Premios Maestro de Juventudes

Tulio Raggi y las memorias de mi país

Marianela González • La Habana, Cuba
Fotos: R. A. Hdez

En diciembre de 1987, el noveno Festival del Nuevo Cine premiaba a Tulio Raggi en La Habana y yo nacía en Cienfuegos, a poco menos de trescientos kilómetros del hervidero cultural latinoamericano en la Isla.

Para mi madre, aquella celebración del arte, sencillamente, no estaba ocurriendo: había dado a luz por primera vez y eso sería toda efeméride, bulla, festejo y trasnoches por un buen tiempo; aunque los años siguientes la iban a conducir, entre apagones y discursos y delirantes corretajes infantiles por un barrio oscuro, a la memorable y agridulce ceremonia de darle ¿de comer?, tarde por tarde, a una criatura extasiada frente a un televisor Caribe en blanco y negro, que con la boca llena repetía cada línea deEl paso del Yaberibí. En la Cuba donde crecí, menos distancia había entre los centros de la producción artística y las “periferias” del consumo. Sobre todo, en materia de “muñequitos”.

Imagen: La Jiribilla

Aquel cortometraje animado había sido la primera obra de Tulio Raggi en merecer un premio en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Más tarde vendrían otros, y Raggi se convertiría en el cineasta con mayor cantidad de corales en la historia de ese certamen. “Siempre me ha gustado la pesca submarina”, bromea cuando alguien le recuerda la proeza. Para Tulio, los héroes son sus personajes, “sus hijos”.

Se le registra, no obstante, en una generación heroica. Una generación que conoció las aulas universitarias a fines de los 50, y que, después del 59, solo quiso “ser útil”, estar. Una generación que todavía cuenta sus historias y uno advierte cómo se repiten motivos, lugares, referencias, esa urgencia de participación que pinchó a los que eran jóvenes revolucionarios cuando ser joven revolucionario era correr hacia la aguja. Tulio fue uno de ellos.

Mi madre, heroína en la supervivencia, le registra como responsable de aquel cuento de tigres y rayas que por fin me neutralizaba, con la boca abierta, frente al televisor Caribe y a salvo de apagones y discursos y jugueteos por la oscuridad, ya lista para ¿comer? Tulio fue la generación de mi madre.

Imagen: La Jiribilla

Y la mía, inmune a los pinchazose incapaz de ver la aguja en los apagones, memorizó cada diálogo en“Las orejas de Canela”, “El primer paso de papá”, “El zángano y la rosa”, “La medicina del brujo”, “La gamita ciega”, “El reloj roto”, “Las vasijas”. Fuimos Tito, Lili. Y somos esa generación. La que no recuerda del periodo especial más que el placer innombrable de “los muñe”. La que aprendió de memoria el lugar de Tulio Raggi en los créditos, como aprendimos “Pioneros, por el Comunismo…” o “Gisela González, colorista”. La que le tuvo como primer (¿único?) profesor de literatura latinoamericana. La que por él conoció a Quiroga y a ese personaje clásico del teatro sudamericano que es el Negrito cimarrón, y lo creyó nacido en los montes de Cuba. La que masticó “picadillo de ave” frente a sus lecciones historia, de familia, de educación cívica, de solidaridad entre los hombres, de honestidad, de saberes, de lo que pasa al crecer. La que engulló todo, como el Majá vivo.

Tulio es también mi generación. Aún más, nos hizo generación a los que no asaltamos el Moncada ni fuimos a la zafra de los 70 ni bailamos “El buey cansao” ni recordamos la caída del Muro. A nosotros, los que hoy le decimos Maestro de Juventudes y le extrañamos para nuestros hijos.

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