se largaron, fui «atrás». El colchón recibió mi peso con el mismo cariño que un ataúd. Para mi sorpresa, no se alzó ni una nubecita de polvo.

―Eres un tipo raro, de verdad ―dijo ella desde la puerta.

―Los accidentes pasan ―le repliqué, encendí un cigarrillo―. Y yo no vi nada.

―Yo quería que vieses ―insistió.

―No quiero ver nada.―Me volví del otro lado, cerré los ojos―. Nada de nada. Ya tuve lo que quería.

―¿Y yo?

Sin responder, saqué el botón del bolsillo y extendí la mano hacia atrás. La sentí acercarse, posar una rodilla en el colchón, coger su botón y quedarse allí, muy quieta y muy agitada, como la cuerda de un violín que vibrase aún en la última nota de la partitura.

Pero me dormí enseguida.

Igual que Lilí.

Ella, no lo sé.

Tampoco me importa.

 

Michel Encinosa Fú: (La Habana, 1974). Narrador. Licenciado en Lengua y Literatura Inglesas por la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana (1998). Graduado del 2do Curso del Taller de Creación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Miembro de la AHS. Miembro de la UNEAC. Editor en Ediciones Extramuros, CPLL Ciudad de la Habana. Entre los premios recibidos destacan: Premio Cauce de narrativa (2001), Premio de cuento Hemingway (2002), Premio Cuentos de Amor (“La llama doble”, Las Tunas, 2004) Beca de Creación Fronesis (2005), Premio Calendario de Cuento (2006), Premio Calendario de Ciencia Ficción (2006) y Premio Cirilo Villaverde de la UNEAC (2008). Ha publicado Sol negro (Ediciones Extramuros, 2001), Niños de neón (Letras cubanas, 2001), Veredas (Ediciones Extramuros, 2006), Dioses de neón (Letras cubanas, 2006), Dopamina, sans amour (Casa Editora Abril, 2008) y Enemigo sin voz (Casa Editora Abril, 2008). Ha sido incluido en más de veinte antologías nacionales e internacionales en países como Italia, España, Brasil, Argentina, México y Estados Unidos.

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