Palabras de agradecimiento

“Un arte con todos
y para el bien de todos”

Nancy Morejón • La Habana, Cuba

Yo no esperaba que la Asociación Hermanos Saíz, a la que tuve el gusto de pertenecer alrededor de 1962, cuando era Brigada, me diera el susto y el grandísimo honor de recibir el Premio Maestro de Juventudes y, más allá del azoro y la alegría que me embargan, la oportunidad de hablar en nombre de los artistas e intelectuales a los que se les otorga también semejante reconocimiento. 

Son ellos los músicos Digna Guerra y Wilfredo (Pachy) Naranjo; los pintores Lesbia Vent Dumois y Nelson Domínguez; el cineasta Tulio Raggi; el arquitecto Mario Coyula y el director de teatro Carlos Díaz. La trayectoria de todos, más que reconocida por esta nueva distinción, es una radiante muestra de su consagración y respeto al acto de fe que es levantar de la nada un cuerpo plástico, o literario, o sonoro, o visual, que han colocado con eficacia y buen gusto ante el exigente espejo del mayor de los públicos, es decir, es decir, todo el pueblo. Y conjugaron esa incesante entrega con la devoción de haber trasmitido, como un sacerdocio, técnicas y sabidurías para contribuir a la formación de muchos de ustedes y de nosotros mismos.

El hecho no pasará inadvertido porque, cada cual en su oficio, todos han desplegado una obra apreciable y reconocible no solo por las características de su expresión sino porque, en la mayoría de los casos, estos creadores han logrado alcanzar un estilo que se amparó en la más alta necesidad de comunicación humana al tiempo que forjaban ese sentido de pertenencia y de servicio a la cultura de la nación cubana en su más pura tradición histórica, de la que formamos parte indeleble a mucha honra. Su divisa, nuestra divisa, ha sido tener en cuenta que el arte, en letras grandes o pequeñas, no tendrá patria pero los artistas sí. 

Como proclamaba el historiador Fernando Martínez Heredia en su discurso durante una circunstancia similar a esta, quiero decir que me he sentido parte de la Asociación Hermanos Saíz y los he acompañado siempre precisamente en esa vocación por gestar ese arte que puede adelantar una idea que el conocimiento social no ha formulado aún; o socializar lo que parece ser muy difícil, no por simplificarlo, sino por abordarlo de otro modo en el que las sensibilidades y las emociones participan mucho más.  

Un arte con todos y para el bien de todos, parafraseando el ideal civil de José Martí; atento al ritmo enriquecedor de otras humanidades quizás hoy colocadas en un orden subvertido, aparentemente interiorizado, gracias a la injusta sobreestimación que nace de la omnipresencia de las tecnologías y la electrónica del siglo XXI.

La brújula hacia la búsqueda de la dignidad plena del hombre y la mujer, de la de ancianos, niños y adolescentes, está en nuestras manos, en la posibilidad real de perfilar nuestras armas con la disciplina y el estudio cotidianos; en la certidumbre de que la búsqueda y la promoción de la cultura requieren herramientas intelectuales y esa infinita vocación de aprendizaje marcada por una nobleza de carácter y amor a prueba de balas.

“Ciencia, educación y cultura han sido pilares de la forja de nuestra nación desde sus inicios. Y esa es una tradición a la que nos debemos todos. El proyecto cultural cubano, pese a todos los contratiempos que ha atravesado, otorgó a nuestros artistas y escritores el derecho a existir con dignidad y con el pleno ejercicio de un pensamiento que ha tenido como fuente principal la tradición histórica de la Isla”, reflexionaba el poeta Miguel Barnet, en junio de 2012. 

Si no nos armamos como escritores y como artistas; si carecemos de una conciencia clara de nuestra responsabilidad, si no fijamos bien lo que queremos para determinar el objetivo de nuestro quehacer, poco o nada habremos podido avanzar.

Quisiera que mis palabras de esta noche alcanzaran a expresar no ya la enorme y delicada magnitud de mi agradecimiento, sobre todo del nuestro, sino la conciencia a flor de piel viva y palpable a lo largo de varias generaciones que hemos coexistido en un mismo espacio de ideales patrios, y que hemos luchado día a día por encontrar y colocar belleza en nuestras obras y en nuestras acciones registradas por encima del deber cotidiano de difundir lo mejor de nosotros mismos y de una sociedad en perenne revolución.

Haciendo nuestras obras, realizándolas, perfilándolas, hemos aprendido, hemos recibido las mejores lecciones con ustedes. Esas obras nuestras, puestas en función de ideales de justicia, sin fuegos fatuos, sin pompa, sin falso orgullo, se inclinan ante los más jóvenes indicando, todos, el camino hacia el mejor porvenir de Cuba, pronunciando todos, esa palabra inagotable, vieja, joven, única, la palabra: Gracias.

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