Festival Brouwer 2013: la inteligencia no está reñida con la diversión

Pedro de la Hoz • La Habana, Cuba

Nuevamente, en el cruce de septiembre a octubre de 2013, Leo Brouwer ha diseñado un festival a su imagen y semejanza. “Músicas inteligentes” él mismo subrayó en el lema, sin el menor resquicio para la banalidad, pero a la vez disfrutables y divertidas, como es el propio compositor, homo sapiens y homo ludens en una pieza.

Basta una mirada a las agrupaciones temáticas y la selección de autores y repertorios en todas y cada una de las veladas, desde las jornadas que tuvieron lugar por primera vez en Santiago de Cuba hasta las de La Habana, para advertir dentro de la diversidad y la amplitud estilística una manera de seducir al público, estimular su interés e incentivar el intelecto.

Sin lugar a dudas, la mayor expectativa estuvo cifrada en el concierto ofrecido por Paco de Lucía, el gran renovador de la guitarra flamenca contemporánea, en el teatro Karl Marx, jornada en la cual muchos revivieron el anterior paso del maestro por La Habana 25 años atrás y otros se iniciaron en el enorme placer de recibir un bautismo de virtuosismo.

Pero también la impronta flamenca al más alto nivel sorprendió al auditorio mediante la reiterada presencia del cubano-mexicano Josué Tacoronte y la novedosa del español Carlos Piñana.

Al focalizar en sendos programas la atención hacia el cello y el órgano —con las intervenciones respectivas del dúo cubano-alemán Capriccioso y el organista francés Vincent Bernhardt—, se hizo audible, de una parte, la brillantez del legado del repertorio para violoncello del checo David Popper y la jubilosa sustancia de la sonata para ese instrumento del francés Francis Poulenc, y de otra, la confirmación de las excelencias barrocas de Bach y Vivaldi secundadas por los menos frecuentados Michelangelo Rossi, Arnolt Schlick y el prerrenacentista Robertsbridge Codex.

Quizá la muestra más desprejuiciada y abarcadora de estas músicas sensibles e inteligentes se pudo hallar en el concierto titulado de Vivaldi al minimalismo, a cargo de Bernhardt, el guitarrista vasco Enrike Solinis (instrumento eléctrico), el dúo de cuerdas francés Il Delirio Fantástico, el conjunto Ars Longa y otros jóvenes artistas cubanos, al describir un arco de posibilidades expresivas desde el más esencial barroquismo a la experimentación elocuente en obras de John Adams y Terry Riley.

Fue una suerte también disfrutar de extraordinarias audiciones de músicas de nuestro continente, interpretadas por artistas no menos extraordinarios: el cuarteto Quaternaglia, el guitarrista Edelson Gloeden y la soprano Adela Issa, de Brasil, el conjunto Gurrifío y el guitarrista Silfredo Pérez, de Venezuela; y el pianista cubano residente en Holanda Ramón Valle, quien ha reinventado a Lecuona para el jazz.

Por otra parte, más que su obra, sonada con todos los hierros en diversas jornadas, Brouwer quiso enaltecer el aporte de sus contemporáneos: compañeros de ruta como Harold Gramatges, Roberto Valera y Calixto Álvarez, mitos de la cultura popular como Benny Moré y Bebo Valdés, gente de jazz como el inefable Bobby Carcassés y de la trova como los medulares Silvio y Pablo.

El homo ludens se desató en el espectáculo Humor con clase, aliado al versátil Osvaldo Doimeadiós, y era de esperar que irrumpiera en el cierre con La Colmenita y su mensaje martiano en “Meñique a flor de labios”.

No hay otro festival que se parezca a este en la vida musical cubana de estos días, donde a los conciertos se suman conferencias, conversatorios, exposiciones, proyecciones audiovisuales y acciones callejeras. Cada propuesta, una fiesta.

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