Retrato de familia junto a una puerta
de hospital

I

El corazón de Marcos dejará de latir esta noche. Así, sin previo aviso. En este momento, mientras tú vas rumbo a casa de Ofelia, Marcos prepara en la cocina algún emparedado; no sospecha lo que ocurrirá en la próxima hora. No puede. De hecho, nadie podría.

Pero supongamos que existe alguien con un don para prever estas cosas. No controlarlas; más bien... como echar un vistazo. Supongamos que esa persona se te acerca y trata de advertirte, reclama tu atención. Sin misterios, sin bolas de cristal ni líneas de la mano. Sólo unas pocas palabras, sólo eso. No lo escucharías, ¿verdad?; porque no crees en esas estupideces. Con un gesto lo apartas y continúas tu camino. Hoy retransmiten la película de Julio Iglesias y allá vas con la vecina, a recordar esas noches en el cine cuando aún había belleza que ofrecer en vez de arrugas, y Julio era el mismo que verán dentro de un rato en la pantalla del televisor, tan joven ¡y con esa voz! que hasta hacías una mueca de fastidio si en ese instante se te hablaba. Una mueca como esta que harás ante las palabras de Ofelia, ¿ése que ladra no es tu perro? Qué va, mija, si ese perro es mudo, contestarás, para seguir enajenada hasta los créditos finales de la película, y enjugar después un par de lágrimas. Ay, chica, cada vez que la veo me pongo igual.

Regresarás entonces, con más calma, porque en estos casos gobierna siempre la nostalgia, y porque no tendrás la menor idea de lo que te espera cuando llegues a casa, abras la puerta y descubras, ¡Dios mío!, que la vida es ésta y no la de Julio, y tampoco sigue igual un carajo, porque los ladridos sí eran de tu perro, y ése cuerpo desplomado es el de Marcos, que la edad se le vino encima.

Después vendrá lo de siempre: gritos, corre-corre, lamentos, diagnósticos disparatados y vecinos llamando una ambulancia. Entre el alboroto nadie se acordará de encerrar al perro, que llegará al hospital para echarse junto a la puerta de emergencias, por donde habrá desaparecido, encima de una camilla, un Marcos desmadejado e inconsciente. Allí se quedará el animal esperando; atento a la puerta, sin poder adivinar —él tampoco— que el hombre ya no saldrá vivo por ella.

Pero eso será entonces; aún el perro está silencioso, mientras Marcos prepara una merienda y tú apuras el paso para alejarte de ese sujeto que se ha acercado a hablar contigo. Ni siquiera se te puede culpar por no escucharlo. Cómo creerle a un desconocido que te asalta en plena calle, con la clara intención de tomarte el pelo, o ganarse una propina con ese viejo cuento de adivinar tu futuro. Cómo creerle, ¿verdad? Sin embargo, tu escepticismo perdería firmeza si lo escucharas, si tan sólo te detuvieras a oírlo un momento. Seguro te sorprenderías de sus palabras. Comenzarías a hacerle caso. Incluso preguntarías.

Él te hubiera hablado de tu enfermedad, de los medicamentos que no debes dejar de tomar bajo ninguna circunstancia. También de aquellas noches de insomnio, despierta bajo las sábanas, dándole cuerpo a un odio insensato que terminará consumiéndote. De todo eso hubiera podido contarte. Hasta de Marcos, y de cómo el paso de los años los había ido alejando más y más uno del otro.

II

Quizás porque eran muy distintos fueron perdiendo aquel equilibrio que habían logrado a fuerza de darle golpes a la razón. No coincidían ni siquiera en su forma de enfrentar la vida. Para colmo, no soportabas los animales; Marcos, en cambio, los adoraba. La pasión por sus mascotas era como una válvula de escape a su peculiar necesidad de entregar cariño.

Ojalá lo hubieras comprendido el día que por primera vez te llevó a su casa. Comenzó mostrándote entusiasmado la jaula de las aves, donde compartían el alpiste diferentes razas, colores y tamaños; luego la pecera, una minúscula simulación de un mar pacífico e irreal; un conejo, y hasta una melancólica jicotea, cuyo único entretenimiento era enamorar al dedo gordo del primer pie que apareciera en su camino.

De la mano te llevó por toda la casa mientras tú disimulabas con una sonrisa, fingiendo satisfacción cuando te enseñaba cada animalejo, reservando para el final a su preferida: una gata anaranjada de ojos enigmáticos, ¿Verdad que es bonita? Sí, lo era, pero muy caprichosa también: en las noches dormía hecha un ovillo sobre su pecho.

—Esa gata está muy majadera —desaprobaste; y aquellas palabras implicaban una declaración de guerra. En realidad, ni por un instante habías tenido la  intención de acomodar tu vida en aquel mundo silvestre, rodeada de tanto bicho repugnante.

El panorama requería de una vigorosa labor de persuasión. Pronto Marcos se vio asediado por tus sollozos, que si los chillidos de los pájaros te producían migraña, que si el conejo roía tus zapatos a escondidas, que si la jicotea se empeñaba en morderte los pies. Y la peor era la gata: robaba la comida del plato, sus maullidos ahuyentaban el sueño, y hasta te había atacado, dejando en la piel las pruebas de su rencor. Qué va, esto no hay quien lo aguante, y terminaste poniendo toda la decisión en el ridículo de la última frase:

—Decide: o se va ella, o me voy yo.

Marcos se mostró renuente. ¡No es para tanto! Y, tal como esperaba, no cumpliste tus amenazas. En cambio, caíste en un letargo del que sólo pudieron devolverte los psiquiatras. Después, ellos hablarían de niñez traumática, tratamientos preventivos... sin llegar a ponerse de acuerdo.

Marcos no entendió nada de aquel palabrerío médico; pero desalojó al minino y, con el mismo impulso, desaparecieron pájaros, peces, la jicotea donjuanesca y hasta el conejo, servido ese fin de semana en un estofado de reconciliación que te llevó al hospital.

Cuando te dieron de alta —con un estricto tratamiento a seguir—, llegaste a una casa limpia de cualquier presencia animal. Era un triunfo redondo.

Pero el regocijo te impidió vislumbrar lo efímero de tu victoria: le habías arrebatado a Marcos su mundo; sin embargo, nunca conseguirías que compartiera el tuyo.

Con el tiempo, se encerró cada vez más en sí mismo, sin encontrar algo que supliera la compañía de sus animales. Hasta los sueños de tener una casa llena de hijos se esfumaron con la noticia de que no podías concebir. Y adoptar no era una opción. Según las instituciones pertinentes, un hombre sin sueldo seguro, y un ama de casa sujeta a tratamiento psiquiátrico, no resultaba una combinación muy confiable. De esa forma, quedaron enterrados los restos del deseo que un niño hubiera podido reconstruir.

Poco a poco, el trabajo se fue convirtiendo en una rutina sin sentido. La casa se hizo aburrida; y, más pronto de lo deseable, el fantasma de la costumbre comenzó a corroerlos. Fue un desgaste lento, sin que ninguno llegara en verdad a percibirlo. Aunque ambos aceptaron las condiciones que imponía aquel proceso de desamor.

Sólo al cabo de los años les alcanzaría la certeza de que la historia de la media naranja era sólo eso: una estúpida historia de naranjas, donde el tiempo había sido el encargado de robarles hasta el último zumo de aquella ilusión primera, cuando creyeron haber encontrado a la pareja ideal.

Para ese entonces habían pasado muchos años; y resultaba menos problemático terminar juntos una existencia que, a esas alturas, debía parecerles prestada. Ambos eran conscientes de haber superado el límite, carecían de fuerzas para empezar de nuevo. En cambio, ninguno era capaz de admitir sus propios desatinos. Inventaron excusas que los libraran del fastidio de los remordimientos, e incluso llegaron a creérselas.

El perro apareció justo en esa época. Para Marcos representó la tantas veces socorrida tabla de salvación; y a ella se aferró, como buen náufrago. Para ti, fue el génesis del odio; una convicción primero, una simple reflexión que cobró fuerza en tu mente una de esas noches, cuando Marcos no estaba en casa (había conseguido un trabajo de guarda nocturno y ahora sólo venía a dormir por las mañanas). Acurrucada en el lecho intentabas atrapar un sueño escurridizo. Por la puerta entreabierta veías a la nueva mascota, sus ojos titilantes; tampoco él dormía, esperando al hombre. ¡Dalto!, lo llamaste, mas apenas movió las orejas. Siempre fue así, sólo obedecía a Marcos. Tenía adicción con él. ¿Sería alguna especie de desprecio hacia ti, o simple cuestión de preferencias? Te encogiste de hombros. Pero la incertidumbre es como un zumbido molesto y ya no te dejaría en paz. Piénsalo bien, ¿no te parece que Marcos dejó de dedicarte tiempo desde que ese animal llegó a la casa? Sólo vive para el perro, todo el día que si buscarle comida, que si llevarlo al médico, que si bañarlo, sacarlo a pasear o enseñarle alguna estupidez. Para ti ni un detalle, ni un beso. Se habían hecho viejos encerrados entre esas cuatro paredes, soportándose uno al otro y diciendo que todo estaba bien, que así debía ser el matrimonio, la convivencia.

Minuto a minuto la idea ganó terreno, convenciéndote de que sí, obvio, la culpa no era tuya, sino de ése dichoso perro y de la maldita hora en que llegó a sus vidas.

Dios te maldiga, bicho, repetiste una y otra vez mientras comenzabas a sudar bajo las sábanas. Cuando Marcos llegó, estabas sentada en la sala, abrazando tus rodillas y recitándole al perro una letanía de palabras sin sentido.

Esta vez estuviste internada varios días. Los doctores meneaban la cabeza con enojo: habías dejado de tomar tus medicinas.

—Es como una bomba de tiempo —le dijeron a Marcos—. No hay mucho que hacer. Probablemente tendrá otras recaídas.

Le recomendaron que intentara no abrumarte, y que bajo ninguna circunstancia suspendieras el tratamiento. Él asentía con seriedad, mientras tú, un poco más lejos, no apartabas la vista de sus manos, que jugueteaban con la correa de Dalto.

III

Más de una vez culpaste al destino de facilitar aquel encuentro que los marcaría para el resto de sus vidas. Ocurrió en una de esas tardes cuando la ciudad se atesta de gente que termina su jornada laboral. Ibas con Marcos por la calle y fuiste la primera en verlo. Estaba en un basurero donde, al parecer, había sido abandonado. Se veía indefenso entre tantos desperdicios, con aquellos ojazos pardos que miraban a la multitud indiferente.

Quizás fue esa estampa de desamparo lo que impulsó a Marcos a cruzar hasta el cachorro y llevarlo consigo. ¿O acaso sería algo más? ¿Algo que vio en esos ojos tristes cuando sus miradas se cruzaron a través de la multitud? Nunca sabrías la respuesta. Tal vez todo quedara dicho en esa mirada. Lo cierto es que ninguno de tus argumentos lo hizo cambiar de idea. Bueno, te consolaste, de todos modos un perro en casa tiene sus ventajas.

Y durante mucho tiempo eso bastó. Hasta que se multiplicaron tus noches en vela, cuando el insomnio te susurraba al oído, obsesionada por revivir cada momento, cada instante que confirmaba aquella fascinación que se profesaban el uno al otro.

En las primeras semanas, por ejemplo, Marcos lo había alimentado con leche, y el cachorro sólo la admitía de su dedo, el cual lamía con la vehemencia de los hambrientos. Creció muy rápido, sin que le escucharan ni un ladrido, ni siquiera de dolor. Era mudo, sin dudas. Y a pesar de eso, desde pequeño halló la manera de demostrar su devoción: no se despegaba ni un momento del lado de Marcos. Lo seguía por toda la casa, pendiente de su rostro, mirándolo con sus ojazos de perro silencioso pero incansable. Era necesario encerrarlo para que no se fuera a la calle tras él.

Sentías un escalofrío al recordar esas madrugadas cuando, al despertarte, veías los ojos vigilantes brillando en la oscuridad. Desde el suelo, Dalto velaba el sueño de Marcos. Al día siguiente se le cerraban los párpados y se iba de lado al caminar.

Cierta vez, dejaron la ventana abierta y por ahí escapó el perro tras el taxi en el que había subido Marcos. Las fuerzas se le agotaron después de mucho correr, cuando ya el auto era un punto lejano en medio del tráfico. Durante diez días no apareció, la persecución lo había llevado tan lejos que no sabía el camino de vuelta. Poco a poco fue imponiéndose la certeza de que no volvería. Y no pudiste evitarlo: te alegraste, al fin se habían librado del dichoso animal. Una tarde, Marcos lo encontró junto a la puerta. Tenía el pelo cubierto de barro, las orejas mordisqueadas en alguna pelea y cojeaba levemente de una pata. Pero estaba de regreso, le brillaban los ojazos pardos y reía con la cola. Marcos se echó a llorar. Sentado en el sillón de la sala, lloró con los ojos cerrados. Aunque era incapaz de comprender la pena del hombre, Dalto lamió sus manos.

Así los encontraste al llegar a casa, una imagen grabada para siempre en tu memoria. Fue entonces cuando vislumbraste, por primera vez, que existía entre ellos cierta complicidad de la cual estabas excluida. Una especie de código, una comunicación que no necesitaba de palabras ni ladridos. Ambos se entendían, hombre y perro. En su mundo no quedaba sitio para ti.

A partir de ese día alimentaste aquel sordo rencor, que iría creciendo sin que te percataras. Como un fuego que comienza en una pequeña chispa y se expande cada vez más, sin detenerse ante nada, devorando a su paso hasta las mejores intenciones.

IV

Puede que Marcos desaparezca esta noche de tu vida. Incluso puede que el perro también lo haga. Pero el odio no desaparecerá. Se quedará latente, esperando, mientras aún te domine el dolor de la pérdida.

Sin embargo, la vida se irá imponiendo. Poco a poco vencerá al recuerdo. Las visitas de los amigos de Marcos se harán más espaciadas, hasta que un día no volverán. Ofelia comenzará a evitarte, cansada de tus charlas, mezcla de auto-recriminaciones y excusas inútiles. Enviará a sus nietos a decirte que está durmiendo la siesta, y luego explicará condescendiente: La pobre, quedó muy perturbada con la muerte de su esposo.

Después de todo Julio tenía razón, pensarás, lo más triste es que la vida no se detiene.

Pero lo más triste no será eso. Porque en lo adelante tendrás que convivir con un Marcos ausente. Te darás cuenta de que ya los años comienzan a sobrar y la vejez te corrompe cada poro. A cierta edad, es mucho más difícil sobrevivir a la vida solo.

Será entonces cuando más necesites hablar, y no habrá nadie que desee escuchar a una vieja consumida y sin encantos. Pasarás los días encerrada, sin recordar ya ni los horarios de tus medicinas. Sin embargo, hasta la casa te rechazará; su atmósfera se tornará opresiva, cargada de recuerdos hirientes, y terminarás huyendo de ella, para pasarte el día vagabundeando por las calles. Nadie se preocupará de poner orden en tu hogar, que se llenará de polvo, contagiado —también él— por el moho de la vejez.

Así pasarán los meses. Comiendo aquí, gracias a la caridad de alguien, mendigando un peso allá, y durmiendo en los parques o en cualquier portal donde te sorprenda la oscuridad.

Durante todo ese tiempo, el odio que criaste estará contigo. Aunque seas incapaz de percibirlo. Y en uno de tus paseos erráticos llegarás hasta el hospital. Allí estará, esperando, el único ser que aún no habrá olvidado a Marcos. Echado, pendiente de la ilusión que cuelga de una puerta de emergencias. En ese momento estarás cerca de volver a la realidad. Pero la imagen que hubiera podido salvarte sólo servirá de pasto a tu odio, que terminará apoderándose de ti. Con susurros, con gritos y hasta con amenazas, intentarás convencer al perro, llevarlo de vuelta, explicarle que de nada sirve su espera, porque Marcos se ha ido al único sitio adonde él no puede seguirlo.

Tus esfuerzos serán inútiles. Los ojos de Dalto te mirarán sin interés. Pasarás de largo, gruñendo, sin haber conseguido tu propósito. Pero regresarás al día siguiente, y al otro y al otro. Así, durante todo un año. Y lo más que sacarás del animal será un gruñido. Hasta que una mañana el perro no estará en su rincón. Te sentarás a esperar, pero con la noche aún no habrá llegado. Y aunque no volverás a verlo, cada mañana continuarás acercándote a la puerta de emergencias, buscando, en otros perros, esos ojazos pardos tan conocidos.

Pronto tu figura se hará familiar para los trabajadores del hospital. Especularán sobre tu pasado al verte llegar cada día renqueando, cubierta de harapos, la mirada extraviada. Sonreirán si algún despistado te señala sorprendido, mientras pregunta quién es esa anciana que siempre lleva consigo tres o cuatro perros callejeros, a los cuales les habla y hasta los maldice en ocasiones.

Y un martes de otoño las enfermeras del hospital, los médicos con sus rostros estoicos y hasta algunos pacientes veteranos, recibirán la mañana con una fastidiosa sensación de ausencia. Durante el día, sin saber por qué, algunos estarán soñolientos, torpes. Otros, un poco huraños. Y un par de doctores equivocarán recetas. Sólo en la tarde, contemplando las aceras, alguien se percatará de que hoy no has aparecido como de costumbre. Otros, al terminar el trabajo y retirarse a sus hogares, mirarán con nostalgia la puerta de emergencias, como si adivinaran que ya no te volverán a ver.

Sin embargo, no habrá mucho espacio para la melancolía; porque luego, al llegar a sus casas, abrazarán a sus esposas, besarán a sus hijos y continuarán sus vidas justo en el mismo punto donde las habían dejado, y tu imagen se irá destiñendo con el paso del tiempo.

Durante varios días un par de perros sarnosos merodearán por el hospital, hasta que ya ni el recuerdo sea suficiente. La puerta de emergencias quedará entonces de nuevo sola, como si ella misma se empeñara en darle la razón a Julio Iglesias.

V

Pero no nos adelantemos. Nada de esto ha ocurrido. Incluso, puede que nunca ocurra. Quizás sólo sean divagaciones de una mente demasiado imaginativa; historias que habría podido contarte un desconocido en la calle, si hubieras estado dispuesta a escucharle. No lo hiciste: a nadie le gusta pensar que su destino está controlado de alguna forma. Tal vez el hombre lo sabe y por eso no insiste. Se va quedando atrás, parado en el asfalto mientras mira cómo te alejas por la acera. En tu casa el perro sigue echado, ajeno a todo, y Marcos prepara una merienda en la cocina. Esto es lo único cierto, lo único de veras seguro. Porque, en definitiva, nadie puede prever lo que ocurrirá en la próxima hora.

 

Tomado de Revista Caratula (www.caratula.net)

Yordis Monteserín: Narrador, editor, ingeniero y profesor. Guantánamo, Cuba, 1983. Es ingeniero en Ciencias Informáticas y profesor de la Universidad de Guantánamo. Pertenece a la Asociación de Jóvenes Artistas Hermanos Saíz. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, 2006. En el año 2007 obtuvo la Beca de Creación Literaria Sigifredo Álvarez Conesa, del Centro Nacional de Casas de Cultura. Ha recibido el Premio de Cuento de la revista El Mar y la Montaña (2007), Premio de Narrativa Sed de Belleza (2008), Primer Premio de cuento Mangle Rojo (2008) y Premio Celestino de Cuento (2012). Participó en el Primer Festival Internacional de Jóvenes Narradores de La Habana en el 2008. Ha publicado los libros de cuentos Farewell en re menor (Ed. Sed de Belleza, 2008), Adagio del ángel caído (Ed. El Mar y la Montaña, 2011) y Los perros del amanecer (Ediciones La Luz, 2012)

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato