Melaza

Rolando Pérez Betancourt • La Habana, Cuba

A principios de los años cincuenta, imposibilitado de ir solo al cine, mis primas me hicieron conocer la estética de la miseria en filmes mexicanos en blanco y negro que me llevaban a ver de noche y que, por lo mucho que me hacían sufrir, terminé por rechazar.

Las historias de esas películas se parecían bastante: precarias condiciones de vida familiar, hijos enfermos, techos apuntalados, padres sin trabajo que se convertían primero en ladrones y luego en presidiarios, y amantísimas madres que para llevar un bocado a la boca de sus pequeños (casi siempre volados ellos en fiebre) terminaban por prostituirse.

Es raro encontrarse una cinematografía que haya escapado de las tentaciones creativas que en su amplio espectro aporta la estética de la miseria: la italiana, la rusa, la norteamericana... y la cubana, por supuesto, casi todas ligadas a difíciles periodos económico-sociales.

Conocido es el documento redactado por el cineasta brasileño Glauber Rocha en torno a una "estética del hambre" en el cine de América Latina de los sesenta y setenta; y hasta Hemingway, en París era una fiesta, con un capítulo completo dedicado a las penurias que pasó en sus días de soñador parisino, se refugió en una estética de la miseria (no importa que haya podido ser una estrategia del autor en aras de construirse una leyenda).

Como elemento dramático llamado a sacudir conciencias, la estética de la miseria ha seducido a no pocos, y aunque peligrosa por el agobio que pudiera reportar, bien trabajada resulta valedera.

De entre los largometrajes cubanos que en los últimos tiempos han recurrido, mediante diferentes ópticas, a esa estética para tratar historias acontecidas en los días del Periodo Especial, Melaza, del debutante Carlos Lechuga, resalta por sus virtudes formales y las intenciones de problematizar el entorno social a partir de la multiplicidad de lecturas que propone.

Imagen: La Jiribilla

Cierto es que desde sus tópicos reiterativos, la película se hace algo adivinable: clima de asfixiante convivencia, hogar en crisis financiera, madre inválida, acoso policiaco, pareja obligada a "inventar" para subsistir (con el joven finalmente delinquiendo y la muchacha yendo a parar a los brazos de un villano-maceta que la prostituye por dinero). Ello, en medio de la monotonía del día a día conformando un cuadro sin aparentes esperanzas, tanto para los personajes como para las ruedas dentadas del central, detenidas en espera de mejores tiempos.

Dicho en blanco y negro, hasta pareciera la trama de una de las películas mexicanas de los cincuenta que de niño terminaron por espantarme. Pero nada más lejos. En Melaza el melodrama desbordante y lloroso en aquellas, el cliché, es asfixiado por una poética que evita tanto los gritos como las risas, o cualquier otra estridencia que enturbie el trazo sereno de un pincel interesado en hacernos saber que lo que acontece, no obstante las transfiguraciones lógicas de la ficción, es un pedazo de pura vida, casi como si de un documental se tratara.

El director se sirve de un ingenio azucarero en paro para desarrollar una linda historia de amor, y al mismo tiempo describir las causas que conspiran contra la felicidad de la pareja: Aldo (Armando Miguel Gómez), un maestro del batey que se debate entre la rectitud de un educador y la necesidad de sobrevivir, y Mónica (Yuliet Cruz), que amándolo, sucumbe también porque los tiempos son duros.

Imagen: La Jiribilla

Carlos Lechuga maneja el oficio de contar desde una elegancia minimalista que se caracteriza por sus recurrencias imaginativas y nada verbosas, sus certeros cortes y una constante simbología interesada en mover la reflexión del espectador, pero una simbología que se torna reiterativa en su función de discurso paralelo y contrastante.

Entonces lo que antes fue sugerencia finamente tejida y cuestionadora (los hechos hablando por sí solos), roza el siempre peligroso subrayado discursivo con esas constantes referencias a las marchas combativas que se hacen desde las bocinas de un camión "propagandístico", las tongas de periódicos que nadie reparte en el apartado batey y por lo tanto nadie lee, y las cifras de cumplimientos y más cumplimientos que en un acto "de masas" hace un locutor.

Una ironía innecesaria, otro discurso en medio del discurso predominante, que sin llegar a ser el clásico pistoletazo en medio del concierto, se percibe como recargamiento dentro de una hermosa trama que, amparada en la estética de la miseria, venía sirviéndose del arte para decir lo necesario.

Fuente: Granma

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