Artes Escénicas

Mirada de espectador

Rodolfo Alpízar Castillo • La Habana, Cuba

Confieso que las palabras de Rubén Sicilia en el plegable recibido con la entrada me predispusieron un tanto contra la obra que vería. Imaginé que el autor pedía disculpas por adelantado para crear un complejo de culpa en el espectador si no le gustaba la puesta: “…un montaje incómodo para algún que otro espectador”. A veces sucede…

Pero me equivoqué. Aunque pienso que el texto bien pudo ser: “Aquí tienes mi obra, la tomas o la dejas”. Porque El cerco se toma o se deja, no hay medias tintas.

Por lo visto, el numeroso público que estuvo en la sala teatro El Sótano el sábado 5 de octubre optó por tomarlo y quedárselo. Lo demostró con los sostenidos aplausos con que fueron premiados la obra y los tres artistas que subieron a escena.

Imagen: La Jiribilla

No soy adepto al llamado “realismo sucio”, de manera que no creo que se me pueda acusar de defender su presencia en la obra por razones de “militancia estética”, como sucede a menudo en nuestro medio. Pero tampoco me adscribo al bando de sus detractores acérrimos. Para mí, el “realismo sucio” no es más que una técnica y, como tal, al igual que cualquier otra, tiene ventajas y desventajas, y puede ser bien o mal aplicada.

Son muchos los elementos que se deben combinar acertadamente para que una obra no solo funcione, sino también para que llegue a convertirse en una verdadera obra de arte, de esas que trascienden. Lo de “sucio”, o “no sucio”, es solamente una porción de una totalidad. Como lo son en una puesta el diseño de luces y de sonido, o el vestuario, por ejemplo. Y que en el caso de El cerco estuvieron muy acertados, dígase también.

Pero hay en el arte un elemento que no es técnico, ni siquiera material, sino enteramente subjetivo. Es eso que los músicos llaman “bomba”, corazón, aunque los especialistas lo nieguen. Por más técnica que le pongamos a lo que hacemos, si no le ponemos corazón, olvídense, puede funcionar acaso por un tiempo, pero pronto desaparece: el arte no sobrevive sin corazón.

Realismo sucio, crueldad, absurdo, violencia, se combinan en El cerco. Incluso algunas escenas podrían considerarse agresivas. Pero no creo que nada de eso haya resultado “incómodo” al espectador medianamente inteligente y sensible.

La clave está en lo mencionado antes: la “bomba”, el corazón con que se concibió y se llevó a las tablas la pieza. Y que la convirtió en lo que es y cualquiera puede comprobar (si no está lleno de prejuicios extra artísticos): una verdadera obra de arte.

Es cierto que hay buenas y malas palabras. Pero no en sí mismas, sino por el modo de usarlas. Malas palabras son las que no se corresponden con el contexto en que son empleadas, las usadas apenas para impresionar, para aparentar ser “avanzado”, “novedoso” o “atrevido”. O, por el contrario, “refinado”, “culto”, “selectivo”. Pour épater le bourgeois, se decía en otros tiempos.

Las otras, las buenas palabras, incluidas las tenidas corrientemente por “malas”, son las que aparecen en el contexto justo, las validadas por la propia obra. Cualquier otra consideración es un lamentable error conceptual.

Abundancia de “malas palabras” (“lenguaje soez”, nos avisa el texto de presentación) se escucha en El cerco desde los primeros minutos de la puesta. ¿Por qué, entonces, el público no mostró ninguna reacción especial ante ellas? Pues porque eran las exigidas por la situación dramática y los personajes que interactuaban en escena. Eran las adecuadas al contexto general. O sea: No eran tales “malas palabras”. Haber usado otras, más “amigables”, habría sido equivocado. Hubiera sido emplear “malas palabras”.

Si se mide la puesta por el desempeño de las actrices (una encarnando un personaje masculino) y el actor que se mantienen de principio a fin en escena, sin intermedio, no cabría más que expresar una calurosa felicitación. Fueron integrales, sin fisuras, de total organicidad, a pesar de la gran tensión a que eran sometidos al encarnarlos. Realizaron una labor de conjunto en que unos a otros se exigían y se obligaban a elevarse por encima de sí mismos: Le pusieron “corazón” al trabajo. Al menos es lo que me llegó como espectador. Creo no haber sido el único en sentirlo.

Y, a fin de cuentas, ¿de qué trata la obra? Pues de desarraigo, de marginalidad, de la falta de perspectivas, de la terrible disyuntiva de emigrar como única escapatoria a la miseria material y espiritual en que están envueltos los personajes.

Abundan las alusiones a la realidad nacional, no solo a la material, sino también, y sobre todo, a la espiritual y moral. Vista superficialmente, es una obra situada en el “aquí” y el “ahora” de muchos cubanos. Pero no hay que estar tan seguros. El autor apunta más alto. Apunta a la índole del ser humano. Sin grandes modificaciones, lo desarrollado en escena puede aplicarse a cualquier conglomerado humano, no solo al nuestro. La puesta no se circunscribe, aunque en apariencia lo haga, a lo anecdótico, sino procura escarbar en la esencia de la criatura humana universal. Mostrando lo particular, sugiere lo general.

Se ha convertido en una banalidad referirse en escena a la realidad cubana. De manera simplona se utiliza el recurso de “mostrar la realidad cotidiana de Cuba”, con algunos chistes y unas cuantas alusiones a este o aquel problema, sin elaboración artística alguna, y con ello se pretende que se muestra “una puesta atrevida”. Aunque sea igual a cualquier otra.

Rubén Sicilia, en El cerco, escapa a esa trampa. Para ello echa mano al mejor recurso que existe: hacer arte. Fue más allá de lo anecdótico, de lo que, en definitiva, estamos cansados de ver en nuestra cotidianidad. Hurgó, en cambio, en las esencias. Eso distingue El cerco de no pocas piezas que andan y andarán por nuestros teatros.

Mientras asistía a la representación me sucedió que, en varias ocasiones, me venía a la mente una novela costarricense que leí hace algunos años, Única mirando al mar, de Fernando Contreras Castro. Es la historia de varios personajes que habitan en el basurero de una gran ciudad, cuyas vidas giran en torno a los desechos y que son, ellos mismos, los desechos de la sociedad. Esa novela, que podría clasificarse como “realismo sucio”, alcanza un lirismo extraordinario y resulta, a fin de cuentas, un gran canto de amor y un grito de esperanza en medio de la desesperanza generalizada.

Como en Única mirando al mar, los tres personajes de El cerco viven en un basurero, y son ellos mismos basura social. Como los costarricenses, tratan de sobrevivir como pueden entre los desechos, y no quieren renunciar a la esperanza que se les escapa a diario. En el caso de Única, la protagonista de la novela, su sueño era ver el mar. En el caso de los protagonistas de El cerco, su sueño pasa por el mar, por ser la única posibilidad de vivir mejor. Uno de ellos acude a otros métodos, se convierte en represor, pero su opción, en definitiva, también gira en torno al mar. Porque todos aspiran a salir de la miseria, a vivir mejor, a vivir como personas.

Ciertamente, la pieza es cruel (¿no hablamos de teatro de la crueldad?); se asiste a cosas terribles y se oyen cosas terribles que no nos son ajenas. Como el cirujano con su bisturí, se sacan a la luz las llagas y el pus de tres personas que son, a la vez, símbolos de una sociedad. Llagas y pus, como antes señalé, del desarraigo, de la marginalidad, de la falta de fe en el futuro. Y del dolor de no encontrar en la tierra de uno la manera de salir de la basura, el desgarramiento de tener la emigración como única esperanza.

A pesar de todo, los personajes que vemos en escena no han perdido la capacidad de amar (a su manera, la impuesta por sus condiciones de vida), como ocurre en la novela costarricense citada. Por eso el espectador atento no deja de percibir el gran canto al amor que se desprende de El cerco.

También se percibe, como totalidad, un canto a la resistencia del ser humano frente a las adversidades. Por ello el espectador no siente como gratuito el grito final: “Nadie puede obligarte a hacer lo que no quieras”.

No sé si Rubén Sicilia lo tenía en sus presupuestos al concebir la obra, pero al pensar en ella me viene a la mente una frase de Kafka en sus cartas a Milena:

“Si me han condenado a muerte, entonces estoy condenado a defenderme hasta la muerte”.

 

Ficha técnica
Obra: El cerco (pieza breve de teatro de la crueldad)
Grupo: Teatro del Silencio
Director: Rubén Sicilia
Intérpretes: Mirtha Lilia Pedro Capo (Estudiante), Yenly Veliz Betancourt (Lina) y Rogel Rodríguez Ramírez (Hombre de Arena)
Sala Teatro El Sótano. (Octubre de 2013)

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