Leer es una ventana

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba

No sé bien por qué, pero desde siempre, los libros se me han antojado una ventana, precisamente aquella ventana que se me abre insidiosa y promisoria y me hace mirar allá adentro de ellos de manera constante y reiterada, esperando —o no esperando, quién sabe— encontrar algo diferente cada vez que me asomo a ella como espacio de infinitud y sorpresa.

El libro me inspira libertad.

La ventana me da libertad.

Libro-Libertad-Ventana.

Enjundiosa combinación de palabras de significados contrastantes, pero, de alguna manera, tan relacionados entre sí por un algo raro, que aún no soy capaz de definir ni comprender.

Tuve una infancia llena de libros y de ventanas. De ventanas que se me cerraban al aire, a las voces provenientes de la calle, al susurro de amigos invitándome a escapar ventana o puerta afuera para irme a jugar.

Una infancia llena de libros que, como ventanas, se me abrían sugerentes y amigos. De libros que eran el entretenimiento, la aventura y el inigualable placer de jugar a ser uno y muchos personajes a la vez.

Me recuerdo, tantas madrugadas de largos desvelos huyendo al asma que se llevaba mis energías, atisbando esperanzado ventana afuera, esperando que llegara mi salvador: un idealizado padre siempre ausente, que yo concebía sobre un carro de color rojizo y con unos tabacos enormes pintados en los laterales. No sé por qué esa imagen curiosa me persigue siempre, quizá un día, un instante sublime y mágico, él sí llegó, y el verlo descender de aquel vehículo me marcara para siempre jamás.

He preguntado por este vehículo alargado y nadie en la familia me supo dar razones reales de él, de ahí puedo intuir que fue algo imaginado o redescubierto en otra dimensión adonde cada vez se escapaba mi sueño en pos de ese presente siempre ausente o de ese ausente siempre presente que era la figura paterna de mi infancia.

Entonces, cuando se cerraban las ventanas de mi cuarto y las de mi imaginación ante la certeza triste de que tampoco hoy… “¿vendrá papá Quiqui?”, para mí no quedaba otro camino que abrir las ventanas de los libros, esas inefables ventanas que permitían escapar de mi mundo e irme mucho más allá, bien lejos en distancias o tiempos.

Los recuerdo apiñados unos sobre otros encima de una silla temblequeante tapizada de rosado, que se encontraba en un rincón del cuarto de mi madre, que yo compartía con ella por entonces. De allí los iba tomando y quedaban dispersos en la, para mí, enorme cama matrimonial donde me pasaba muchas horas al día, a veces desvelado, aletargado a veces por tantas pastillas y potingues que me daban para aliviar mi asma.

En realidad, inicialmente veía las letras, pero no sabía leer lo que ellas trataban de decirme. Pero, poco a poco, las iba conociendo. Me las imaginaba trazando caminos hacia las palabras, los sentimientos y emociones, desconocidas ideas que quizá ya jugara a imaginar.

Las ilustraciones sí que eran harto expresivas, diría que impresionantes. ¡Qué curioso efecto me producía ver aquellas imágenes tan raras y poco habituales en el cotidiano de un niño habitante de un pueblo costero de pescadores submarinos o de personas que, atravesando el mar siempre encrespado del norte, jugaban a trocar su suerte por una mejor!

Eran imágenes llenas de misterio, pues de alguna manera yo intuía que provenían del mundo real; pero tras ellas se apreciaba la mirada de un artista que lo veía todo con ojos diferentes.

Crecí con libros de editoriales españolas sobre mis rodillas pues, a la sazón, mi madre era bibliotecaria de un sitio encantado al que llegaban todos esos libros: Aguilar, Doncel, Timun Mas, Molino, Juventud, Noguer…

Había desde imágenes bíblicas hasta de caballeros medievales. Vi mucho antes la figura esbelta y romántica del caballero Roldán de Roncesvalles, incluso sin saber quién era en realidad. El anciano venerable, que luego se convirtió en Carlomagno, me impresionaba por su rostro bondadoso aunque severo.

En las leyendas italianas o los cuentos de ogros descubrí el terror subyacente ante esos personajes homicidas que, al estilo de Barbazul, pueblan la literatura infantil universal clásica y que tanto delicioso sobresalto son capaces de producir en los niños voraces de conocimiento como el que alguna vez fui.

Me extasiaba con la leyenda de Sakuntala o la muerte del niño Muni del volumen Flor de leyendas, de Alejandro Casona que aún conservo, o todos aquellos cuentos ilustrados de Las mil y una noches árabes.

Era tan maravilloso y vasto, tan desconcertante el mundo de imágenes que ofrecían los libros…

No había leído Alicia en el País de las Maravillas, pero dijérase que le hacía honor a sus deseos de pedir un libro donde, eso sí, hubiera muchas, muchas imágenes.

Pero retorno a mi ventana de la infancia, a la real, no a la imaginaria que se me abría en tantos libros diferentes.

Por ella aprendí a leer en el rostro de la gente. Lo cual es bien difícil si se mira bien, pues todo el tiempo, la gente anda tratando de ocultarle a los demás, su verdadero rostro…

Esa lectura —no lo sabía entonces, jamás lo hubiera podido imaginar siquiera— me iba a servir mucho tiempo después.

Todo el mundo tiene un rostro que va gritando sus verdades.

Un rostro frío e indiferente que trata de volverse cálido precisamente ante la persona que más le hace sufrir.

Un rostro esperanzado al amanecer.

Un rostro que se apaga de agotamiento cuando anochece.

Un rostro sonriente que se va acordando de sus propios pensamientos.

Un rostro que se ilumina cuando ve aparecer a otro bien cerca.

Rostros de furia.

Rostros de encanto.

Rostros de curiosidad.

Caras de asombro.

Miradas inquisitivas.

El rostro que da el soñar y soñar sin que jamás lo soñado se haga realidad.

¡Tanto podía ver desde mi ventana!

De tanto ver y ver, sabía hasta cuándo llegaba o se iba la gente del barrio.

Imaginaba sus pasos allá lejos, a solo una cuadra de distancia o los imaginaba perdidos en un remoto paraje que me inventaba para ellos, según su rostro me dijera cuáles eran sus sueños o aspiraciones.

Leer en el rostro de la gente siempre me fue muy útil y es una ciencia que nunca me arrepentiré de haber ejercitado.

Es, en definitiva, la lectura que más enseña a vivir y a entendernos con los demás, con todos aquellos que nos tropezaremos alguna vez en nuestra vida peregrina e insospechada…

Por eso las ventanas siempre me recuerdan a la lectura.

Y la lectura ha sido para mí una de las mayores ventanas que alguna vez me he atrevido a cruzar.

La lectura es mi ventana al ayer.

Mi ventana al hoy.

Mi ventana al futuro.

Mi ventana hacia los demás.

Mi ventana hacia mí.

Mi ventana hacia los sueños.

Mi ventana hacia los misterios.

Mi ventana hacia mi alma, siempre insondable y misteriosa, como el mayor enigma de la humanidad…

¿La lectura: muro o ventana?

La gente suele ver a los muros como una pared divisoria, algo que limita y confina, que impide recorrer el derrotero que se busca seguir o se espera encontrar: pero nunca he podido adjudicarles a los muros la propiedad de freno o de contén, sino más bien de espacio aleatorio o de libertad infinita. Trataré de explicarlo…

En la infancia, los muros fueron para mí como las ventanas, las puertas o aquel puente que se abría hacia un más allá promisorio y desconocido, a veces impensado y hasta posiblemente sublime.

Mi casa, que entonces me resultaba tan enorme, aunque no tan ajena como el mundo, estaba rodeada por muros. Muros para crecer y muros para soñar.

Muros para treparme o escalar hacia dimensiones impensadas o imposibles en apariencia.

Un muro ancho, al frente, mirando hacia la calle, por el que, pese a las protestas de mis abuelos, a veces caminaba como si de un puente infinito se tratara. Estaba dividido por dos verjas de madera que ya hoy no existen, siquiera en mi recuerdo, y cuando por ellas proseguía mi marcha, casi de cuerda floja, el susto y la tensión me hacían sentir como un caballero triunfante en verdad.

Había otro muro al fondo de la casa, casi cubierto por los arbustos del manto verde. Y estaban los muros colindantes con mis vecinos. Esos, claro está, que eran los más interesantes y prometedores.

De acuerdo a como me ubicara, si de frente o de espaldas a la casa, quedaban aquellos muros que a tramos culminaban en unas pequeñas torrecillas con forma de pirámides.

A veces, trepaba a ellas al antojárseme ser un faraón, un caballero andante, el escudero de un rey o un trapecista sobre su cuerda floja. Pero eso sucedería mucho después, cuando ya los libros apenas guardaban secretos para mí.

Un día, mirando a través de un muro, descubrí a quien se convertiría en una de las personas más importantes de mi vida y de mis lecturas. Esa persona fue una de mis mayores ventanas al hábito de leer. Una ventana que siempre estuvo abierta y que, en alguna medida, aunque el Tiempo implacable ha dejado su huella sobre nosotros, todavía siento como si ahí estuviera, siempre sugerente frente a mí.

Se llamaba Maritza y era apenas cinco años mayor que yo, que a la sazón tendría cuatro y casi comenzaba a ejercitarme en la ciencia oscura y magnífica de adivinar el mundo.

Si de veras se da algo llamado “química” entre los seres humanos, eso fue lo que siempre existió entre Maritza y yo, desde el primer día, cuando ambos apenas nos atisbamos entre un árbol de marpacíficos rojos, a través de aquel muro, hasta el día en que, sin yo saberlo, se estaba despidiendo de mí al darme su último adiós.

Maritza era un ser lleno de amor, de dulzura y buenos sentimientos. Pero también de muchas lecturas. Devoraba libros infatigablemente y fue la primera en contagiarme eso que luego se convirtió en una práctica cotidiana para mí y que más tarde sería un vicio, una vocación y hasta un oficio de muchos años y placer.

Sus lecturas eran indiscriminadas como inicialmente lo fueron las mías; pero en mi caso procedía de un ambiente libresco, por mi abuelo periodista, mi madre bibliotecaria, varios tíos artistas y una abuela muy aficionada a escuchar historias.

En Maritza la lectura fue un mérito, una vocación de crecimiento espiritual y humano, pues nadie entre los suyos era aficionado a leer algo, si acaso un periódico.

Con ella, fui de la mano a la biblioteca Frank País de Santa Fe. Ella me descubrió los mejores libros en los anaqueles más especiales, apartados y misteriosos, ocultos tras un recodo entre las sombras, apenas manoseados por los otros lectores que, en ocasiones, se convertían en depredadores de páginas que cruel e inescrupulosamente eran arrancadas para hacer algún trabajo escolar.

No sé de qué manera, pero Maritza me hizo formar una vocación por el misterio, no solamente los libros de misterio y horror que me enseñó a amar con verdadera pasión, sino el misterio que entraña en sí mismo el acto placentero e irrepetible de leer.

Creo recordar que, con los años, pese a haberme dedicado a la literatura y ser yo quien le recomendara infinidad de obras y autores de toda laya, nunca perdí la costumbre de volver a ella para que me diera su criterio sobre algo que ya ambos habíamos leído. Tampoco puedo intuir de qué modo mágico, ella siempre encontraba algo que recomendarme, un libro que, increíblemente, se había escapado a mi devoradora sed de investigador nato, de aventurero tras páginas y páginas que, cual navegante solitario, siempre he buscado en mi vida de lector…

Mis lecturas nunca podían ser iguales si me faltaba el juicio de mi hermana espiritual, quien siempre, con esa dulzura proverbial, me iba llevando de la mano por los más intrincados derroteros del libro más simple.

Maritza solía leer a toda hora, incluso mientras estaba sentada comiendo. Sus ojos no se apartaban de aquellas páginas y la comida era revuelta y revuelta por un tenedor que parecía tener vida propia.

Cuando yo no sabía leer, mientras ella fregaba los platos de su casa, solía sentarme en una banqueta de peldaños, junto a ella, allí en la cocina. El acto de fregar se le antojaba más placentero si podía compartir conmigo alguna de las historias que ese día había leído.

Así era siempre, noche por noche, durante años y años. Una cita con la lectura oral, que se efectuaba cada anochecer. El mayor premio que podían darme en el día, además de obsequiarme un buen libro para contemplar imágenes, era sentarme junto a Maritza para verla leer o escuchar sus variopintas historias, que siempre empezaban con una palabra diferente y estas preguntas suyas, como si hablara con un igual: “¿Conoces la historia de…? ¿Te has leído el cuento de…? ¿Escuchaste hablar de…?”

Cualquiera puede entender que su ausencia ha dejado en mi vida un vacío tan enorme como el misterio mismo de la lectura en sí. Ella fue capaz de demostrarme, tan solo de conocerla, que la lectura no puede ser bien aprehendida si alguien en quien confiamos mucho antes no nos la contagia con sus buenos oficios.

Este acto de compartir la lectura entre seres con una comunión filial creo que puede ser uno de los mayores secretos de la tan cacareada y estudiada promoción de la lectura. No valen guías, ni técnicas, manuales, campañas o movidas: la lectura es algo que se propaga de viva voz, por imitación, por cariño.

Cuando alguien no siente que el libro es el mejor regalo que le puedan dar o el que él mismo sea capaz de obsequiar a otro, cuando no lo ve como ese acto de comunión que puede ser igual a tomar un licor o fumarse un cigarro juntos o entablar una buena conversada, entonces no se podrá hablar de amor por la lectura.

Sin embargo, cuando, como hizo mi hermana de la infancia, presentamos al lector potencial un libro como si se tratara del mejor y más grande hallazgo, del amigo más ansiado, la chispa habrá prendido en otra persona.

Entonces, y solo entonces, el milagro de que nazca un nuevo lector al mundo será un hecho real.

Un milagro que solo es posible por el gusto, el acento, el aire especial que quien comparte la experiencia lectora ponga a esas palabras que desea compartir.

Por eso, siempre me complace recordar con especial cariño a los ya por mí idealizados muros de mi lejana infancia.

Eran muros que me enseñaron a saltar, no solo sobre el hormigón de su estructura férrea que ya hoy comienza a demolerse con el paso de los tantos años, sino que, por encima de todas las cosas, me enseñaron a saltar sobre las palabras, sobre las historias, sobre los argumentos, sobre todo ese inagotable caudal de sentimientos contradictorios y sublimes que solo la buena literatura es capaz de ofrecerle a un ser humano, mucho más si se trata de un niño curioso, tan curioso, inquisitivo e insaciable de saber más y más como ese que alguna vez yo fui...

Leer en la escuela

La primera cigüeña de la que yo escuché hablar cuando apenas contaba cinco años de edad, aparecía en este poema en un libro de lectura de la Escuela Primaria:

La cigüeña cigüeñita

sobre cien tierras voló,

tanto voló y voló

que en las alas sentía

un fuerte dolor.

Yo pregunté a la cigüeña:

¿Cuál es la tierra mejor?

—La tierra donde se nace

—al punto me contestó.

Quizá en aquel poema de Dora Alonso, que emocionado tantas veces deletreé cuando daba mis primeros pasos como lector, se hallara muy secretamente escondido el germen de mi historia como escritor. No lo podría afirmar, pero tampoco lo dudo.

Yo era un niño sobreprotegido que, lógicamente, le tenía verdadero pavor a la escuela. Como me crié entre unos viejos abuelos, una madre que trabajaba el día entero, un tío que lo mismo se encerraba a componer canciones que luego desgranaba en el piano de casa, o se iba a nadar brazas y brazas de mares profundos, pues no era un niño muy habituado a alternar con los de mi edad u otras personas, solo compartía mis horas con los libros como ya he contado.

Mis amiguitos de la infancia fueron muy esporádicos, más bien llegaban si sus familias se avenían a las relaciones de la mía, muy exigente por demás. Por tanto, me aburría jugando solo entre animales: lagartijas, gatos domésticos o medios salvajes que pululaban por el barrio, las gallinas del vecino o la criatura viva que ante mí apareciera…

Los juguetes solían aburrirme. Prefería modelar en plastilina. Los juguetes eran objetos fríos, a los que no se les podía hacer transformación alguna, salvo para romperlos con el consiguiente regaño de que “tiras el dinero de tu pobre madre que todo el día se mata trabajando para mantenerte”. En cambio, la plastilina me brindaba infinitas posibilidades creativas y las figuras que con ella modelaba significaban lo mejor para matar la soledad y el aburrimiento.

No obstante, pese a todas mis prevenciones infantiles, un día fui a la escuela y también otro y otro más. El preescolar significó un castigo, pues recuerdo a una maestra de pelos alborotados que, como una gallina grifa, se pasaba la mañana entera gritando desenfrenada. Además, el asma hacía estragos en mí y solía faltar semanas enteras, por lo que al regreso, me sentía más inadaptado aún que el primer día y, como fuera de lugar, al no entender de qué se estaba hablando en clase. Hay una imagen imborrable de mi infancia y es estar en el soleado patio de mi primera escuela, a punto de desmayarme y venir una maestra y comenzar a quitarme, ante el asombro de cuantas personas nos rodeaban, abrigos y más abrigos que me asfixiaban.

A la escuela iba, como podrá suponerse, de la mano de mi hermana de crianza Maritza, quien a la sazón estaba en cuarto o quinto grado. Pero, pese a todo, conseguí pasar de año y comencé el primer grado en aquella escuela primaria que se miraba frente al mar, casi llegando al último recodo de mi pueblo de crianza: Santa Fe.

En el aula de primer grado conocí a quien todavía considero una de las personas más importantes de mi vida, sobre todo por la influencia que ejerció en mí como posible lector. Esa persona se llamaba Rudy Canelles Vigo. Es un nombre que he grabado con amor en mi memoria y que creo recordaré siempre. Entonces, se me antojaba una joven muy alta con un uniforme de los que en la época usaban las maestras estudiantes, llamadas Makarenko[1], por el conocido pedagogo ruso.

No sé qué encontró Rudy en mí, pero al instante supo que yo era uno de sus mejores candidatos para aprender las primeras letras, y la química que de día se daba entre nosotros solo era comparable a la que Maritza me brindaba cada anochecer.

Rudy me hizo descubrir el valor de una letra, de una palabra, de una oración, de un párrafo, el leer una letra, una palabra, transcribir mentalmente una idea que, antes —mucho antes quizá— alguien escribió sin pensar siquiera en su posible lector, sin atreverse a imaginar que un niño asmático alguna vez iba a hacer suyas esas palabras y repetirlas en una vieja escuela, en brazos de una maestra makarenko a la orilla de una playa: ese es el gran secreto de la lectura, una experiencia de comunión y no otra cosa diferente.

Rudy iba conmigo en brazos, de aula en aula, exhibiéndome con su exuberante juventud, alegría e iniciativa, como el más preciado trofeo de la guerra. En realidad, esas jóvenes libraban una guerra contra el analfabetismo y la incultura en el país y cada personita que aprendiera a leer por entonces, podría significar en el futuro un guerrero más en el combate por las palabras.

Ahora que lo escribo, reflexiono en que sí, resulta incalculable la trascendencia infinita que en una persona cualquiera puede entrañar el sublime acto de que nos enseñen a leer: Rudy me armó Caballero con su palabra precisa, sus acentos, sus recomendaciones que ya no puedo recordar, pero que para mí significaron el acercarme a un mundo que no conocía y del que no he sido capaz de alejarme nunca más.

De su mano me convertí en el valeroso espadachín capaz de salvar a la doncella prisionera en la torre del dragón, en el enanito que puede derrotar a un ogro cruel, en el jinete que vuela cielos sobre su corcel, en el capitán del barco a Nunca Jamás, en el niño que crece para afuera y para adentro, pero sabiendo que crecer nunca puede significar la pérdida de los mejores tesoros que se nos dan en la infancia: ser auténtico, libre, emprendedor, crédulo, confiado, soñador. Por más que la vida nos golpee, vale la pena no abandonar esas cualidades innatas en cualquier ser humano. Vale la pena no perderlas para no enfermarnos del alma para siempre.

Y fue con Rudy Canelles Vigo que me aprendí, ya para siempre, el poema de Dora Alonso —a quien conocería muchos años después y con quien tuve muchas ocasiones de hablar y compartir experiencias— ese hermoso y sencillo poema que habla de una cigüeña que jamás renuncia a su tierra, una cigüeñita que, por más que vuele y vuele sobre el mundo y vea paisajes diferentes, siempre decide regresar a su esencia.

Creo que si en todas las escuelas del mundo hubiera maestras como esa Rudy que la imagen de mi recuerdo agradecido tienda quizá a idealizar un poco, existirían muchos auténticos lectores en el planeta. Lectores que, como yo, desde muy niños se sintieron armados de la palabra para crecer, de la palabra para avanzar, de la palabra pasa soñar, de la palabra, en definitiva: para vivir…


Notas:
[1] Se refiere a Antón Semiónovich Makarenko (Bilopol, 1888-Moscú, 1939) Pedagogo ruso. Su pedagogía se aplicó en Cuba en los años sesenta.
 

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