María Elena Molinet, la pasión infinita

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Cuando conocí a la prestigiosa diseñadora María Elena Molinet, era apenas un joven actor titiritero del Teatro Papalote, en Matanzas, y ella una leyenda del diseño escénico nacional. Siempre iba vestida con gracia y originalidad. Los collares, pulsos y aretes muy bien puestos, el maquillaje acorde, el corte del pelo perfecto y una locuacidad mezclada con sabiduría que siempre me maravilló. Fue mi compañero Zenén Calero quien primero me habló de ella. Me contó que María Elena era la actriz que personificaba a la madre de Lucía, en el segundo cuento de la película de Humberto de Solás; también que había sido la diseñadora de todo el vestuario del filme, exquisito y coherente con cada época mostrada.

Tuve el privilegio de disfrutar, junto a Zenén, su agradable charla, oírle un manojo de anécdotas de todos los tiempos, reír con sus chistes criollos, confirmar su inmenso amor por Cuba. Aprendí que la maestra María Elena era algo más que el garbo de una mujer vanguardista, fuera de cualquier regla estricta o rígida. Era una mujer que amaba su profesión con una pasión infinita.

La hija del general Mambí, con toda la bravura de esa estirpe en sus venas y verbo, fue la creadora de los diseños del mítico espectáculo María Antonia, de Eugenio Hernández Espinosa, bajo la dirección artística del inolvidable Roberto Blanco, así como de otros tantos títulos teatrales, danzarios y cinematográficos que integran para la eternidad los bronces de la cultura nacional.

Que suerte haberla tenido como fiel espectadora en cada uno de los montajes que soñamos e hicimos desde 1994, con Teatro de Las Estaciones. Solo había que darle un timbrazo y allí estaba ella con su bella familia formada por Silvita y Carolina, o con sus amigas o amigos de cualquier edad. María Elena era una fuente luminosa, una colega a la orden para cualquier información o ayuda respecto al universo del diseño teatral, la moda, el traje y su relación con el hombre en cualquiera de sus períodos de existencia.

Imagen: La Jiribilla

Fue una dicha consultarla para realizar el vestuario de nuestra puesta en escena Los zapaticos de rosa, en 2007. Nadie como ella podía darnos la información que precisábamos de la imagen de hombres, mujeres y niños en el siglo XIX. Cuando llegamos a su pequeña casa de El Vedado, nos cayó arriba un aguacero de fotografías, bocetos y grabados de la época. Guardo sus pequeños apuntes dibujados, donde nos indicaba como eran los puños y chalecos decimonónicos. Son joyas valiosas nacidas del trazo firme de una señora sin edad. Zenén supo utilizar muy bien esa documentación en el diseño general de un montaje que obtuvo el Premio especial Rubén Vigón de ese año. Hay mucho de la Molinet en ese galardón, cada cuello, corte de traje, adornos, sombreros, mangas, abotonaduras, en fin, toda la indumentaria concebida por Calero, lleva la impronta de esta dama singular que acaba de fallecer.

Pasará mucho tiempo, muchísimo, para que la cultura cubana vuelva a ostentar a una mujer de ese calibre, adelantada a su tiempo en todos los aspectos. Pocas veces constaté tantos deseos de vivir acumulados, tantas ganas de dar conocimientos y experiencias, tanta delicadeza y fuerza unidas en una sola persona. Sus libros, conferencias y clases magistrales, van perpetuamente junto a María Elena en el recuerdo que guardaremos de ella los que la conocimos, admiramos y quisimos.

Imagen: La Jiribilla

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