Convergencia

Si me pides el “pescao”, no te lo doy

Ivette Vian Altarriba • La Habana, Cuba
“En el puente de pino, apoyado
sobre la baranda
esperé el Kin-tsi-yu”.
(Su-Tsu-Mei, 1030)

 

El Kin-tsi-yu era un pez que —decían en China, allá por el siglo III—  tenía “oro en la cabeza” y que existía en el río Li-Po-Se. Bueno, parece que aquel pez puede considerarse el que ahora se conoce como golfish (Carassiusauratusauratus).

Y resulta que, desde hace alrededor de cuarenta y pico de años, cuando un amigo de entonces me regaló un telescópico “moro” (de esos que tienen los ojos protuberantes y son los únicos Carassius completamente negros), pues, desde entonces nunca jamás he vivido sin una pecera de goldfish; no me interesa ninguna otra especie y me resultan tan imprescindibles como los libros, vaya, para que tengan una idea de cómo adoro a esos peces.

Entre mis sueños recurrentes está ese, el soñar con Carassius, por ejemplo (son anotaciones textuales, fragmentos entresacados):

“(22, enero, 2000) Sueño con un alfabeto desconocido, misterioso. Alrededor hay peces muertos, en la arena; yo sé que los peces salieron del alfabeto, que son como letras… (3 abril, 2000) Soñé que durante mucho tiempo limpiaba y llenaba de agua una pecera enorme, el agua se desbordaba y yo esperaba, pero no había peces… (11, junio, 2001) Sueño erótico con -----, a quien veo acostado en mi cama, mientras miro su cuerpo desnudo traslado peces de una pecera a otra… (17, febrero, 2002) Veo muchos hombres militares, yo, muy nerviosa, trato de salvar los peces de una pequeña pecera, pero los peces saltan y el agua se va poniendo lechosa… los peces desaparecen; luego, cuando todos se van, encuentro la pecera, escondida, sin que yo lo supiera…”.

Se dice que soñar con peces es una proyección del inconsciente, que revela la necesidad de recuperar la totalidad de uno mismo, es decir, como si los componentes de la psique se hubieran atomizados y uno necesitara reintegrarlos. Claro, el pez es un ser psíquico (¿y qué ser no lo será…?),  simboliza resurrección y ha sido considerado sagrado, espiritual o fálico (todo viene a parar ahí, ¿han visto…?); es como un pájaro de los abismos o el barco místico de la vida.

Pero, concretando (aquí y ahora) a veces pienso (y siento) que en otra vida fui alguien así como un criador chino de peces dorados, que inventaba fábulas para desorientar y que la gente no descubriera mis procedimientos de cría, ¡porque yo, esta que está aquí, no puede vivir sin su pecera de goldfish! Cuando nos mudamos a esta casa de calle B, mi hijo Glexis —que vivía en Miami— vino expresamente a ocuparse del “tropelaje” de la permuta de Buenavista para acá; él asumió todo aquello, no solo el laberíntico papeleo previo sino la no menos aterradora mudanza. Cuando llegó el día del fenómeno, mi eficiente hijo determinó: “Yo me muevo con los “mudancieros” en los camiones y ustedes me esperan en casa de Cuqui”.

Ustedes” éramos mi mamá y yo, y “Cuqui” era la directora —ya jubilada— Cuqui Ponce de León, fundadora de la televisión cubana y mi primera maestra en ese medio (cuando empecé en 1972 con el programa Conversando). Entonces, llegamos a su casa cargando con lo imprescindible: la perrita Wendy y un cubo de agua con mis Carassiusauratusauratus. Claro,  mientras aguardamos allí, instalé un aireador directo al cubo; de todos modos, mis pececitos se veían más inquietos de lo normal (¿quién dice que ellos no sufren el estrés de esta “vida moderna”?).

Hasta que, cayendo la nochecita, se apareció mi hijo a buscarnos. Al llegar a la nueva casa, mi mamá y yo encontramos que ya él había comprado pizzas y refrescos, conectado el refrigerador y armado las camas (lo dije, él es eficiente); pero, lo primero que noté era que había colocado la pecera en un lugar privilegiado de la sala. “¿Te gusta ahí…?”, me preguntó.

Y sin dejar de ir acabando con las pizzas, mi hijo empezó a preparar la pecera, mientras que nosotras nos sentábamos en un sofá que quedaba frente a frente, como si estuviéramos en un teatro chino; mirábamos, emocionadas, cómo Glexis colocaba en el fondo la gravilla blanca, las plantas, las piedras, e iba dejando caer el agua en un chorrito, poco a poco (para no desarmar el diseño). Cuando llenó la pecera se sentó con nosotras y los tres nos quedamos ahí para siempre. Contemplábamos, fascinados, cómo se asentaban las partículas que enturbiaban el agua… iban cayendo muy lentamente, un polvillo casi invisible pero que iba cayendo sin embargo; mientras que masticábamos los últimos pedacitos de queso en total silencio, en una meditación colectiva, visualizando el rectángulo de luz de mi pecera… hasta que el agua quedó muy quieta, limpia, y mi mamá exclamó: “¡Parece un cristal!”.

Entonces, Glexis se levantó y empezó a “posar” mis  goldfish en el  “cristal”, uno a uno, sosteniéndolos en sus manos de artista; mientras mi mamá repetía: “¡Increíble, mi vida, increíble! ¡Parecen de mentira…!”.

Luego, fuimos los tres a tomarnos unas cervecitas al quiosco de 23 y G (que estaba lleno de jóvenes rockeros, vampiros, medioevales, travestis, punkies, metrosexuales, todos con ropas muy raras; así que nosotros —hechos unas visiones después de aquel día— no desentonábamos mucho, (salvo por la edad, claro). Cuando regresamos y abrimos la puerta, brillaba mi pecera de Carassius en medio del vacío oscuro de la casa aún desconocida.

Quince años después, mi hijo sigue en Miami y ya me quedé sin mamá. Tengo otra perrita, (Maní Totó) pero todavía está la misma pecera, donde el mismo Glexis la colocó el primer día. Y hoy tengo un cuento, que en verdad no creí que pudiera contarlo.

Se trata —claro— de uno de mis peces, de los que más quiero (rosado-plata el cuerpo, rojos los ojos, la boca y la triple cola).  De pronto descubrí que estaba torcido sobre sí mismo, que estaba convulsionando, con la cabeza en el fondo, de lado, a veces mucho rato como muerto… Lo trasladé a otra pecera pequeña, con oxígeno para él solo… ahí lo mantuve ingresado como veinte días, pero seguía igual, terminal; varias veces decidí sacarlo ya y dejarlo morir en la tierra, entre los helechos arborescentes, como en un bosque. No lo hice, al contrario: todos los días lo sacaba unos segundos en mi mano y le masajeaba el cuerpecito con mi dedo, le hablaba, lo besaba; cuando salía el sol, sacaba su pecerita a que le diera esa luz del amanecer… Desde el principio, por mi cuenta (¿inspiración divina o intuición veterinaria?), le eché un cuartico de metronidazol en el agua y al otro día se la cambiaba y le volvía a echar otro pedacito, así durante 5 días; luego suspendí el antibiótico y empecé a echarle un cuartico de B-12, durante casi diez días, y ¿a que no saben?, antes de ayer lo he visto nadar normal, derecho, dando vueltas…

No lo puedo creer todavía. Nada (ni escribir, ni hacer el amor) me produce mayor sensación de estar logrando algo trascendental como ver que una cosa muerta o muriéndose, reviva. Me ha pasado con plantas, con perritos, con una persona amada. Por eso me encanta esa frase de “si se salva es un milagro”.

¿Me equivoco, son percepciones intrascendentes?

¿O sentimientos aniñados de “ocambita” sin Internet?, ¿le sucederá este tipo de milagro a personas con ocupaciones importantes, o solamente a gente tan así como yo?, si Juan Formel me oye, seguro que me dice “deja la bobería, deja la bobada”, ¿o no…?

¿Los presidentes de países y de academias, y los jefes de bancos mundiales y de ejércitos globalizados tendrán tiempo de revivir a un pececito rosado-plata con triple cola roja…?

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