El sentido de la lectura

Ángela Pradelli • La Habana, Cuba

Muchas veces me habían recomendado el acupunturista de Temperley. El médico japo, como lo llamamos casi todos, o el doctor chino, como le dicen unos pocos, es, en realidad, taiwanés. La mañana en que, por fin, decidí  llamar, su secretaria me dio un turno para el que debía esperar tres meses. Me quejé porque me parecía una demora excesiva y pregunté qué pasaba si una estaba con una urgencia, un fuerte dolor en la espalda, por ejemplo.

—¿Entonces no lo toma? —me preguntó la secretaria.

Imagen: La Jiribilla

A los tres meses, uno de los primeros días de mayo, llegué una mañana a mi primera sesión de acupuntura con el japo. Fui puntual y tuve que esperar unos minutos. El acupunturista me saludó con una sonrisa y me hizo un gesto para indicarme que me sentara en su escritorio, frente a él. El español del médico japo se reduce a un puñado de palabras que no alcanzan para mucho; pero es todo lo que hay. “No habla, pero seguro entiende”, pensé. Algo dijo él en ese momento en un español difícil de comprender, casi irreconocible. Me pareció que era buen momento para explicarle por qué había ido; pero el japo me chistó y no me quedó más remedio que callarme. Permanecí quieta, esperando la próxima indicación mientras pensaba cómo íbamos a hacer para entendernos. Traté de recordar quién me lo había recomendado. A mi izquierda había un cortinado azul muy grande, de una tela liviana. Algo —¿era un llanto?— venía del otro lado del cortinado. El acupunturista se levantó y abrió uno de los paños de la cortina. Vi que del otro lado había cuatro camillas, tres de las cuales estaban ocupadas por otros pacientes. Me impresionó la cantidad de agujas que tenían los cuerpos. Sí, era un llanto y venía de la mujer que estaba en la segunda camilla. Menos la mujer que lloraba, el resto de los pacientes estaban boca abajo. La mujer tenía muchas agujas clavadas en la frente, alrededor de los ojos y en el entrecejo. El acupunturista se detuvo a su lado. La mujer siguió llorando. Él agregó un par de agujas en su entrecejo, dijo una frase que no entendí y supongo que tampoco lo entendió la mujer.  Al volver, el acupunturista cerró el cortinado y se sentó otra vez frente a mí. Cómo entender lo que me decía. Me auxilió su secretaria. “Tiene que poner los brazos así”, me dijo la muchacha. Seguí las instrucciones y apoyé entonces mis brazos sobre el escritorio de tal forma que las palmas de la mano miraran hacia arriba. La secretaria se retiró y permaneció del otro lado del cortinado azul. El acupunturista apoyó las yemas de sus dedos en el dorso de mis muñecas y, con los ojos cerrados, ejerció una presión leve. Intenté otra vez describirle el dolor que me había llevado hasta allí. Él permaneció con los ojos cerrados y largó un nuevo chistido para que me callara. Miré a ese hombre que intentaba leer los síntomas en mi cuerpo a través de sus manos. Permanecimos así durante algunos minutos. Lo que vi frente a mí fue a un lector, alguien que recorría un territorio desconocido tratando de reconocer las zonas por las que transitaba. Alguien que, en esa lectura, se conectaba con el otro y en su exploración trataba de observar los signos que se le presentaban, esforzándose por darles un sentido.

Sin embargo, no es ese cuerpo —el del otro— lo único importante en el proceso de lectura. Ver en la lectura solo el registro de la marca de otros es cercenar la importancia de la propia subjetividad en el acto de leer. En el mismo gesto en que el acupunturista cierra los ojos y se conecta con el otro,  se conecta, también, con él mismo. Entra a un texto de otro al mismo tiempo que se interna en sí mismo. Porque es en él donde busca todos los elementos para reconocer ese organismo distinto al suyo. Es en el propio cuerpo en el que encontrará las herramientas para interrogar al texto que tiene frente a sí, cuestionarlo, ponerse en tensión con lo que enfrenta para dar finalmente uno o varios sentidos. La lectura permite a alguien conectarse con el otro pero es en sí mismo donde el lector encontrará las herramientas para ese abordaje. En el texto del otro, el lector reconoce  marcas, huellas y surcos; pero son pistas que debe completar con contenido propio. Un lector, para no sucumbir en el mar que el otro es, —el cuerpo o el texto del otro—, construye con instrumentos de su subjetividad, busca en la complejidad de sus piezas las herramientas emocionales, intelectuales y desde allí aprehende los trazos del otro y los significa, les da un sentido.

El escritor y profesor George Steiner dice que: “Quien haya leído La metamorfosis de Kafka y pueda mirarse impávido al espejo, ese es capaz técnicamente de leer letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta”. Hay que destacar en esta afirmación el valor que Steiner le da no ya a los libros, sino a la experiencia que atravesamos cada uno de nosotros al leer un libro, a cómo una lectura puede afectarnos y perturbarnos cuando somos capaces de relacionarnos desde nuestra subjetividad con el contenido de los textos.

El acupunturista se concentra para entrar en el otro, pero para lograrlo cierra los ojos y, en la mayor concentración de que es capaz, entra en sí mismo. Más que buscar en el texto del otro, busca en él mismo para poder encontrar al otro y comprenderlo. La escena muestra el encuentro entre el lector y, no ya el autor sino, el texto. La lectura entonces, más aún que la comprensión de lo producido por el otro, es la posibilidad de abrirnos para recibirlo y que se concrete entre un lector y un texto la creación de los sentidos. El artista Shitao, que antes de ser pintor fue calígrafo, habló de esto en uno de sus ensayos sobre la pintura. Sus palabras pueden trasladarse al acto de leer. “Pintar es el resultado de la receptividad de la tinta; la tinta se abre al pincel; el pincel se abre a la mano; la mano se abre al corazón. Y todos ellos de la misma forma en que el cielo engendra lo que la tierra produce: todo es el resultado de la receptividad”. La observación de Shitao puede ser trasladada también a la lectura, un sujeto que se abre frente al tú que es el texto es un lector que puede recibir al otro y al mismo tiempo dar de sí lo mejor en ese encuentro.

Es conocida la pregunta que el lingüista Roland Barthes nos formula en una de sus conferencias publicada en El placer del texto y Lección inaugural [1]. “¿Nunca os ha sucedido, leyendo un libro, que os habéis ido parando continuamente a lo largo de la lectura y no por desinterés sino al contrario, a causa de una gran afluencia de ideas, de excitaciones, de asociaciones? En una palabra, ¿no os ha pasado nunca eso de leer levantando la cabeza?” El lingüista  reflexiona también sobre el valor del lector. Según el lingüista francés, estamos acostumbrados a interesarnos por los autores, a  valorarlos, incluso a sobrevalorarlos a veces, a pensarlos como dueños de sus obras y es esta propiedad la que le da a los escritores determinados privilegios: “Lo que se trata de establecer, afirma Barthes, es siempre lo que el autor ha querido decir, y en ningún caso lo que el lector entiende”.

La escena del acupunturista —cuánto le gustaría a Barthes— barre con esa postura que proclama que el autor, y también el texto, se ubican por sobre el lector. A tal punto que el acupunturista me chista cuando quiero explicarle y, cuando intento hacer comentarios o aclaraciones, me hace callar. Que el autor haga silencio y que hable el texto, que lo deje decir. Y también, que el autor permita que el lector busqué en sí mismo cómo, con qué herramientas leer y descifrar. La escena del acupunturista dispara la imagen de un lector que se reconcentra para escucharse a sí mismo en relación con el texto, para reconocer las marcas y los signos dentro de sí, para reconocerse en el otro. Michel Foucault al analizar la función autor, imagina una sociedad en la que los discursos, todos, ya no tendrían que dar cuenta de sus autores y se desarrollarían en lo que él llama el anonimato del susurro. “Ya no se oirían las preguntas por tanto tiempos repetidas: ¿Quién ha hablado realmente? ¿Es en verdad él y nadie más? ¿Con qué autenticidad o qué originalidad? ¿Y ha expresado lo más profundo de sí mismo en su discurso? Sino otras como estas: ¿Cuáles son los modos de existencia de ese discurso? ¿Desde dónde se ha sostenido, cómo puede circular y quién puede apropiárselo? (…) Y detrás de todas estas preguntas no se oiría más que el ruido de una indiferencia: Qué importa quién habla”. Para la misma época en que Foucault hacía estas reflexiones y se preguntaba qué es un autor, Barthes afirmaba la muerte del mismo. El lector, según Barthes, es el lugar en el que se concentran las múltiples escrituras y citas de texto. No importa dónde, en quién nace un texto. No importa su origen sino su destino. Habría que resaltar esto último. El destino de un texto. No importa tanto quién lo escribe sino quién lo lee.  Estábamos todavía lejos de la rica circulación de textos que trajo el desarrollo de la tecnología, sin embargo Barthes ya nos advertía que el capitalismo le había dado una importancia desmedida al autor haciéndolo centro de la escritura y la lectura para montar así su sistema de ventas que se apoya en manuales de autores, entrevistas, biografías, etc. También la crítica se centra en el autor, su mundo, su contexto, su estilo, sus obras anteriores, y se desinteresa del lector. En las escuelas algunos docentes, en los ejercicios posteriores a las lecturas de textos, siguen aún hoy formulando a sus alumnos una pregunta por lo menos desajustada: “¿Qué quiso decir el autor?”. Para responderla, habría que ejercer cierta magia adivinatoria y por otra parte, qué importancia tendría tanto para alumnos como para docentes que los estudiantes pudieran dar esa respuesta. A la luz de lo que pensaron hace varios años Barthes, Foucault y que el médico japo de Temperley actualiza en cada una de sus sesiones de acupuntura, la cuestión de las intenciones de los autores parece descascararse y, lo que es peor, confunde a los estudiantes llevándolos al lugar no del lector que construye significados propios y sentidos múltiples, sino de un adivino que, frente al texto, tendrá la misión de adivinar el acertijo cuya respuesta será conjeturas imposibles de comprobar en casi todos los casos. La pregunta  sobre la intención del autor deja al estudiante en el centro de una operación que, una vez más, hace recaer todo el protagonismo de la lectura en la autoría, y desplaza al lector del foco verdadero de la luz de un texto.

A veces, algo de lo que leemos se clava en nosotros y nos hunde. Pero tal vez no sean sino las propias incrustaciones de nuestro pensamiento que, gracias a la palabra escrita por otro, empezamos a percibir como propias.

De alguna manera, leer es leerse a sí mismo, y las lecturas que hacemos de distintos textos son interpretaciones que construimos, en primer lugar, sobre nosotros mismos. La lectura, toda, nos pone a investigarnos, a percibir las distintas variaciones de nuestro ser y de ese modo puede llevarnos al centro de nosotros mismos, en el que están, a su vez, todos los otros. El escritor mexicano Gabriel Zaid afirma que “…la medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan. ¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa, dice Zaid, es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales”. El lugar de la lectura se vuelve poderoso cuando abre las compuertas de las aguas, propias pero detenidas en un estanque, y asume la riqueza de sentidos y la multiplicidad de matices. Ese poder de la lectura está en darnos  siempre más. Más ojos para mirar el mundo, más corazón para comprender lo que es ajeno a nosotros. Nos multiplica en lo que sentimos y hace proliferar el pensamiento, la duda, la curiosidad.

Siempre es así, las señales de los días y las noches corren a nuestro alrededor. Nosotros las leemos, nos alejamos y volvemos a acercarnos para releerlas una y otra vez hasta que nuestra interpretación construya un mundo en el que podamos sentirnos dentro del deseo de la respiración del universo. Hoy, en la cocina está ese perfume del melón dulce y del pleno verano. Sobre la mesa hay papeles sueltos, un vino, algunos libros. Afuera los cercos vivos de la madreselva huelen también un dulzor y se enredan copiosos en la exuberancia, pero adentro hay una penumbra fresca y la lengua se suelta en las manos que escriben la intimidad y en la voz que lee el fraseo del dolor y los deseos, la palabra. 

Nuestros cuerpos son tablas de lectura pero a veces naufragan. Sin embargo, las inscripciones que pueden leerse en ellos alcanzarían para salvarnos de la desolación y de nuestros abismos. ¿Quién no puede leer en el cuerpo del otro el dolor, la angustia, el fracaso, la infelicidad?

Leer produce significados que nos limpian la arena de los ojos y nos rescatan de la desintegración, nos recomponen. Somos eso: la composición que la lectura hace de nosotros, de nuestro pasado, de los discursos de los otros sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Estamos hechos también de todas las lecturas imposibles, quiero decir, de aquellos discursos que se nos desarman entre los labios porque no podemos leerlos. Para bien o para mal, también nos constituyen los enunciados y los signos que no podemos interpretar porque nos enfrentan a su aridez impenetrable. La imposibilidad de leer, ese vacío, acentúa en nosotros zonas que, en su mudez, no logran explicarse y nos impiden entender nuestra inmanente confusión. Si no leemos, ¿cómo vamos a descifrarnos, a saber de nosotros, a comprendernos?

Somos eso: mujeres y hombres hechos de lecturas.

Algunas noches nos aturden el vacío, la oscuridad. No obstante, cuando empieza a amanecer, las letras siempre terminan acomodándose en el plano y nos orientan, hacen más liviana nuestra desazón. Son las primeras luces que nos señalan rumbos posibles. Y este es el punto: abrirnos para poder leer esa cosmogonía. Descifrar los iconos y las señales en los mapas,  interpretar los signos de la poesía, de los gestos y las cartas del amor, diferenciar los palos del mazo de barajas, reconocer las rúbricas en los testamentos y las herencias, distinguir a los dioses falsos de las palabras divinas. Si podemos leer esa cosmogonía, el desasosiego del mundo que habita en nosotros por estar en él comenzará a disolverse.

Antón Chejov afirmó sobre nuestras vidas que “cada existencia se apoya en un secreto”. La lectura de ojos más despiertos y agudos quizá logre esa revelación: penetrar las sutilezas, comprender al otro en lo que tiene de oculto, desentrañar la clave que a los sujetos comunes y corrientes nos hace, sin embargo, únicos. Ciertos develamientos: la extraña y liviana alegría de los pájaros en la mañana, una cierta felicidad que explota en el jardín, la rara euforia que hace del aire un delirio.

Vivimos en un mundo cifrado en el que también somos un signo que los otros leen a diario. Poder diferenciar las grafías en clave de los garabatos mudos nos ayuda a hacer nuestras lecturas y a encontrar los sentidos, no solo en la lengua y en los enunciados sino también en los silencios y los secretos. Cada día un misterio espera su turno para abordarnos en las calles que caminamos mientras vamos a nuestros trabajos, a comprar un poco de pan fresco o mientras recorremos la feria buscando las frutas y verduras de estación. Hay que atravesar ese misterio, desarmarlo en una lectura que lo preserve, sin embargo, inalterable. Hay que ejercer ese arte de leer el misterio hasta hacernos uno con él en el desciframiento.

Desde el susurro y la densidad de los seres que somos, las lecturas que hacemos nos revelan en las significaciones que construimos, nos transparentamos en ellas. Si quisiéramos, podríamos incluso leernos a nosotros mismos en esas interpretaciones que hacemos sobre los textos de los otros. Hasta la muerte es una lectura posible que acontece en la tristeza y puede desgarrarnos: ¿es el final?, ¿una nueva vida?, ¿el más allá, la eternidad, trasmutación?, ¿la muerte es el infierno, el paraíso?

Es verdad, estamos llenos de dilemas. Que no logremos resolverlos tal vez se deba a que no terminamos de acertar en sus lecturas. La vida, que cuelga débil de nuestra voz, cuelga frágil también de nuestras lecturas, suspendida en hebras finas que podrían quebrarse cada día, a cada paso. Pero aun así, es la lectura la que construye el mundo y sostiene su peso, incluso su lasitud y cierto desenfreno también. Algunas mañanas, al destapar el frasco de jalea de naranjas, se huele una acidez que perfuma el aire, es una esencia que aun en su amargor endulza nuestra respiración. El vigor de una reverberación intempestiva por la que todo parece más liviano. Entonces, con ese vaho breve de las naranjas ácidas de la jalea conformándose bajo nuestras narices en la mañana, el caos y las incertidumbres parecieran alejarse. Como si las resonancias dispersas en nosotros pudieran por fin concebirnos en una cierta armonía y que un orden glorioso y sagrado rigiera nuestra vida. Es una lectura probable y no dura más que un par de minutos porque para decir la verdad,  leemos las horas, leemos los instantes incluso, siempre a la intemperie, siempre en una lengua tan vulnerable a las traducciones.  

A pesar de todo, tanta inconsistencia por momentos, ciertas fragilidades, a pesar de todo, leemos. Casi toda mi fe en la vida está puesta en el deseo de las lecturas. Por eso, son tan buenos los brindis de los días de fiesta, porque suelen arrastrar los deseos a la luz y nos obligan a leerlos. Hace poco, reunidos un grupo de amigos de distintos países en Cuba, hicimos un brindis final en la noche de la despedida. Habíamos compartido una semana en el Congreso Internacional de Lectura que se realiza cada dos años en La Habana. Al otro día volvíamos a casa y por eso ya andábamos con la tristeza de quienes no saben cuándo volverán a verse. Cada uno a su turno fuimos diciendo nuestros deseos. Cuando le tocó el turno al cubano levantó su copa y dijo: “Para que nos sigamos queriendo”. En ese deseo podía leerse también todo el drama de la humanidad contenido en un puñado de palabras. Pero vuelvo ahora a mi fe en la vida, que es el deseo de que leamos y que la lectura no sea solo de libros, sino también de personas,  árboles, paisajes, escenas, cielos, gestos, sonidos, ríos, colores, movimientos. Que leamos, que encontremos algo que nos aliente aun en los repliegues ciegos y los oídos casi dormidos, algo que bulla por el hervor o un vaho que jadee en los rebordes. Que leamos, porque a pesar del caos,  al leer los motivos vendrán a nosotros, seres vacilantes, para que por fin construyamos una significación sobre la vida, nos comprendamos sujetos y celebremos la  manifestación de  un mundo en el que explotan los sentidos. 

La lectura puede organizar los fragmentos del caos que nos circunda a diario. Pero con ese orden que trae la lectura, llega también un aire vibrante que vuelve a desorganizar el mundo alrededor y nos enfrenta otra vez a la pregunta del sentido del mundo y de todas las cosas.

¿Es exagerado pensar que nuestras vidas dependen en alguna medida de nuestras lecturas?, ¿que el destino de nuestras horas está ligado a los textos que fueron conformando en nosotros una visión del mundo en un arco que se traza entre el desasosiego y el entusiasmo?

A veces, solo hacemos rasguños en la superficie de los textos. Momentos en que la hondura de la lectura se resume a eso, apenas raspaduras. Otras veces, en cambio, los rayos de sol entran por las rendijas de las persianas y van directo a iluminar una porción del  texto que leemos. Es un haz de luz, una luminosidad más intensa que se filtra y recorta una porción escrita por otro. ¿Sin ese destello, las capas del texto serían imperceptibles al ojo que lee? ¿De dónde viene esa luz, cómo llega, qué trae? Ciertos resplandores logran esos hiatos por los que entramos a los textos. Hay una alegría que estalla en esas grietas cuando suceden, un modo de la felicidad del lector que está ahí, en la fisura de la superficie de los textos.

Pero también hay una cierta opacidad en el ojo que se niega a leer y genera sus propias obstrucciones a los placeres y los días, al entendimiento y la claridad, a la penumbra incluso.

Leer para ponerse de pie y modificar el espesor de los días. ¿Y cómo sin la lectura? El arte sutil de la composición y las resonancias.

El acto de leer disuelve la lengua al mismo tiempo que la construye. Sin antes ni después, todo es uno. La lectura, que devela mundos, es incluso más que el descubrimiento de universos. Es ella misma, prescindiendo de cualquier contenido, la primera revelación.

Seremos siempre extranjeros en una lengua que, sin embargo, es la única que habla de nosotros. Del mismo modo, nuestras lecturas serán también el mismo gesto que se repite: desentrañarnos en los discursos de otros en los que también somos extraños. Y hasta podemos naufragar en aguas pesadas de mapas efímeros hasta ver la incandescencia de la cifra que traen los sentidos y los significados que recuperamos al leer.

Como una foto que  aflora desde la oscuridad y consigue revelarse, también la lectura logra, a veces, abrazar la ausencia.

Las puntas de la luna pinchan el cielo anaranjado del atardecer. El tilo vuelca su perfume sobre las calles de las ferias, sobre los puestos de pescado. Debemos dedicarnos a esto durante las próximas horas, durante todos los meses, años, debemos dedicarnos a esto hasta que por fin podamos leer el sonido del pétalo que sucede sobre la grava en la pura liviandad.

Y cómo haríamos sin la lectura, cómo encontraríamos nuestra luz en los fragmentos, en esa oscuridad dividida. Cómo si no, cómo volveríamos de la astilla a ponernos de pie desde esa nada que somos a veces y en la que está el abismo, el vértigo de cada instante, la conciencia de la desolación, el sosiego que llega cuando llegan las palabras a nuestra boca para leer el mundo y  decirlas una a una hasta acabarlas.



Notas:
[1] Barthes Roland. El placel del texto y Lección inaugural. Buenos Aires: Siglo veintiuno editores, 2003

 

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