De vendedor de “pan con cosa” a novelista premiado

Mayra García Cardentey • Pinar del Rio, Cuba
Lunes, 7 de Octubre y 2013 (10:01 am)

Rodolfo Duarte no es un escritor común, o al menos de los que “comúnmente” se conocen. Primero fue casi militar, casi mecánico, profesor de Literatura, convencido “fabricante” de relojes antiguos, vinatero, vendedor de “pan con cosa” y actor de aventuras policiacas, antes de publicar su primera novela.

Incluso todavía a este guajiro de Puerta de Golpe se le conoce como “el hombre del saco de pan” en el tren hacia su consolareño terruño.

Hasta ahora nunca ha viajado, no conoció París, ni estudió con los grandes maestros de Europa; apenas un año atrás ni tenía peña literaria. No vivía del arte ni en el arte; no era de la casta literaria ni de la grey de autores conocidos; no había tiempo para sesiones nocturnas, hacía vida cultural por teléfono.

Rodolfo Duarte ni siquiera tiene grandes estudios, ni un file lleno de diplomas de cursos, ni especialidades, ni maestrías ni doctorados. Se licenció después de los 40 años y nunca pasó un taller literario.

Y ganó el premio de narrativa Alejo Carpentier 2013, el internacional de novela Las Américas 2013, y se hizo grande.

¿Inicios tardíos?

No. En realidad empecé como todos los escritores, tempranamente. Siempre supe que mi vocación era esta, me llegó esa certeza a partir de mis lecturas.

Tuve la suerte de haber tenido una bibliotecaria en la escuela primaria que me indujo a leer. Me hice un lector-polilla.

Mi vocación se torció cuando fui seis años a los Camilitos. Al no ingresar, por cuestiones ajenas, en la carrera de Dramaturgia en el Instituto Superior de Arte (ISA), empecé a estudiar Ingeniería mecánica para complacer a mis padres. Fracasé totalmente. Ahí emprendí, con 20 años, mis primeras obras en poesía.

Estando como profesor de Literatura española en una escuela secundaria básica en el campo, inicié mi primera novela sobre el Oeste americano, una propuesta ambiciosa sobre la conquista, que abordaba el tema del enfrentamiento entre los indios y los conquistadores. Pero con el tiempo la dejé.

Ya cuando comencé en Radio Guamá, mi aptitud estuvo más cómoda. Tuve muchos años para investigar y completar mi vocación. Fue con 40 que me decidí a escribir en serio, otra vez poesía. A los 46 nació la trilogía de novelas con las que cuento hoy, entre ellas La dama del lunar (Premio Alejo Carpentier 2013) y Bodegón con Manuela (Premio de novela Las Américas 2013).

Algunos verían en usted un escritor tardío...

Creo discutible que la literatura seria, definitiva, sea un oficio de juventud, o que se alcancen los primeros aciertos en años anteriores a los míos. Ello no desmerece mi elogio para quienes lo han logrado. Soy de maduración pausada, comencé a escribir cuando sentí que tenía algo que decir y creí tener la suficiente experiencia de vida.

¿Un guajiro de Puerta de Golpe que nunca ha viajado escribiendo del Medioevo europeo?

Los escritores no escogemos los temas, los temas nos escogen. Las muchas lecturas de literatura medieval, una empatía que tengo no sé de qué tipo con la alta Edad Media, me hicieron apasionarme por esa época. Me siento cómodo.

He tenido que trabajar duro. Leer, investigar, aprender mucho de ese contexto, uno de los períodos más complejos y ricos de la historia, a pesar de que muchos lo piensan adormecido o aletargado.

¿Autor a la antigua?

Sí, a mano, no me gustan las computadoras. Soy un torpe manejándolas. Amigos y familiares me digitalizan los textos. No me gustan tampoco los celulares. Mi vida es sencilla.

No cursó talleres literarios, no fue discípulo de consagrados prosistas, no estuvo en ninguna urbe de contagiosa grey literaria cultural. Entonces, ¿la fórmula?

Soy graduado, hace poco, en Comunicación Social. No tengo una formación académica en el arte. No pude formar parte de talleres literarios un poco por pereza y otro tanto por ser de Puerta de Golpe, hecho que me alejó de la vida cultural urbana.

Respeto a todos los que han pasado algún tipo de preparación en Letras: es útil, beneficiosa, positiva. Pero no indispensable; han existido innumerables escritores que no la han tenido tampoco. Mi génesis no tiene nada que ver con eso. Soy un escritor autodidacta. Me formé leyendo en un duelo a dos sangres entre la página impresa y yo.

Leer, leer, leer mucho. Esa es la principal arma de un escritor si de verdad quiere serlo. El autor que no tenga como tarea principal leer, es un absurdo; es como un compositor que no oiga música.

Muchos subestiman al guionista radial y no lo consideran un “escritor”.

Antes de los premios no era considerado “escritor”; sin embargo, tenía cuatro aventuras de radio emitidas. Los autores en este medio no cuentan con reconocimiento en el ámbito literario, como si escribir para radio fuera tarea de segunda mano, y no es así. Hacerlo es tan artístico o legítimo como cualquier otra forma. Ninguna acción peyorativa sobre el asunto se justifica.

Anteriormente era un novelista subvalorado y poco conocido en el gremio vueltabajero, especialmente porque le adjudicaban no contar con publicaciones...

No necesariamente un buen narrador debe tener libros publicados para ser considerado como tal. Y muchas veces cometemos errores de apreciación y enjuiciamos más por cantidad de textos en editoriales que por la calidad de la obra.

Pero a algunos les resulta curioso que en menos de un año haya ganado dos cotizados premios en narrativa y no pocos se preguntan: “¿dónde estaba este prosista que nadie lo había descubierto?”.

Hasta la actualidad estuve inédito porque mis libros son muy largos, en Cuba hay muchas limitaciones para publicarlos, las editoriales no imprimen tantas páginas y menos, textos tan extensos de escritores desconocidos.

En varias ocasiones me vi entre la espada y la pared, ante la disyuntiva de reducir páginas para poder publicar y darme a conocer. En algunas casas editoras me sugirieron noblemente que acortara los textos y los reacomodara a sus exigencias. Pero me negué en redondo, me habría quedado inédito para siempre antes de quitarle extensión a una de mis novelas.

No soy un escritor que puede constreñir el aliento, no soy capaz de ser un narrador de síntesis. Entonces solo me quedó acudir a esta vía de premios importantes, porque de forma expedita las editoriales no aceptarían publicarme.

¿Publicar para un novelista desconocido?

Muy difícil, y si no ha publicado nunca, peor. Es engorroso insertarse en el sistema editorial, la modalidad libre es muy tortuosa y lenta. Dependes de alguien que haga un dictamen positivo del texto, que los directivos se arriesguen por ti.

¿Y la bohemia literaria pinareña?

Es muy bueno que existan los grupos literarios, que la grey se reúna en los espacios, que discuta y se nutran. Pero esos gremios implican mucho tiempo libre y de ocio que no he tenido. Resido lejos de la ciudad, no puedo hacer vida cultural nocturna por fatalismo geográfico. De día tampoco dispongo del tiempo: trabajo como actor y escritor de Radio Guamá.

También a veces se escatima mucho tiempo de creación en esta bohemia...

Sí, en ocasiones es un inconveniente. Algunos autores talentosos, llamados a crear una obra sólida, se desgastan inútilmente en tertulias y farándula. Hace falta la vida cultural, forma parte de la tradición literaria, pero si solo se transcurre en eso, cuándo vamos a crear la obra.

Ha compartido con autores y dentro del sector literario. ¿Qué le parece el sistema de pago por publicaciones?

Deficiente, hay que perfeccionarlo. Es necesaria una retribución monetaria que respalde la obra y al autor. Los premios son un alivio, pero no compensan. Por eso hay muchos que se “buscan la vida”.

A veces y desgraciadamente, no pocos literatos se dedican con mayor frecuencia a las peñas porque ganan más; reciben superior remuneración por presentar libros y leer textos, que por escribirlos.

Pero en muchos países los artistas no viven del arte. ¿No le parece que por momentos se confunden aspectos de la política cultural con la remuneración artística?

Es cierto, tampoco el Estado puede pagar la vida literaria, ni mantener infinitamente a una corte de escritores. Hay que ser realistas. No necesariamente se puede vivir del arte, pero tampoco puede pasar que por leer el poema ganes más que por hacerlo. Tenemos que hallar el justo medio que todavía está por encontrar.

Fuente: Periódico Juventud Rebelde

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