“Con él había que ser grande”

Blanca Rosa Blanco • La Habana, Cuba

De lejos, uno ve el teatro de modo diferente. En el proceso para montar una obra conocía una parte de aquello que Roberto Blanco quería decirme; pero con el tiempo descubrí que, si quería estar cerca de él y conocer cómo era su trabajo, necesariamente tenía que aspirar a cuestiones comunes, a destinos parecidos. Tener el mismo apellido era un matiz que, sin vínculo familiar alguno, me distinguía, y eso nos resultaba hasta gracioso.

Su cadencia al decir las cosas más grandes, y aceptar el primer desafío siendo aún yo estudiante del Instituto Superior de Arte, me hizo crecer a otra velocidad: era parte entonces de Teatro Irrumpe. Esa es una palabra muy grande: Irrumpe. Era estar, llegar la primera vez y desnudarme —no solo despojarme de ropas, sino entregarme verdaderamente—. Lo hice por primera vez con él; gracias a ese proceso de entrega total probé lo que significaba elegir y confiar. Él no supo quizá lo que hizo conmigo, pero yo sí tengo muy claro lo que significó para mí.

Roberto no tenía que pedir silencio para ser escuchado, siempre tenía cosas que decir y el silencio era rotundo. Al final de cada ensayo entregaba notas pequeñas en pedazos de papel: una simple oración, una metáfora, una idea; era como la tarea vencida y el resumen de un día de trabajo, o su manera de decirte lo que no tiene explicación, y a partir de ahí te quedabas pensando cómo resolver la inquietud del maestro.

Ningún actor sabía qué decía la nota del otro: era mágico. Al día siguiente, todo era diferente. Esa es la magia que tiene el teatro, y con Roberto más aún. Fue un hombre con buen gusto, consolidado, que componía imágenes históricas para el Teatro cubano.

Así lo hizo en la escena de las lavanderas en Yerma; en su manera de convocar a músicos, bailarines y actores —todos a la vez—, en Los días de la guerra; en Mariana o con las actuaciones de Omar Valdés e Hilda Oates en Dos viejos Pánicos, de Virgilio Piñera. Teatro de compañía, de espectáculo, de actores: eso fue siempre Irrumpe.

Imagen: La Jiribilla
Yerma, 1980. Boceto de Gabriel Hierrezuelo

Todos los actores que pasaron por su compañía tenían un modo muy particular de decir el texto, una manera de ser distinguidos por otros y, a la vez, todos éramos diferentes. Había una grandilocuencia orgánica y serena, con una teatralidad que hacia trascender los tonos en medio de la sala del Teatro Nacional. Con él había que ser grande. Roberto lo veía todo inmenso y lograba manejar lo más pequeño, hasta hacer creer que su momento era igual de grande e importante en la obra.

Lo admiré todos los días. ¡Lo admiro! En presente, por todas esas cosas en las que yo creo; él sigue conmigo, me cuida y me protege aún, lo sé, lo siento. Por eso, no fui el día que dejó de estar en la tierra, porque él está conmigo desde otra dimensión, junto con todos los seres que quiero. Sencillamente, porque no acepto la palabra nunca más, o nada, o ya no existe… eso, de algún modo,también se lo debo, me enseñó cómo vivir con mis muertos.

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