Entrevista con Ana María Bavosi

En contra de la corriente

Rachel D. Rojas • La Habana, Cuba
Foto: R. A. Hdez

Es la segunda vez que Ana María Bavosi participa en el Congreso de Lectura que, cada año, se realiza en la Isla. En 2005, cuando llegó por primera vez a Cuba, supo que esas personas estaban planteando los verdaderos retos de la lectura en el siglo XXI. Porque eran las que, desde cada región, llevaban años trabajando desde las escuelas, las bibliotecas o las oficinas públicas para preservar y continuar el hábito de lectura en las nuevas generaciones.

Imagen: La Jiribilla

Ella es pedagoga; trabaja como docente en el nivel primario de enseñanza y en la Universidad, por lo que siempre está rodeada de niños y jóvenes. Sabe que su trabajo tiene sentido cuando uno de sus más pequeños alumnos hace silencio para escuchar a Nicolás Guillén (al “señor que canta”), o sus nietos, casi adolescentes, le piden un cuento antes de dormir, cuando ya han apagado las computadoras.

Durante el intento que hace este Congreso por profundizar y analizar los puntos no resueltos, Bavosi conversa con La Jiribilla sobre los retos de la lectura ante el siglo XXI, y su vínculo con el quehacer literario en el país.

¿Cómo es su relación con Cuba, y sobre todo con la literatura cubana?

Mi relación con Cuba, como dije en mis palabras de apertura, viene del nombre de mi escuela: José Martí. Allí aprendí poemas de Martí, el himno cubano... Desde mi infancia, eso hizo que la Isla fuera algo cercano, a pesar de que la educación a mí no me enseñó los problemas capitales que el país ya vivía, y solo en la adolescencia, alrededor de los 18 años, entré en contacto con la realidad que estaba viviendo Cuba con Batista. Como hecho fundamental en mi vida, recuerdo, que el día que cayó Batista todos los estudiantes de magisterio salieron a festejar a la Plaza Libertad.

Por otro lado, uno leía de Cuba lo que le llegaba, porque en América Latina no nos llega toda la producción de los propios latinoamericanos. La distribución en ese sentido es muy incoherente. Y si bien se leía, se amaba y se escuchaba permanentemente a Nicolás Guillén, cuando fui un poco más grande, todo lo de Alejo Carpentier, lo que era el escritor nuevo de Cuba, te llegaba en parte; pero, en realidad, éramos avasallados con la producción que llegaba fundamentalmente de Europa.

Uruguay tiene la característica, desde el comienzo del siglo XX, de haber sido una de las mayores consumidoras de todo lo que se producía en Europa. Tuvo un momento de su historia, también a inicios del siglo pasado, en que era llamada “la petite lutece”, porque allí hablar francés y estar al tanto de toda aquella producción era obligatorio para la elite cultural. Si me pienso a mí misma, mis primeras lecturas fueron casi todas europeas: los héroes nos llegaban de muy lejos.

Eso no quita que también, por la edad que tengo y por los momentos históricos que viví, fui, en su momento, una apasionada del surgimiento de la literatura latinoamericana.

Uno necesita mucho tiempo de su propia vida y análisis de lo que se ha leído para darse cuenta de esa penetración de lecturas que, en cierta forma, nos hizo muy libres, o nos abrió mucho la cabeza, pero también nos limitó en el conocimiento de otros autores.

Mi generación tuvo la oportunidad de recibir mucho caudal de carácter universal, porque así como leí a europeos, también me nutrí con autores de otras partes. Eso hizo que, en el caso de Cuba, uno se sintiera cercano a toda la producción cubana. Aunque, a partir del triunfo de la Revolución, a nosotros nos fue difícil acceder a los libros de aquí, pues, al estar en dictadura, perdimos contacto con esta producción.

Eso es muy triste, porque es imprescindible que nos formemos conociendo, por lo menos, algunos autores de cada parte de la América para poder entender qué somos. Nadie de afuera nos tiene que contar nuestro continente, no tiene que venir el periodista inglés o francés, sino que tienen que ser nuestras propias voces las que cuenten nuestra historia, las que nos hagan entender lo que está pasando en cada uno de nuestros países.

Es muy fuerte. De niña, me acostumbré a sentir que Uruguay era la Suiza de América. Más tarde me pregunté qué quería decir aquello. Es muy especial ese nombre que nos asignan; tiene una carga ideológica muy fuerte y no nos dábamos cuenta. Todo parecía estar muy bien: una clase media generalizada, una muy buena estructura pública. Pero había otras cosas detrás de eso, y no nos las enseñaban.

¿Cuál cree que sea la pertinencia de realizar hoy un congreso de este tipo?

Linda pregunta. Trato de no caer en la tentación de pensar que mi concepto sobre la lectura o su importancia es la única verdad. No creo en la verdad absoluta, creo en pequeñas certezas que tienden a ser una gran verdad. Como humanos necesitamos de la lectura; pero, con el paso del tiempo, me estoy dando cuenta de que todo aquello que nosotros pretendemos en el otro, y sobre todo en la generación joven, debe ser analizado y revisado.

No sé si las lecturas que hice de niña son las lecturas para mis nietos. Los jóvenes de hoy están enfrentados a una historia que es diferente a la mía. Los niños y los jóvenes de hoy están siendo formateados, muchas veces por agentes que están fuera de nuestro poder o alcance. Uno no puede negar que la generación a la que nos estamos enfrentando pertenece a una cultura distinta, que tiene otros medios a su alcance.

Pero, ¿por qué creo que la lectura es importante y hay que reivindicar su valor? Porque no pienso que haya ni un solo hombre poderoso, de los que son dueños del mundo —que no son muchos, pero existen— que sea analfabeto. Son lectores, y utilizan a los lectores para sus fines. No me caben dudas sobre eso. La lectura y el soporte escrito son poder, tanto para liberar como para dominar. Pero si no tenemos un lector que sepa eso, vamos a caer en las garras de los que sí lo saben.

Los medios que hoy un niño tiene a su alcance son múltiples. Le proporcionan montones de cosas. Hoy, y eso ya se sabe por estudios que se han probado, el cerebro se está modificando; se está transformando en un cerebro digital. No lo voy a ver yo, pero hay un cambio.

Lo que tenemos que ver es qué aspectos, de los que no deben desaparecer, hay que mantener en esa otra cultura. Siento, personalmente, que el poder de la voz, de la palabra, de la historia narrada y compartida, es algo que tiene un toque mágico. Es más, eso es lo que creo debemos preservar. El día que se desconecte todo, que no tengamos aparatos, ¿cómo hacemos para mantenernos unidos, para compartir algo que nos conmueva a todos? El hombre, el ser humano, lo necesita.

El problema es que podemos estar equivocando nuestro accionar. Siento que todo eso es compatible. Vivo con niños. Mis nietos tienen sus aparatos: usan computadoras, Google, Facebook, etc., pero están al tanto del cuento de antes de dormir, cuando se encuentran con la abuela. Y aunque ya son casi adolescentes, todavía necesitan ese cuento, que les digas qué otro libro se pueden leer, porque ya terminaron el que les prestaste. Porque hubo un momento en el que le compartiste el soporte libro con su historia, y esa historia valió la pena.

No se puede decir: “Andá a leer”. Daniel Pennac dice en Como una novela que el verbo leer, como el verbo amar, no resiste el imperativo. Como mismo no se le puede decir a nadie: “ama”, tampoco se le puede decir: “lee”. De lo contrario, se estaría imponiendo la obligatoriedad de decodificar, pero no de leer, de comprender, de sentir. Y no debemos categorizar. Lo peor que podemos hacer es aspirar a tener determinado tipo de lector. Hay que asegurar que ese lector, en algún momento, disfrute y que eso le quede como sello. Ese va a volver al libro.

Son los jóvenes quienes pueden cambiar las cosas. Confío plenamente en ellos. Ya no confío, como lo hice muy utópicamente antes, en que mi generación lo iba a cambiar. Ahora creo que habrá otra forma de cambio, y que la van a poder hacer las nuevas generaciones. Pero siento que la lucha de ustedes es mucho más compleja que la nuestra. Es simbólica; no tienen que irse a una guerrilla. Ahora se trata de quién controla o desconecta el satélite. Se trata de inteligencia, de capacitación tecnológica; pero también se necesita tener una cuota inmensa de humanidad adentro, que quizá se las pueda dar un buen poema o alguna lectura.

En ese contexto, ¿cuál cree que sea el éxito de un encuentro como este?

Lo más interesante a analizar es que, si bien somos unas cuantas personas, no somos multitud. Pero venimos de varios países, nos escuchamos, y las ponencias son de un altísimo grado de sinceridad: en la propuesta teórica y en la persona que la realiza, que es alguien que está haciendo por su lado. Lo importante de un congreso no es solo el aporte y la reflexión teórica, sino que puedes ver lo que se está haciendo en otros lados, puedes poner en red esas experiencias.

Pensamos la lectura, el libro, como facilitadores de espacios de libertad para el otro. Algunas de las uruguayas que estamos aquí nos conocemos hace 30 años, y estamos pasando por un gran momento de descreimiento. No encontramos que nuestro proyecto estatal y educativo modifique cuestiones que están mal. Entonces, aquí nos damos cuenta de que en otros lugares está pasando lo mismo. Uno encuentra que somos más, y ese sentir implica que tenemos una idea en común, fuerte, firme, y que es una propuesta para reafirmarnos, no solo para convencer a los poderosos. Eso es un regalo, porque el pez que nada a favor de la corriente, se muere más fácil; pero cuando vas en contra, que es un esfuerzo brutal, es más probable que llegues primero a otro lugar antes de que te pesquen. Y aquí nadamos todos en contra de la corriente.

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