Apuntes para un debate

Luis Morlote Rivas • La Habana, Cuba

La existencia de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), hace ya casi tres décadas, constituye, sin dudas, una evidencia indiscutible de la validez de nuestra política cultural, sustentada en las Palabras a los Intelectuales de Fidel. Resultado de intensas jornadas de diálogo entre los escritores y artistas y la dirección de la Revolución, la intervención de junio de 1961 estableció no solo las bases conceptuales de la relación cultura y sociedad en la Cuba finalmente soberana, sino que fijó las dinámicas que aún hacen posible ese vínculo: los creadores en nuestro país tenemos el derecho y, por ello, la responsabilidad de participar, no solo de la concreción de las políticas culturales, sino de su concepción misma, al tiempo que, debemos mantener sobre las instituciones de la cultura una permanente vigilancia en términos cualitativos, que alerte sobre posibles distorsiones, para ayudar a establecer las jerarquías.

Imagen: La Jiribilla

Desde la Asociación, los noveles creadores hemos ayudado a modelar la política cultural, lo que en el caso de nuestra organización básicamente significa: abrir cauces de promoción a lo más novedoso y experimental; potenciar la inclusión de géneros emergentes que generalmente no han tenido, en un inicio, el apoyo de las instituciones; llamar la atención de estas sobre movimientos y fenómenos alternativos; promover estrategias en función de lograr vías efectivas de apoyo a la creación de los más jóvenes.

De esta manera, a la posibilidad de propiciar el intercambio entre creadores de una misma generación acerca de sus proyectos y puntos de vista, se ha sumado la de ser el nexo entre sus necesidades y el sistema todo de la cultura, y, más allá, la de concentrar y elevar propuestas propias a la dirección del país, en un diálogo que se ha estimulado y sostenido desde la fundación misma de la organización hasta la actualidad; expresión de ello es este mismo Congreso, colofón del debate franco, crítico y distendido, ocurrido también en los territorios.

Se hace difícil intentar hacer un resumen de estos veintisiete años de trabajo. No obstante, es una realidad que allí están, entre otros muchos logros, la colección de los libros que han recibido el Premio Calendario; las cinco editoriales que en su conjunto atesoran centenares de los primeros títulos de muchos de los escritores que hoy se han legitimado en los circuitos de promoción editorial; los materiales audiovisuales realizados a partir del Almacén de la Imagen; los múltiples rostros, en muchos casos desconocidos más allá de sus espacios de presentación, que ha dado a conocer el programa de televisión Paréntesis; las agencias de Rock y Rap, abiertas a solicitud de los creadores de estos géneros; los varios músicos y artistas de la plástica, de formación autodidacta, que han accedido al sector profesional; exposiciones como El extremo de la bala; las Becas Milanés para las Artes Escénicas; los eventos de debate y crítica al estilo de Pensamos Cuba; las Romerías de Mayo, la Jornada de la Canción Política, la Cruzada Literaria o el Festival Longina de la trova, y otros tantos espacios que se han convertido en puntos de encuentro obligados en la geografía cultural de esta Isla.

Vinculadas directamente a las comunidades, las Casas del Joven Creador, sedes de la Asociación Hermanos Saíz, se han convertido en la primera plataforma de presentación para quienes se inician en los caminos de la literatura y el arte. Espacios abiertos de constante taller frente al público más exigente; estas instalaciones, aun con recursos limitados, nos han permitido construir un modelo de programación alternativo y abierto en el que confluyen todas las manifestaciones.

Desde nuestras Casas hemos salido hacia las localidades más alejadas, a los centros educacionales, a los hospitales, y a las prisiones. En ellas hemos concebido jornadas de programación que se han ido transformando en verdaderos hitos en la oferta cultural de los territorios. En los últimos años, con la apertura de las salas de navegación para favorecer el acceso de los noveles creadores a Internet, el quehacer de estos comienza a visibilizarse también en el ciberespacio, lo cual contribuirá de manera significativa a su promoción más allá de nuestras fronteras.

En el contexto actual, cuando se entroniza la banalidad a través de los grandes medios, a partir de la difusión ilimitada de productos seudoculturales que reproducen e imponen a escala planetaria los valores de la sociedad de consumo, no queda otra alternativa que trabajar por fortalecer las identidades nacionales con atención a la diversidad cultural y a las dinámicas internas que hacen de esas identidades procesos en permanente reconfiguración.

Reservorio privilegiado de la espiritualidad de un pueblo, la creación artística y literaria constituye un eficaz antídoto frente a la andanada homogenizadora que propugna la globalización neoliberal. Sin embargo, el desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones ha traído consigo el abaratamiento de los costos de producción y la apertura de cauces inimaginados para la difusión de productos de entretenimiento, en algunos casos tremendamente seductores, pero profundamente conectados con el objetivo de aniquilar, mediante un permanente sabotaje a la inteligencia, al talento y a la propia libertad del individuo.

Esta circunstancia nos enfrenta no solo a los desafíos resultantes de que obras de calidad contiendan en desventaja con productos comerciales de gran empaque y escaso contenido; sino también a los retos que presupone la generalización de patrones de consumo cultural, asimilados de manera acrítica por los públicos que, lejos de contribuir a la formación de mejores seres humanos, sustentan la creación seriada de consumidores irreflexivos, preparándolos para aceptar cualquier estocada del imperio del capital financiero.

Imagen: La Jiribilla

Permanentemente asediado por la potencia más poderosa del mundo, nuestro país, que ha logrado levantar y sostener un proyecto contrahegemónico con énfasis en la justicia social, no escapa de la influencia de esas estrategias de control “blando”, que operan a través de la imposición de productos chatarra. Asimismo entre nosotros se extiende el gusto por obras superficiales y de pésima calidad, que replican patrones e ideas, que contradicen los principios humanistas que hemos defendido. Dichas obras, mayoritariamente difundidas al margen de las instituciones, lamentablemente se promueven también a través de nuestros medios masivos y en espacios institucionales, lo cual contribuye a que seamos promotores de modelos de vida y de éxito que no se avienen a la sociedad que queremos construir.

El reto ideológico que tenemos hoy, frente a esas expresiones de colonialismo cultural, se acrecienta por el hecho de que muchos jóvenes ven en los fetiches de la sociedad de consumo a sus ídolos, y el éxito se asocia mayormente a la tenencia de artículos, más que al saber, a la inteligencia o al conocimiento. Es grave que algunos jóvenes no encuentren hoy en el entorno nacional símbolos que puedan ser asociados a su realización personal.

El perceptible deterioro de los valores que se evidencia en la actualidad, es expresión palpable de que existen problemas reales en la educación cívica y estética de las nuevas generaciones, tarea que no atañe únicamente a la escuela, a la cual en la mayoría de las ocasiones dejamos sola en esa ardua e impostergable misión, sino en primer lugar de la familia y de la sociedad en su conjunto. La violencia verbal y física, la falta de educación formal, la insolidaridad, reflejo de un creciente individualismo, resultan expresiones públicas de esa alarmante realidad. Una de nuestras mayores insatisfacciones es que con frecuencia no se logra establecer un diálogo persuasivo con esos jóvenes, contemporáneos nuestros, quienes sienten como vacías de sentidos las palabras o acciones con las cuales se trata de llegar a ellos.

En la Sesión Ordinaria de la Asamblea Nacional del Poder Popular del pasado 7 de julio, el Presidente Raúl Castro se refirió al creciente deterioro de los valores morales y cívicos, y al modo en que comportamientos propios de la marginalidad, se han incorporado al actuar cotidiano de nuestra ciudadanía. “El combate contra esas nocivas conductas y hechos –decía Raúl– debe efectuarse utilizando diversos métodos y vías. La pérdida de valores éticos y el irrespeto a las buenas costumbres pueden revertirse mediante la acción concertada de todos los factores sociales, empezando por la familia y la escuela desde las edades tempranas y la promoción de la cultura, vista en su concepto más abarcador y perdurable”.

Mucho pueden hacer desde la cultura la joven vanguardia intelectual cubana, y los escritores y artistas en general, por contribuir a transformar esa realidad. Una obra de arte comprometida con su época conmueve y moviliza, y es en ese sentido que la creación de los más jóvenes, mostrada en su complejidad y en su diversidad, tendría que lograr una mayor influencia, puesta en función de potenciar la espiritualidad.

La educación cubana, responsabilidad de todos, necesita repensar sus modos de interactuar con las nuevas generaciones. El sistema educativo debiera incorporar las creaciones literarias, audiovisuales, plásticas y musicales contemporáneas, que ayuden al proceso de formación, porque en esas expresiones artísticas se presenta también la realidad cotidiana desde un gran compromiso. En demasiadas ocasiones la cultura se considera como simple ornamento, como actividad extracurricular o como mero entretenimiento, obviando el valor de las creaciones intelectuales en la conformación de un mejor ser humano y desconociendo el hecho de que la condición primera de la libertad real es ser cultos.

El proceso de actualización del modelo económico que el país lleva a cabo, con la guía del Partido, ha ido introduciendo un grupo de transformaciones en los más diversos ámbitos de la vida nacional. La búsqueda responsable de mayor eficiencia y la necesidad de dejar atrás un grupo de lastres, que obstaculizan el desempeño óptimo de varios sectores, constituye una tarea de todos. Como parte de ese proceso, corresponde a los escritores y artistas exigir mayor eficacia a las instituciones de la cultura en el cumplimiento de sus objetivos.

Aprovechar mejor los pocos recursos de que disponemos; lograr una mayor efectividad en la gestión de los procesos de promoción para que los públicos se identifiquen y se reconozcan en el quehacer de nuestros creadores; trazar estrategias concretas que permitan distinguir y respaldar el talento, poniendo especial énfasis en el desarrollo de la crítica artística y literaria; actualizar a tenor de las presentes circunstancias el modo en que se establece el vínculo entre la institución y los creadores; y potenciar acciones que conduzcan a ampliar la producción y comercialización de bienes culturales, se hallan entre las tareas que el sistema de la cultura no debe postergar. No obstante, como bien han alertado los Maestros de Juventudes, Graziella Pogollotti y Ambrosio Fornet, debemos evitar a toda costa visiones economicistas. Sobre ello también insiste el objetivo 59 de la Primera Conferencia del Partido, cuando llama a excluir “enfoques mercantilistas u otros de diferente naturaleza que distorsionen la política cultural”.

Sustentar la cultura implica propiciar su continuidad. Por ello hay que prestar mayor atención a los procesos creativos de las más jóvenes generaciones en el propio momento en el que estos suceden, y buscan un espacio particular de reconocimiento. Toca ir más allá de lo probado y correr el riesgo que presupone acompañar, aun cuando sea imperfecta o inacabada la obra que nace. En tiempos en que se verifica una producción artística autónoma, signada por el uso de la tecnología y de redes alternativas de promoción, resulta imprescindible proteger el talento joven, sin paternalismos. Como hemos afirmado en otro momento, los espacios institucionales concebidos por la Revolución son considerados aún hoy, entre nosotros, como ámbitos de jerarquización y legitimación por excelencia, lo cual representa una fortaleza.

Un reto inaplazable en la Cuba contemporánea está en materializar una verdadera y fluida relación entre la institución estatal, todavía en el centro de los procesos culturales, y los proyectos artísticos que cada vez más se gestan al margen de esa institucionalidad tradicional. Habría que conseguir para ello mayor flexibilidad en la dinámica institucional, mayor voluntad para compartir el riesgo que significa apostar por lo nuevo; despojarla de toda burocracia, de la tendencia a dar respuestas a partir de fórmulas preestablecidas. Habría también que estimular la concepción de nuevos programas de desarrollo con vistas a propiciar ese intercambio, que permita a los más jóvenes tener un espacio natural, cierto, gestado en un intercambio orgánico, original y nunca asistencialista.

Algunas instituciones culturales han sido incapaces de generar espacios de promoción que respondan verdaderamente a las expectativas de los más jóvenes, lo que ha provocado que la Asociación Hermanos Saíz haya tenido que suplirlas en su gestión, asumiendo íntegramente la producción de proyectos. Ha sido quizás la única manera de preservarlos, y de concretar y salvaguardar un grupo importante de obras.

Tras veintisiete años de trabajo, le corresponde a la Asociación Hermanos Saíz mirarse hacia adentro y repotenciar sus maneras de actuar frente a los nuevos desafíos. Por eso, aunque todavía sostenemos la importancia del sistema de becas y premios, ideado por la AHS hace diecisiete años, continuamos trabajando en la implementación de nuevas estrategias de apoyo a la creación joven, en algunas de las cuales, necesariamente, compartimos responsabilidades con las instituciones, pues no es posible materializar todos los proyectos que solicitan el respaldo de las becas de la Asociación. Ello pone al sistema de la cultura en desventaja frente a otros patrocinios que han ido apareciendo, algunos asociados a entidades que intentan socavar la unidad de la Revolución.

Nos corresponde reconfigurar y renovar los espacios de reflexión y pensamiento concebidos al interior de la organización. Debemos estimular el ejercicio de la crítica y emprender acciones concretas para fortalecer el papel de ella como formadora de patrones de gusto en el público. Debemos también dotar a esos lectores y espectadores, de herramientas para el desmonte de la manipulación mediática. Hay que propiciar un clima de debate cotidiano que contribuya a la expresión de opiniones diversas y a potenciar el trabajo en equipo, elementos que han identificado, desde sus inicios, a la organización.

Estamos llamados a evaluar el quehacer de nuestras filiales en cada territorio, rediseñándolas a partir de las necesidades reales de los núcleos de artistas que las integran; tratando de evadir esquemas, rutinas estériles, formalismos que nada tienen que ver con una organización integrada por jóvenes. Tenemos que llegar a todas las zonas donde existan creadores con talento y ponerlos a participar, haciendo un mayor énfasis en las escuelas del sistema de enseñanza artística y en el Instituto Superior de Arte; pero sin descuidar la atención hacia movimientos emergentes, surgidos al margen del cauce institucional, y que, como hemos dicho anteriormente, ha constituido uno de los aportes más visibles de la organización a la cultura cubana; lo que implica no desatender las calidades.

Con la realización de las jornadas finales de este Segundo Congreso se cierra una etapa, caracterizada por la identificación de nuestras potencialidades, la atención diferenciada a los miembros a partir de sus proyectos, y el redimensionamiento social de la labor de la Asociación. De ahora en adelante hay que emplearse a profundidad, repensando no solo las estrategias de trabajo, sino la estructura misma de la organización, y el modo de llegar a todos los ámbitos donde los noveles escritores y artistas están desarrollando una obra de calidad, o donde haya un público ávido de disfrutar sus propuestas. En ese empeño estaremos acompañados, como hasta ahora, por el Ministerio de Cultura y sus instituciones, y la Unión de Jóvenes Comunistas; sin embargo, la responsabilidad de que la AHS sea útil para los nuevos tiempos, es esencialmente nuestra.

Hace un cuarto de siglo, en esta misma sala, a los entonces miembros de la Asociación Hermanos Saíz, jóvenes como nosotros participantes en el Consejo Nacional Ampliado, Fidel les expresó: “no se puede decir que el papel de la Asociación sea solo promover la cultura. Puede ser el más importante, pero la Asociación tiene también que recoger todas las cuestiones, preocupaciones, problemas que tienen los miembros, y tiene que trabajar y luchar por los intereses de toda aquella gente que representa […] Esta institución se justifica ahora y siempre, ¡ahora y siempre!”

Las palabras de Fidel constituyen un reto. Los miles de escritores y artistas que integramos hoy la Asociación Hermanos Saíz, como entonces, tendremos que ser vanguardia movilizadora, participativa, convocante; que no tema enfrentar los problemas; dispuesta a protagonizar y a transformar, desde la cultura, la realidad allí donde haga falta. Comprometida, ahora y siempre, con la construcción de un país mejor.

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