Entrevista con Eduard Encina:

“Piedra al agua”

Eduard Encina forma parte de un núcleo de autores que encuentra su vocación de manera accidental, quizás como una gracia naturalista del nacido en Baire, producto del intelectual y mambí. Pujilista de iniciación, fue su carácter dinámico y translaticio el que le posibilitó la conversión y combinación de la fuerza de su brazo en/con la de su archivo imaginario. Y la pluma, el medio predestinado no para plasmar huellas transitorias en la defensa vulnerada de un contrario, sino perennes en la vida de un sinnúmero de lectores. Él es de las raras mezclas que demuestra la químicamente impura composición de las personas y disfruta la influencia de una musa de singular pegada: la literatura.

Imagen: La Jiribilla

Guajiro natural es una categoría recesiva, que en estado de latencia aguarda en sangre de personas que no han sido inclinadas por escuelas, para brotar dominante un día de descubrimiento vocacional. ¿Fue eso lo que sentiste cuando intentando con swinnes a personas recibiste un gancho de la literatura?

En realidad no escribía, mucho menos era un buen lector. Eso a mi padre le parecía demasiado "flojo". Lo importante era cómo yo me preparaba para defender a mi hermana de los muchachos del barrio, también para que pudiera sobrevivir en toda esa violencia que es la soledad de un pueblecito de campo donde todo el mundo se creía un mambí y las peleas terminaban rápido.

El boxeo no llegó, me lo trajeron. El arte fue otra cosa, una necesidad, tal vez una vocación que desconocía o que los golpes sobre el ring no me dejaban ver. Eso lo comprendí un poco tarde y me trajo muchos problemas de formación, casi todo fue intuitivo, pero logré esquivar esa circunstancia y estoy aquí, a salvo con la palabras.

Como boxeador, supongo que te afilies a las “peleas limpias”. Con este sistema de justicia a cuestas por tu profesión de base, ¿qué opinión te merecen las miradas de soslayo que sobre la literatura escrita para niños tienen otros géneros literarios, mal llamados “mayores”?

La literatura es también un deporte de combate. De eso estoy más que claro, y creo que he aprendido a resistir. A todo el mundo, supongo, le gustan las peleas limpias, pero la mayor pelea es contra uno mismo, al no traicionarse, al no dejar que las modas y los modos te impongan límites. Siempre existirán esas miradas de "soslayo", unas veces sin maldad y otras con sorna, pero lo importante es resistir, ya te dije, me gusta esa palabra. La literatura escrita para niños no es fácil de hacer. No es un esquema de quita y pon, o de fórmulas en las que a veces caen algunos creadores de géneros "mayores". Al menos nos es fácil una literatura que se aleje de la ñoñería e intente dialogar desde sitios de profundidad con un lector tan creativo como es el público infantil. He escuchado a muchos amigos decirme: "deja esa bobería y ponte a escribir literatura de verdad", y apenas les respondo con una sonrisa ¿cuál es la literatura de verdad?

Eres un escritor de las periferias, por aquel fatalismo geográfico que envuelve a la literatura y a sus cultores cuando nacen alejados de los centros urbanos, sin embargo, es la propia ciudad la que reconoce los valores inscritos en tu obra. ¿Es este un canto de sirenas que llegado a tus oídos te aferra más a la cuna o te seduce por el contrario a habitar la ciudad?

Yo no soy un escritor de periferias. Soy un escritor, y ya. La literatura no se produce donde la tierra es más fértil, ni desde una entidad urbanística, geográfica o política; todo eso la sazona. Sin embargo, la escritura nace en la individualidad, es un gesto de reconstrucción de la realidad. Nunca he creído en el fatalismo geográfico, pero sí en el fatalismo mental con que somos construidos y mirados los que vivimos Isla adentro. Se pone bueno cuando descubrimos la resistencia, y entonces obligamos a mirar hacia acá. No extraño la capital, ni el malecón, ni los hoteles. Pronuncio la palabra zorzal, yagruma, palma y estoy a punto de lo que Pablo (el Apóstol) llamó un  nuevo nacimiento de la mente.  Siento mucho dolor cuando un amigo se va para La Habana a "luchar", aún con la angustia de abandonar lo que ama. El problema no es geográfico, lo sabemos, pero nadie cambia esa situación. Un sitio oscuro como Baire, no es un sitio en silencio. Allí viven gentes que piensan y crean y aman y no sueñan con vivir entre grandes bloques de concreto y vidrio; gente que se contenta con trabajar la tierra y el corazón, pero desgraciadamente hoy, hasta para eso, hace falta el dinero.

¿Cuáles de los géneros que cultivas constituye tu mejor vehículo de expresión? ¿Con cuál sientes que el sentimiento fue mejor apresado en palabras?

Uno escribe desde un estado, y no sabe si mañana escribirá sonetos, cuentos o ensayos; ahora, después que lo escribo es el lector quien decide lo que hará con esa literatura. A mí me seduce la poesía, quizás porque es muy subjetiva, y tiene que ver más con la intuición que con la razón misma. Un poema inaugura la posibilidad, y me impone procesos, una relación espiritual que no solo tiene que ver con lo que tengo que decir, sino cómo lo voy a decir. A veces dejo algo que comencé a escribir y al tiempo lo retomo, pero no puedo convertirlo en lo que deseo, pues he perdido la relación primigenia, el impulso que me llevó a intentar escribirlo.

Sin embargo, son los libros de literatura escrita para niños los que mayor satisfacción me han dado. No hay nada comparable a que un niño te cuente su experiencia de lector, es una cosa muy gratificante. Por otro lado, sin proponérmelo, los adultos se han adueñado de esos textos y a menudo me detienen para hacerme comentarios. En realidad me hubiese gustado que sucediera lo mismo con mi poesía, pero eso tendrá que esperar.

Cuando estás frente a un papel en blanco, ¿cuáles son las estrategias que activas para arruinar su virginidad sin emborronarlo?

Cuando eso sucede, no escribo. Cuando no tengo nada que decir hago silencio y me pongo a escuchar y a leer los que escriben los demás. El mito de la página en blanco es una farsa. Tal vez por eso mucha gente escribe más libro de los que leen.

Algunos críticos definen como ríspida y punzante tu poesía, te pediría ahora la autodefinición como padre de ese verso acerado.

Yo no escribo poesía para adormecer al otro, sino para despertarlo, sacudirlo en su relación con palabra y el lenguaje. Cada escritor se expresa desde una instancia y con una energía; hay poetas muy líricos, otros muy marginales o experimentales, pero eso no es lo que importa. Toda esa poesía es valedera si es auténtica y no falseada.

En mi caso, yo me expreso desde la necesidad. Tengo una forma de percibir el mundo y exteriorizarlo en el poema, casi siempre desde la dureza, la inconformidad, la impotencia. Es cierto, pero absolutamente sencillo y humano. 

¿Cómo valoras la literatura escrita por jóvenes en Cuba?

Me parece que en la literatura escrita por jóvenes hay demasiada dispersión, no en el sentido estricto de la palabra. Más bien demasiada con-fusión. Ninguna escritura agrede, ninguna niega; es una especie de travestismo literario donde no se visibiliza lo esencial. Los jóvenes hacen demasiado silencio y se mueven a la sombra de una convivencia aniquila, pero algunos han confundido los términos y agreden a otros autores, mas no a los métodos, al compromiso mismo con lo que escriben y por eso se percibe un mayor interés por ganar premios que por escribir bien y, por supuesto, hacer vida literaria es más fácil que hacer literatura. Sin embargo, me preocupan más los espacios donde esa literatura se legitima, y se aplaude la falta de responsabilidad, y no existe jerarquía. Es un virus. También sucede lo mismo con los presentadores y animadores en la tv, pintura y corneta, como decimos en Oriente.

Ganador de dos premios Calendario que otorga la AHS, ¿qué significado guardan esos premios con tu sencillez como persona, pero también con la grandeza de haberlos obtenido desde Baire?

Ganar el Calendario significó algo especial. Es un premio que de alguna manera te sitúa en el mapa literario del país, y sobre todo impulsa y visibiliza la obra del ganador. Ya había leído Nastraienie de Antonio Armenteros y Reverso de Foto & Dossier de Reinaldo García Blanco, dos excelentes libros que prestigian esa colección. Libros que me impresionaron mucho y que de alguna manera me estimularon a mandar al concurso de la AHS. Un premio no hace al escritor, pero lo asoma ante los otros, desde cualquier latitud, no importa, el libro se mueve.

¿Como artista de la plástica no has intentado completar el círculo semántico de escribir y también ilustrar tus propios libros?

Claro. Ahora mismo acabo de ilustrar el libro de mi amigo poeta Frank Castell, quedó bellisimo, saldrá por la Editorial Oriente y estará vendiéndose en la Feria. He ilustrado muchos libros, incluso, los dos primeros que escribí. En cierta ocasión realicé la exposición Figuras del Agua de poemas ilustrados en la galería René Portocarrero. Fue una experiencia grata, tal vez algún día vuelva a repetirla.

Por esos recorridos necrotemáticos que frecuentas en tu literatura, ¿podemos afirmar que son las emociones de esta índole las que más visiones producen a tu campo literario? ¿Cómo resuelves las experiencias cuando diriges el disparo a los infantes? ¿Qué fuerzas actúan en la urdimbre de la escritura para un público y otro?

No me gusta parcializar en una temática lo que escribo, aunque sin dudas este es un asunto puntual que ha influido mucho en mi pensamiento. Tal vez las lecturas de Heidegger y Nietzsche hayan estimulado esta zona, que te confieso, a veces surge de forma inconsciente, y cuando me percato, o alguna crítica lo advierte, no me incomoda volver a ese punto. Es quizás la muerte mi punto de partida.

El problema ha sido resolver ese contenido cuando escribo para niños. Ahí se me ocurre trascender el dolor, y sustituirlo por planos fantásticos, donde la imaginación actúe como bálsamo ante la pérdida, y al mismo tiempo como solución y conquista de la fe. Nunca sé lo que el niño espera de mí, pero a ellos no les gusta la mentira, ni la simulación, ni el vacío. De lo que sí estoy seguro es que el acto de escribir es la piedra que al caer al agua forma círculos que van afectando cada vez más a los otros.

¿Qué papel desempeña la AHS en la consolidación de escritores jóvenes como tú que desarrollan su arte en provincia?

La AHS es una alternativa, sobre todo en los lugares apartados de los centros de poder cultural, donde escasean los espacios y las instituciones que de alguna forma sitúen esa producción literaria y le den un sentido promocional. Es casi inevitable hablar de los autores jóvenes sin que esté detrás la mano salvadora de la Asociación buscándole un espacio y situándole la voz en el lugar y el momento indicados. En realidad las instituciones de la cultura caducan y mantienen una rigidez que asusta, en ese contexto la AHS es una válvula de escape, un respiradero hacia el que hay que mirar, y por qué no, al que hay que proteger.

¿Qué importancia revisten las editoriales de los territorios en el florecimiento de talentos en vías de desarrollo?

Las editoriales territoriales fueron un gran acierto de la política cultural, sin embargo, la proyección de las mismas no ha sido del todo efectiva. Muchos jóvenes se montaron en la conga de publicar, y eso dio pie a la falta de jerarquía, a crear la idea de que cualquiera puede publicar. La literatura hay que sufrirla y pasarla por el fuego, a veces nos acomodamos demasiado. De todas formas han tenido un impacto importante al focalizar algunos autores que sí están preparados para dejarnos una obra necesaria, escrita en Baire, Jiguaní, Mayarí, Alto Songo... Lo demás está dicho, las estrategias de promoción, el libro como objeto... me parece que estamos en un momento donde hay que jerarquizar y utilizar con mejor eficiencia y eficacia esos recursos que ya están creados.

El mejor lector es el que más te lee, o el que más te entiende, ¿cómo quieres ser interpretado?

Existen muchos lectores y a todos les agradezco que se acerquen a lo que escribo. En mi barrio hay una señora que persigue mis libros. No sé cómo los lee, pero supongo que le comunican algo. A ratos mis amigos dicen que yo pudiera vivir de la literatura porque mis libros se venden rápido. Ojalá no se lean tan rápido. Aunque desde hace poco me asalta una sospecha, pues el otro día se apareció un muchacho al café donde hago mi peña con un recorte de revista con la imagen mía y al parecer de un ensayo sobre mi obra. “Lo encontré en un cucurucho de maní”, me dijo.

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