Balances en la vida de Viengsay Valdés

Martha Sánchez • La Habana, Cuba

Las puntas rosas de Viengsay Valdés contrarían la física y proponen virtuosos caminos dentro de coreografías y pentagramas. La primera bailarina del Ballet Nacional de Cuba (BNC) domina sus zapatillas como un labriego su arado, pero solo la seguridad del trabajo constante le permite afirmar ante un auditorio curioso que toda demanda del público puede ser respondida.

Quienes no le conocen pudieran creer que el alarde típico de la cubana le impulsa a lanzar frases como esa en plena calle. Valdés, quien comenzó a bailar de niña en casas de cultura al ritmo de Sandunguera, de los Van Van, ostenta con elegancia, pero cumple. Alguien que siempre creyó en ella le obsequió una postal con clave: “el éxito consiste en la constancia de los propósitos”. Aquel mensaje escrito por su maestra Mirta Hermida, el día de la graduación escolar, le acompaña en casa, junto a sus posesiones más valiosas, centenares de zapatillas y las tiaras de un universo de criaturas: cisnes, princesas, hadas, espíritus y chicas de otras épocas.

Viengsay Valdes
Foto: Gabriel Dávalos
 

Una mañana, la artista sorprendió a su perro Duque en un profundo sueño abrazado a las zapatillas de punta que un día antes ella había colocado en su bolso de trabajo. Valdés comprendió que hasta ese amor se transmite. En reconocimiento a la dedicación, la creatividad y la cubanía, la Asociación Hermanos Saíz concedió a Viengsay en julio de este año la categoría de Miembro de Honor. El presidente de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), Miguel Barnet, aseguró aquella tarde que no había preguntas para hacerle porque ella era una gran respuesta.

Sin embargo, en la calle, varios curiosos se interesan por qué sabe bailar además de ballet y se sorprenden cuando Viengsay habla de gozosas ruedas de casino. Tampoco imaginan su agudo sentido del humor que la ayudó en una gala de gran nivel mundial celebrada en Japón a salir a escena como Basilio, el protagonista varón del ballet Don Quijote. En materia de danza sus búsquedas van más allá de lo que el público cubano alcanza a ver, la Valdés ha sido Carmen en La Habana y también en San Petersburgo, como invitada del renombrado Ballet Mariinsky, y ha lucido la Kitry del Quijote en los cinco continentes, en más de 50 galas internacionales.

“Hay actores cuyas brillantes actuaciones permanecen en la memoria mucho tiempo después de que las luces del escenario se hayan apagado”, escribió un experimentado crítico canadiense antes de mencionar a la reina de las nieves de Viengsay en Cascanueces entre las 10 mejores representaciones vistas en teatros de su país en 2010. La artista de hoy fundamenta los logros con orgullo porque sus maestros fueron un privilegio.

“Tuve la suerte de trabajar con Alicia Alonso, el Maestro Fernando Alonso, las cuatro joyas del ballet cubano (Aurora Bosch, Josefina Méndez, Mirta Pla y Loipa Araújo), y otros grandes artistas que me ayudaron muchísimo, me transmitieron sus experiencias, la manera de interpretar los roles, conceptos e ideas que me sirvieron para comprender el movimiento, el gesto, la intención, el mensaje, la esencia de cada uno de los ballets que me enseñaron. Por supuesto, los llevo conmigo en mi baile siempre, esas enseñanzas son algo muy valioso que conservo y en su momento trasmitiré con gusto a otras generaciones.

-¿Qué importancia tiene dentro del arte el diálogo entre artistas de diferentes generaciones?

VV: Yo vi bailar a Ofelita González junto a Julio Bocca en vivo y eso me inspiró muchísimo. Al poco tiempo, ella me dio los últimos detalles para mi estreno de Kitry, me entregó el espíritu del personaje, ese estallido en la escena, la libertad en los saltos, el desenfado, el toque de humor. Nuestra querida Josefina Méndez por su parte me estrenó en los roles de Giselle, El lago de los cisnes y Coppelia, tres clásicos de la mayor exigencia y en los cuales disfruto cada momento cuando los interpreto. En la actual gira por España, cuando bailé Coppelia en Madrid, dos personas se me acercaron para decirme emocionados: “¡Me parecía estar viendo a Josefina!”, y no es que seamos físicamente parecidas, se trata de la manera de interpretarlo, el estilo propio de este ballet demicaracter, el cómo lograr las pantomimas bien claras que se entiendan, cómo ser pícara en el segundo acto y luego, en el pas de deux final, la elegancia en la celebración de la boda. Creo que supe absorber sus correcciones, sus detalles artísticos, su vis cómica, y hacer todo eso parte del baile. Josefina era una exquisitez como maestra y me pedía al detalle cada frase de la coreografía lo cual me ayudó a fijar en mi memoria aún más sus correcciones. Nuestra Loipa Araújo es otra que llevo conmigo siempre, su exigencia, su manera exacta de buscar la musicalidad en los movimientos, que el bailarín no se atrase para atacar el paso, la insistencia de que la interpretación sea creíble, de lo contrario no se entiende qué está haciendo el bailarín. También recuerdo a Cristina Álvarez (Meruchi) ensayándome mi primer cisne negro y muchas otras vivencias que no me alcanzaría esta entrevista para nombrar a cada uno de nuestros prestigiosos maestros.

-¿Qué te enseñan las experiencias en tantas galas internacionales? 

VV: Primero quiero subrayar que es incomparable el orgullo que siento al representar a mi país. Es siempre un momento de emoción y sobre todo la oportunidad perfecta para que el mundo no olvide ni por un instante nuestra escuela cubana de ballet, de mostrar la manera en que bailamos, nuestra técnica fuerte, el dominio, la proyección escénica y el virtuosismo. Y a la vez, me proporciona la oportunidad a mí de ver con mis propios ojos cómo se está bailando en la actualidad, comparar las escuelas, apreciar el amplio repertorio que el ballet universal comprende, ver a bailarines internacionalmente reconocidos, a leyendas, a otros jóvenes emergentes, y así nutrirme, y sobre todo exigirme más a mí misma. Es, sin dudas, una oportunidad de oro.

-¿Cómo debería trabajar un joven recién graduado de la escuela cubana?

VV: Al ingresar al BNC, el bailarín debe ser consciente de que pasa de ser un estudiante a convertirse en un bailarín profesional. La exigencia y el rigor se verán reflejados de una manera diferente, ya no tendrán al profesor constantemente corrigiéndoles, sino que se enfrentan a un trabajo individual con la disciplina, el respeto hacia los antiguos integrantes y la necesidad de aprender todo el repertorio clásico y contemporáneo.

-¿Qué pudiera desalentar a los jóvenes bailarines del presente?

VV: A los jóvenes les desalienta que no les den oportunidades para mostrarse. Pero en su impaciencia, estas nuevas generaciones a veces no se dan cuenta de que hace falta un dominio técnico primero y luego artístico para echarlos a volar y eso lleva tiempo, a veces no se logra en un año ni en dos. Además, si quieren mostrarse con la calidad requerida en esta rama del arte deben saber esperar y ese tiempo aprovecharlo para perfeccionarse. En mi caso fue diferente, me dieron muchos roles a temprana edad pero igual tuve que esperar para ser promovida a primera bailarina, tiempo que no desaproveché y trabajé incansablemente para así llegar a serlo, porque no todos alcanzan esta categoría. Ahora bien, últimamente se tienen en el banquillo a algunos que sí se pudieron foguear si les hubieran dado al menos pequeños roles. De pronto, a los que llevan años les pasan por delante los nuevos recién graduados. Hay que mantener un equilibrio y ser justos para poder aprovechar el talento individual de cada uno de los bailarines.

-Muchos admiran su talento pero también se preguntan si siente que ha sacrificado su vida personal por la danza.

VV: Esta carrera inevitablemente te absorbe. Y si de verdad crees en lo que haces le tienes que dedicar tiempo y, sobre todo, entrega. No obstante, yo no dejo de tener mi propia vida, aun estando tan ocupada. Intento descansar la mente y el cuerpo en otros ambientes y al día siguiente vuelvo a los salones renovada. Es difícil, pero no imposible.

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