La formación de lectores para leer
el siglo XXI

Elsa Margarita Ramírez Leyva • La Habana, Cuba

Introducción

La alfabetización, al constituir un proceso concientizador
de la relación sujeto-objeto, torna al sujeto capaz de percibir,
en términos críticos, la unidad dialéctica entre él y el objeto.
 
La biblioteca pública, paso obligado del conocimiento, constituye
un requisito básico de la educación permanente, las decisiones
autónomas y el progreso cultural de la persona y los grupos sociales.
UNESCO

Formar lectores para leer el siglo XXI implica incorporar las diferentes alfabetizaciones que en la actualidad se han empezado a integrar a las prácticas sociales y, además, poner a trabajar las fuerzas de la lectura y la escritura, con la finalidad de dirigirlas al desarrollo de las capacidades humanas que en potencia tiene todo individuo al nacer. Destacamos las cognitivas, reflexivas, dialógicas, creativas, imaginativas, afectivas, contemplativas, lúdicas y de libre albedrío. Con ellas, cada individuo tiene los elementos para su proceso de desarrollo, de transformación e incluso de emancipación, a lo largo de toda su vida. Sabemos bien que las fuerzas del contexto no siempre están a favor de exaltar esas potencias humanas, como bien cuestiona Emilia Gallego, quien nos reúne en este Congreso Para leer el siglo XXI, y ha puesto su lectura crítica a trabajar sobre este mundo nuestro y, al interrogarlo, nos hace mirarlo de manera descarnada: ¿Podemos pensar en la lectura y los lectores fuera de su contexto histórico y social? ¿Cuáles son las implicaciones de la lectura en un mundo marcado por la barbarie contemporánea? ¿Es la lectura que está en crisis o lo que vivimos es una crisis de los lectores?

Imagen: La Jiribilla

Al advenir a este mundo todo sujeto se inserta en un modelo cultural, en un proyecto social que ha privilegiado la educación letrada y científica para formar ciudadanos en pro del bien; pero como observamos, no acabamos de emanciparnos de ciertos estados de barbarie, ante lo cual cabe la pregunta: ¿Qué ha fallado y por qué después de tantos siglos de educación, libros, lectura, escritura, información, conocimientos, filosofía, ciencias, literatura, cultura, arte o tecnologías? Si todo ello ha sido gracias a las potencias humanas, en las que, sin duda, la lectura y la escritura han jugado un papel fundamental. E incluso,  a pesar de los varios siglos que llevamos de cultivo de la cultura escrita, en algunos países se han identificado problemas en las capacidades de lectura, no solo de la educación básica, también de la educación superior, así como la práctica de poca lectura y una deficiente e inequitativa distribución de la educación, de bibliotecas y de los materiales impresos de calidad. Aparte se suman las distintas alfabetizaciones que están surgiendo y que pueden ahondar las exclusiones. Sin duda, estas cuestiones nos conducen a volver la mirada a nuestros campos para encontrar en la crisis, oportunidades para formular cambios. 

Y siendo la biblioteca, como nos lo recuerda Jorge Larrosa, “un espacio de formación”[1] y agregaríamos de aprendizaje, ―en tanto que la primera se orienta al proceso subjetivo y la segunda a la construcción de saberes y al desarrollo de habilidades― es, por consiguiente, una de las fuerzas del mundo que no solo ofrece los medios para ejercer y ejercitar la lectura, de manera que la formación y el aprendizaje den lugar a una verdadera transformación humana, en el sentido que proponía Paulo Freire: “todo individuo está programado, mas no determinado y condicionado, pues a medida que adquiere conciencia de aquello, puede volverse apto para luchar por la libertad como proceso y no como meta”.[2]

La biblioteca al ser una institución cultural, social y política, también es una instrumentación, su misión es hacer eficiente el libre acceso a la información y al conocimiento para todos por igual. Al respecto recordemos que la UNESCO promueve la biblioteca pública, desde 1949 hasta ahora, como la expresión de la democracia, sobre la base de los siguientes fines:

La libertad, la prosperidad y el desarrollo de la sociedad y de la persona son valores humanos fundamentales que solo podrán alcanzarse si ciudadanos bien informados pueden ejercer sus derechos democráticos y desempeñar un papel activo dentro de la sociedad. La participación constructiva y la consolidación de la democracia dependen de una buena educación y de un acceso libre e ilimitado al conocimiento, el pensamiento, la cultura y la información.[3]

Ahora estos fines se renuevan en el marco de la corresponsabilidad del entorno planetario, de la supervivencia de la especie humana en las mejores condiciones y de todas las formas de vida de nuestro mundo. Así que ahora estamos obligados a leernos de otra manera a nosotros mismos, a los otros y a todo lo que nos rodea, por ello resulta pertinente abordar la participación de la bibliotecología en la formación de lectores.

Para leer el siglo XXI es necesario incorporar diferentes alfabetizaciones que diversifican las posibilidades de lectura, al mismo tiempo se recuperan otras modalidades que quedaron relegadas por el predominio de la escritura para crear, preservar, difundir y acceder a los patrimonios registrados por lo cual es necesario que los lectores recobremos la participación de todos nuestros sentidos: ver, escuchar, oler, tocar, saborear, es decir, además de involucrar la razón, ahora también es primordial darle un lugar a la emoción y las experiencias sensibles, tan menospreciadas en los ámbitos de aprendizaje, pero tan necesarias para formar al ser. Esas alfabetizaciones podrían aprovecharse en un mejor conocimiento de la condición humana, que es uno de los pilares de la educación del futuro que propone Edgard Morin, como veremos más adelante.

En esta ponencia consideramos oportuno presentar las tendencias sobre la diversificación de los códigos, soportes, modos, formas, usos de la lectura y la escritura, que han emergido en la sociedad denominada “de la información y el conocimiento global”, propuestos en diferentes modelos bibliotecológicos en la alfabetización, que podrían configurar una nueva propuesta en que se privilegie la participación de las capacidades humanas para formar lectores plenos.

Las alfabetizaciones en el siglo XXI

En la actualidad, leer y escribir ya no son actividades exclusivas del ámbito del código escrito, ahora se comparten con otros códigos que han propiciado la recuperación de nuestros sentidos que habían estado relegados ante la primacía del ojo y del proceso intelectual involucrado en los procesos de desciframiento, asociación, comprensión y recreación del contenido escrito. Una de las contribuciones de la aparición de las tecnologías electrónicas de la información y la comunicación en nuestro escenario, es precisamente la recuperación e innovación de los usos de contenidos en códigos diversos —letras, números, rostros, signos, imágenes, paisajes, objetos, sonidos, sabores— que han dado lugar a otras modalidades de lectura. Algunas de esas modalidades se transforman, otras son nuevas y la mayoría de ellas anteceden a la innovación electrónica, sin que por eso se excluyan sus posibilidades estéticas como contemplar, en el caso de las imágenes u objetos; oír música y/o sonidos; o bien, sentir sensaciones cuando la piel, el olfato o el paladar entran en contacto con algo que los estimula. Esas lecturas necesitan no solo del ojo, sino de todos nuestros sentidos aptos para descifrar códigos que constituyen diferentes alfabetizaciones susceptibles de aprendizaje; también la lectura es el medio que hace interactuar los diferentes códigos en los que se expresan los contenidos denominados hipertextualidades o multimedios.

Es oportuno puntualizar que la calidad de los contenidos es fundamental para que, una vez capturados por los sentidos, se logre la construcción de  significados por medio de una lectura atenta, profunda, crítica y/o sensible. Por ejemplo, si a un texto escrito como se le incorporan imágenes y sonidos que exaltan lo sentidos, sea por su belleza o por lo horrífico, pueden llegar a conmover al cuerpo y esa sensación sentirse hasta en la piel; también conmover el pensamiento para leer de diferentes maneras, no solo la intención de uno de los elementos —texto, imagen, sonido.

En el ámbito de la lectura,  ya se puede considerar que lo digital ha cobrado estatuto de cultura debido a las representaciones y práctica sociales que día a día construyen los individuos mediante la lectura y la escritura, a través de los medios y formas electrónicas. Al respecto Milad Doueihu señala que la cultura digital es una cultura de lectura, en donde la imagen y la palabra comparten un entorno nuevo, coexisten en un campo emergente de producción de sentidos y de saber. Agrega que esta cultura es un proceso civilizador, un poderoso agente de cambio que tiene su propio lenguaje, el cual ha empezado a remodelar las lenguas oral y escrita, ―y añadiríamos también al lenguaje icónico— proceso que alude a una identidad digital y a un orden social,[4] pero no olvidemos que es debido más a prácticas sociales y a los usos que hacen las personas de la tecnología, que a la tecnología por sí sola.

Desde luego, los usos de las posibilidades de la interactividad y las denominadas aplicaciones electrónicas ha dado lugar a la creación de textualidades con diferentes tipos de códigos (escritura, gráficas, números, fórmulas, imágenes fijas y en movimiento, sonidos) y utilizarse en diferentes tipos de contenidos y géneros (artículos, libros, diarios, mapas, diccionarios, literatura, películas, pinturas, fotos, partituras, música, conferencias, cómics, blogs, videojuegos, programas de radio y televisión); asimismo, acceso a capital, cada vez más abundante y variado de recursos informativos (bases de datos, bibliotecas y repositorios digitales, sitios web, redes sociales) que antes estaban restringidos por su misma condición material. Desde luego se requieren habilidades para manipular los contenidos, de tal manera que las textualidades las pueda configurar el propio lector y modificarlas conforme a sus necesidades y gustos. En otras palabras, la lectura se involucra de manera muy estrecha en la selección, relación de contenidos en diferentes códigos y creación de un texto. Todo este universo de posibilidades requiere de los lectores el desarrollo de capacidades y habilidades para el acceso, valoración, selección, creación de contenidos y también de la manipulación de programas y artefactos.

Los diferentes códigos y la manipulación de la tecnología ha dado lugar a considerarlos alfabetizaciones, al igual que en la cultura escrita, también en la cultura digital se involucran en procesos creativos, cognitivos, es decir de aprendizaje, prácticas sociales, espacios de lectura y modalidades de comunicación e información, actividades lúdicas y experiencias. El dominio de las diferentes alfabetizaciones se logrará en la medida en que se pongan al servicio de los contenidos para el desarrollo de las capacidades humanas que ya hemos mencionado, como las cognitivas, reflexivas, críticas, comunicativas, creativas, estéticas o lúdicas, con la finalidad de que se utilicen los contenidos en la formación y transformación personal; además, para la participación constructiva en las diferentes actividades que desempeñen los ciudadanos.

Otra de las tendencias es la interacción con comunidades ya no solo locales; hoy se incrementan las actividades con grupos de diferentes partes del mundo que es necesario conocer, entender, respetar, todas ellas actitudes en favor de un modelo multicultural. En algunos ámbitos escolares, y el caso de la Biblioteca Europea en Roma, se promueve la lectura de la literatura de diferentes países, en particular entre estudiantes de primaria, ya que esta juega un papel importante  para el conocimiento de otras culturas, al igual que las expresiones artísticas. Y los espacios electrónicos como las redes sociales ofrecen no solo intercambio de informaciones o saberes, también la interacción humana favorece la construcción de conocimiento con la suma de las colaboraciones colectivas. En esas comunicaciones se recurren a los diferentes códigos a los que nos hemos referido, y esas alfabetizaciones tienden a articularse en la denominada alfabetización informacional.

Los diferentes modelos de alfabetización informacional incluyen en su mayoría las siguientes alfabetizaciones:

  • Escrita
  • Oral
  • Visual
  • Auditiva
  • Matemática
  • Táctil
  • Espacial
  • Iconográfica
  • Digital
  • Electrónica
  • Multimedia

Alfabetización y literacidad

Respecto a la alfabetización, es oportuno aclarar un asunto que puede tener relación con los paradigmas actuales relativos a la lectura y la escritura, ya que en los últimos años, en algunos ámbitos académicos, el término literacidad se utiliza para diferenciarla de la alfabetización, la cual a lo largo del siglo XX perdió el sentido que tuvo en especial en sus orígenes en el siglo XIX, como parte sustancial de la revolución cultural, social, política y económica que convirtió a la lectura y a la escritura como medios para la educación, progreso, justicia e inclusión. Sin embargo, en la medida que la alfabetización y la educación se consolidaron como derecho de los ciudadanos, se establecen como una de las obligaciones del Estado de proporcionar las condiciones para ejercerlos. Con el tiempo, también se convirtieron en indicadores para certificar el avance de un país, en cuanto a las acciones para reducir la desigualdad y las exclusiones de las oportunidades.

Después de mediados del siglo pasado se iniciaron campañas para revertir la situación de los países con mayores índices de población analfabeta; no obstante, la creación de los espacios denominados “letrados”, por ejemplo bibliotecas, escuelas rurales y escuelas para adultos, entre otros, además políticas editoriales, tuvieron apoyos oscilantes en países en vías de desarrollo; por lo mismo, se produjo un desigual acceso a bienes y servicios de los ciudadanos, indispensables para continuar su proceso de alfabetización y educación e incorporarlas en sus prácticas sociales. Así, los programas de alfabetización se utilizaron para alimentar las estadísticas y matizar el estigma del analfabetismo, dado que se considera como un sinónimo de ignorancia, pobreza o marginación, con ello el problema de la alfabetización funcional se incrementó. Al respecto, Jiménez Castillo, después de una revisión del concepto, concluye que: “el analfabeto funcional sería aquella persona que ante una información (o conocimiento en codificación alfabética) es incapaz de operativizarla en acciones consecuentes y, en este sentido, diremos que no posee la habilidad de procesar dicha información de una forma esperada por la sociedad a la que pertenece”.[5] Es evidente que esta situación ha contribuido a generar una crisis en la lectura y en los lectores con efectos en diversos ámbitos de la sociedad.

Ahora la literacidad se propone como un proceso social y cultural. Daniel Cassany sostiene que la orientación que adoptan hoy buena parte de las investigaciones sobre literacidad es sociocultural, por oposición a otros enfoques que ponen el acento en los aspectos lingüísticos (enfoque lingüístico) o sicológicos (enfoque sicolingüístico). La perspectiva sociocultural en su conjunto entiende que la literacidad es la suma de un proceso sicológico que utiliza unidades lingüísticas en forma de producto social y cultural. Cada texto es la invención social e histórica de un grupo humano y adopta formas diferentes en cada momento y lugar, las cuales también evolucionan al mismo tiempo que la comunidad. Aprendemos a usar un texto participando en los contextos en que se usa. Estos estudios también muestran que la interrelación estrecha que se había establecido entre adquisición de la literacidad y desarrollo cognitivo y civilización son cuestionables (Ong, Goody, etc.).[6]

Algunos especialistas han acogido la literacidad para reorientar el paradigma de la lectura centrado en la función lingüística e incorporar los aspectos sociológicos y socioculturales. En relación con las posiciones, que podrían concebirse como contrarias, entre literacidad y alfabetización, consideramos que el problema no es tanto la concepción sobre esta última y que los fines que la condujeron a perder el sentido y significado social, más allá del mero aprendizaje del descifrado del lenguaje escrito, y no pensarlo como un proceso más complejo y amplio en el que están involucradas la familia, las instituciones pedagógicas y bibliotecarias.

Ahora la literacidad puede seguir bajo las inercias de paradigmas y prácticas que requieren ser innovadas, dicho en otras palabras, no es cuestión de conceptos sino de modificar certezas en torno a que aprender a decodificar palabras es estar alfabetizado, y que ello sea un mecanismo para resolver los problemas de lectura y la marginación. Recordemos que Paulo Freire tenía una concepción sociocultural de la alfabetización muy cercana a la literacidad, como vemos en estas ideas:

 […] antes de la devolución, en forma escrita, de la palabra oral de los grupos populares, a ellos, para el proceso de su aprehensión y no de su memorización mecánica, solíamos desafiar a los alfabetizandos con un conjunto de situaciones codificadas de cuya descodificación o “lectura” resultaba la percepción crítica de lo que es la cultura, por la comprensión de la práctica o del trabajo humano transformador del mundo. En el fondo, ese conjunto de representaciones de situaciones concretas posibilitaba a los grupos populares una “lectura” de la “lectura” anterior del mundo, antes de la lectura de la palabra.[7]

En cuanto a la biblioteca, Freire la proponía como un espacio para crear horas de trabajo de lectura: “verdaderos seminarios buscando el adiestramiento crítico en el texto, procurando aprehender su significación más profunda y proponiendo a los lectores una experiencia estética, en las cuales el lenguaje popular es inmensamente rico”.[8]Y antes, el mexicano José Vasconcelos, entre otros, concebía la alfabetización como un proceso que no se resolvía con el aprendizaje del código escrito, sino que era necesario por parte del Estado la obligación de proporcionar a los ciudadanos los recursos y espacios para que la alfabetización tuviera resultados socioculturales a largo plazo, por ello impulsa el programa de creación en bibliotecas públicas, al igual que el acceso a las artes y a las mejores obras clásicas.

La formación de lectores del siglo XXI

La formación de lectores para leer el siglo XXI calza con la complejidad y los alcances sociales y culturales que se pretenden alcanzar. Al respecto, F. Montemayor señala que “debemos reconsiderar la organización del conocimiento. Para ello debemos derribar las barreras tradicionales entre las disciplinas y concebir la manera de volver a unir lo que hasta ahora ha estado separado”.[9] Esta propuesta nos conduce a leer el mundo desde la óptica de la complejidad, pero en este sentido la formación debe hacer posible que los lectores desarrollen las capacidades para realizar esa lectura y articular diferentes saberes, con la finalidad de actuar y ser en el mundo complejo que tenemos ante nosotros, como propone Edgar Morin: “Los desarrollos propios a nuestra era planetaria nos enfrentan cada vez más, y de manera cada vez más ineluctable, a los desafíos de la complejidad. En consecuencia, la educación debe promover una ‘inteligencia general’ apta para referirse, de manera multidimensional, a lo complejo, al contexto en una concepción global”.[10]

En la formación de lectores resultan pertinentes las ideas de Edgar Morin presentes en el texto preparado para la UNESCO, “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, formulados conforme al paradigma de lo complejo. El autor explica que la complejidad es la unión entre la unidad y la multiplicidad. En este sentido, los elementos diferentes que constituyen un todo, en opinión de Morin, incluyen el económico, el político, el sociológico, el sicológico, el afectivo y el mitológico. Ese todo es un tejido interdependiente, interactivo e inter-retroactivo entre el objeto de conocimiento y su contexto, las partes y el todo, el todo y las partes, y las partes entre ellas.[11] Por ello, considera que: “es necesario desarrollar la aptitud natural de la inteligencia humana para ubicar todas sus informaciones en un contexto y en un conjunto. Es necesario enseñar los métodos que permiten aprehender las relaciones mutuas y las influencias recíprocas entre las partes y el todo en un mundo complejo.”[12]

Si pensamos desde la perspectiva de la complejidad, la formación de lectores se encuentra desintegrada. La escuela enseña a leer para aprender conocimiento de los textos prescritos, pocas veces propicia que esas lecturas obligatorias se realicen con placer. En no pocos países, las bibliotecas públicas suelen suplir a las escolares; pero han incorporado, al igual que algunos sectores culturales, programas de animación y fomento de la lectura por placer y estética. En cuanto a las familias, según sus condiciones, pueden o no iniciar a sus hijos en la lectura. Y en otros espacios letrados fuera de los ámbitos mencionados, también sucede que los lectores formen otros como los denominados “curricular oculto” o “íntimos”. Esos espacios de lectura se encuentran desarticulados entre sí, a lo que se agrega una desigual distribución de la calidad de los recursos y los espacios de la lectura, factores que abonan la crisis de la lectura y los lectores. Y, en este sentido, Frida Díaz Barriga, señala que “hoy en día cobran relevancia el analfabetismo letrado y el analfabetismo informacional, así como la evidencia de que se hace poco en la educación para promover la literacidad crítica ante medios y mensajes”.[13]

Conclusión

La formación de lectores para leer en el siglo XXI nos coloca ante la necesidad de trabajar una nueva propuesta, que bien se pueden aprovechar los elementos de la alfabetización de la información y el fomento de la lectura, con la finalidad de que sea útil en el aprendizaje y desarrollo de habilidades para interactuar en el mundo material y, al mismo tiempo, en el fortalecimiento de las capacidades humanas: emotivas, cognoscitivas, reflexivas, dialógicas y creativas, con ayuda de contenidos, informaciones, experiencias, saberes, imaginación, a fin de generar sentidos y significado al releer-nos y releer el Libro de la Naturaleza, que incluye lo Humano.

 Por lo general, la lectura para el aprendizaje se les despoja del placer de saber, de las experiencias y del sentido humanístico y social. Posiblemente, eso dificulta la producción de una “fructífera experiencia”, como denomina J. Shera a la relación del ser humano con su registro gráfico, y que es precisamente allí ―señala el autor―, donde se encuentra la filosofía bibliotecológica.[14] De tal manera que los bibliotecólogos debemos redefinir lo que queremos lograr con esa fructífera experiencia, quizá pensarla en esta idea de Morín, lograr la lucidez.

Si la bibliotecología está interesada en que se logre esa “fructífera experiencia”, debe exigir de los bibliotecólogos no solo el desarrollo de las capacidades para lograr la máxima eficiencia en las actividades que permitan el acceso y disponibilidad de la información a todos los ciudadanos. Hoy también es importante poner a trabajar esa  función inherente de educador; para ello es necesario incorporar en su formación las capacidades que se pretenden desarrollar en sus comunidades, es decir, debemos formar-nos, los bibliotecólogos, como lectores lúcidos. Esa formación se revelará en la transformación de la biblioteca como un verdadero espacio de formación y aprendizaje para leer el siglo XXI con toda su complejidad

Para terminar, me parece oportuno la puntualización de Morín: “Nuestra civilización creía dirigirse hacia el progreso infinito movido por los progresos de la ciencia, la razón, la historia, la economía, la democracia, pero  nos recuerda que Hiroshima nos hizo aprender que la ciencia es ambivalente. […]: Si la “modernidad se define como la fe incondicional en el progreso, en la técnica, en la ciencia, en el desarrollo económico, entonces la modernidad está muerta”.[15]

Precisamente, ante este reto nos encontramos, trabajando en un proyecto de formación de lectores con la idea de que puedan leer, de una manera más humana, el siglo XXI y dirijan el planeta en sentido contrario a la barbarie.

Fragmento de la ponencia “La formación de lectores para leer el siglo XXI”, leída en el Congreso Lectura 2013: Para Leer el XXI.

 

Referencias
 
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Notas:
 
[1] Jorge Larrosa (2003), La experiencia de la lectura: estudios sobre literatura y formación. Nueva edición revisada y aumentada. México, Fondo de Cultura Económica, p. 28
[2] Paulo Freire (1989), Alfabetización: lectura de la palabra y lectura de la realidad. Una introducción. México: Paidós, p. 109, 118-119.
[3] Manifiesto de la UNESCO en favor de las Bibliotecas Públicas. http://www.unesco.org/webworld/libraries/manifestos/libraman_es.html (Consultado 12 de junio 2013).
[4] Milad Doueihu. (2010) La gran conversión digital. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica,  pp. 22-24, 211.
[5] Juan Jiménez del Castillo  (2005), Redefinición del analfabetismo: el analfabetismo funcional, en: Revista de educación, España, Ministerio de Educación y ,  núm. 338, p. 290
[6] Daniel Cassany. (2005), Investigaciones y propuestas sobre literacidad actual: multiliteracidad, internet y criticidad. Congreso Nacional Cátedra UNESCO, pp. 1 y 3, en http://www2.udec.cl/catedraunesco/05CASSANY.pdf (Consultada 22 de mayo 2013).
[7] Paulo Freire. (2006) Op.cit. P. 106
[8] Ibidem, p. 121-122
[9] Cfr. Edgar Morin. (2002) Los siete saberes necesarios para la educación del futuro… 2da. reimp. Buenos Aires: Nueva Visión, p. 9-10
[10] Op. cit. p. 38
[11] Op. cit. p.11-16.
[12] Op. cit. p. 15.
[13] Frida Díaz Barriga a (2010) Lengua y tecnologías como instrumentos para la promoción del interpensamiento y la construcción conjunta del conocimiento, en: V Congreso Internacional de la Academia de la Lengua Española Valparaíso, Chile. http://congresosdelalengua.es/valparaiso/ponencias/lengua_educacion/diaz... (Consultado 21 de junio 2013)
[14] Jesse, Shera (1990) p. 41 Fundamentos de la educación bibliotecológica. México: Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Centro Universitario de Investigaciones Bibliotecológicas (CUIB).
[15] E. Morin, Op. cit. p. 69

 

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