Los verdaderos mitos envejecen bien

Rubén Darío Salazar • La Habana, Cuba
Imagen: La Jiribilla
El retablo de Maese Pedro, de Manuel de Falla, por Etcétera

Hace poco, leí con asombro el correo que un colega y amigo me pasó. Cierto, alguien-ninguno se preguntaba ante el anuncio del más reciente estreno de uno de nuestros mejores directores teatrales, si se le había acabado la cuerda y ya no tenía nada nuevo que hacer. Imagino que ese alguien-ninguno o ninguna habrá dedicado parte de su tiempo a admirar, evidentemente con rabia —la traducción de la palabra envidia según  un hombre mítico, el inolvidable escritor Félix B. Caignet —, la prolífica y original producción del director de marras. Ahora, ante la posible reiteración o reafirmación de lo que algunos llaman poética y otros sello artístico personal, pues batía palmas por la aparente merma de las sorpresas escénicas o arranques insólitos de las reconocidas producciones espectaculares de aquel.

La misma estupefacción me ha sacudido al leer los ácidos comentarios vertidos por algunos periodistas y críticos sobre obras artísticas del universo de la danza, la plástica y la música, creadas por personalidades legendarias de nuestra cultura. Más que apostillas del oficio, siento que se han escrito diatribas irrespetuosas contra los resultados de aquellos que, por la consistencia y persistencia de su trabajo, se han ganado un espacio para siempre en el difícil y muchas veces inalcanzable Olimpo de las artes.

Otra amiga entrañable me contaba ayer, del homenaje rendido este año en el Festival Mundial de Marionetas de Charleville-Mezieres, en Francia, al también mítico Philippe Genty, director de teatro de figuras, todo un fenómeno de la mezcla aleatoria sobre las tablas de títeres y danza, títeres y plástica, títeres y magia… un creador que ha rozado el límite de lo infinito con muchas y buenas propuestas en el arte titiritero. En Charleville se presentó su ¿último estreno?, que según mi amiga no era “ni fú ni fá”, traslación al vocabulario cubano de que no era nada nuevo bajo el sol.

Imagen: La Jiribilla
El viajero inmovil Philippe Genty

Recordé  la función que, poco antes de fallecer, ofreció en La Habana el genial mimo francés Marcel Marceau. Fue un recital de su repertorio antológico, el mismo que paseó una y otra vez por los escenarios del mundo. En nada se vio rebajado el nivel de su maestría, si bien no tenía la intensidad de sus años mozos, mantenía el aura inconfundible de su genio, una gracia solo donada a él por las musas del arte.

Es la permanencia de ese talento pulido durante años de trabajo, lo que admiro en los artistas considerados mitos. El sentido de no bajar nunca el listón de esa calidad digna, honesta, eficaz, que pasa por encima de las posibles reincidencias de los recursos o de elementos escénicos reciclados de ayer a hoy, mecanismos teatrales viejos para unos y nuevos para otros. Ahí encuentro la mayor razón para aplaudir la eterna capacidad de riesgo de un titiritero como el catalán Joan Baixas. El encuentro con sus obras será siempre para mí una muestra inquietante de imágenes pictóricas ligadas a la animación de figuras poco convencionales. Lo mismo me sucede con los experimentos de sombras y luces del italiano Fabrizio Montecchi. Sea sobre telas, maderas, u objetos de fibras artificiales, en pequeño, mediano o gran formato espectacular, la marca inefable de su grupo Gioco Vita persiste con el mismo brillo de un montaje a otro. El expresionismo de los muñecos-cuerpos de la alemana Ilka Schonbein, dotados de una dureza-cándida, me provocan miles de preguntas, casi siempre sin respuestas; el misterio de su trabajo linda con lo enigmático y lo incógnito, y esas mixturas no precisan de contestaciones categóricas. ¿Qué decir del exquisito trabajo con la música, ligada a efectos titiritescos del granadino Enrique Lanz, líder de Etcétera?  De Prokofiev a Pergolesi, de Saint-Saens y Stravinski a Falla, y de este a Debussy, él alimenta una perenne cita con la magia de la tradición, en talentoso diálogo con las nuevas tecnologías.

Ser un verdadero mito en los predios del arte va más allá de la superstición, la fábula  y el invento alrededor de una personalidad o un conjunto artístico. Implica alcanzar una cota de excelencia que, rara vez, se consigue con una sola obra, lo cual no indica que esto no se haya producido; ejemplos hay, pero son excepciones que confirman la regla. Míticos siguen siendo espectáculos como el Concierto extraordinario del maestro titiritero ruso Serguei Obratszov; el Ubu Rey del titiritero Michel Meschke; el Don Juan Tenorio de la cubana Carucha Camejo; los títeres Juancito y María del Maese de América Javier Villafañe; el cuidadoso trabajo con las figuras y la cultura mexicana de la maestra Mireya Cueto; las tragedias contadas y vueltas a contar de forma virtuosa por los animadores del teatro bunraku japonés.

Imagen: La Jiribilla
La bella y la bestia. Ilka Schonbein

¿Qué es realmente lo nuevo en el arte? ¿Qué tiempo dura esa supuesta novedad? ¿Cuánto perduran los nuevos hitos que destrozan hallazgos artísticos anteriores? Más allá de modas, tendencias y gustos personales, yo respeto en los llamados mitos de la cultura, esa supervivencia por años de la frecuente admiración hacia su creación. Una admiración no  nacida del capricho y la superficialidad. El mito artístico teatral, cuando es cierto, es una leyenda que ante la mirada persistente, indagadora y deslumbrada de todos, se enriquece diariamente, adicionando nuevos méritos, consolidándose de un espectáculo a otro.

Los mitos también envejecen, mutan y se transforman, pero lo hacen muy bien. La llama titilante de su luz permanece encendida para orientarnos, iluminarnos, aportarnos señales que nos hacen entender un camino, iniciar otro, incluso  negar esos senderos con retadora tozudez. Los auténticos mitos siempre estarán ahí. Revisitarlos será asunto de curiosidad mezclado con inteligencia, nada que ver con la necedad o la soberbia. Seguir la huella de los artistas míticos es una experiencia que, aunque nos pueda parecer regresiva, posee el hechizo y  el  aroma de lo inatrapable, indescriptible e inclasificable.

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