Breve recordatorio de una despedida escénica

Dainerys Machado Vento • La Habana, Cuba

“Esta comedia es para mí como un viejo amor, de juventud”, escribió el actor y director teatral Roberto Blanco en el año 2001, en el programa de mano de El perro del hortelano. Y ese “amor que no se olvida” fue la última puesta en escena que pudo regalar al público cubano, su postrera acción sobre las tablas.

Murió el 24 de diciembre de 2002, a los 66 años de edad. Dejó tras de si una extensa lista de realizaciones escénicas y autores abordados, una preocupación constante y coherente por la renovación teatral en Cuba, y un puñado de alumnos, cuyos trabajos se inscriben hoy entre lo mejor de la creación nacional.

Imagen: La Jiribilla

Otra obra de Lope de Vega había anunciado para su próximo montaje. Con la puesta en escena de El Caballero de Olmedo quería cumplir “la trilogía que dedicamos al ‘monstruo de la naturaleza’”.

Es que esas casualidades del destino, sobre las que casi nunca se habla, propiciaron que comenzara y terminara el quehacer de su Teatro Irrumpe con sendas obras de uno de los más destacados dramaturgos del Siglo de Oro Español.

A finales de diciembre de 1983, Blanco fundó su propia compañía. Después de trabajar como actor y director en la década de 1970 en Teatro Ocuje, Teatro Estudio y el Teatro Lírico Nacional, después de luchar contra los vientos grises de la política cultural cubana de la década, materializó su proyecto personal con Teatro Irrumpe. La temporada inaugural de la agrupación estrenó Fuenteovejuna, de Lope de Vega y María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa. Ambas serían bautizadas por el creador como piezas “capitales” del teatro, por diferentes motivos.

Ya en 1996, en entrevista concedida a la prensa durante el Festival de teatro de Camagüey, había anunciado el montaje de El perro del hortelano. Pero este no se hizo escena hasta el viernes 23 de febrero de 2001, cuando comenzó la representación en el Teatro Mella, pasadas las 8 y 30 minutos de la noche.

La puesta duraba aproximadamente una hora y 20, y el teatro espectacular que había caracterizado la creación de Blanco irrumpía en el escenario desde la visualidad de la escenografía, donde él mismo había intervenido junto a Lacosta.

Los vestuarios de Ramón Romero respetaban la particular estética del siglo XVI. Y el amplio escenario del Mella era ocupado y aprovechado en toda su dimensión.

La pasión conocida de Blanco por las mejores expresiones de la música, la literatura y la plástica marcaban todo el montaje. Su última puesta en escena no es expresión de su mejor teatro. Recuerdo incluso que la embocadura que caracterizó muchas de sus propuestas, declarada como un recurso para otorgar profundidad a la escena, dificultaba en este caso la visión de ciertas acciones desde algunas zonas de platea. Pero atraía la grandilocuencia de su montaje, el respeto a la estructura dramática de Lope de Vega y el éxito en la mezcla de los registros empleados.

Las actuaciones de Tamara Morales, como la Condesa de Belfor y de Javier Fidel Caballero, como su secretario Teodoro, recorrían con éxito esta comedia de equívocos. El público además se sentía atraído por los populares rostros de la actriz y del actor, con numerosas apariciones en medios de comunicación masivas en esos años.

Roberto Blanco declaró más de una vez la necesidad de crear espectáculos que ayudaran a la formación y diálogo con el público. El perro del hortelano parece una coherente continuidad de su trabajo por atraer multitudes al teatro. A pesar de ser reconocida como una de las obras de temática amorosa de Lope de Vega, al asumirla Blanco la había identificado como “una visión muy diferente del poder”.

Otros trabajos suyos han tenido más valor para el quehacer teatral de este país. Su puesta en escena de la pieza de Virgilio Piñera, Dos viejos pánicos, en 1991, es reconocida como uno de los estrenos más esperados y necesarios de la historia del teatro cubano contemporáneo. Esenciales también fueron sus propuestas Mariana y María Antonia. Pero a El perro del hortelano pertenecen sus últimos recuerdos ante el público. Al final “que coma o no coma el perro, parece lo de más y es lo de menos”, el privilegio de haber visto la obra de Roberto Blanco en el siglo XXI era lo de más.

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