En la tormenta

La bandada de pájaros ha salido por primera vez rumbo al mar, solo las palabras de Santiago, el pescador, tendrían la certeza de lo que iba a suceder. Era un espectáculo insólito que vimos desde el bar-cafetería. Se dio un trago que lo hizo toser y, con la mano llena de callos por el nailon y las redes, señaló hacia el sur, mientras con voz cansada lo dijo, viene una tormenta. Sin embargo, nadie le hizo caso, como a la noticia dicha por la radio y la televisión el día antes. Un huracán se acercaba a las costas de Santo Domingo. Está lejos había dicho el cantinero, que comenzó a reír cuando Santiago dio un cabezazo contra la barra y empezó a roncar.

—Ese no entra aquí por las montañas —dijo mientras señalaba los imperfectos picos dibujados al norte.

Al mediodía, un auto con inmensas bocinas advirtió la necesidad de evacuar a los que tuvieran problemas con las casas. Aquí todos tenemos las casas hechas mierda, dijo alguien a mi lado y se rió. Nadie hizo caso a la voz magnetofónica. En el cielo no aparecía ni la más pequeña nube y el sol golpeaba directo en la tierra. Cobré mis veinte pesos por limpiar las mesas, fregar platos, vasos y el baño. Me fui directo a la casa de mi madre.

—¿Julio no fue a trabajar? —me preguntó tomando el billete azul que flotaba aún sobre mi mano.

—No, mamá.

—Entonces, ayúdame —dijo y me llevó al cuarto de la abuela—, se defecó desde esta mañana y no he podido cambiarla esperando a que llegaras.

Así, todavía cansado por el trabajo, después de hundir las manos en el detergente y el agua, ahora lo hacía en la mierda, el orine y el pus de las escaras para levantar a una anciana esquelética que no hablaba ni se movía, con una peste a animal muerto sin morirse y mirada ausente. Mi madre quitó el nailon y las sábanas sucias, cubrió el colchón floreado con una tela de pantalón de trabajo manchada y comenzó a limpiar los fondillos de la abuela con un periódico.

—Dicen que viene un huracán.

—Sí, mamá. El viejo Santiago lo dijo en el bar y un auto con bocinas estuvo dando la noticia en la calle.

Ella se persignó. Las manos limpiaron las llagas en las caderas y la espalda, también frotaron la piel arrugada con un paño húmedo. El perfume del jabón llenó el cuarto, pero ni aún así el aire se hizo respirable. Yo miré la habitación y traté de tranquilizarla.

—Esta es una casa fuerte.

—¿Y si tienen que evacuarnos? —señaló a la abuela.

—Tío Julio y yo nos encargamos de llevarla adonde sea.

Mi seguridad era la casa hecha de cimientos profundos y paredes de bloques. Su mayor debilidad era el techo; pero el huracán, si pasaba, no tendría fuerzas para llevárselo, por lo menos eso creía.

Afuera la vida rutinaria continuaba. Manolo y los mellizos jugaban dominó bajo la mata de mango de la esquina, la vieja Lucrecia vino a pedir unos ajos para la comida mientras mi madre y yo tratábamos de embutir a nuestra anciana con un puré de carne y viandas, todo sin sal. Al atardecer una inmensa nube cubrió completo el cielo y trajo consigo una tranquilidad de agua y aire nunca antes vista. En la noche estalló la tormenta, solo teníamos una vieja linterna y los rezos de mi madre para tanta oscuridad.

Cuando el aire comenzó a golpear las paredes y a estremecer los cimientos llegaron algunos vecinos, que a fuerza de gritos nos contaron de sus casas de tablas voladas por los aires. La sala fue llenándose, allí estaban Manolo y los mellizos con sus mujeres, la vieja Lucrecia con su hija y el nieto, otros vecinos que solo tuvieron tiempo de coger toallas o nailon para cubrirse de la lluvia. El último en entrar fue el tío Julio con los ojos de sapo por el susto, todos allí teníamos esos mismos ojos que se movían nerviosos por el miedo.

—Salir a la calle ahora es un suicidio —dijo mi tío secándose con una toalla que le había alcanzado mi madre. La fuerza del viento no te deja avanzar, casi hay que andar a ciegas.

—Eso si una plancha de zinc no te arranca la cabeza —dijo la vieja Lucrecia mientras soplaba un vasito de café caliente, que yo mismo me había encargado de repartir—. Nunca en mi vida he visto una tormenta como esta, trae consigo el olor a muerte.

La peste a animal podrido en la casa era leve, pero a veces llegaba con fuerza, como si el viento o el agua revolvieran el hedor de las escaras de la abuela y lo trajeran a nosotros. Todos conocían nuestra desgracia, después de las palabras de Lucrecia nadie más habló, solo aquella tormenta interminable y el tiempo detenido nos acompañaba.

Fue como un martillazo o un estallido. El huracán amenazaba con destruir el único refugio que quedaba, el aire entró por primera vez en la sala y revolvió los cabellos y los gritos de las mujeres. Mi tío actuó con una serenidad que mi madre y yo nunca habíamos visto. De un pequeño closet sacó varias sogas que se utilizaban para desmochar palmas, con la ayuda de Manolo y los mellizos fueron amarrándolas al techo.

—Ahora lo que queda es halar fuerte —dijo mi tío mientras se enrollaba una soga en la mano.

Toda la madrugada fue difícil, nosotros, los hombres, turnándonos con las sogas para que el viento huracanado no se llevara, y lanzara a cientos de metros, el techo protector. Las mujeres amontonaban pedazos de trapos en las ranuras de la puerta y el piso para que el agua no entrara a la casa. Hubiera sido una madrugada difícil y no terrible, de no ser por aquella peste que se fue convirtiendo en un hedor insoportable, no bastaba que con las manos o un paño mojado nos tapáramos la nariz o mi tío dijera que la casa se había convertido en un infierno, o maldijera o le echara la culpa al huracán. A pesar de todo, el hedor estaba allí, recordándonos la carne putrefacta, los miles de gusanos que viven en ella, los cientos de moscas que revolotean, el líquido viscoso de podredumbre que parecía estar en el agua.

—Hay que buscar el animal que hiede —dijo mi tío y le entregó la soga a un mellizo para descansar.

—El animal está en la casa —aquellas palabras de Lucrecia traían por sí solas un presagio.

Por primera vez, desde que comenzó la tormenta, miramos al cuarto de la abuela que debía descansar ajena a lo que sucedía a su alrededor. Mi madre tomó la linterna, detrás de ella nos acomodamos chapoteando en el agua fría que nos daba por encima de los tobillos. Empujó suavemente la puerta de cartón y alumbró dentro. La abuela estaba estirada en la cama, tenía los brazos a los lados y la boca abierta. De su cuerpo emanaba la pestilencia. Mi madre dio un pequeño grito y dejó caer la linterna, en la total oscuridad mi tío y yo tratamos de tomarla entre los brazos para consolarla, pero ella solo dijo, mierda, se agachó y tanteando encontró la linterna. Después de trastearla pudo, por fin, alumbrar las paredes y nuestras caras de difuntos. Ella no quiso dar explicaciones ni entender cómo alguien puede morirse y podrirse tan rápido.

Solo sabía que la abuela llevaba más de cinco años podrida en vida, esperando la muerte, y que ésta había llegado con el huracán para llevársela lo más rápido posible.

—Quiero un entierro decente —cerró la puerta del cuarto, se fue hasta la mesa de la sala, se sentó sobre ella y empezó a amasarse los pies para calentarlos. Allí estuvo hasta el amanecer.

La mañana nos sorprendió solos. Manolo, los mellizos, la vieja Lucrecia y su familia, todos los que se refugiaron la noche anterior, se habían marchado cuando el viento y la lluvia comenzaron a amainar. Frente a nosotros se dibujaba una mañana lluviosa y fría, toda la tierra alrededor estaba bajo el agua. Se podían ver las casas sin techos, sin ventanas, puertas, paredes, cocinas, cuartos, salas u otras habitaciones amputadas. En el agua flotaban cientos de papeles, fotos, pedazos de madera que antes fueron sillas, armarios o camas. La gente con ojos de sapo, enrojecidos por el llanto constante, trataban de salvar lo poco que el huracán les había dejado, o iban de un lado a otro como aturdidos, como si aún no creyeran lo que surgía ante sus ojos.

Tío y yo improvisamos una camilla donde colocamos a la abuela envuelta en una sábana. Salimos rumbo a la funeraria, detrás iba mi madre con las piernas hundidas hasta la rodilla en un mar de agua dulce. En la funeraria un custodio nos dijo que el lugar estaba cerrado por orden del director y que él era el único trabajador en todo el sitio. Estoy esperando a que me releven.

—¿Y nosotros qué hacemos con nuestra muerta? —preguntó mi tío un poco acalorado.

—Llévenla al hospital —y se fue sin prestarnos más atención.

El hospital era un caos, cientos de personas se aglomeraban en la entrada. Los médicos y enfermeras, chapoteando en el agua turbia, hacían lo imposible por atender tantos pedidos de ayuda. Sin embargo, cuando nos vieron llegar se apartaron. Silenciosos nos recibieron. Un médico se acercó, hizo varias preguntas y examinó a la abuela tapándose la nariz.

—¿Cuándo murió? —preguntó inquisitivamente.

—Esta madrugada.

—Su estado es deplorable, hay que enterrarla enseguida. Mire, la ayuda va a demorar, todos los caminos están bloqueados y la muerta no puede quedarse en el hospital, no tenemos electricidad —se acomodó los espejuelos, su cara daba lástima por la fatiga—. No podemos correr el riesgo que se expanda una epidemia. Llévenla a la funeraria.

—¡La funeraria! —mi tío sonrió irónico—. Nos vamos directo para el cementerio.

Tomó, sin que nadie lo impidiera, un pico y una pala de los que colgaban en el área contra incendios del hospital. Al salir, alguien nos advirtió.

—Allí ni vayan, las cajas de muerto están flotando a plena luz del día.

Caminamos, sin rumbo fijo, buscando un pedazo de tierra donde enterrarla y envueltos en un olor a muerto sin tumba. Después de varias horas ese pedazo de tierra apareció, por fin, emergido frente a nosotros.

El monumento era una elevación que sobresalía del agua, donde estaban sembrados varios bloques de mármol de diferentes tonalidades. En las cúspides de los bloques nacían estatuas de hombres uniformados a pie y a caballo. Una inmensa lápida incrustada en el suelo, donde se podía imaginar antes del huracán un césped y un jardín bien cuidados, denotaba que en ese lugar ocurrió una de las batallas más importantes de la historia. Mi tío apenas miró alrededor, después de colocar a la abuela sobre la lápida comenzó a abrir la tumba. A los cinco minutos, se nos acercó un hombre mal humorado con pantalón de mezclilla y camisa a cuadros.

—¿Qué mierda están haciendo ahí?

—Estoy enterrando a mi madre —le respondió mi tío sin dejar de cavar.

—Usted no puede hacer eso.

—¿Por qué no?, además, ¿quién eres tú para impedírmelo?

—Mi trabajo es cuidar este lugar bajo cualquier circunstancia.

—No me importa.

—Este es un sitio sagrado de la patria.

—Mi madre era sagrada también.

Mi tío se detuvo, me dio un golpe en el hombro.

—¡Saca tierra!

El hombre hizo un intento por detenerme, pero mi tío levantó el pico y le dijo amenazante.

—¡Si me toca al sobrino le abro la cabeza a la mitad!

El custodio se fue asustado, no sin antes advertirnos que se encargaría de traer a la policía, pero nadie vino y pudimos hacer el entierro con tranquilidad. Mi madre se despidió de la abuela con una flor marchita que lanzó a la pequeña tumba. Nosotros volvimos a su sitio los terrones de fango que poco a poco fueron cubriendo la sábana que envolvía el cuerpo. Regresamos en silencio y fatigados, pero yo no pude esperar llegar a la casa.

—¿Y si la policía la desentierra?

—Ese es su problema, nosotros cumplimos nuestra parte, ella descansa en paz.

Mi tío puso su mano en mi cabeza. Había dejado de llover, y los rayos tenues del sol, por primera vez en todo el día, comenzaron a salir a nuestras espaldas.  

 

Tomado de El Auriga.

Erwin Caro Infante: Narrador e investigador cubano. Nació en Bayamo, Granma, el 30 de julio de  1977. Licenciado en Educación. Ha obtenido Premio en el género cuento en el Festival Nacional de la FEU 2002; Tercer Premio en el Concurso Nacional de cuentos cortos Vértices; Mención en el Concurso Nacional de cuentos cortos Vértices; Premio en el concurso provincial María Luisa Milanés; Mención el Concurso “20 de octubre”; Segundo premio en cuento en el concurso provincial Batalla de Guisa 2008; Premio en crítica literaria en el concurso provincial Batalla de Guisa 2008; Relevante en el evento Bayamo cultura e historia con una investigación literaria en el año 2008; Premio de cuento La Enorme Hoguera 2008. Es autor de la selección de jóvenes narradores granmenses Desde ninguna parte una palabra (2003) y del libro de cuentos Confesión por violar a una mujer (2009).
 

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