Paco de Lucía, el genio tímido

Mabel Machado • La Habana, Cuba

Paco de Lucía entra solemne y lacónico al escenario del teatro más grande de La Habana, ofrece un recital de unos ocho temas y al otro día una sarta de periódicos y revistas hablan de su rigor, de la pasión del flamenco, de su talento, de su técnica perfecta y de su falta de palabras.

Imagen: La Jiribilla

Han pasado 26 años —casi exactos— desde aquel 12 de octubre en el que el músico tocó por última vez en Cuba. Era la etapa en que fructificaban sus alianzas con Al Di Meola y John MacLaughlin y se le veía entusiasmado ante el descubrimiento de las fusiones con el jazz y el rock. El Guitar Trío había grabado ya Friday Night in San Francisco y estaba muy cerca de lanzar Passion, grace and fire, y los resultados de esa efervescencia creativa se filtraron en el concierto que ofreció el andaluz frente a unas cinco mil personas.

Algunos de los espectadores de aquel suceso de 1987 regresaron al Karl Marx para escuchar al genio de la guitarra flamenca, de vuelta en la isla por mediación de Leo Brouwer, otra de las leyendas vivas de la música contemporánea. Se sabía que en el espectáculo, presentado por el propio compositor y director cubano, el guitarrista flamenco de 65 años se mostraría en plena forma, como acababa de hacerlo en su álbum En Vivo, producido en 2010 como memoria de una gira de conciertos por España.

Para las personas que repitieron la experiencia ante Paco de Lucía en el mismo teatro, un cuarto de siglo después, lo inesperado fue que el músico, vestido con blusón blanco, chaqueta negra y pantalón de tiro alto, dio la impresión de estar retomando el flamenco al estilo tradicional, más soberbio, más rural, más visceral y profundo.

Se comenta que hace aproximadamente dos décadas el andaluz no responde cuestionarios ni da citas a periodistas. Al terminar el concierto, admite apenas unas preguntas de la agencia española EFE, a las que contesta seca y brevemente. No es pedantería. Paco de Lucía padece una timidez extrema.

Cuando todavía era posible arrancarle algunas anécdotas, explicó que a los guitarristas flamencos no se les da tan fácil el negocio de hablar en público, porque crecen estudiando encerrados en un cuarto solos, con la guitarra.

Imagen: La Jiribilla

Por eso cierra los ojos, no quiere ver; dice que no nació para que tanta gente le tenga la mirada puesta encima. De Lucía no detesta al público, le agradece que aplauda y que comprenda la música flamenca, pero a menudo se siente inseguro y no puede evitar que alguien moviéndose en un asiento delante de él lo saque de la concentración abismal en la que va cayendo mientras avanza el concierto.

El músico prefiere los patios a los grandes escenarios. A pesar de ser uno de los máximos responsables de la internacionalización del flamenco y de su desarrollo como género de concierto, se siente más confiado tocando al viejo modo gitano de finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando se organizaban cantes y bailes nocturnos en zonas de campo.

Mientras toca, Paco de Lucía alienta a la banda con el “ole” andaluz que quiere decir “venga”, “acérquese”, “suba”, y el vocablo sirve como imperativo para que la música gane en intensidad y en bronca. Los cantaores de su grupo actual, David de Jacoba y el Rubio de Pruna, repiten estribillos que dicen “tengo el corazón loco”, “te llevo en el alma” y “bendita sea mi tierra”, el tipo de frase que suele escucharse en tabernas y bares cerca del Mediterráneo.

Imagen: La Jiribilla

Cuando suena la música, es posible imaginarse el mar y a De Lucía adolescente y con el pelo rubio, siempre peinado hacia un lado, corriendo hasta la paya en verano. En Algeciras, su tierra natal, de la mano de su madre, “la portuguesa” y de su padre, Antonio, Francisco Sánchez Gómez aprendió a tocar flamenco. Al convertirse en un artista profesional, al niño Paco ya se le conocía como “el de Lucía”, la seña que servía para identificarlo como el hijo de su madre y parte de su familia, en un barrio donde abundaban los varones con su mismo nombre.

Algeciras es el punto del estrecho de Gibraltar donde se unen las corrientes del Atlántico con las del Mediterráneo. “Entre dos aguas” esa obra maestra que Paco de Lucía raras veces puede omitir cuando ofrece recitales en lugares donde lo han esperado durante mucho tiempo, es una suerte de culto al mestizaje de su pueblo, cuya historia se ha ido armando por la afluencia de almorávides, benimerines, almohades, nazaríes granadinos, disidentes del imperio romano y muchos otros hombres y mujeres procedentes de distintos puntos de Europa y África.

Los cruces, los desplazamientos, la persecución, la guerra y la discriminación de los que ha sido testigo la pequeña ciudad de Algeciras, también se sienten en la música de De Lucía. El guitarrista lleva el dolor gitano como una cruz que se arrastra de por vida, como una llaga que no se cura, como mal del que no se escapa.

En el tablao, Farruquito, uno de los pocos bailaores contemporáneos que mantiene la línea ortodoxa de la danza flamenca, taconea con zapatos altos de cuero y madera, acompañando a la banda en su exhalación de furia y rebeldía. Gallardo, el bailaor se sube el saco al hombro como las capas de los toreros que esperan a las bestias con la misma gravedad de quien aguarda un destino fatal. Al girar, su pelo largo y mojado por el sudor cae como lágrimas, acentuando el lamento, esa otra actitud típica de las flamencadas.

Imagen: La Jiribilla

La gravedad del bajo interpretado por el cubano Alain Pérez refuerza el ambiente hosco que se crea con la ejecución de las guitarras, la armónica, el teclado, la percusión y las voces, para dar vida al flamenco. Pérez, sin embargo, pone la nota de color, y en complicidad con De Lucía, le saca a su instrumento un tumbao cubano que da un giro a los minutos finales del concierto. El bajista, ex Irakere y productor musical de uno de los discos del fenómeno Habana Abierta, es un maestro inventor de tumbaos y De Lucía lo consiente, tanto que toma el micrófono por primera y única vez solo para decir que es un muchacho “increíble”. Llevan nueve años tocando juntos y quizá sea para rato.

Tal vez Pérez haya influido para que el andaluz viniera de nuevo a La Habana. Pero es difícil saber, porque el cubano tampoco es dado a las entrevistas. De lo que no quedan dudas, sin embargo, es de que el guitarrista es un admirador de los buenos músicos cubanos, pues al presentar a Alain, “el guajiro”, reconoció que él es uno entre muchos grandes que tiene la isla.

Paco de Lucía se refugia en el backstage del Karl Marx cuando termina el concierto y todas las puertas de acceso quedan bloqueadas, sin que la prensa, y algunos músicos cubanos que esperan para saludar, tengan la oportunidad de verlo.

El algecireño es silencioso, y, pasados los 60, se ha vuelto más calvo, pelicano y corpulento. Si no lo acompaña su guitarra, el instrumento que abomina y necesita, puede pasar de largo sin llamar la atención.

Durante la gala de apertura del V Festival de Música de Cámara Leo Brouwer, que se extendió por casi dos horas, Paco de Lucía estuvo sentado al centro de la primera fila del segundo balcón, en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional. Nadie se le acercó mientras anduvo la función.

Solo al final, cuando se quedaron vacías todas las lunetas de aquel piso, un joven le tendió la mano, le dijo que era guitarrista y le robó un instante para una foto. Fue de los pocos que pudo ver de cerca las uñas duras que tanto han practicado la técnica de rasgado inventada por Sabicas, las uñas duras que hace falta limar, con mucho cuidado, antes de cada jaleo flamenco.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato