Irene Rodríguez:

Donde la danza es razón de ser

Alejandro Ruiz Chang • La Habana, Cuba

Irene Rodríguez es una mujer inteligentísima. Su locuacidad es tan perfecta como su baile. Tras ese rostro aparentemente apacible se nos descubre una fuerza y una pasión extrema, telúrica. Desde muy pequeña tuvo una definida vocación por el arte, específicamente por la danza, que hoy se muestra en toda su plenitud, no solo como bailarina, sino además como coreógrafa. Sus dotes han sido multipremiadas y reconocidas, pero sin dudas el mayor reconocimiento es el que tiene en el contexto cubano, esa distinción que le hace el público como figura imprescindible ya del mundo de la danza en nuestro país.

Como parte de los acostumbrados Encuentros con… que conduce la periodista Magda Resik, el público tuvo la suerte de intercambiar con Irene Rodríguez, muy joven pero de un talento indiscutible. Este espacio que ha tenido la suerte de invitar a importantes personalidades del arte y la literatura convertidos en iconos de la juventud creadora cubana ocupa el escenario del Salón de Mayo en el Pabellón Cuba, sede de la Asociación Hermanos Saíz. No al azar fue escogida la bailarina y coreógrafa para este encuentro: Irene es uno de los 125 delegados que del próximo 18 y hasta el 20 tendrán su Congreso como miembros de esta organización.

Proveniente de una familia no relacionada con el arte, desde muy pequeña su madre la mantuvo vinculada a este mundo, incentivando, quizás sin notarlo, esa pasión suprema que hoy muestra. Portadora no obstante de una vocación artística innata, no fue hasta los 10 años que se vinculó seriamente a la danza en los Talleres vocacionales de ballet clásico en el Gran Teatro de La Habana, dando así los primeros pasos por el seductor escenario de la danza que la atraparía irremediablemente, pasos que luego redireccionaría hacia lo que siempre fue pasión sublime: el baile español.

En la artista que es hoy se revela esta dualidad entre el ballet clásico y el español. La riqueza estilística de este último y su amplio conocimiento del primero le han permitido desarrollar y explotar un gran abanico de posibilidades en el mundo del baile. Del flamenco la sedujo su gran riqueza, pero afirma que todavía con los años que lleva desarrollando este estilo no ha bailado todo lo que pudiera, quisiera o podrá.

Por otra parte, esa propia riqueza le permite desarrollarse y desdoblarse en muchas facetas. “Como graduada de arte teatral en actuación, la interpretación de la danza a través de personajes me permite ese desdoble, esa interpretación de personajes en la escena. Me llama además la atención esa pasión que tiene este estilo, al ser más folclórico, más pasional, se expresan más los sentimientos, los distintos ritmos narran momentos en la vida de los seres humanos y esto lo hace ser muy rico”.

Para los más familiarizados con el arte de Irene Rodríguez es notable la influencia de lo cubano, aún cuando el flamenco esté en la esencia de lo que lleva a escena. Son muy perceptibles los toques de cubanía en la obra de esta bailarina, pincelazos cubanísimos que trascienden estilos y se cuelan en el alma de los bailes más españoles. Al respecto aseguró que “en Cuba, por haber sido un país colonizado que tiene esta herencia cultural hispana y otras que todos conocemos, tenemos otra manera de interpretar las danzas españolas, de un modo muy amplio. Creo que se puede hablar de una Escuela cubana de danza española, y en mi caso personal esa cultura española predomina, pero está vista y hecha desde nuestra cubanía.

“Cuba es mi raíz, es lo que soy. Creo que la sangre llama, pero la cultura determina, y la cultura está presente en todo lo que hago. En mis obras siempre trato de plasmar nuestra realidad, nuestro punto de vista como una cultura que tiene también mucho de española. Es una mezcla artística que también es cultural, hereditaria para nuestra tierra”.

En sus coreografías se aferra a imágenes que aparecen como sueños, y es que Irene nació para soñar en grande. Hoy muchas de sus quimeras se han hecho realidad, la más grande quizás es tener su propia compañía.

Como primera bailarina del Ballet Español de Cuba, coreógrafa, jefa de cátedra y profesora, notaba que sus señas coreográficas e interpretativas iban marcando un camino. Su propia interpretación denotaba un estilo muy definido, y su papel de instructora hizo que lo fuera transmitiendo a los bailarines. “Siempre tuve ese bichito de hacer las cosas a mi manera, de poder coreografiar lo que yo quisiera, experimentar desde una forma muy personal. Entonces las coyunturas se dieron (y las propicié) para que este sueño fuera posible, gracias también a la Asociación Hermanos Saíz que colaboró muchísimo a que esta idea se pudiera concretar.

“Fue muy importante tomar esta decisión, porque yo llevaba una carrera de 18 años en el Ballet Español de Cuba, pero siempre supe que tenía mis propias alas para decir y hacer por mí misma. No tenía la seguridad de que todo fuera a salir bien, pero sí sabía que iba a dar todo de mí. Tenía para poner todo mi empeño”.

La creación joven tiene el reto de transgredir, de ir adelante, y el deseo de hacer quiso que el sueño de la joven compañía se realizara. Ahora tiene la tarea de seguir formando jóvenes, pero bajo sus propias reglas. No son pocos los riesgos, ni fácil es el desafío de instruir y dirigir la escuela a la vez. De su madre aprendió que el respeto se gana de dos maneras: porque te odian o porque te quieren. Irene Rodríguez trata que la respeten porque la quieren.

“Siempre trato de ser justa, soy muy exigente, extremadamente exigente. Me gusta predicar con el ejemplo porque eso educa mucho y porque es muy difícil dirigir siendo joven y mujer. Me gusta exigir, pero desde el cariño, desde el demostrar que sí se puede. De mis maestros aprendí que bailarín se nace, pero también se hace”.

Por último, algunos de los presentes coincidieron en que la danza se ha multiplicado en esta joven hasta convertirla en bailarina, coreógrafa, profesora, diseñadora de luces, de vestuario, y ese estar atenta siempre a todo le ha permitido sin dudas la conquista del éxito. Su temperamento pasional e impulsivo la han llevado a crear a través de lo que es. En sus presentaciones está la joven inquieta, arriesgada y emprendedora; en sus movimientos danzarios, su vida y Cuba. La danza es su razón de ser.

“Para mí la danza es mi manera de vivir. Es mi mejor forma de expresión, mi sueño más grande. No recuerdo haber tenido ilusiones, incluyendo las personales, que no estuvieran vinculadas con mi carrera danzaria. Si tuviera otra vida volvería a ser bailarina española”, concluyó Irene el diálogo, con una sonrisa amplia que no se desdibuja de su rostro.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato