Un equipo diferente para un congreso distinto

Enrique Pérez Díaz • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Por esos azares de la vida, en 1993 me hicieron miembro del Comité Cubano del IBBY, capítulo nacional del International Board on Books for Young People. No niego que aquello me tomó de sorpresa, pues ese mismo año me eligieron Presidente de la Sección de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), donde estuve por tres lustros. De pronto, a mis 35 años, me veía “atrapado” en una red literaria de la que antes había sido un proscripto. Era una época dura y por mi inmadurez me vi siguiendo casi a la fuerza y sin mucha fe —lo confieso hoy con pesar— a Emilia Gallego Alfonso, quien, aunque al principio fungía de Vicepresidenta del Comité, llevaba toda la iniciativa de hacer unos encuentros iberoamericanos de LIJ que fueron convocando a personas y personas de cualquier parte del mundo. Esos encuentros se convertirían en 1999 en el Primer Congreso de Lectura Para Leer el XXI. ¡Cuántos amigos que ya son polvo de estrellas acudieron a aquella hermosa cita en el CENCREM entonces! ¡Cuántos amigos nos ha dado el IBBY y sus congresos a lo largo de estos años! Pero también nos ha ofrecido una gran lección. Amén de inteligente, sagaz, organizada, Emilia tiene una mente adelantada y de miras largas. He conocido pocas personas como ella, con esa visión de futuro y la capacidad de utilizar a cada quien en el espacio que mejor se desempeñe y darles a todos la posibilidad de hacer sin dejar de ser en sí mismos, aunque se subordinen a un objetivo común. La experiencia de tantos años en IBBY como su secretario ejecutivo, vicepresidente, secretario de Relaciones Internacionales; el viajar con ella a un par de congresos internacionales de la organización que fueron muy diferentes entre sí, me dio la lección de cómo se puede montar una estrategia en base al trabajo, la superación constante, la exigencia hacia objetivos más superiores cada vez y un pensamiento ecuménico —a eso nos enseñó sobre todo José Martí— que aproveche de cada quien su luz y su tesón. Hace poco, cuando en Gente Nueva recibíamos a una escritora de nuestro catálogo, la mexicana María García Esperón, el poeta de Puerto Padre Jorge Luis Peña Reyes expresaba en una sentida crónica que el recibimiento ofrecido en nuestra sede —“donde tantos sueños nacieron en esa sensibilidad que imanta”— tuvo que ver más con la calidad humana que con la institucionalidad. Y eso es el Comité Cubano del IBBY, una sensibilidad crecida y que se fortalece en torno a una idea aglutinadora, a una persona esencial y a muchos afectos diferentes dirigidos a la misma causa. Ojalá muchos organismos estatales aglutinaran en la institucionalidad de sus plantillas a personas con amor y sensibilidad común hacia un objetivo. El del IBBY es promover la lectura. Como cada Sección Nacional, el Comité cubano ha diseñado el esquema de su actividad partiendo de los objetivos generales de la Organización Internacional. Así, proyecta tareas en el ámbito del estudio, difusión y publicación de los mejores exponentes de libros para niños y jóvenes, la promoción de la lectura, y la defensa, desarrollo y consolidación de la cultura cubana y el intercambio solidario, a partir de sus iniciativas y, en coordinación con organismos, instituciones y organizaciones afines, de Cuba y del mundo. Uno de sus objetivos es brindar apoyo a escritores, ilustradores, diseñadores, investigadores, críticos, docentes, bibliotecarios, libreros, editores, mediante el auspicio de eventos científico-artístico-literarios; el intercambio académico y cuanta actividad afín propicie análisis, discusión y conciliación de principios e intereses comunes relacionados con la formación y desarrollo de hábitos lectores en niños y jóvenes y la población en general. Es innegable que en Cuba, cuantos tenemos que ver con la infancia, nos encaminamos hacia un mismo puente para vencer los abismos seculares de la ignorancia: el infinito puente de la lectura. Resulta evidente el apoyo que diversas instituciones como el Instituto Cubano del Libro, UNEAC, Instituto de Investigación de la Cultura Cubana Juan Marinello y los Institutos Cubanos de Radio y Televisión o de la Industria Cinematográfica han dado a IBBY, el cual se revierte hoy en el inmenso legado que IBBY entrega con la celebración de estos congresos y proyectos o acciones que de aquí derivan. Si en nuestras condiciones económicas, ya acentuadas desde los 90, nos hubiéramos propuesto dar a conocer en Cuba a los grandes escritores que en el mundo son y no hubiéramos tenido a IBBY con nosotros, otra hubiera sido la realidad. Desde hace una década y, gracias al apoyo del Comité cubano y del IBBY Internacional y varias secciones iberoamericanas, son numerosas las obras cuyos derechos son cedidos a Cuba por sus autores, editores y hasta por la propia organización, desafiando transnacionales de la edición o la praxis de una cultura global de moda en el mundo. Con sus modestos recursos, el esfuerzo abnegado de un grupo de entusiastas y de sus muchos —y no menos entusiastas y generosos— colaboradores de cualquier punto del orbe, la Sección Cubana, desafiando cualquier adversidad climática o planetaria, desarrolló desde 1994 al 99 cuatro encuentros iberoamericanos y del 99 al presente, ocho congresos de Lectura, fundó una cátedra, creó un centro de documentación, proyectos de promoción, fomentó exposiciones, ediciones, concursos, ayudó a gestar colecciones como Veintiuno, de Gente Nueva, y llevó nuestro mensaje a muchos congresos y encuentros con esa voluntad ecuménica que ya referí, tan martiana como los lemas de cada congreso. Igual que Jella Lepman, la periodista alemana que fundara IBBY en 1953, así como la Biblioteca Internacional de la Juventud y el Premio Andersen y a quien tantos y tantos colegas apoyaron en la postguerra, durante estos años Emilia sembró en muchos una voluntad de entrega, para que en esta islita caribeña, azotada por ciclones de cualquier especie, IBBY tenga su bandera a favor de los mejores libros sin edad, esos que abogan por el entendimiento, la tolerancia, la amistad y el amor a la incomprendida y maltratada especie humana. Esta es la misma bandera que el Estado cubano ha erigido con sus obras monumentales en educación y cultura por Cuba y América. Aunar ambas voluntades, la estatal y la de una ONG centradas en un mismo esfuerzo bajo la causa de la lectura en su más universal integralidad, ha permitido que un pueblo de algo más de 11 millones lea más y mejor y tenga una voluntad constante de superación. Por eso, muchos de nosotros crecimos con IBBY, que nos forjó una vocación de Humanidad y Sentimiento y cada uno de nosotros ha hecho crecer a IBBY con cada iniciativa particular acogida en el seno del Comité o de estos eventos internacionales. Cuantos vinieron, vienen y vendrán a estos congresos se llevan algo de nosotros: de Emilia, María de los Ángeles, Mercedes, Noemí, Xiomara, Maribel, Georgina, Yara, Leticia, Nelson o la impar Isabelita, cuyo hogar y computadora fue durante más de una década la oficina de IBBY o en otras épocas de Magali, Zamora, Aymee, Paquito, los jóvenes camaleones. También cada visitante se lleva mucho de las madrinas internacionales del Congreso: Nilma y Elisabet de Brasil, Patsy de Canadá (y durante años presidenta del IBBY Internacional, desde donde asimismo nos han apoyado Leena Maisen, Liz Page o Luzmaría Stauffenegger) o de la colombiana Carmen Barvo de Fundalectura y esas siempre jóvenes hadas argentinas que se llaman Nora Lía y Sandra. Por eso mismo, cuando regresan a su tierra, a sus vidas, a sus proyectos, los visitantes guardan consigo un poquito de sus anfitriones cubanos, nuestras carreras en estos pasillos, nuestra premura, la deliciosa y en apariencia disparatada locura de muchos, nuestra iniciativa y voluntad de vencer sobre cualquier dificultad prevista o imprevisible, esa voluntad que en el 2001 nos permitió hacer un congreso memorable a pocos días del acto terrorista contra las Torres Gemelas y en el que estuvo la Premio Andersen Katherine Paterson, quien acababa de perder ahí a un gran amigo, o que en el 2005 no nos paralizó mientras el ciclón Wilma arremetía contra las costas norteñas cercanas a la capital y media ciudad estaba inundada o sin corriente. Esa, la misma voluntad y carisma que anima al cubano en cada acto y que en nuestro ámbito ha hecho comentar a alguno, entre admirado e incrédulo, una frase ya acuñada entre nosotros: “¡Pero qué congreso es este!” Ahora, yo solo podría agregar, con un peculiar sentimiento reverente y agradecido: Este congreso es el que solo podría organizar un IBBY tan especial como el de Cuba, y que siempre refrenda esa divisa martiana de que “se ha de conocer las fuerzas del mundo para ponerlas a trabajar”.

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