Donde reina lo intangible

Joaquín Borges-Triana • La Habana, Cuba

Aunque el aporte fundamental que Cuba le ha hecho al mundo en lo musical ha sido desde lo popular, no puede soslayarse el impacto que a escala internacional han conseguido figuras del universo «clásico», «culto» o «académico» (como se dice en la actualidad) de nuestro país. Por solo aludir a dos formidables ejemplos, ahí están los casos de Ernesto Lecuona, en el pasado, y más recientemente, Leo Brouwer.

Es mucho y bueno lo que en materia de la hoy llamada música académica se ha venido haciendo en nuestro país, ya por un largo tiempo y que sirve para poner en tela de juicio esas manifestaciones de un autoexotismo que, con demasiada triste frecuencia, se dan en nuestra música popular.

No pretendo negar el hecho cierto de que en la abundante producción sonora nacional hay una propensión a los disímiles géneros que se enmarcan dentro de lo popular y particularmente en lo bailable, pero ello no debe llevar a desconocer el ferviente quehacer que en otras áreas del reino de los sonidos ordenados han llevado a cabo nuestros compositores e intérpretes.

En tal sentido, cualquiera que tuviese duda al respecto, debería revisar, por ejemplo, los muchos materiales que conforman la rica historia pianística cubana, vertebrada desde sus inicios en torno al repertorio de Danzas y Contradanzas del siglo XIX y que fueran escritas por compositores como Manuel Saumell e Ignacio Cervantes, entre otros. Lo interesante es que dicho proceso no se detuvo al entrar el siglo XX y con ello, el panorama del repertorio pianístico se enriqueció todavía más con notables obras compuestas en la pasada centuria, con creaciones firmadas por nombres como los de Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla y Gisela Hernández.

En la década de los cuarenta del anterior siglo XX, forzosamente hay que aludir a lo que se conoce como el Grupo Renovación Musical, integrado por Harold Gramatges, Edgardo Martín, Serafín Pro, Virginia Fleites, Julián Orbón, Juan Antonio Cámara, Argeliers León y otros, que dirigidos por el compositor José Ardévol, fue un colectivo que dejase una huella trascendente para el devenir de la música culta o académica en Cuba.

A partir de la etapa que se abre en 1959, muchas otras figuras registran su particular impronta en este tipo de música, pero sin discusión alguna, a la cabeza de esos compositores aparece Leo Brouwer, acompañado por creadores como Carlos Fariñas, Juan Blanco, Roberto Valera, Alfredo Diez Nieto, Félix Guerrero, Jorge López Marín, Andrés Alén, Guido López-Gavilán o Juan Piñera, por solo mencionar un puñado de nombres, en el que por razones de espacio obvio a los más jóvenes.

Igualmente y dado que la cultura cubana es una sola, hágase donde se haga, cuando se habla de músicos contemporáneos de nuestro país en la escena académica, resulta imprescindible hacer alusión a los trabajos de compositores como Aurelio de la Vega, Tania León (ganadora del prestigioso premio Fellowship Guggenheim en 2007), Sergio (Fernández) Barroso, Orlando Jacinto García, Flores Chaviano, Keyla Orozco Alemán, José Novás, Yalil Guerra y Ramiro Valdés Puentess, entre otros muchos.

Aunque ante producciones como las realizadas por los músicos antes mencionados, algunos se cuestionan sus posibilidades para colocarlas en el mercado y conseguir su realización desde el prisma económico, estoy convencido de que tal tipo de creación sonora tiene garantizada su circulación comercial si se sabe ubicar el material en sitios como los del medio musical académico internacional, que en los últimos tiempos ha expresado un creciente interés por fonogramas de artistas cubanos y que han sido hechos con un corte semejante al prevaleciente entre los compositores aludidos.

Es por ello que en un evento como el Festival Leo Brouwer de Música de Cámara, no falta el sentido homenaje a compositores contemporáneos, que han hecho suyas corrientes como la del minimalismo (a la que se rinde tributo en el encuentro) y que tiene a Filip Glass como uno de sus máximos exponentes, o a figuras de la talla de Benjamin Britten, Harold Gramatges, Ernesto Lecuona y Alejandro García Caturla.

Con homenajes como estos que ha ideado nuestro Leo Brouwer, se corrobora el valor cultural y la importancia que reviste para el desarrollo espiritual del melómano un trabajo como el acometido por compositores contemporáneos de música académica. A fin de cuentas, aunque muchos todavía no se dan cuenta de ello, el patrimonio de una nación también está en esa región invisible a los ojos del hombre, donde reina lo intangible, diverso, irrepetible y excepcional que es la música.

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