Leer, ¿hoy como ayer?

Leticia Rodríguez Pérez • La Habana, Cuba

La magia de los congresos de Lectura —que desde 1999 nos envuelven por varios días en La Habana—, produce en mí efectos muy especiales.

Y no es que en cada ocasión, del gran sombrero del mágico evento surjan nuevas palomas sino que cada vez imagino un sombrero diferente, lleno de preguntas que responder o que inventar. Pero lo más curioso es que siempre, de manera increíble, aparecen dos preguntas con nuevas y nuevas respuestas: ¿por qué es posible que el tema de la lectura no se agote jamás?; ¿es imaginable un mundo sin libros, sin un libro en cualquiera de sus soportes?

Imagen: La Jiribilla

Esto pude constatarlo mientras trabajaba en la preparación de Leer en el siglo XXI, resultado de un trabajo investigativo de la Cátedra latinoamericana y caribeña de lectura y escritura del Comité cubano del IBBY.

La elaboración del libro, el primero de la Colección Crítica que la editorial Gente Nueva ha puesto a la disposición del público a partir del año 2012, me permitió ver la utilidad creciente del estudio que venía realizando en cuanto a las ponencias ofrecidas en Para leer el XXI, nuestros eventos de Lectura.

Al releer los trabajos presentados desde 1999, salta a la vista que las disímiles variaciones del mundo del lector están presentes —¡y de qué manera!— en el conjunto de ellos, al igual que viejos y nuevos temas con las eternas preguntas y los últimos cuestionamientos.

Surgió así la idea de repensar la lectura como el decurso de un conjunto de ideas que se reiteran, desaparecen, reaparecen…

He aquí, sintetizadas, algunas de esas ideas:

  1. La perspicaz mirada que descubre un concepto de lectura cada vez más abarcador y menos restrictivo, en el que el lector ensancha y multiplica su papel.

Hasta hace no muchas décadas, los dos polos del acto de leer —el que lee y lo que lee— estaban bien deslindados a partir de la prioridad del texto sobre el lector. Hoy, la realidad es bien diferente; de ahí mi insistencia en señalar que leer es un proceso activo que relaciona de manera muy especial a un lector con un texto dado. Y subrayo “de manera muy especial”. Y hablo ex profeso de un lector y de un texto; no cualquier lector, no cualquier texto.

Cuando el estadounidense Ezra Pound advierte que la literatura no es más que lenguaje cargado de sentido en el mayor grado  posible, está señalando —implícitamente— las diferencias entre los lectores e incluso entre los mismos lectores en diferentes momentos de la vida. ¿No somos nosotros nuevos lectores cuando tomamos el mismo ejemplar pasados los años? ¿O cuando lo dejamos dormido en nuestro recuerdo? Esto es, tal vez, lo que nos insinúa Eduardo Galeano cuando nos habla de Lucía, la niña que leyó una novela a escondidas:

Lucía no ha vuelto a leer ese libro. Ya no lo reconocería. Tanto le ha crecido adentro que ahora es otro, ahora es suyo. [1]

Pero no solo el lector se hace otro para cada momento de la lectura de un libro. Es que también se multiplica ante las diferentes lecturas. ¿Es igual la disposición de un mismo lector ante la novela, el cuento, el drama, ¡la poesía!? Por supuesto que no. A esto alude  con notable agudeza la dominicana —y cubana— Camila Henríquez Ureña en las conferencias que dictara en la década de los 60 a un grupo de profesores y recogidas en un libro de obligada consulta, Invitación a la lectura.

La extraordinaria profesora y ensayista cubana Beatriz Maggi emplea un término que refleja lo que hemos venido diciendo: “el siglo del lector”. Y como a ella la acompaña el indiscutible aval de haber formado a generaciones de lectores no solo expertos sino sensibles, escuchemos lo que nos argumenta —con apasionada fuerza— en el prólogo de su libro de ensayos, El pequeño drama de la lectura:

(…) De la inevitable tensión que se produce entre               ese yo que se autodepone —mas subsiste integérrimo— y el libro, tal cual lo concibió el autor, sale la lectura opulenta, “sabrosa”, pero también fresca y propia del siglo del lector. Es una tensión fecundante y la proponemos con preferencia a aquella otra en que el lector, soberbio, se mira a su ombligo. Nos parece que la verdadera emulsión, la lectura madura, se obtiene en esa dramática tensión. El cazador es cazador porque busca cobrar la pieza; si se tiende (¡distiende!) bajo la yagruma, abandona su esencia de cazador. En la lasitud de una lectura en que no se dé una honesta persecución del autor (que no puede, honestamente, triunfar del todo tampoco), se desvanecen la cacería y el cazador. En tal caso, la opción ideal (si no “están verdes…”) es convertirse en FIERA.[2]

Pero, cuidado, que no pueden desestimarse al autor y su libro —eso se apunta con claridad en la expresión que he destacado—. Así lo trasmitía Beatriz Maggi desde su peculiar forma de enseñar, la maggística, como la nombré hace un tiempo en un artículo que pretendía desentrañar el misterio de su método —no método, diría ella en una entrevista posterior.

La fuerza de ese binomio —lector y autor; lector y libro— aflora en la conferencia impartida en el año 2009, “Lectura y movimiento: leer deja marcas en el cuerpo”, de la argentina Ángela Pradelli, quien con su peculiar estilo nos recuerda que leer es un movimiento, una inquietud; que el lector tiene un cuerpo y la lectura, también.

Lector listo para ganar la presa en la cacería que supone toda lectura. Lector preparado para devorar el libro a su alcance, como nos revela en su singular conferencia de 1999 la argentina Sandra Comino, “¿Leer qué en el siglo XXI? En busca del libro que muerda”, recordatorio sagaz del poder del libro: “Cuando un libro muerde, se comienza a pensar y eso es peligroso para los que creen que los libros no muerden”. [3]

Pero volvamos al lector y su hegemonía. ¿No nos dice Umberto Eco que “el texto está plagado de espacios en blanco, intersticios que hay que rellenar”? [4]

Hoy el lector es coautor, copartícipe, cómplice, antagonista o no de los deseos del autor. Algo, por cierto, que ya barruntaba ese lector empedernido que fue Miguel de Cervantes y Saavedra. Carlos Fuentes, en su discurso de agradecimiento al recibir el Premio Cervantes en 1988, lo reconoce así:

La información moderna, el privilegio pero también la carga de la mirada plural, nacen en el momento en que Sancho le dice a Don Quijote lo que el Bachiller Simón Carrasco le dijo a Sancho: estamos siendo escritos. Estamos siendo leídos. Estamos siendo vistos. Carecemos de impunidad pero también de soledad. Nos rodea la mirada del otro. Somos un proyecto del otro. No hemos terminado nuestra aventura. No la terminaremos mientras seamos objeto de la lectura, de la imaginación, acaso del deseo de los demás. No moriremos —Quijote, Sancho— mientras exista un lector que abra nuestro libro. [5]

Pero el lector ha cambiado y necesita seguir cambiando. En uno de los trabajos  presentados en el evento de Lectura del año 2011, “Los desafíos del lector postmoderno. Hacia una tipología de los lectores desde el escritor”, el cubano José Alberto López Díaz argumenta con notable pericia la necesidad de un nuevo modelo de lector acorde con lo que exige la literatura postmoderna.  He aquí la pregunta que nos lanza:

(…) ¿podría el lector seguir leyendo a Joyce, Proust, Faulkner o a Hemingway; enfrentar la dramaturgia de Samuel Beckett, de Eugene Ionesco o de Arthur Miller, o la poesía experimental de la vanguardia literaria del siglo XX desde la posición en que lo colocaba la novelística de Balzac? [6]

Los notables ensayistas Fernando Cruz y Luis Álvarez, colombiano el primero y cubano el segundo, han aportado en los diferentes congresos de Lectura miradas muy esclarecedoras acerca del libro contemporáneo y su correspondiente lector. En el año 2009, Fernando Cruz presentó “La aldea encantada”, enjundioso trabajo que penetra con sagacidad en el universo mágico de Cien años de soledad. Por su parte, en el año 2011 Luis Álvarez nos regaló “Alejo Carpentier, reivindicación de la lectura”; en él se detiene en uno de los grandes de la cultura cubana y en sus concepciones, de total vigencia, acerca del libro y la lectura.    

Tampoco ha faltado, en esta ojeada por los congresos de Lectura, la visión inquietante de lo que significa leer. Así lo expresa en su original trabajo del año 2009 el cubano Nelson Víctor Román Milián. En “Leer de la oscuridad: el Ojo Criminalista”, su autor penetra en lo que significa ese leer de la oscuridad de las cosas y, sobre todo, “de la oscuridad reinante en el alma sórdida de algunos seres humanos”. [7]

Las ideas que hemos expuesto en cuanto a los conceptos de lectura y el destacado papel del lector también se han visto reflejadas en el libro Lecturas y lectores (en proceso de edición), segunda entrega de la Cátedra Latinoamericana y Caribeña de Lectura y Escritura del Comité cubano del IBBY para la Colección Crítica de la editorial Gente Nueva. 

Uno de los capítulos de ese libro, “¿Qué ha sido para Ud. leer?”, recoge las 17 entrevistas realizadas durante una de las secciones, de igual nombre, del curso televisivo Lectura y comprensión que, como parte de los programas de Universidad para todos, se impartió entre los años 2010 y 2011.

Los entrevistados, hombres y mujeres de diversas edades y ocupaciones ofrecieron su visión resumida de lo que para cada uno ha sido la lectura; cómo llegaron a cautivarse con ella; quiénes o qué guiaron sus primeros pasos en estos afanes; cuáles son sus preferencias a la hora de leer… Fueron muchas las coincidencias.

De esas entrevistas emergió con fuerza un concepto liberador de la lectura, ligado con fuerza a la esencia del ser humano, muy relacionado con lo que —de acuerdo con uno de los entrevistados— Alejo Carpentier afirmaba en sus fabulosas clases en la Universidad de La Habana: “Leer es nadar en aguas profundas”.

Afirmaban esos voraces lectores que para ellos leer ha sido un viaje, una aventura; la certeza de vivir varias vidas; un refugio; un crecimiento; la posibilidad de saber, de conocer más y más; una sorpresa; la felicidad…

Lo que hemos expresado hasta ahora encuentra, tal vez, una feliz aceptación en estas palabras, extraídas de “¿Qué es leer?”, conferencia dictada en el año 2005 por la argentina Débora M. Wainschenker: “¿Para qué debería servir leer a partir de la existencia de la literatura? Para acceder a otros mundos, para comprender mejor el propio, para… En el marco que nos convoca, es hasta innecesario continuar con la lista. Pero sí es necesario el lector activo, el lector participante, el lector comprometido, el lector cómplice”. [8]                                                          

  1. La aceptación del decisivo papel de los mediadores, con un reconocimiento en ascenso del papel del bibliotecario y la insistencia en todo lo que pueden hacer el maestro y la escuela para favorecer contextos de lectura cada vez más originales.

La referencia a los mediadores exige algunas aclaraciones previas.

De manera general, se acepta que los llamados mediadores —término no siempre admitido por todos— deben favorecer que el libro, en soporte papel o en soporte digital, llegue a las manos del niño, del joven, del adulto, del recién alfabetizado…

Pero, como he argumentado en otros trabajos, no puedo evitar que, casi siempre, ese término me evoque, como expresa el diccionario, su sentido bélico, la necesidad de interposición para lograr conciliación y amistad.

Y es que la efectividad de los mediadores depende de muchas acciones concretas que es imprescindible realizar, con inagotable paciencia, para que su labor logre los efectos deseados.

Los últimos congresos de Lectura, Para Leer el XXI y, sobre todo, el del año 2011, han visto crecer significativamente el interés por destacar el papel de un mediador muy especial, el bibliotecario, y la validez de sus acciones, siempre que se conciban y ejecuten con esmero. De manera particular, los autores de numerosos trabajos enfatizan en la necesidad de emplear, de manera creadora, las modernas tecnologías de la información.

Esa necesidad se percibe con claridad en ponencias de lugares bien diferentes, con desiguales niveles de desarrollo, que parten de señalar la escasez de lecturas de los alumnos de los distintos niveles. ¿No nos asombró a los asistentes al congreso del 2011, escuchar a la holandesa Ingrid Bon afirmar que en su país el 42 porciento de los niños nunca leen en casa?

En el evento del 2011, la mexicana Elsa Ramírez Leyva, en “La institución bibliotecaria: una fuerza fundamental para los jóvenes lectores del siglo XXI” resume lo que significa la biblioteca de hoy:

Indudablemente, las bibliotecas del siglo XXI deben responder a comunidades que ya demandan nuevas y variadas modalidades de acceso a la información, puesto que los núcleos de lectores están dejando de ser solo locales y organizados conforme a estructuras rígidas, para tornarse conjuntos plurales, flexibles, adaptables y cambiantes, también con necesidades y prácticas lectoras más diversas que corresponden a otras necesidades derivadas de la globalidad, la diversidad cultural, la tecnología y la textualidad electrónica (…) [9]. En el título de la ponencia de la cubana Mercedes Alfonso, presentada en el año 2011, puede encontrarse la síntesis de lo expresado: “El bibliotecario escolar: un mediador insustituible”.

Todos los eventos de Lectura, sin excepción, han recogido trabajos de muy diferente extensión y alcance relacionados con lo que pueden hacer la escuela y los maestros, estos últimos reconocidos como los moderadores por excelencia. Mediadores, eso sí, que tienen que volcarse a una realidad bien diferente a la de dos décadas atrás. Hoy, se han multiplicado los mediadores y su relación con la escuela debe reflejar los tiempos que corren. Me refiero a los editores, a los libreros y, por supuesto, a los autores…

Se trata, en fin, de reiterar la necesidad de atraer, desde bien pequeños, a los lectores de ahora y del futuro.

Si sabemos que hoy ha cambiado el “orden” de los dos elementos esenciales en toda lectura: texto y lector, esto nos obliga a pensar más en las características de este, a tratar de “tipificarlo”, a realizar diagnósticos a partir de instrumentos adecuados, para saber cómo es ese lector, qué le gusta, cuándo lee… De igual forma, habría que profundizar en los sentidos del texto y en los niveles de comprensión para poder determinar, siempre hasta cierto punto, qué pondremos cerca del lector en formación.

Si el trabajo se dirige de manera inteligente no será difícil hacer sentir qué ofrece en realidad la lectura. En distintos contextos relacionados con la lectura, en Cuba y, sobre todo, en México y Venezuela, he formulado esa pregunta. Las respuestas han sido semejantes; sobre todo,  hay coincidencias en una aseveración que —con variadas formas— se repite: El que lee nunca está solo. La sensación de soledad que cerca al ser humano de hoy encuentra su antídoto en la lectura. Pero esa compañía debe también evidenciarse en actos concretos de solidaridad, propiciando que el libro se aprecie con todos los sentidos y se comparta con los demás mediante lecturas en voz alta, intercambio de opiniones, juegos de diferente tipo…

En “¿Me lo prestás para llevarlo a casa y leérselo a mi mamá?”,  ponencia presentada en el año 2011  por la uruguaya Gabriela Dreyer Fernández, su autora caracteriza gráficamente la realidad de muchos educadores de hoy. Casi al final podemos leer:

Los lectores no se encuentran con los textos en el vacío, sino siempre en situaciones históricas concretas, en determinado lugar y determinada hora del día, en determinado momento de su historia personal, en ciertas circunstancias, mediante ciertos vínculos.

La ocasión a veces no está, en ese caso habrá que crearla. La escuela tiene sus rutinas, sus tiempos y sus espacios de larga tradición. Pero si quiere dar lugar a la experiencia de la lectura personal —la que vale la pena— y permitir que se despliegue en todas sus posibilidades, deberá reservarle un lugar —en el espacio y en el tiempo— cómodo, holgado y específico; una ocasión precisa, las condiciones necesarias y un ánimo deliberado. De modo que quede claro para todos que lo que se hará en ese espacio y ese tiempo elegidos será justo eso: leer. [10]

Por supuesto, el tema de los moderadores no concluye aquí; pero podría ser de utilidad releer los mandamientos que incluye Daniel Pennac en su conocida obra Como una novela.  De su análisis puede inferirse que el pleno disfrute del que decide leer está ligado a su libertad de movimiento y a su selección —libre o inducida, ¿por qué no?— de contextos favorecedores, alejados siempre de concepciones formales y de esquematismos prejuiciosos.

También podría ser útil, como ejercicio final, completar lo más posible  esta relación de verbos que intentan expresar, tal como se recoge en no pocos trabajos debatidos en los congresos de Lectura, lo que un buen mediador puede hacer: escuchar, leer, recitar, componer, proponer, invitar, incitar, promover, animar, ayudar, esclarecer, entusiasmar…

  1. La oportuna  asociación de la lectura con la salud y la felicidad.

Pionera en nuestros congresos del tema de la impostergable relación entre lectura y salud, la brasileña Nilma Goncalves Lacerda ha recogido en varios trabajos esta  faceta poco explorada hasta hace relativamente poco tiempo;  pero con enorme fuerza hoy en día, lo que puede apreciarse fácilmente en los debates que suscita desde su inclusión entre los temas de los eventos internacionales Para Leer el XXI.

En “Diálogos entre salud y lectura. Cuando una se convierte en la otra”, Nilma Goncalves resume así la defensa de ese tema:  

La salud es un deseo al que debe dársele forma, y la forma de la salud es silenciosa, fluida. Me atrevería a delinearla como la forma de un niño leyendo. [11]

Y la chilena Cecilia Marchant Reyes, en “El libro, remedio para el alma de un niño”, ofrece una experiencia enriquecedora, dirigida a niños y jóvenes hospitalizados. Así resume su visión del tema: “Llevar un libro a un niño enfermo más que una terapia es alimentar su alma, es poner semilla de amor y esperanza en ella, es contribuir a la formación  de un ser humano bueno (…). [12]

De igual forma, el cubano Juan Ramón Montaño ha pulsado, con mucho acierto, en otras aristas del tema, como se aprecia en su exposición “Lectura y salud: en busca de la felicidad”, desarrollada especialmente para el curso televisivo Lectura y comprensión.

En el año 2009, y a partir de una relectura de El Quijote, presenté “Lectura y felicidad: un rencuentro con Don Quijote”. Me animó a ello el convencimiento de que la aproximación a ese fabuloso texto, cuya lectura es infinita, constituye una fuente de placer y felicidad para los que llegan, sin prejuicios, a una obra y a unos personajes muy mencionados, pero poco disfrutados desde la lectura creadora.

Por su parte, la cubana Emilia Gallego ofrece apasionados criterios acerca de qué es la buena lectura y cómo puede ella acercarnos a la felicidad, esa hermosa utopía de la que los seres humanos no queremos —o no podemos— desprendernos. El último párrafo de su sugerente conferencia “La cuota de felicidad que nos toca y pertenece” encierra un aviso y una petición:

De lo que se trata, entonces, es de construir cada día la imprescindible conciencia de que si la salud es equilibrio, es armonía, es paz, es también, y por derecho propio, cimiento y factor imprescindible de realización y bienestar humanos y que, siendo así, todo lo que hagamos por la salud de la lectura, que es dinámica, vida y razón de todo sistema cultural, se revertirá, como seres culturales que somos, en el logro de la cuota de felicidad que nos toca y pertenece. [13]

¿Conclusiones? 

Como es lógico suponer, estas ideas no son las únicas inferencias que pueden extraerse de los congresos que, cada dos años, se desarrollan en La Habana y que nos permiten, en cada ocasión, a viejos y nuevos amigos, amantes todos de la lectura, disfrutar de la magia de unos encuentros que están destinados a no desaparecer jamás.

Confiamos en que esta mirada, breve ojeada a nuestro quehacer en relación con la lectura, haya develado nuevas contradicciones y abierto nuevas preguntas.

En definitiva, confiamos también  en el hechizo de la palabra y en la fuerza de nuestro contagio colectivo a favor la lectura, ese que nos permitirá recordar ante estos bellos versos de la cubana Fina García-Marruz la definición de literatura que el poeta estadounidense nos brindara hace más de 60 años:

Cine mudo

No es que le falte

el sonido,

es que tiene

el silencio. [14]     

 

Notas
[1] Eduardo Galeano: “La función del lector/1”. En El libro de los abrazos. Colección La honda. Casa de Las Américas, La Habana, 1989, pág. 8.
[2] Beatriz Maggi: El pequeño drama de la lectura. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1988, pág. 8.
[3] Sandra Comino: “¿Leer qué en el siglo XXI? En busca del libro que muerda”. En: Leticia Rodríguez Pérez: Leer en el siglo XXI. Editorial Gente Nueva, Colección Crítica. La Habana, pág. 49.
[4] Umberto Eco: Lector in fabula. Editorial Lumen. Barcelona, 1999, pág. 76.
[5] Carlos Fuentes: Discurso pronunciado al recibir el Premio Cervantes, Alcalá de Henares, 21 de abril de 1988. En: La Gaceta de Cuba, julio 1988, La Habana, pág. 6.
[6] José Alberto López Díaz: “Los desafíos del lector postmoderno. Hacia una tipología de los lectores desde el escritor”. En: Leticia Rodríguez Pérez: Leer en el siglo XXI. Editorial Gente Nueva, Colección Crítica. La Habana, 2012, pág. 76.
[7] Nelson Víctor Román Milián: “Leer de la oscuridad: el Ojo Criminalista”. En: Leticia Rodríguez Pérez: Leer en el siglo XXI. Editorial Gente Nueva. Colección Crítica. La Habana, 2012, pág. 61.
[8] Débora M. Wainschenker: “¿Qué es leer?” Ibidem, pág. 27.
[9] Elsa Ramírez Leyva: “La institución bibliotecaria: una fuerza fundamental para los jóvenes lectores del siglo XXI”. En: Leticia Rodríguez Pérez: Leer en el siglo XXI. Editorial Gente Nueva, Colección Crítica, La Habana, 2012, pág. 192.
[10] Gabriela Dreyer Fernández: “¿Me lo prestás para llevarlo a casa y leérselo a mi mamá?” En Obra citada, pág. 291.
[11] Nilma Goncalves: “Diálogos entre salud y lectura. Cuando una se convierte en la otra”. En Obra citada, pág. 100.
[12] Cecilia Marchant Reyes: “El libro, remedio para el alma de un niño”. En Obra citada, pág. 129.
[13] Emilia Gallego Alfonso: “La cuota de felicidad que nos toca y pertenece”. En Obra citada, pág. 116,
[14] Fina García-Marruz: Créditos de Charlot, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2002, pág. 14.

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