Con el talabartero del Che (I)

Josefina Ortega • Cuba

“Hacía tiempo que yo soñaba con incorporarme al Ejército Rebelde. Dando tumbos y más tumbos, huyendo de las fuerzas de la tiranía que me tenían fichado desde el mismo 10 de marzo, soy enviado a mediados del 57 por el Movimiento 26 de Julio junto con dos compañeros a las Minas de Bueycito, en espera de recibir órdenes para cumplir algunas misiones o subir a la Sierra cuando se obtuvieran armas. Estando allí oímos decir que de las lomas iba a bajar una columna para entablar combate. Al frente de ella venía El Che.

“Esa fue la primera vez que escuché su nombre tan singular y, en verdad, me llamó la atención: ‘¿Quién es el Che?’, pregunté. Recuerdo que me dijeron: ‘Es un argentino que vino con Fidel en el Granma y se ha destacado mucho en la guerra’.

“¡Quién me iba a decir entonces que unos meses después iba a convertirme en su talabartero!”

Hace unos años quien esto escribe conoció un buen día a Israel Isidoro Téllez Téllez, hombre modesto y sencillo nacido en Las Tunas, hace ahora más de ocho décadas. Su mayor orgullo —me confesó— era haber combatido en la Sierra Maestra a las órdenes del Che, de quien, además, resultó ser su talabartero. Nunca antes había contado a la prensa sobre estos recuerdos.

“El mismo día en que conocí de la existencia del Che, bajaron de la Sierra tres camiones de rebeldes. Eufóricos, mis compañeros y yo les salimos al encuentro y, como era de esperar, nos encañonaron e hicieron sus prisioneros.

“Al identificarnos y entregarles los paquetes de balas que les llevábamos, quedamos de inmediato incorporados a la tropa y, a poco, participamos en el ataque al cuartel de la guardia rural en Bueycito”.

De éste, su primer combate, Téllez guarda la imagen del Guerrillero Heroico con la ametralladora encasquillada en medio de los tiros, y cómo, en fracciones de segundos, logró salir del percance y continúa disparando. Luego de rendirse el cuartel, daba órdenes de atender a los guardias heridos y al conversar con uno de ellos le dedicó una frase de aliento con su peculiar acento argentino: “Son cosas de la guerra. Dentro de poco vendrá la gente de ustedes a recogerlos”.

“Establecidos horas más tarde, me parece que en La Estrella, no estoy seguro, me impresionó profundamente la forma de nuestro jefe para dirigir la tropa. Nos dividió en grupos, al primero, en el cual yo caí, y donde estaban quienes habían participado en la toma del cuartel, nos dijo: ‘Ustedes han demostrado tener valor en el combate, esperamos lo tengan también para sostener la vida en la montaña. (Luego supimos que tenía razón, la vida allí no era fácil).

“Al segundo grupo, los incorporados ese día, pero que no habían tenido la oportunidad de disparar, les manifestó que todavía estaban a tiempo de irse: ‘Piénsenlo bien. Aquí se pasa hambre y hay que combatir muy duro con el enemigo. En cualquier momento pueden morir’.

“Y ¿al tercero…? Todavía me da risa recordarlo. A los jefes les ordenó que sacaran de la formación a todos los que tuvieran las nalgas mojadas. Eran solo tres o cuatro. ¿Qué será eso?, me pregunté:

“Las palabras del Che como un látigo me sacaron del asombro: ‘Pendejos, les voy a licenciar, no había que ir hasta el río para tomar el cuartel’.

“Estaba claro, quienes habíamos peleado nos arrastramos por la yerba húmeda de rocío y solo teníamos mojado el frente: los que llevaban empapado donde la espalda pierde el nombre para rehuir el combate, se habían metido en el río que quedaba como a 600 metros.

“Aún me parece escucharlo: ‘Se van para sus casas, pendejos. A este ejército no pueden pertenecer’, y así fue, aquellos cobardes se fueron de allí con sus nalgas mojadas”.

¿Téllez, cuando ocurrió lo de la talabartería?

“Bueno, eso fue unos meses después, a fines de septiembre. Estando la tropa acampada cerca de un río, luego del primer combate de Pino del Agua, sucede que el inolvidable Ciro Redondo saca un pedazo de piel de su mochila y se pone a hacerle una funda a su pistola. Al verlo en ese trajín, yo, que soy talabartero, le ofrezco mi ayuda y empiezo a realizar mi labor como todo un profesional.

“En eso, al Che se le ocurre pasar por allí y se entusiasma con mi trabajo. Ciro rápidamente le dice: ‘Es que aquí tenemos un maestro. El compañero es talabartero’.

“‘¡Ah!, bueno, me dice el Che, hace falta que me arregles una funda para mi comando’.

“Por supuesto, me esmeré en la tarea pedida por mi jefe, y al entregársela, él, que era parco en elogios, me la celebró mucho.

“Yo estaba de lo más orgulloso y aproveché la oportunidad para plantearle una idea que hacía tiempo venía dándome vueltas en la cabeza: ‘Tengo un pequeño equipo de talabartería. No es gran cosa, —le cuento—, pero si se traslada aquí y se consiguen los materiales se pueden resolver muchas necesidades de la tropa’”.

Ernesto Guevara se queda mirando con detenimiento al hombre que tiene frente a sí y con un gesto lo anima a continuar. “Si me da unos cuantos hombres —prosigue Téllez— me atrevo a recoger el equipo donde lo tengo guardado y traerlo hasta aquí”.

“¿Dónde lo tienes —interrumpe el Che—. Téllez responde rápido: “En la zona cafetalera de Gibraltar de Guisa”.

La conversación entre los dos guerrilleros parece va a extenderse más, pero para sorpresa del segundo, termina aquí.

“El jefe no me dice si la idea es buena o mala, incluso pienso que no le interesa, sin embargo, pasados unos días, me manda a buscar con urgencia y, delante de Pancho Tamayo, uno de los mejores prácticos de la Sierra, me pregunta a bocajarro lo que necesito para recoger la máquina.

“Me coge de sorpresa, pero al momento me repongo: ‘Seis hombres y un práctico que nos lleve solo hasta Boca de los Diablos, cerca del río La Plata; el resto del camino lo conozco’.

“‘Pues dale —me dice él— cumple la misión’, y yo, la mar de contento, me dirijo a Pancho: ‘¿Cuánto tiempo necesito para el viaje?’ Y él, basado en su experiencia, habla seguro: ‘Aproximadamente siete días’.

“Esa misma tarde escojo a los hombres que me acompañarán en el viaje: Rubén Tejeda, Rafael Rodríguez, Ramón González, Miguelino Sánchez, Decoroso Carrazana y Armando Botello, a quienes el jefe guerrillero pone bajo mis órdenes y le da instrucciones a Pancho para que nos guie hasta el punto acordado.

“También me entregó algún dinero, no mucho, y me advierte: ‘Vas a ir a un lugar donde hay bandidos que han cogido la cuenta del 26, no puedes tomar nada de campesino alguno sin pagarlo y si te encuentras con los bandidos le echas el guante’.

“Nosotros estábamos muy entusiasmados con esta arriesgada misión encargada por el Che, lo que no imaginamos que días después nuestros propios compañeros nos daban por muertos”.

(CONTINÚA)

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