Convergencia

Zoomin

Ivette Vian Altarriba • La Habana, Cuba
“La memoria es selectiva”.
Enrique Bergson

 

He pensado en recopilar y escribir mis memorias (¿afán de trascendencia, tentación de provocar y escandalizar, tendencia exhibicionista, falta de pudor, sobrevaloración, o –llevándome “suave”— esfuerzos de sinceridad, compulsión testimonial, autopsicoanálisis digital, ejercicio antialzheimer, vicio de “hacer literatura” o simplemente porque no tengo a quién contárselo…?).

Escribir las memorias (parece moda, pero el chisme siempre ha tenido “consumidores”) será como una especie de reality show (memorias de esta época, ¿no?, me encantan!) —aunque a veces me pregunto, ¿a quién le interesa lo que hice, lo que pienso…?

Pero enseguida me contesto: escarbar (“pelar la cebolla”) la vida de cualquiera siempre es interesante; la historia real de cada persona —incluso la que aparente más grisura— sirve para hacer un novelón. Sobre todo a los “buzos” como yo (no los que rebuscan en los tanques de basura, aunque la gente-buzo de que hablo también encuentra basura), que no nos quedamos braceando en la superficie. Nosotros buscamos paisajes de las profundidades, nos gusta bucear humanidades. Eso, saber del otro, saber lo que ha experimentado, qué ha sentido; con suerte hasta uno puede asomarse de verdad y ver el pedacito de un alma.

Entonces, estoy haciendo lo contrario de meditar, es decir, no pongo la mente en blanco sino que me embarco en el río (revuelto) de los pensamientos; pero de forma “dirigida”, voy hacia un recuerdo, el primero, hago una búsqueda, trato de recordar a propósito; manejo el carro. Aunque este esfuerzo sí tiene que ver con la meditación, se relaciona, porque voy despejando, quedándome sola; aguantando la respiración me tiro y me hundo en la “memoria blanda”, voy cayendo en medio de la turba de pensamientos que aparecen desordenadamente a cada fracción de segundo (trivialidades cotidianas, asociaciones inesperadas, ideas pecaminosas, recuerdos “malos”, pálpitos que asustan), todo lo dejo atrás e intento hacer un zoon in hasta mi recuerdo más lejano, digo, decía, en búsqueda del umbral de mi libro de vida.

Entonces, encontré que la imagen-entorno más distante se detuvo en una habitación (de nuevo la número 6, donde nací) de la Colonia Española, en lo alto de una loma. Calculo que tengo entre uno y dos años de edad. Santiago de Cuba, naturalmente. Cómo me gustaba ponerme mala para que me ingresaran en esa clínica. Miro por la ventana hacia los árboles, a un bosquecito que va resbalando, y veo y oigo claramente cómo los laureles se deshojan, las hojas forman una alfombra gruesa, seca; veo pajaritos asomándose y sé que las lagartijas corren haciendo ruidos entre las hojas secas. Sepia y verde.

Es la imagen del recuerdo primero, digo, es la imagen que aparece –y siento que me identifica. Deben haber muchas otras archivadas, seguro que están en mi sombra, en mi doble invisible (doppelgänger); como ¨apuntadores¨ cuyas palabras no escucho, pero que se me salen solas, incluso las grito mientras estoy en escena, ¿podré identificar alguna vez esas imágenes primigenias que —estoy segura— esconden motivos de ira, de pánicos…?

Esa ventana del cuarto donde nací cae como un telón (ahora es una pantalla). Sepia y verde. No importa dónde yo esté: aparece el paisaje sin perspectiva ante los ojos de mi mente y es aquella ventana, baja y ancha, en cuyo marco apoyo mis manos de niña con bronquitis. Miro los laureles. Desde las cabecitas ladeadas de los pajaritos me miran muchos ojitos; siento cómo se mueven solas mis orejas cuando abro mucho la boca como si fuera a gritar. Sepia y verde.

Cuando menos lo imagino cae el párpado de esa cortinilla y con ella se desmesura la atmósfera del cuarto número 6. Un jabón redondo, rosado, en forma de flor. Un crucifijo de madera en el dintel interior de la puerta. Un plato de sopa con olor a carne hervida. Una monja que entra, se me acerca y enseguida la veo de espaldas por un pasillo, cómo se aleja. Ese recuerdo es lo único iluminado en el mundo, una casa que navega sobre la mar en medio de la noche.

¿Sabe usted cuándo empiezan sus recuerdos?

¿Alguna vez ha hecho la prueba de indagar en su memoria?

¿Sus recuerdos de infancia son tristes o alegres, son hermosos de todos modos, lo emocionan…?

¿Teme hurgar en su memoria?, ¿tiene cosas que no quiere recordar?

¿Piensa que están borradas, que no podría rescatar sus primeras impresiones y experiencias?

¿Siente que lo “persiguen” algunos recuerdos?

¿Alguna vez ha podido comprobar que lo que usted recuerda sobre un hecho, otras personas que lo vivieron junto a usted tienen recuerdos muy diferentes a los suyos… y que, incluso alguien afirma que lo que usted dice recordar no ha sucedido nunca?

¿Usted disfruta la vida para “tener algo que recordar”?

¿Piensa que “vivir de los recuerdos” es cosa de viejos?

¿O piensa que “recordar es vivir”…?

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