Fermentos del melao

Joel del Río • La Habana, Cuba

Difícil resulta encontrar en el audiovisual cubano otra obra como Melaza, con tanta sensibilidad por la belleza del cañaveral mecido por el viento, la guardarraya que se bifurca entre verdores, y del palmar o el batey vistos cual emblemas de cubanía primigenia y atávica. Con un despegue atrayente, sumario de imágenes que fluyen bajo los créditos, con ciertos rebordes garcíamarquianos (una avioneta arroja sobre un potrero paquetes de periódicos colmados de titulares triunfalistas) con el fondo de una melancólica canción cantada por María Teresa Vera, el más reciente largometraje cubano estrenado por el ICAIC procede luego a describir imágenes, primorosamente compuestas, del abandono y la ruina de un central azucarero clausurado. Y en esta descripción languidece en ocasiones el ritmo de la narración, pues el tema se había expuesto con demasiada rapidez en este largometraje de ficción atendible, agraciado y provocativo.

Imagen: La Jiribilla

Al igual que el reconocido documental deMoler, pero con mayor insistencia en la sublimación del garbo y la belleza bajo presión, Melaza examina los modos de supervivencia de los miles, tal vez millones de cubanos que asistieron a la pasmosa suspensión de la industria azucarera, divisa económica, política y cultural de la nación a lo largo de por lo menos un par de siglos. La consiguiente desorientación y penuria, la invisibilidad de los caminos por donde continuar avanzando, y la inexistencia de estrategias para entrenar las piernas en otros senderos que permitan avizorar la clásica luz al final del túnel, constituyen temas que enriquecen el universo dramático de esta ópera prima cuestionadora y apreciable. Sin embargo, debe decirse que, en términos generales, se percibe una cierta desactualización en cuanto al abordaje de un panorama social y moral cuyos detalles parecen referirse más bien al principio de los años noventa que al presente.

Cercana a producciones como Boleto al paraíso (Gerardo Chijona, 2011) o Penumbras (estrenada en 2012 bajo la dirección de Charlie Medina, y que por cierto cuenta con guión de Carlos Lechuga) o al cine noventero de Fernando Pérez (Madagascar, 1994; La vida es silbar, 1998) Melaza porta la más vívida representación de la dignidad (a lo largo de catástrofes morales que algunos llamaron “crisis de valores”) y descubre la esencia infamante y reductora de toda miseria material. La ética de quienes viven ofuscados por la duda sobre qué pasará con sus vidas durante la semana, el mes o el año siguiente, no puede ser la misma que la manera de pensar y de vivir puestas en práctica por quienes viven despreocupados y seguros de su mañana. Y estas diferencias se evidencian en una película cuya principal virtud consiste en las amargas verdades que quedan en el fondo de una imagen polícroma y conscientemente amable.

A varios espectadores se les escucha diciendo que la película es demasiado linda para ser pesimista, y demasiado desencantada para complacer a todo el mundo. Pero en esencia, los realizadores intentaron desmarcarse abiertamente de la pertinaz tradición del cine cubano, siempre oscilante entre lo trágico-melodramático y lo humorístico con pulla. El director y guionista Carlos Lechuga se distancia en su primera película de propósitos expeditos como provocar la risa a ultranza o recargar la impotente desesperanza de un espectador atribulado. El auditorio de esta película, que seguramente será numeroso, deberá hacer un esfuerzo por recolocarse con respecto al tratamiento, ligero o consternado, que alternativamente adoptan tanto la narración como la puesta en escena. La muchacha arrastra un colchón para hacer el amor en medio del central desvencijado, pero anda en tacones y se pone un pulóver very fashion con la etiqueta del Herald Tribune, en homenaje un tanto ingenuo al Jean-Luc Godard de Sin aliento.

Así, la mayor reserva crítica ante el filme brota de una construcción narrativa a ratos fragmentaria, concebida en episodios pautados por tonos tan diversos que a veces resultan paradójicos, en cambios bruscos que solo contribuyen con la discontinuidad, y así quedan demasiadas escenas deshilvanadas dentro de una línea anecdótica dedicada a describir las pruebas o retos que enfrenta esta pareja de jóvenes industriosos, inconformes y muy tensos con la abulia y el estancamiento que domina el batey.

Estoy tratando de decir, con otras palabras, que esta es una historia de amor entre un hombre y una mujer empeñados en sobrevivir decentemente. Es la historia de amor de Mónica y Aldo, soberbiamente interpretados por Yuliet Cruz y Armando Miguel Gómez, dos muy jóvenes intérpretes muy capaces de modular sus personajes desde la naturalidad y la interiorización. Al igual que en la telenovela cubana de moda, Tierras de fuego, sobresale Ana Gloria Buduén sacándole indecible partido a un personaje casi sin diálogos. Pero hay que decirlo: la mayoría de los personajes secundarios, desde la hija de Mónica diseñada caricaturescamente, hasta los extras, aparecen rígidos y desconcentrados, aunque figuren en locaciones muy bien seleccionadas y dentro de situaciones plausibles y de una dirección de arte de premio por su elocuente sencillez.

Imagen: La Jiribilla

En su anterior cortometraje Los bañistas (2010) premiado con un Coral en La Habana, Lechuga describía el itinerario de un entrenador de natación y sus pupilos, quienes se sublevan ante la contingencia de la piscina vacía y el destartale generalizado. Melaza reincorpora tal situación tragicómica de nadadores “al vacío”, y se inspira tal vez en el choteo cinematográfico estilo Juan Carlos Tabío, Daniel Díaz Torres o las comedias de Tomás Gutiérrez Alea, para burlarse de la burocracia, la propaganda huera, el dogmatismo y las consignas mal asumidas. Y entonces, a través de su quizás demasiado cuidada fotografía, de sus protagonistas quizás demasiado fotogénicos y compuestos, y de algunos diálogos en exceso literarios (como aquel donde Mónica declara que “aquí o aprendes a bailar o te mueres en la pista”) se presenta la elegía de los aciertos y errores de una pareja negada a los andrajos o la nulidad, gente decidida a encarar las crisis y el tiempo muerto, y a pelear como leones por resguardar su familia y lo que resta de su dignidad.

A pesar de las fluctuaciones narrativas, y del exceso de incidentes medio parecidos, o de encuentros de Aldo con interlocutores que muy poco aportan a lo que debemos saber sobre los protagonistas, Melaza es una de las películas cubanas recientes (junto con El cuerno de la abundancia o La película de Ana) que se ha molestado en preocuparse por temas tan concretos y urgentes como el salario que no alcanza, la actividad ilícita, la menguada cuota de la bodega, y el problema de “poner un plato de comida todos los días en la mesa”, como dice uno de los deteriorados personajes.

A la incuestionable franqueza de esta película, devenida estandarte del cine joven cubano más reciente, súmense virtudes como la capacidad de su director para crear belleza, generar suspenso, y proponerle al espectador interrogantes cuyas respuestas se van ofreciendo a lo largo de un recorrido dramático descendente cuyo epílogo recuerda el prólogo. Y así, se ha redondeado una película amarga por necesidad y franca por decisión de sus hacedores. Una película hermosa incluso en sus imperfecciones, porque su esencia está vinculada al aroma embelesador, a veces insufriblemente dulzón, de las mieles residuales.

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