La Molinet: alegre, peleona, batalladora, ¡nunca amargada!

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

“El mambisismo entró a mí como la leche de los pechos de mi madre” solía repetir una y otra vez María Elena Molinet de la Peña. No es de extrañar, entonces, que como acto de última voluntad, haya pedido que sus honras fúnebres se realicen este jueves 10 de octubre, fecha que en el calendario cubano marca el inicio de nuestras Guerras de Independencia y por ser el día en que el Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, le dio la libertad a sus esclavos.

La estirpe mambisa de Maria Elena —Premio Nacional de Diseño 2007 y quien durante su intensa vida como diseñadora trabajó en más de 18 películas cubanas con prestigiosos directores como Humberto Solás, Tomás Gutiérrez Alea y Manuel Octavio Gómez, por sólo citar algunos— le viene de cuna.

Imagen: La Jiribilla

Su padre, el general Eugenio Molinet y Amorós, se incorpora como médico al Ejército Libertador bajo las órdenes de Máximo Gómez el 14 de junio de 1895, nombramiento que es firmado por el propio generalísimo y por Eugenio Sánchez Agramonte, Salvador Cisneros, Carlos Roloff y José Clemente Vivanco.

Luego es trasladado a Las Tunas donde “pasa la mayor parte de la guerra bajo las órdenes de Calixto García”, contaba María Elena mientras hacíamos sus Memorias, aún en fase de edición.

La Molinet —quien nació el 30 de septiembre de 1919 en Chaparra, Holguín— tuvo (y tiene) una impresionante y relevante trayectoria que está marcada, sin duda, por el acontecer político y cultural de Cuba desde la mitad del pasado siglo XX hasta hoy.

Se graduó en la Academia de Artes de San Alejandro en el año 1949 y, posteriormente, fue fundadora de la Escuela Nacional de Arte (ENA), de la Escuela de Diseño Informacional e Industrial de Cuba (EDII), del Instituto Superior de Diseño Industrial (ISDI), así como colaboradora habitual de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños, y de la Universidad de La Habana.

Al mismo tiempo Molinet fundó del Conjunto Folklórico Nacional y trabajó durante varios años en el Teatro Nacional y en Teatro Estudio, emblemático proyecto encabezado por Raquel y Vicente Revuelta.

También asistió al nacimiento de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y el Ministerio de Cultura. En su desempeño como diseñadora pudo probarse en otras latitudes, por ejemplo, en Caracas colaboró con Danzas Venezuela, agrupación para la que diseñó múltiples vestuarios; igualmente trabajó para el Berliner Enssemble de Alemania, el Teatro Nacional de Checoslovaquia, y junto a otras agrupaciones en Bratislava, Potsdam, Budapest y la Universidad Complutense de Madrid (España).

La doctora Isabel Monal, amiga entrañable de María Elena a través de muchos años, al escribir las palabras introductorias de las Memorias dice: “El trabajo en el diseño se despliega como una aventura de sabiduría, paciencia analítica, estudio serio, comprensión histórica del hombre, y talento artístico. Racionalidad y creatividad de la mano, como una sola cosa. Y se van desgajando también a través de cada exégesis, por contraste, el perfil de lo otro —de su contrario—, que es la improvisación y la falta de rigor, el espontaneismo sin fundamento y el originalismo superficial. Mucho podrían aprender nuestros jóvenes, si van a adentrarse en estos avatares del diseño escénico y de cine, de cuál es la senda a transitar”.

Imagen: La Jiribilla

Preguntas en ráfaga para María Elena:

Mirando hacia atrás ¿cómo ve su niñez?

Tranquila y llena de dulzura junto a un hermano que adoré toda la vida y con momentos deslumbrantes que viví en Chaparra.

¿Familia?

La familia no solamente está en los lazos sanguíneos sino en quien tenemos cercanos. La familia tiene que ver con el contacto: hay gente que tiene mi sangre y no es mi familia.

¿Qué ha significado ser la hija de un general del Ejército Libertador?

Un gran orgullo. Es cierto que tuvo algunos errores políticos, pero la educación que me dio pesó en mí grandemente. Mi madre fue muy buena y me quiso mucho, pero el peso intelectual me lo dio papá.

¿Cuál fue el momento más mágico de su juventud?

Cuando por primera vez vi a Agustín. Yo estaba en la planta alta de San Alejandro, era invierno y de pronto lo veo con una chaqueta roja —rubio y con unos ojos verdes enormes— y me mira. Yo tenía puesto un suéter amarillo muy ajustado —era delgada y con un hermoso busto— y de repente nos quedamos mirando. No creo en los chispazos, pero así ocurrió. No me gusta decir eso porque lo más importante en mi vida no fue Agustín Fernández, pero fue algo muy lindo que acabó. Después pude amar —de manera muy hermosa también— a los 40, a los 50 y a los 60… En cada etapa se ama de una manera diferente; creo lo que sucede es que fui criada, en el sentido amoroso, de manera muy independiente. No sé si para bien o para mal, pero así fue.

¿Y el más triste?

La muerte de mis dos padres. Ambos murieron con Alzhéimer y aunque fue doloroso el momento del deceso, era esperado.

¿Y el más peligroso?

El trabajo en la clandestinidad.

¿Su gran amor?

Agustín Fernández.

¿Otros que le marcaron?

Mi relación con Jacintico Menocal, fue muy intensa y yo estaba deslumbrada por su belleza y por su hombría, pero a la vez repelía su machismo. Agustín me marcó mucho en el orden intelectual y me ayudó en mi trabajo: siempre me impulsó. Mi romance con el eslovaco fue fabuloso porque ser amada por un hombre que peleó en la guerra y que estuvo preso fue deslumbrante… Cada quien me dejó un “algo”.

En su vida, ¿qué lugar ocupa la amistad? 

Un gran lugar. Es uno de los amores más puros porque es el más desinteresado.

¿Qué ha sentido cuando ha estado fuera de Cuba?

La extraño, pero siempre me he divertido muchísimo.

Cuando triunfa la Revolución en 1959, ¿qué recuerda?

La alegría, los brincos, los abrazos y los besos… Fue una de las noches más alegres de mi vida.

¿Qué ha sido para usted el diseño?

Una profesión; un modus vivendi que, posteriormente, me llevó a desarrollar mi teoría sobre la “Imagen del hombre”.

¿La enseñanza?

Luego de impartir mi primera clase —sin tener mucha conciencia de lo que estaba haciendo— quedé rendida, adicta totalmente a la enseñanza.

De los muchos lugares en los que ha trabajado, ¿cuáles reconoce como imprescindibles?

Teatro Nacional y Teatro Estudio.

Ante lo que considera mal hecho, ¿cuál es su postura?

Siempre pelear, pero a veces —por distintas razones— me he tenido que quedar callada. Pero, la primera reacción es de protesta: ese espíritu peleador no se me ha quitado nunca. ¡Con más de 90 años de vida, aún lo conservo intacto!

Cuando alguien conocido muere, ¿qué siente?

Mucha tristeza, mucha.

¿Considera que en algunos aspectos es una mujer que se adelantó a su época?

Sí, fui una señorita educada en un colegio de monjas y estaba llena de restricciones. Cuando pude romper con esas ataduras, sí creo que me adelanté.

¿Estima que alguna vez fue irreverente?

No sé. Lo cierto es que siempre he sentido mucho respeto por las cosas que considero que se deben de respetar; por las otras, no.

¿Qué ha sentido cuando no queda complacida con un diseño?

Me pongo muy furiosa conmigo misma.

¿Color preferido?

El rojo, quizás.

Como diseñadora para teatro, ¿cuál considera que fue su trabajo más logrado?

No sabría decir cuál fue el más logrado, quizás el que trabajé con más pasión fue María Antonia.

¿Y en el cine?

Considero que la calidad del diseño tiene mucho que ver con la puesta en escena. A veces, la puesta en escena se va por encima del diseño y otras veces sucede lo contrario. Cuando hablo de María Antonia estoy hablando de una obra que marcó pautas dentro de la historia del teatro cubano. En el cine hay dos que me han dejado huellas: Lucía —una obra maestra—, y Cecilia, que aunque tiene algunos defectos como pieza cinematográfica me hizo trabajar y esforzarme mucho.

¿Cuál es el diseño que no ha hecho y que ha soñado hacer?

Un Shakespeare.

¿Considera que el buen humor y la alegría que la caracterizan son un don?

¿Crees que tengo buen humor y alegría? ¡Con sólo decírmelo ya se me quita el dolor de huesos y de espalda!

¿Cómo quiere que la recuerden?

Alegre, peleona, batalladora: ¡nunca amargada!

¿Qué ha sido para usted Silvia y Carolina?

La última familia que adquirí: una hija y una nieta.

Si tuviera que inventarse ahora mismo un epitafio ¿cómo sería?

¡Es que no me veo muerta! Pero pueden poner: “aquí yace alguien que peleó mucho, que se divirtió mucho y que disfrutó mucho la vida, incluyendo el sexo”.

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