Con el talabartero del Che (II)

Josefina Ortega • La Habana, Cuba

Con las palabras del Comandante Ernesto Guevara prendidas en la memoria, los combatientes parten a cumplir la difícil encomienda de buscar en la zona cafetalera de Gibraltar de Guisa un equipo de talabartería que tenía guardado Israel Isidoro Téllez Téllez, el talabartero del Che.

“Desde un bohío los gritos de una mujer denotan terror: ‘No vayan, estos hombres son masferreristas’, por lo que yo —dice Téllez— determino ir a su encuentro y, cosas de la vida, lo que veo es una madre desesperada por retener a sus dos hijos (Ciro y Hugo del Río), quienes al sospechar que somos rebeldes intentan acercársenos y ella, temerosa de que fuéramos chivatos, trata de impedirlo”. 

Imagen: La Jiribilla

“Fue emocionante lo ocurrido cuando le revelamos nuestra identidad. La apenada madre no sabía dónde meter la cara y nosotros: ‘no se preocupe, señora, usted hizo bien: hay que desconfiar’; los muchachos nos abrazaron y nos hicieron mil preguntas sobre nuestra vida en la Sierra, sobre Fidel, Camilo, Raúl”.

“Ilusionados nos pidieron unirse a la tropa, deseos que lamentablemente no podíamos satisfacer, pues carecían de armas. Fue triste tener que decírselo. Nos despedimos como buenos amigos”.

Al llegar a Gibraltar de Guisa, los combatientes recogieron la máquina, sin novedad alguna, y de vuelta a La Plata se les informó que la zona estaba infestada de guardias del asesino Sosa Blanco. Ello les obligó a acampar en un monte próximo donde permanecieron ocultos por más de 20 días, ayudados precisamente, por los hermanos Del Río.

“¡Mira si hicimos bien en identificarnos con ellos!”

“A nuestro regreso a la Sierra, el Che y los demás compañeros se pusieron de lo más contentos, claro, se pensaba que el viaje duraría solo siete días y nos demoramos como 30”.

“Ya nos daban por muertos”.

La primera instrucción que el Guerrillero Heroico le dio a Téllez al establecer la talabartería fue que debía respetar la ley de antigüedad. “Si hay dos compañeros que no tienen botas, se las das al que lleve más tiempo aquí”.

Esta premisa guió el trabajo en aquel rústico taller al que Camilo, por cierto, lo bautizó con el nombre de El Bazuquero.

“Nuestro jefe le dio prioridad a la confección de botas, cananas, mochilas y gorras; en fin, todas cosas necesarias, pero, al principio, hubo algunos compañeros tan entusiasmados que creyeron era por la libre y pidieron de todo, hasta bolsitas para guardar tabaco”.

“Por supuesto, se quedaron con las ganas. En eso de cuidar el material el Che era muy riguroso. Con él no se daba el relajo de que cualquiera viniera a pedir, hasta los más altos oficiales lo respetaban. Por ejemplo, ahí está la nota de Raúl mandando a buscar cinco pares de zapatos ‘por orden del Che’”.

“Otra cosa, a todos nos gustaba mucho jugar a la pelota y, sin embargo, Camilo, uno de los jugadores más estelares, me tenía loco pidiéndome que convenciera al jefe para que en El Bazuquero se le hicieran unos guantes de pelota”.

“Jamás lo logró, y mira que ellos dos se querían, pero cada vez que le hablaba al Che de la petición de Camilo, me decía: ‘El material hay que emplearlo en algo útil. No se te olvide’. Y uno no se podía poner bravo con él, predicaba con el ejemplo”.

“Así, estando una vez en La Pata de la Mesa, el Che trae el aparatico del asma metido en un cartucho y yo, aproveché un descuido suyo para tomarle las medidas y hacerle un estuche que lo protegiera”.

“Cuando terminé le quise dar una sorpresa y, en tono jocoso, le dije: ‘présteme la bombita que usted tiene ahí para echarse aire’, y él: ‘¿Qué va a hacer con eso?’”.

“‘Préstemela, préstemela…’ Cuando me la dio la metí en el estuchito, y de lo más satisfecho, le dije: ‘Ahí no se le va a perder ni romper‘”.

Las palabras del Che lo dejaron frío: “Con tantos combatientes descalzos y tú haciendo cosas como estas”.

“Trabajo me costó convencerlo —recuerda Téllez— que la dichosa bolsita estaba hecha con recortes que no servían para más nada; al rato parece que se dio cuenta que yo estaba triste y me explicó con dulzura: ‘El material hay que cuidarlo, talabartero, es por nuestro propio bien’”.

“El Che era una gente muy humana, se interesaba por todo y cada vez que podía hablaba con sus compañeros, sin tener en cuenta diferencias culturales, y eso a mí me maravillaba, pues él era un hombre muy preparado y, sin embargo, siempre nos escuchaba con atención”.

“Recuerdo que en una oportunidad conversando los dos en el taller, el Che se mostró muy preocupado sobre el por qué en la Sierra se rompían tanto las botas y al darle yo una explicación, le hablé, entre otras cosas, sobre la importancia del contrafuerte”.

“Y sucede que siendo ya Ministro de Industrias, en una asamblea en que se analizó la calidad del calzado —lo supe por la prensa—, se refirió al contrafuerte con las mismas palabras que yo utilicé”.

“¡Me quedé en una pieza!”

“No se había olvidado de mis palabras, entonces evoqué con emoción aquella tarde en la Sierra cuando con la voz entrecortada por el asma y mirando a lo lejos, aquel hombre extraordinario, me dijo: ‘Te entiendo Téllez, el contrafuerte, el contrafuerte… ’”.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato