Premios Maestro de Juventudes

Premiar la fiesta que es el teatro
de Carlos Díaz

Dainerys Machado Vento • La Habana, Cuba

Para el director Carlos Díaz el teatro es una fiesta. Lo ha confesado él mismo en más de una ocasión, y lo reafirman quienes lo han acompañado en alguno de esos “festejos” con los que ha dinamitado la escena nacional en las últimas dos décadas y medias.

De su Compañía El Público han salido directores como Lester Hamlet, Kike Álvarez, Alexis Díaz de Villegas, Amaury González… Mientras actores como Georbis Martínez, Carlos Miguel Caballero o Sandra Remy muestran sus aprendizajes en escenarios del mundo después de recorrer los caminos que El Público ahora abre para otros más jóvenes. Porque, como asegura Díaz, en su Compañía “hay espacio para todos”.

La vocación pedagógica del director se nos muestra hoy en toda su plenitud con la puesta de Antigonón, un contingente épico. La pieza, escrita por el joven dramaturgo Rogelio Orizondo en 2011, sirvió como ejercicio de graduación a las dos noveles actrices Giselda Calero y Daisy Forcade. Pero la intención formadora de Carlos Díaz es anterior a ese proceso creativo.

Hace más de tres años, en una entrevista a propósito de la puesta de Sueño de una noche de verano —también ejercicio de graduación para jóvenes intérpretes— Díaz respondió que su interés partía de una preocupación por la formación en las escuelas cubanas de arte.

La larga lista de puestas en escena que ha dirigido desde la década de 1990 combina los nombres de consagrados y jóvenes en sus elencos. Una fórmula que se repite entre asistentes de dirección y asesores dramáticos, diseñadores escenográficos y productores.

“Está claro que es uno de los más importantes directores de teatro de nuestro país, contemporáneos y de todos los tiempos”, confiesa el joven dramaturgo Yerandy Fleites. El autor de piezas como Jardín de Héroes (Premio Calendario de Teatro 2007) y Partagás, asegura que Carlos “es un hombre capaz de seducir al público, con una obra sólida” y elogia su capacidad para “agrupar a muchísimos espectadores”.

Para Fleites, lo más atractivo del trabajo del director de El Público es que “no cree en estéticas, no trata de construir formalmente una puesta sino que reacciona frente a determinada idea contenida en un discurso y, a partir de ahí, construye sus espectáculos. Eso es lo que más disfruto de su trabajo y para mí es como la gran máxima de su obra y de su vida como artista”.

El uso del travestismo como forma de expresión o de ruptura de cánones en la representación de género es solo uno de los síntomas de la libertad creadora que ha sostenido con pasión contra viento y marea. Por ello, sus creaciones teatrales han sido catalogadas como polémicas, críticas, renovadoras, carnavalescas. Lo único que no le ha sucedido a ninguna es pasar desapercibida por la marquesina del Trianón, sede y guarida de El Público en la céntrica calle Línea.

Precisamente, en el portal del antiguo cine devenido teatro, Rogelio Orizondo se toma unos minutos para hablar de la gloria que ha sido para él trabajar con el experimentado director. “Disfruté mucho todos los días de ensayo de Antigonón. Las cosas que dice Carlos son clases no solo de teatro, de escritura, de dramaturgia, también de vida, de relaciones de pareja”.

Orizondo asegura que Díaz halla “muchos niveles de lectura en las creaciones que trabaja. Como artista tiene un ojo muy peculiar para hilvanar las cosas. Y su manera de concebir, un poco caótica, es capaz de llevarte hacia el camino que necesitabas como creador, incluso si no era el camino que querías”.

Similares hallazgos tuvieron las actrices de Antigonón en el trabajo con el director. Cuenta la joven Daisy Forcade que “el primer día de trabajo fue increíble. Llegamos al Trianón y Carlos nos dijo que fuéramos a una pila de arena que había afuera, y que enterráramos a nuestro hermano. Luego nos dijo: ‘Para hacer Antígona hay que comenzar con eso. Mírense las manos, porque así las íbamos a tener todo el tiempo en escena’. Un día nos aprendíamos el texto, y al otro día era algo diferente. Lo mismo era una leona o una boxeadora, o una muerta, o salía de una caja. Siempre cambiábamos, y Giselda me decía que nos íbamos a volver locas”.

Orizondo asegura que, a pesar de estas exigencias —o precisamente por ellas—, su experiencia de trabajo con el director de El Público ha sido la más enriquecedora de su carrera. “Siempre pone al actor o al dramaturgo al borde. Pero siempre logra que halles tu camino”.

Para Marianela González, el éxito del director mucho tiene que ver con su mirada como maestro de generaciones. La periodista ha escrito, en un trabajo titulado “Un creyón de labios para Carlos Díaz”, que “al ‘eslabón perdido’, al ‘más viejo de todos los jóvenes y más joven que todos los viejos’ de la generación de los 80 en el teatro cubano, echar la vida en El Público le ha servido para que otros jóvenes, como él cuando puso sobre la escena la Trilogía de teatro norteamericano, puedan hoy pensar que un actor o un dramaturgo también puede ser un director. Y especialmente, insistía, le ha servido para aprender mucho sobre cómo hacer teatro en esta isla”.

En uno de los encuentros del espacio de debate sobre género y cultura Mirar desde la sospecha, dedicado a la creación escénica joven, la teatróloga Marta María Borrás lo señalaba como uno de los directores cubanos que más se han acercado a la dramaturgia cultivada en Cuba por las generaciones de contemporáneos. Ponía como ejemplos sus puestas de Ícaros, de Norge Espinosa y su propuesta de Antigonón; pero también el “diálogo de su escuela con los modelos dramatúrgicos universales” en transgresoras versiones de clásicos como Noche de Reyes y La puta respetuosa.

Recientemente, dos comedias dirigidas por Anaysy Gregory han hecho las delicias de los espectadores que asisten al Complejo Cultural Bertolt Brecht. No te muevas, de Yunior García y Dos de amor, de José Gabriel Núñez han apostado durante semanas por un teatro hecho y protagonizado por jóvenes y presentado por la Compañía Teatro El Público, bajo la dirección general de Carlos Díaz.

“Carlos fue de los primeros nombres que escuché en Holguín como referente de la dirección de un grupo y la conformación de una poética en particular”, rememora la joven directora y actriz Ámbar Carralero, reciente ganadora de la beca El reino de este mundo, de la Asociación Hermanos Saíz. Para ella, el director de El Público también “es una chispa, la persona que permite la entrada al Trianón unos minutos más tarde”. “Es uno de esos hombres de teatro a cuya obra siempre tienes que volver. Se mantiene joven porque se arriesga. Si se habla de postmodernidad, hibridación, deconstrucción, suma y exploración de referentes en un estilo barroco, se habla de Carlos Díaz”.

Carrelero dirigió en su provincia una polémica puesta de La niñita querida, uno de los montajes más exitosos de Díaz, y aunque cada creador siguió sus propios patrones ella reconoce que “parece fácil lograr lo que hace Carlos, pero no lo es. Esa unión de distintas fuentes en la conformación de un discurso es intentada por mucha gente, pero muy difícil”.

Motivos de sobra para que la admiración hacia las creaciones del director no pase solo por la desacralización de su teatro como ejercicio dramático. Como alumno precoz de Roberto Blanco, le preocupa que el público cubano llene las lunetas. Quizá por ello vuelca en su creación toda la visualidad, la música y la ruptura dramática que pueda resultar atractiva. Es hoy uno de los pocos directores que pueden sostener con éxito extensas temporadas de sus montajes en un escenario que transforma de gran a pequeño formato, según lo demande su puesta.

Nadie parece preguntarse la edad de Carlos Díaz. A sus 56 años sus creaciones combinan lozanía, irreverencia creativa, profesionalismo y sobre todo unas ganas enormes de hacer, desafiando incluso el universo de angustias en que puede convertirse la creación teatral.

Ahora que la Asociación Hermanos Saíz materializa la entrega de su Premio Maestro de Juventudes al director de Teatro El Público por toda su contribución a la escena cubana, voces jóvenes a las que él ha dado espacio de muchas maneras se unen para vitorearlo, para festejar la fiesta en la que él ha convertido su vida, que es como decir su teatro.

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