En el orden de los libros, los libros
sin órdenes

Emilia Gallego Alfonso • La Habana, Cuba
El día que perdamos las palabras,
perderemos los sentimientos.
José Saramago

Preámbulo levísimo: Estos libros sin edad

¿Quiénes seríamos si no tuviéramos memoria? Nadie. Polvo de estrellas quizá,  pero polvo sin pasado, sin presente, sin futuro, hasta sin sueños que imaginar. ¿Polvo sin olvidos, ni recuerdos? Polvo sin estrellas.

Imagen: La Jiribilla

Confieso que aún hoy no he podido responderme convincentemente por qué, desde que recibí la invitación para abrir el Coloquio Internacional PROLAE I Esses livros sem idade, en los primeros días de octubre del pasado año, me lo imaginé como una de esas reuniones mágicas de los primitivos alrededor del fuego, preguntándose una y otra vez quiénes eran, en dónde estaban, de dónde venían y qué les depararía, después de las llamas de la hoguera moribunda, la luz del nuevo día. Luz, día y nuevo sin nombres todavía, más sí ya conciencia del mundo que iba tomando fuerza en lo hondo de la caverna cuando aún no existían las palabras, las primeras, las que fundan porque son las palabras compartidas como nos dijera Octavio Paz. Como la sensación de entonces, se repite hoy, retomo el tema.

Trataré de seguir imaginándome, como en aquella tarde en Niteroi —yo que quiero creer que no sigo en las cavernas y que sí tengo las palabras— primero la palabra exacta que me diga del tiempo y, obviando las que lo reconocen en sus predios matemático o filosófico, prefiero aquella que lo dimensiona en su condición ilusoria o la que lo limita a tácito convenio.

Me decido por una que me hable de un espacio en el que sucedan todos los hechos, fuere cual fuere su índole, magnitud o valor. Tanto esfuerzo para llegar a la edad, casi tan inaprensible como el tiempo y el espacio que pretende y, en ocasiones, se precia de enmarcar.

Ceso en mi soliloquio porque no puedo con más. Me rebasa el desafío de los libros sin edad que reclaman mi intelección y me refugio en  la poesía  —porque en momentos de desesperación siempre lo hago— y buscando y buscando viene  la Dickinson, como tantas  veces, a darle un poco de alivio a mi inquietud: 

Un preciado  —anticuado placer— es

Encontrar un Libro Antiguo—

En el mismo Ropaje que en su Siglo usó—

Un privilegio —pienso—

 

Su venerable Mano para tomar—

Y calentarla en la nuestra—

Un pasaje atrás —o dos— para percibir—

Los Tiempos cuando él —era joven—

 

Sus opiniones originales —para inspeccionar—

Su pensamiento para indagar

Sobre Temas que conciernen a nuestro intelecto mutuo—

La Literatura del Hombre—

 

Qué interesó a los Eruditos —más—

Qué Rivalidades disputaron—

Cuándo Platón —fue una Certeza—

Y Sófocles —un Hombre—

 

Cuándo Safo —fue una Muchacha ardiente—

Y Beatriz usó

El Vestido que Dante —deificó—

Hechos de Centurias anteriores

 

Él atraviesa —familiar—

Como Uno que ha de venir al Pueblo—

Y te dice que todos tus Sueños —eran reales—

Él vivió —donde los sueños nacieron—

 

Su presencia es Encanto—

Le ruegas que no se vaya—

Los Viejos Volúmenes sacuden sus Cabezas de Pergamino

Y provocan —solo eso—.[1]

Los Viejos Volúmenes sacuden sus cabezas de Pergamino y la deslumbran. Como su presencia es Encanto, la encantan, pero puesto que cualquier partida es riesgo de olvido les ruega que no se vayan. Los Viejos Volúmenes, dueños de un tiempo sin edad en el que solo cabe la provocación, la miran compasivamente y la provocan —solo eso.

La Dickinson asume la provocación, echa fuego por la boca y de memoria e imaginación y muchas e intensas lecturas del legado que está escrito desde que Platón fue una Certeza y Sófocles un Hombre, enciende con el poder de sus palabras un nuevo testimonio. Retoma lo heredado y lo rehace, para que en la nueva vida que le concede su  poder de nombrar las cosas, Platón, sumido en la cueva de su mito siga debatiéndose en la fundación de  La República y Edipo continúe agigantándose en cada desciframiento del enigma de La Esfinge. La poetisa está allí y en este ahora para dejar constancia sobre Temas que conciernen a nuestro intelecto mutuo, la Literatura del Hombre.

La literatura del hombre: Platón, Sófocles, Dante, Beatriz,  Safo  y ella misma, todos hacedores, bien de un mito, bien fundadores de lo trágico y de la investigación policíaca, bien fiscales de la traición y, a la vez, ejecutores del castigo terrible en el último círculo infernal, bien conscientes defensoras del amor vivido apasionadamente o indiferentes cautivos de un ajeno delirio enamorado. Literatura que es, al igual que el resto de las artes, como la vida misma, memoria e imaginación, andar de andares, identidad del hombre.

El poder de la Dickinson elude nombrar los libros. Metáforas, evocaciones, fantasmas casi, los quisiera imperecederos pero los sabe no infinitos e incorruptibles en su Biblioteca de Babel como los imagina Borges cien años exactos después, si no mundos fugaces que se irán, quién sabe adónde, ni cuándo, a  pesar del ansioso reclamo que les hace para que permanezcan. Lo único seguro es que los libros iniciarán su viaje desplegando al viento sus cabezas de pergamino.

Porque primero en tablas o en tiras de piel de res limpias y bien curadas, ya en papel o en soporte digital, ellos son objetos culturales, quién lo duda, pero también, y este también es fundamental,  objetos de compra-venta, carne fresca con fines de utilidad mercantil y, en ocasiones, por eso mismo y solo por eso y lo que hay dentro y detrás, rescoldos de incendios en Alejandría, Latinoamérica, Auschwitz,  Iraq…

Suena casi apocalíptico, pero no podemos ser ingenuos. Una y la misma es la razón mercantil deshumanizada  que decide —en  un  oscuro lugar de nuestra Casa Planetaria— convertir en cenizas la mano humana que hace milenios trazó las primeras escrituras y  reducir también a un sin espacio y tiempo totales las escrituras mismas, en un intento de privarnos así de todo testimonio al escamotearnos su lectura.

Sin embargo, por el beneficio de la duda, ¿será esta amenaza del mercado para tanto si de lo que estamos  hablando es de valores imperecederos, de la literatura del hombre, de los temas que conciernen al intelecto humano, de la preservación e identidad de sus palabras, de lo que ellas recuerdan y desarrollan en aras de su conservación porque es lo común y lo propio, lo que nos hace únicos y a la vez iguales y diversos; si de lo que estamos hablando es de la cultura que es lectura, escritura y oralidad;  historias de ancestros a nietos, voz de todo y de todos que no existe sin la palabra que nombra porque distingue, une y separa, se duele y se alegra, se enorgullece y se avergüenza,  afirma y  niega, forma y deforma y en  ese hacer y deshacer continuos, sistemáticos y dialécticos en el  espacio y en el tiempo, se define a sí misma una y otra vez mientras nos recuerda, confirma y anuncia lo que hemos sido, somos y seremos?

Sí, es para tanto, para mucho y para más. Toda preocupación y ocupación es poca, porque lo que está en juego es el destino de los valores que, intangibles o no, soportan sobre sus hombros el destino de nuestra Humanidad, Apocalipsis  aparte.

Preámbulo leve: el mercado en el orden de los libros

En Informe Lugano, un libro que data del 2001, su autora Susan George, acrecienta nuestros temores cuando vaticina:

El sistema económico está rodeado de amenazas (…) Permítasenos explicarlo con una analogía: en la naturaleza, muchas extinciones de especies locales únicas pueden precipitar, una extinción masiva. En el sistema de mercado, los fracasos aislados y específicos podrían desembocar secuencial y sinérgicamente en un cataclismo global. (…). Ese hecho menor, pero crítico que precipitará la reacción en cadena, ha entrado ya en el ámbito del tarde o temprano. (…) El filósofo Paul Verilio denomina a estos hechos críticos, quizá menores y aislados, como precursores de un accidente global y argumenta su aseveración diciendo que cualquier invento o creación humana, sea cual sea su naturaleza, lleva en sí mismo su propio accidente específico, inherente y virtual: el avión conlleva  su accidente aéreo; la energía nuclear la fusión incontrolada del núcleo; el ordenador la pérdida de información…[2]

A pesar de que todo está íntimamente entretejido y todos hasta  encadenados, ignoramos el valor de las relaciones entre lo que vivimos y lo que recordamos, entre lo cotidiano y el arte, entre el calor y los abrazos. Nos olvidamos que el “efecto mariposa”, el más asequible y difundido de los principios de la Teoría de la complejidad, indica que el alcance de los efectos está más allá de su significado atronador y que el silencioso vuelo de sus mariposas, más acá del significante y de las mariposas mismas. Por carácter transitivo y fuerza gravitacional indiscutible, habría que pensar que la propia naturaleza humana, su identidad, su cultura, están sujetas también a esta ley de estados críticos particulares desencadenantes de sucesos catastróficos globales. Pero, ¿cuál sería el factor común de estos accidentes críticos particulares que pudieran desencadenar el cataclismo mayor?

En un mundo que se autodenomina globalizado, precisamente porque en él los mercados y las empresas tienden a extenderse alcanzando una dimensión mundial que sobrepasa las fronteras nacionales y en el cual la sociedad, sin ambages, se autoproclama como sociedad de consumo, ya la sociedad no es una agrupación natural o pactada de personas, que constituyen unidad distinta de cada uno de sus individuos, con el fin de cumplir, mediante la mutua cooperación, todos o alguno de los fines de la vida. 

Como insoportablemente señala Santiago Alba, la sociedad actual —y actual no es solo lo presente sino también lo actuante—  se define y enorgullece por y de su derecho a comer

Ilimitadamente (…), no es una sociedad de intercambio generalizado sino de destrucción generalizada en la que no (…) se trata a los hombres como cosas: (…)  mucho peor, se tratan todas las cosas —incluidos los hombres— como comestibles (…)Una sociedad (…) de canibalismo total, una sociedad de langostas (…) a la que parece admisible representarse el mundo —con todos sus fungibles y maravillas— no como una plaza sino como un plato. (…)No hace ninguna diferencia entre una manzana y un niño, porque tiene hambre para comerse a los dos. (…)El hambre global se lo come todo y cada vez más deprisa: los hombres, los animales, los electrodomésticos, las casas, los libros. Se come incluso las representaciones. Se come incluso las imágenes (…) El hambre es rápida….[3]

Y el hambre que arde por devorar a los libros con todo lo que tienen o no tienen dentro, también es rápida.

En su libro El equipaje del viajero, José Saramago nos advierte:

Contrariamente a lo que afirman los ingenuos (todos lo somos alguna vez), no basta decir la verdad. La verdad serviría muy poco en el trato con las personas si no fuera verosímil, y tal vez debiera ser esa su cualidad principal. La verdad es apenas la mitad del camino, la otra mitad es la credibilidad. Por eso hay mentiras que pasan por verdades y verdades que son consideradas mentiras.[4]

Ya se sabe. No basta decir que el mercado se come de plato principal a Blancanieves y a los siete enanitos como guarnición, a la bruja malvada de postre y en el camino a casa, para entretenerse, al niño lector y a la manzana que sustrajo del cuento. Sí, aunque también parezca increíble se come todo eso de una sentada para entretenerse y, por supuesto, para entretenernos. Si no fuera así, ¿por qué entonces la industria del entretenimiento ha alcanzado en los últimos 25 años, tal amplitud que ha superado a la de las armas y no existe grupo financiero que no participe directamente en las áreas de la información y el entretenimiento e indirectamente en la educación, a través del negocio editorial, por ejemplo?

La verdad anterior tampoco es verosímil y menos aún lo es que el niño lector puede ser devorado por el mercado con la manzana del cuento y el cuento incluidos, porque tal festín suena demasiado truculento, aunque no tanto como los desmanes tenebrosos que se suceden en “Barbazul” o “Piel de Asno”. Así las cosas, tampoco nos parece posible que en 1976 se escriba un documento que, desclasificado en 1991, se publica como anexo del libro Behold a pale horse de William Cooper.[5]

Sin embargo, ya ni siquiera importa mucho si la información anterior  tomada de Internet es o no verdadera, si existe o no un documento denominado “Armas silenciosas para guerras tranquilas”, porque la veracidad de su existencia deviene poco significativa ante la evidencia y efectividad de las consecuencias de las estrategias que se enuncian en el citado documento, una de las cuales, por ejemplo, ordena: “Mantener la atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a la granja como los otros animales”.

Distraer, en buena lectura es apartar la atención de alguien del objeto al que la aplicaba o al que debía aplicarla. Entretener, por su parte, es distraer a alguien impidiéndole hacer algo. Visto así el que se desvía está entretenido, está incapacitado de hacer lo que debe. ¿Incapacitado como el niño lector, el de la manzana del cuento de  Blancanieves o como Caperucita que se deja engatusar por el lobo al punto que no puede identificarlo cuando lo tiene delante en lugar de su abuelita?

¿Impedido de hacer lo que debe como ese lector joven, estudiante universitario que el colombiano Fernando Cruz Kronfly sorprende viviendo bajo un aluvión de “pasatiempos, denominados banales o superficiales, como sucede con la mayoría de las tiras cómicas y los novelones” [6] y para el cual reclama el derecho a divertirse, claro que sí, pero de otras maneras, como por ejemplo la de “Quijote que  divierte de un modo absolutamente diferente…?”

¿Incapacitados totales, los niños y adolescentes en cuanto lectores de una violencia que los acosa desde el hogar, en la calle y los acompaña en la escuela, la misma escuela que, en general, como afirma la brasileña Nilma Lacerda, no discute la violencia, como tampoco lo hace con “la corrupción o las dictaduras, porque no está  en su programa discutirlo?” [7]

“La escuela peligra al no afligirse con el malestar, incluido el de los niños —dice Lacerda— al no dedicarle a Quijote —que  es la profundidad misma de la vida porque atravesando sus páginas el  lector ríe, pero entre carcajadas la vida allí se despliega de un modo humanamente hondo y portentoso declara Crux Kronfly— el tiempo de reflexión, la lectura crítica que merece”. Nos cuesta pensar que entre tantos y tantos convenientemente distraídos la escuela también lo esté. Pero es evidente que se comporta como si lo estuviera, mientras se la ve alejada de “los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real (…) ocupada, ocupada, ocupada, sin ningún tiempo para pensar”.

La verdadera escuela es una presa muy apetecible para las grandes transnacionales del entretenimiento que, agazapadas tras las megaeditoriales, pueden estar llevando ya a sus aulas otra de las increíbles armas silenciosas diseñadas para las guerras tranquilas. Pueden estar haciéndolo porque, como se afirma en otra de las estrategias del citado documento:

En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las  elites dominantes.

Gracias a la biología, la neurobiología y la sicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto física como sicológicamente. El “sistema” ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el “sistema” ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

Cabría preguntarse si no es exactamente en la escuela donde el “sistema”, cualquier “sistema”, se reconoce mejor a sí mismo, se identifica en su propósito, se reproduce y preserva su modo ideal de ser, de hacer y de sentir; si no es ella, por antonomasia, el primero y más estable, el menos móvil, el eslabón más proclive a mantenerse como está, a resistirse a los cambios tan imprescindibles al bienestar, a la salud, a la sobrevivencia de cualquier sentir y existir culturales.

Pero si esto fuera así, entonces habría que agradecerles a las megaeditoriales su interés en ofrecerle a las escuelas dinámicos factores de cambio, su afán por convencer a los gobiernos de la necesidad de dotar a las escuelas de un arsenal de libros de punta, su gestión por venderles un parque cuanto más cuantioso, diverso y novedoso, mejor y tan  rutilante que obnubile cualquier intento de ver más allá de los libros mismos. Quizá el primero en agradecerles este delirante frenesí por servir a la escuela sería Giuseppe Tomasi de Lampedusa quien en su breve, pero inconmensurable novela, El gatopardo, sentenciara que “para que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

¿Será que las megaeditoriales, que ya son hoy parte esencial de las elites dominantes, saben más de nosotros que nosotros mismos y se disfrazan y se presentan como honestos y benévolos agentes de transformación porque también saben más que nosotros del libro y de los complejos mecanismos que le son propios, incluido el esencial de la recepción?

¿Será que estos emporios del libro saben que las neurociencias ya demuestran que es de la memoria madura —reserva avariciosa de los recuerdos que la marcan e impactan desde lo real— que la imaginación selecciona lo que interesa a su saber modelador? ¿Será que saben que de todos los eventos del pensamiento ninguno requiere más vivencias del alma y el cuerpo, ni más experiencias que la imaginación —verdad que algunos anticipamos por intuición y en cuya argumentación y defensa algunos nos hemos desgastado durante años ante tantos escuchas voluntariamente sordos?

Vivencias las de los niños, las de los adolescentes y los jóvenes, las de los adultos, las de todos, que solo se viven viviendo, que no están determinadas por ninguna festinada recepción prevista ni preelaborada, que no son coto cerrado o exclusivo ni de la  literatura, ni de la ciencia pura, ni de las aplicadas, ni de las ocultas. Experiencias que son esencia y existencia validadas en la conciencia, conciencia del yo y el nosotros, de lo de aquí y de lo de allá y también de lo del más allá, vueltas a vivir una y otra vez en el orden de los libros; orden, categoría,  ajenos como ellas mismas, a cualquier lógica del dominio de la edad y a cualquier decreto o voluntad de identificación reductora, a cualquier mandato o rótulo simplificador y engañoso, por bien diseñado y listo para la venta que nos parezca el rótulo y lo que este, rótulo al fin, encuadra y limita.

Preámbulo: los libros sin órdenes

En la segunda mitad del remoto siglo XIX, Carlos Marx escribía:

La necesidad del objeto que experimenta el consumo ha sido creada por la percepción del objeto. El objeto de arte, análogamente a cualquier otro producto, crea un público sensible al arte y apto para gozar la belleza. De modo que la producción no solamente produce un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto.[8]

En otra de sus estrategias, Armas silenciosas, para guerras tranquilas  indica:

La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discursos, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? Porque si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón del poder de la sugestión ella tenderá, con cierta probabilidad, una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad.

La sugerencia es el arma de la sugestión, valga la redundancia, y precede a cualquier acción persuasiva. Por otra parte, solo quien ha sido inteligentemente persuadido está dispuesto a convencerse de algo, y es indiferente o no pertinente la veracidad de ese algo. Por ello, la persuasión está muy cerca de lo verosímil, mientras que la convicción se acerca más, si no al encuentro de la verdad, sí al afán de su búsqueda.

No es en la verdad —y menos en su dominio absoluto, por improbable— que descansa el conocimiento. Si esto fuera así, como tantas veces parece ser, la convicción de que esta se posee, marcaría el principio del fin del proceso cognoscitivo. El verdadero saber está en el  afán de buscar, de dudar, de inquirir. En lo encontrado, sea cual sea su cualidad o dimensión, no termina el conocimiento, más bien comienza.

Por ello, siempre es más fácil hacer pensar de determinada forma sobre algún aspecto en particular a individuos que originalmente no tienen una opinión sobre el aspecto en cuestión, que lograrlo con los que ya tienen alguna idea sobre el asunto. El que tiene alguna opinión, tiene su propio punto de partida y se resiste a cualquier argumento distinto del que sustenta. El que carece de ese punto de partida recibe con mejor ánimo cualquier sugerencia a pensar de una determinada manera, porque al no tener formada ninguna convicción es más vulnerable a la persuasión.

Si la citada estrategia se propone lograr que un adulto piense y actúe como un niño de 12 años o menos, y con eso da por hecho que el adulto actuará en consecuencia, es evidente que sabe muy bien cómo es el niño que toma como modelo de su manipulación y que también conoce al adulto. Si la eficiencia de un proyecto o plan se mide por la magnitud de la cualidad de los objetivos, es evidente que el mercado sabe muy bien cómo es el sujeto que se propone manipular, ya sea el niño o el adolescente que toma como modelo etario, o ya el adulto que se comporta con manifiesta fidelidad al modelo que se le propone.

Sin duda alguna, el “sistema” domina el ser, el deber ser y los ideales que sustenta y animan al adulto comprador y mejor aún al niño que, aparentemente, le sigue los pasos, pero que en la práctica de la manipulación, en cuanto modelo, lo precede:

Los niños son hoy en día clientes, compradores, gastadores, consumidores (...) Ya no solo hay publicidad televisiva dirigida a los niños para que estos pidan a los padres que les compren [...] porque el niño de hoy es un pequeño cada vez más confiado en sí mismo, bastante informado como consumidor, con dinero propio para sus gastos, materialista, dispuesto a sustituir a sus padres como comprador y a ser pronto dueños del mercado. En términos de boxeo, un peso liviano con un poderoso golpe de puño económico a quien podríamos apodar Kid cliente. [9]

Así, preparan al niño como un comprador, como un cliente ideal, no solo para el presente, en el cual todavía depende de la administración financiera de sus padres, sino para el futuro no tan lejano en que será el propio administrador de sus bienes. O creerá que lo es. Para entonces, como se dice en las buenas mesas de juego duro, la suerte estará echada. Se sabe que la casa siempre gana, porque utiliza cartas marcadas. Sin embargo, lo que sucede es sutilmente mucho más alarmante porque en esta sociedad de consumo, el accionista mayoritario ha creado a su imagen y semejanza un único juego, el suyo: hambriento y devastador que excluye cualquier posibilidad de triunfo ajeno, anulando con ello la esencia misma de lo lúdico hasta hacerla desparecer.

¿Estaremos a tiempo de preguntarnos si aún podemos participar en  un juego de verdad, sano para el pensamiento y el espíritu? ¿Sería atrevido afirmar que una manera de hacerlo sería defender el principio de que nuestro pensar se hace más profundo, analítico y crítico, en dependencia no despreciable de la capacidad que posean nuestras lecturas de despertar inquietudes, motivaciones, autoestima, ideas propias? ¿Sería un error pensar que la preservación de lo humano se relaciona con la condición humana de nuestras lecturas? ¿Cómo es, entonces, que permitimos que nos infantilicen con lecturas de pacotilla, que nos inventen un juego lector en el cual nunca podremos leer y sí perder nuestra humanidad?

Las preguntas más sencillas exigen a veces respuestas complicadas; sin embargo, la mayoría de las preguntas complejas se explican, casi siempre, de manera sencilla. No es necesariamente la realidad una urdimbre inextricable, somos nosotros los que no estamos lo suficientemente entrenados para ver y oír y comprender y reflexionar en consecuencia y tampoco saber que la mejor forma de esconder un árbol es colocarlo en un bosque.

La manera ideal de hacer casi invisible a un Autor es mezclar hábilmente su obra con la de Escritores que escriben, pero que no crean literatura. Colocar lo mediocre junto a lo sublime, en la misma tarima y venderlos como si fueran lo mismo. Al final, puede ocurrir  —no olvidemos que estamos en guerra—  algo similar a lo que sucede con el síndrome de Estocolmo.

Sí, aunque asuste puede ocurrir algo similar a lo que este síndrome diabólico explica y demuestra: un civil neutral puesto a vivir en medio de una tropa o de un grupo armado cualquiera terminará sintiéndose parte de la causa defendida por la fuerza bélica en la cual se ha insertado. Ya está sucediendo con los compradores de libros, los supuestos lectores directos o sus mediadores que —obligados ante la convivencia que el mercado impone a las publicaciones—  deben elegir entre “los libros que muerden” [10] —como define la argentina Sandra Comino a los libros que luchan, piensan y hacen pensar, incomodan con sus historias y las defienden— y  los libros chatarra, convertidos en celebridades para lograr lo opuesto, para hacernos creer que esta galaxia ya no se dirige a Sirio, sino al consumo indiscriminado, devorador y salvaje: antropófago.

En la intencionada, bien pensada y ordenada mezcolanza que el mercado designa, los compradores se pierden y, en la confusión, ya no pueden discernir quién es cuál, ni cuál es quién y compran lo que les venden. “Confunde y vencerás” puede rezar el refrán, pero también, “guerra avisada no mata soldado”.

Conviene saber que en esos textos fraudulentos, la palabra ahíta de connotación, de altura de vuelo estremecedor y de misterio profundo, la palabra que define a la literatura y la sostiene: la que requiere de una conversación entre dos o más voces, de un parte y parte y de un aparte, de un compartir, se traiciona y deviene irresponsable mimetismo, correlato vertiginoso de acciones, ilusión de descripciones, elusión de lo verdaderamente poético, narrativo, literario.

Sin embargo, lo que nos inquieta y ocupa no es tan simple. La industria del entretenimiento no siempre vende sus productos diseñados para desviar la atención de una oferta de calidad, ni pretende incapacitar nuestro pensamiento crítico —base y sostén de nuestro sistema de valoración, sin el cual no podríamos realizar la selección adecuada a nuestras verdaderas necesidades e intereses— de manera tan abierta y descubierta. Sabe que todavía todos no somos tan tontos.

Por  el contrario, prefiere anunciar que su propósito es generoso, que lo que pretende es ayudarnos a que nuestra vida cotidiana sea menos tensa, más llevadera y, por eso, nos propone divertirnos, recrearnos para que aliviemos nuestro ánimo conturbado jugando y hasta  “leyendo”. Cualquier parecido con el aluvión de libros definidos como de autoayuda que inundan las librerías es pura coincidencia.

La tabla de salvación de una situación semejante no está precisamente en las campañas de promoción, animación o fomento de la lectura. El arma necesaria  y no silenciosa —porque la guerra no es tranquila— es nuestro cotidiano compromiso por desarrollar la  capacidad de pensar con cabeza propia y nuestro derecho a elegir, virtud humana por excelencia. Si lo que quieren es distraernos para devorarnos, estemos alertas.

La literatura es única y diversa; pero cada individuo elige la suya y cuando lo hace, se define en y por ella. Si un adulto cualquiera tropieza en los estantes con Crimen y castigo y lo compra, y lo lee, y no tiembla de pavor ante el susto de sospecharse un testigo comprometido con la sangrienta sucesión de los hechos, puede ser que de niño le hubiéramos dado a leer mucho gato por liebre, violando a mansalva, en nombre de no se sabe cuántos pretextos nobles, ignorantes o interesados, la advertencia martiana, de que a los niños hay que decirles la verdad para que después no les salga la vida equivocada. 

Quién sabe si cuando este lector conoció a Caperucita le pareció boba  y cuando supo de Cenicienta la sintió servil, pero como los adultos, que nunca se equivocan, se las sirvieron en bandeja de plata, aceptaron “el plato” sin chistar; pero después, cuando crecieron, se desentendieron de la una y de la otra. Ahora, la lectura no les dice mucho y la literatura, tan poco que ni la buscan, ni pueden reconocerla. Mientras otros, aunque decepcionados también de la fiesta adulta que les impusieron, cuando crecieron decidieron armarse la suya y en ella encontraron el propósito de leer literatura y saben dónde está y cómo encontrarla.

Entonces, ¿libros sin órdenes? Muy brevemente, les ruego que me acompañen en el inocente recorrido de una madre que entra con su  hija de diez o 12  años —¿más? ¿menos?—, a una de esas megalibrerías rutilantes de las que hablábamos antes; se dirige, cómo si no, al área de los libros infantiles; la niña se adelanta y toma en sus manos un libro casi perdido en el estante, muy pequeño, discretamente diseñado, sin ilustraciones, con un título raro: Solgo.

¿Mamá, qué es Solgo?  —pregunta—

La madre se inquieta… le responde con desdén.

—Solgo debe ser una planta, un cereal de esos que anuncian ahora para adelgazar —y tajante—, este libro no es para ti.

La niña la mira con cierto desconsuelo. Insatisfecha con la respuesta lo deja en su lugar, mientras Solgo, en su edición exquisitamente iluminada  escucha en otra zona del estante; pero en medio de tantos profusamente iluminados como él, la niña no lo ve y su madre tampoco. Tampoco ven  a su autora, María Teresa Andruetto.

Ahora la niña tropieza con otro título enloquecedor: Rabo de estrella y otras historias locas de Nilma Lacerda.

—Mamá —exclama la niña entusiasmada—un libro que habla de que las estrellas tienen rabo y de que las historias son locas.

La madre toma el libro en sus manos, lo abre, ve una de las ilustraciones y lo cierra con cierta premura, casi violentamente:

—Hija, las estrellas no tienen rabo y para historias locas ya tenemos con las de tu padre y mira, esto no es una ilustración, este libro no es para ti…

Y masculla bajito:

—¡Qué ilustraciones tan raras y en blanco y negro! ¡Sin colores!

La niña la mira resignadamente. No le responde pero se adelanta hasta el estante contiguo y descubre un libro todo rayado en blanco y azul, lo toma y lee El niño con el piyama de rayas.

—Mira, mamá, este libro habla de un niño, este sí es para mí.

La madre la mira, le parece insustancial el título y le pregunta:               

—¿De dónde lo tomaste? 

—De  allí —señala la niña.

—Ya sabía yo que no era del estante de los libros infantiles. Este libro no es para ti.

Y masculla otra vez:

—¿Y habrá gente que se lea un libro con un título tan tonto?

De inmediato, sus ojos descubren Cenicienta, por supuesto en el estante que le corresponde, en el de los libros infantiles, destelleante.

—¡Aquí tienes! ¡Mira qué hermosura de traje y esos ojos azules, preciosos! ¡Si hasta parece que ya están diciendo que sabe que el príncipe vendrá a salvarla de su pobreza!.

La madre está eufórica.

—Pero, mamá, si ya me lo he leído: si tengo como cuatro cenicientas en casa.

—Sí, pero ninguna como esta, fíjate, fíjate en los colores —y lo abre— y el Príncipe —suspira— ¡qué porte!

La niña toma el libro con desgano y lo guarda en su cartera de la escuela. Y salen mientras la niña piensa y piensa y piensa…

Les pido que cierren por un instante los ojos y traten de recordar cada  detalle de esta breve descripción… Ahora, por favor, ábranlos e imaginen que esta niña es Emily Dickinson, la misma  que muchos años después escribiría:
 

       No hay Fragata como un libro

       Para llevarnos a lejanas Tierras

       Ni  Corcel como una Página

       De corveteante  Poesía—

       Esta Ruta pudieran recorrer los más pobres

       Sin la presión del Peaje—

       Qué frugal es la Carroza

       Que conduce el alma Humana. [11]

 

Notas:
1. Emily Dickinson, The Complete Poems of Emily Dickinson, ed. by Thomas H. Johnson, Liltle, Brown and Company, 1960. Poema No.371.  Traducción del original en inglés para este ensayo por Isabel Serrano León. 
2. Susan George, The Lugano Report: On Preserving Capitalism in the Twenty-first Century, publicado en Cuba como Informe Lugano por la Editorial Ciencias Sociales del Instituto Cubano del Libro, La Habana, 2002, pp. 37-38.
3. Santiago Alba Rico, Capitalismo y Nihilismo. Dialéctica del hambre y la mirada, Editorial Ciencias Sociales, 2011 y Ruth Casa Editorial, 2011.pág.32
4. José Saramago, “No sabía que fuera necesario”, en El equipaje del viajero.  Universidad Nacional Autónoma de México, 1994, p. 43
5. El siguiente documento, fechado de mayo de 1979, ha sido encontrado el 7 de julio de 1986 en una fotocopiadora IBM comprada en una subasta de material militar. Negligencia o fuga intencional, este documento ha estado en posesión de los servicios secretos de la US Navy. En el documento, por seguridad, no figura la firma de la organización de donde proviene, pero recortes de informaciones y fechas dejan suponer que se trata del Grupo de Bildergerg, un "club de reflexión" que reúne personas extremadamente poderosas de los mundos de las finanzas, de la economía, de la política, de las fuerzas armadas y de los servicios secretos. Fue publicado en anexo en el libro Behold a pale horse, de William Cooper,  por Light Technology Publishing, en 1991:
TOP SECRET
Silent weapons for quiet wars  (Armas silenciosas para Guerras tranquilas)
An introductory programming manual (Manual introductorio en programación)
Operations Research Technical Manual TM-SW7905.1 ww.ddooff.org/artículos/textos  / Noam  Chomsky/
Este es el documento que esencialmente sirvió a de base Noam Chomsky.
para la elaboración de 10 estrategias de manipulación mediática
6. Fernando Cruz Kronfly, “La casa, el destino y la crisis como fuentes de lectura.  En: La derrota de la luzEnsayos sobre modernidad, contemporaneidad y cultura, Editorial Universidad del Valle, Cali, Colombia, 2007, pág.104.
7. Nilma Lacerda, “¿Una asignatura en la escuela, la literatura?”  Conferencia impartida el 24 de abril de 2012, en la 25  Feria Internacional del libro de Bogotá. Colombia.
8. Carlos Marx, Contribución a la crítica de la Economía Política, Editorial Pueblo y Educación, La Habana, 1973, pág.247
9. Mc Neal, James U, Marketing de productos para niños, Editorial Granica, Barcelona, 1993, pág. 17
10. Sandra Comino, “En busca del libro que muerda”.  Conferencia dictada en el Congreso Internacional Lectura 99: para leer el XXI y publicada por la Editorial La Bohemia Buenos Aires, 2009.pag. 21.
11. Emily Dickinson, The Complete Poems of Emily Dickinson, ed. by Thomas H. Johnson, Liltle  Brown and Company, 1960. Poema No.1,263.  Traducción del original en inglés para este ensayo por Isabel Serrano León.

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