Un diálogo de culturas en Cuba
durante el siglo xix

Reynaldo González • La Habana, Cuba

En ámbitos universitarios y literarios circulan vocablos que aceptamos y repetimos sin analizarlos. Son auxiliares, oportunos, con la virtud de encajar bien en textos y conversaciones. Al lenguaje y a la escritura les resultan como al teatro y al cine unos personajes secundarios que al final resuelven el argumento porque ellos, precisamente ellos, tenían la clave. Entre esos vocablos están “diálogo”, “dialogar” y sus variantes, convertidos en comodines. Los asuntos más dispares dialogan si quien habla o escribe tiene la habilidad de unirlos. Pues bien, al abordar un proceso distendido, desgarrador y feroz, sin excluir el crimen, caí en la manía de considerarlo un “Diálogo de culturas en Cuba durante el siglo xix”, particularizando la primera mitad de aquella centuria, antes de las guerras independentistas. Es el asunto que traigo a este congreso, acogido al acápite “Diversidad cultural e identidades”.

Cuba empezó a existir en los mapas como pieza de un juego entre las coronas europeas, cuando España ganó una larga guerra contra el Islam y afirmó su condición de potencia internacional. El destino de nuestra isla caribeña estaría ligado a los avatares de España desde su otro, lejano y viejo mundo. Los Reyes Católicos, en triunfo, se propusieron la reunificación y la recuperación de sus coronas y de su territorio —físico y espiritual—, pero les escaseaba la riqueza que posibilitaría el proyecto. En una época de mucha milagrería y fetichismo, necesitaban un milagro. Aunque se dice que “un golpe de dados jamás abolirá el azar”, se incumplió ese aserto cuando un genovés enfático convenció a los reyes para que le costearan una passeggiata por el Oriente en plan de mercadeo. Afrontado a las tribulaciones del mar, el genovés perdió rumbo y cuando lo recuperó supo que iba al Oeste por el Oriente. Recaló en un sitio edénico que tuvo por continente y resultó isla. Un cuadro al óleo sirve de crónica, ya con una mentira flagrante: vemos al capitán de la armada arrodillado en una playa de verdores envidiables, despliegue de banderolas, hombres en armaduras, espadas, altos crucifijos y un fraile. Aquel cura, de poderoso significado como representante de la Iglesia, llegó al cuadro por la imaginación del pintor porque los documentos informan que no llevaban capellán. Nadie le acredita discurso atendible al cura, quizás descreído de salvar el pellejo, pero al Almirante del mar océano Cristóbal Colón le endosaron una frase taxativa, buena para slogan turístico: “Esta es la tierra más bella que ojos humanos vieran.”

La observación del paisaje desdibujó a unos seres encueruzos y obsecuentes que confundieron a la comitiva con dioses palpables, inocentada que pronto pagarían. Apenas observaron la vida rústica de aquellos nativos, los ávidos marinos que armaban la comitiva de Colón se los repartieron como a vacas en redil de feria, junto con sus míseras propiedades. No tenían palacios ni minas de oro, solo sus cuerpos expuestos al salitre y unos dioses de barro sin elegancia, a los que echaban humos aromáticos en guateques y borracheras hasta que los vencía el cansancio. Rápido saltó la liebre de la cristianización —pretexto de moda en aquellos tiempos— y un papa los declaró catequizables porque creían en sobrenaturalezas. A las tierras que se apropiaron llamaron mercedadas, como regalo del rey y de Dios; a sus siervos, dotaciones, título que perduró cuando fueron otros los esclavizados. Cubierto el trámite del propósito pío, comenzó el más impío maltrato.

Aquellos habitantes de Cuba, llamados indios porque para la India habían partido sus descubridores, no eran buenos en el trabajo a que los forzó aquella gavilla, ni sobrevivieron a los malos tratos y a ciertas enfermedades que luego llamarían “secretas”, para las que no tenían defensa inmunológica. Comenzaron a morir o a suicidarse, agobiados por una tristeza que redondeó la extinción en tiempo record. Cuando los nuevos amos necesitaron otros cuerpos para el trabajo físico, impedidos como estaban ellos por una hidalguía cierta o inventada, acudieron a una raza que ya se conocía en labores palaciegas de España, servida a domicilio por negreros portugueses desde las costas africanas. Abrevio el tránsito porque en tiempos históricos lo largo es corto, para anotar que la llegada de los nuevos siervos estableció un punto de giro en este diálogo de culturas, un verdadero terremoto, un tsunami  histórico y moral.

Los africanos, que en sus tierras pudieron ser príncipes y ciudadanos, llegaron en condición de esclavos y aunque no podían pronunciar media palabra en español, aquí los tengo como presuntos dialogantes. Nunca aprendieron a hablar correctamente nuestro idioma sino con una expresión que llamaron bozal, como a ellos bozalones. La verdad, con el silbido de los latigazos sobre sus espaldas y la amenaza del arcabuz vomitando muerte, toda orden quedaba sobrentendida. Entre parlamentos que iban de lo refinado a lo bestial, con oportunas citas al derecho romano que los calificaba como no personas, entendieron que los dividían entre quienes construirían el Nuevo Mundo y aquellos que morirían con irresoluta brevedad en campos de trabajo y en barracones mugrientos. En cuanto a las ciudades, todavía miro torres y palacios, cualquier mínimo rincón adoquinado y alabo, no los nombres europeos que las adornan, sino las resignadas existencias de los negros que murieron acarreando piedras para engrandecer «la siempre fiel isla de Cuba». 

El descubrimiento de lo que terminaría llamándose América dio impulso definitivo a la esclavitud. Las carabelas establecieron una ruta de navegación yendo y viniendo atestadas de riquezas y de africanos cautivos que al remar ganaban el hermanamiento de la sangre, el sudor y el odio por una injusticia necesaria para que el Viejo Mundo y el Nuevo y nosotros dialoguemos en salas como esta. La crueldad de la evolución que llamamos historia vivida —y “morida”, agrego yo— se alimentó de geofagia y ambiciones, imposición de credos propios en detrimento de los ajenos y un amor sanguíneo, natural e inexplicable en lo que voy retratando como estercolero. Veremos que hacia el final el embrollo culmina en mi ansiado diálogo, o serían inútiles estas palabras.

Con la disolución de la indiada autóctona —de la que escaparon contados sobrevivientes para alimentar nostalgias líricas—, la presencia de la raza negra en Cuba fue contemporánea a la blanca, aunque no en importancia considerable, y continuó levantando una economía de plantación que con celeridad de record devoraba africanos comprados a bajo costo. Con sus vidas pagaron el crecimiento económico y llenaron las arcas siempre urgidas de la metrópoli. Después creció el reclamo de los que llamaron “fardos de carbón” para armar la contradicción fundamental en el nacimiento de una nación que dependía de ellos pero no los quería como ciudadanos. Españoles y africanos fueron las columnas básicas del perfil social de Cuba, con añadidos de otras razas para un conglomerado en technicolor. Los españoles llegaban en busca de fortuna y dispuestos a emplear toda la rudeza de su psicología aldeana, o bien por el ejército y la burocracia, siempre en plan de supremacía y el convencimiento de no hallar censores de su corrupción administrativa. Los africanos, de repente en un país extraño, se hallaron en una condición dramáticamente deficitaria: esclavos, sin patria ni familia, su impulsividad comprimida frente a una raza enemiga que los sometía a trabajos forzados y un inevitable acabamiento. Estas reglas definieron el trato por varios siglos.

La esclavitud lastró costumbres, desarrolló vicios, obstaculizó la plasmación del proclamado humanismo. Sus múltiples consecuencias formaron las individualidades y dieron expresión a una psicología colectiva accidentada por la violencia. No hubo un aspecto de la sociabilidad que escapara de los efectos dañinos del régimen esclavista. El mando colonial desarrolló su modelo de sociedad hasta donde pudo, según los estrechos márgenes del esclavismo, e impuso trabas a los talentos más despiertos cuando comenzaron a concienciar la sacudida del dogal, con los aplanadores arreglos y adormecimientos de la dependencia, un mal que daña gravemente la salud y el entendimiento.

Mientras la compraventa de esclavos fue legal hubo cierto control, pero en el siglo xix la producción de azúcar exigió más terrenos dedicados a la caña miel y mayor cantidad de brazos para su cosecha y molienda. Al cuarto siglo, con el avance de la revolución industrial y la denuncia mundial de aquel crimen de lesa humanidad, la Corona española pactó con los ingleses una paulatina desaparición de la esclavitud, acuerdo que burló con alevosía y parsimonias. Mientras, agilizaba la compra de esclavos en un período desesperado porque frente a las máquinas de reciente generación solo tenía una fuerza humana desvalorada: la fuerza bruta contra la eficacia.  La compra legal de esclavos dio paso a la trata clandestina cuya desproporción significó un cambio radical en el ritmo del trabajo, un comprometimiento con el crimen y un desmande de la población de africanos y sus descendientes en Cuba.

El llamado comercio intérlope comenzaba en las factorías costeras de África y tocaba varios puntos hasta llegar a puertos cubanos. La ruta de navegación entre ambos mundos se tiñó de sangre. Cuando las autoridades inglesas que perseguían el tráfico negrero en alta mar descubrían cargamentos de esclavos en una nave española, obligaban a su liberación y denunciaban el hecho. Si los capitanes tenían aviso, echaban cientos de negros al mar infectado de tiburones que agradecían la carne fresca (echa el barco ciento a ciento / los negros por el portón, escribiría nuestro gran poeta José Maartí). En la isla aumentó la deshumanización con figuras seudo legales como la emancipación de aquellos libertos, subterfugio que les permitía echarles el guante y re-esclavizarlos con el socorrido pretexto de una cristianización en tiempo cabalgado. Muchas veces el nuevo amo era el mismo que los encargó al negrero y perdió en el ritual marítimo de exaltación industrialista: al ponerles la mano arriba se esmeraba en el escarnecimiento. Para entonces se había perdido la relación calidad-precio porque la vida del siervo valía más y al mismo tiempo menos: a los “fardos de carbón” los vendían caros y le dosificaban un tratamiento más cruel, sin pensar en su depreciación como mercancía. Pero no le pidamos a colonialistas la menor idea económica.

Si requerimos nuestro diálogo cultural, observemos la vida cubana desde un acercamiento más severo a sus personas, incluidas aquellas a quienes se les escamoteaba esa condición. De los africanos destinados a los campos de caña pocos sobrevivían a diez años de esclavitud y malos tratos. Y ni hablar de diálogo: la comunicación hablada se constriñó a las órdenes, el castigo por las faltas  y las modalidades de tortura a ritmo de latigazos. El entorno era un páramo: la casa de molienda con pailas para el hervor de las mieles; una enfermería para atención perentoria, el barracón donde cada día los siervos dormían menos horas, las habitaciones del dueño y el rancho del mayoral, quien “lidiaba con la negrada”. Esa expresión sintetiza la idea del trabajo como condena. No eran precisamente sitios de sociabilidad.

Una de las consecuencias morales del régimen esclavista en Cuba, aparte del fracasado afán cristianizador que de alguna manera nos hizo a todos un poco libres pensadores, fue la deshumanización, una animalidad compartida que contaminó a muchos y ganó una sentencia: “Lo más negro de la esclavitud no es el negro.” Y otra: “El problema negro es un problema blanco.” Esa violencia se extendió a las instituciones, esfumó paulatinamente los pruritos cristianos, dañó la moral eclesiástica y sus instituciones, tan compenetradas con el mando que debe averiguarse cómo trataban a sus propios esclavos. Para los humillados era el credo del poder, que traducía el  amor al prójimo como odio al próximo. Por más maquillajes que dieran los refinamientos, mala réplica de cortesanía componía Cuba con la manifiesta intolerancia de los poderosos.

La definición de “criollo” incluyó a los nacidos en la isla, ya fueran de padres blancos o negros. También se dijo de frutos y animales nativos, y de cosas que surgían del ingenio insular. Si focalizamos los mundos antagónicos de los hacendados españoles y los criollos blancos, emerge la figura de los artesanos y profesionales de sectores intermedios, blancos sin oficio y la clase de los pardos y morenos. El bienestar dependía del éxito económico, no se traducía en independencia de pensamiento o de acción. Una burguesía criolla cada vez más desarrollada en cultura e influencia podía alardear de su prosperidad sin escapar de límites ya predeterminados. Su drama se situaba en el centro de los conflictos epocales; la solución pasaba por la superación del lastre esclavista y el desarrollo de una base de producción que propiciara relaciones diferentes. Su dilema fue tener la conciencia abierta y la acción amordazada. Cuando el cúmulo de contradicciones alcanzó su punto ápice y la balanza poblacional marcó la superioridad numérica de negros —ya fueren africanos o criollos, en el campo o en las ciudades— los paralizó el miedo al predominio racial y a la imitación de la revolución haitiana, una amenaza siempre latente sobre sus hombros. Este valladar, junto a otros de política y empecinamiento metropolitano, ocasionaron que Cuba, un país en muchos renglones más avanzado que el resto de nuestra América y su propia metrópoli, fuera la última de las colonias en liberarse y que su independencia costara dos extendidas guerras y un enorme sacrificio en vidas y bienes.

Un malestar profundo trasuntaba el conjunto de la sociedad. El blanco nativo, fuera del estricto ejercicio de su profesión veía obstaculizadas sus energías por las autoridades españolas, sin otra válvula de escape que una asordinada inconformidad. Las viviendas de los hacendados criollos tenían una compostura interior solo comparable a la de los virreinatos de México y Lima, pero más que residencias, parecían refugios. Deslumbrantes en sus casas, al salir andaban presurosos y como atemorizados, comportamiento reflejo de la intensa lucha a que estaba sometida toda clase social en Cuba, en defensa de lo conquistado y en constante afán competitivo. La lucidez crítica les permitía señalar el origen de sus males, pero chocaba con su incapacidad para cambiar el orden en que debían moverse. La crisis de conciencia se traslucía en un pragmatismo pícaro y aunque enfrentados en sus rivalidades, se aunaban para afrontar a los blancos pobres y a los pardos y morenos, imitadores de sus virtudes y defectos, y, por supuesto, a los esclavos cuya posible liberación les daba pavor. Acosados por las inocultables pústulas que generaba la esclavitud, se acogían a los dictados de la moral en uso.

Un diálogo de culturas ocurría en los puertos, con el arribo de tripulaciones de varios países, en las ciudades y en los palacios de la burguesía esclavista, por la convivencia de amos y siervos. La Habana sumaba lo bueno, malo y regular de la sociedad que respondía a un diseño piramidal: en la cúspide, gobierno ejército e iglesia; en línea descendente, los comerciantes y hacendados, peninsulares y criollos; después, los blancos pobres y, antes de la base de esclavos, la peculiar clase de negros y mulatos libres, dedicados a manufacturas, servicios y profesiones liberales. Para distinguirlos de los siervos cuya razón de personas se cuestionaba y también si tenían almas que merecieran salvación, la denominación de “pardos y morenos” —los más claros por delante— especificaba su diferencia. Ansiosos por subir en la escala social, blanquearse en piel y en costumbres, estaban circunscritos en ambientes y posibilidades rígidamente establecidas. Ningún sentimiento albergaban hacia sus congéneres esclavizados; el ejemplo más dramático daban aquellos que al adquirir capital también compraban esclavos que ponían a su servicio. Es de preguntarse si los trataban con la misma rudeza que el esclavista blanco, para redondear su imitación. Esta clase signó la imparable mezcla racial que desde el inicio de la colonización se asentó en Cuba. El mestizaje no ocurría solo en las pieles, sino en las sangres y en el carácter, en una sensibilidad levantisca y sensual que trascendió todos los estamentos.

El palacio típico colonial reiteraba el orden piramidal de la sociedad: un piso alto donde vivían los amos, un intermedio para la administración y en la planta a ras de suelo, la cochera, los almacenes y los dormitorios de la servidumbre doméstica. Residencias como esa y sus alrededores constituyeron el vértice donde se generó el verdadero diálogo de culturas que buscamos. Limaban las diferencias sin que significara ablandar el trato ni desconocer las estratificaciones. Resulta imposible llevar la división racial hasta sus últimos extremos cuando la convivencia ocurría bajo un mismo techo. La presencia negra, africana o criolla, cubría hasta los mínimos detalles de la vida del amo: el baño, la comida, la preparación personal y la atención a los hijos. La coincidencia en el parto del ama y el de una sierva convertía a la segunda en nodriza para amantar al cachorro esclavista, muchas veces en dejación del suyo. La llamaban “criandera”, convertida en figura importante de la transculturación que marcó el perfil cubano, pues su influencia era definitiva en los primeros años del niño, en el habla de muchos cubanos —cuyos rasgos definitorios todavía arrastramos—, una pronunciación que todavía nos diferencia. Acunado y arrullado con cantos del África profunda, sus juegos, mitos y miedos no extendían precisamente el ámbito español sino una idiosincrasia novedosa, sumada a los de otros niños. Era un principio de la diferenciación y otro elemento en el diálogo de culturas. El niño se hacía hombre en una sociedad con similares costumbres y convenciones, asistía a bailes y saraos donde departía con una población mixta, con su misma comprensión de la diversión, los ritmos musicales y la manera de reflejarla con el cuerpo. La integración no excluía la intimidad y el sexo, detalles que aparto para que mi intervención no se desordene. Lo de la música y el baile, predominio inigualable de nuestros negros que ya es de todas las razas, no requiere subrayado: Cuba está entre los países que hacen bailar al mundo, su música es elemento vital de lo que hoy llamamos “fusión”, una suerte de amulatamiento del pentagrama.

Por cuatro siglos, en un crecimiento imparable, las consideraciones de unos y otros, o de unos en los otros, marcaron el desarrollo de la sociedad, a pesar del refinamiento de unas clases y el embrutecimiento de otras, o el retardo de todas. En este recorrido he dado señas de una interpretación de los vocablos “diálogo”, “dialogar” y sus derivaciones en el desarrollo histórico de Cuba. Es, por supuesto, una lectura sesgada, intencionada a ilustrar uno de los elementos constituyentes en terrenos de sociabilidad, con los márgenes que imponen una intervención en este tipo de eventos. Se trata de lo que el sabio cubano Fernando Ortiz llamó “transculturación” —superadora de aculturación e inculturación—, proceso que por encima de efectos disuasorios integra una nacionalidad, en este caso la cubana. Sabemos que el punto que anudó  esa trayectoria accidentada fueron las guerras independentistas (a partir de 1868), cuando un mismo afán unió a personas de diferentes razas y herencias culturales. La fuerza de los sentimientos, las prevenciones e intereses de múltiples asuntos, sin embargo, provocó un acontecimiento clave para entender la resaca de los odios convocados: la llamada “Conspiración de la Escalera” —unos veinte años antes de la primera de aquellas guerras—, suceso real o inventado que autorizó al mando colonial una represión sin antecedentes, la matanza de una cuantía todavía en discusión de ciudadanos negros y mulatos y, a un tiempo, la dispersión del pensamiento liberal progresista, el descabezamiento de una insurgente burguesía negra y mulata, un verdadero punto de giro que adensó las diferencias con el resultado posterior de poner en el orden del día la guerra, luego de demoras y parlamentarismos. Precisamente por las virtudes del diálogo y la convivencia no fue guerra entre razas, sino por la libertad, una de las formas dialogantes extremas. El resto pertenece a la historia, siempre tan discutible según quien la escriba y quien la lea, también otra forma del diálogo. Dialoguemos.

 

Intervención en las sesiones del xvi Congreso de la Federación Internacional de Estudios Sobre América Latina y el Caribe, Antalia, Turquía, 11 de octubre de 2013.

Comentarios

Llegué a este articulo de forma accidental, he quedado fascinado ante el mismo, tanto por su descripción como por el valioso contenido que escapa a una realidad histórica, a la que por verguenza no se narre.

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